México-Francia. Memoria de una sensibilidad común. Siglos XIX-XX
JAVIER PÉREZ SILLER (Coord.): México: BUAP-El Colegio de San Luis-CEMCA, 1998.

 

A doce años de distancia de la efímera euforia historiográfica que rodeó la conmemoración del bicentenario de la Revolución Francesa, sorprende gratamente la constitución en México de un Seminario dedicado al estudio de las relaciones políticas, económicas y culturales entre franceses y mexicanos a lo largo de las dos últimas centurias. Se trata de un equipo integrado mayoritariamente por historiadores que, bajo la coordinación de Javier Pérez Siller, ha publicado los primeros resultados de este emprendimiento académico.

El punto de partida resulta novedoso en el contexto de la historiografía dedicada al estudio de los extranjeros en México. Se trata de un acercamiento desde "la perspectiva de la mundialización", y con ello el coordinador de la obra alude al proceso histórico inaugurado en el siglo XVI donde la intensificación de los intercambios fueron incorporando espacios geográficos y culturales a una economía-mundo articulada a partir de centros ubicados en Europa, a los que se sumó Estados Unidos de América desde finales del siglo XIX. Y entre estos movimientos mundializadores se localiza la presencia francesa en México, presencia no sólo manifestada en la arena económica y política, sino sobre todo en los espacios culturales. La propuesta atiende historiar el proceso de gestación y cristalización de la influencia gala, tratando de reconstruir la adopción de un modelo civilizatorio que todo lo incluye: "la literatura, la música, la poesía, pero también las modernas fábricas, los grandes almacenes, las modas y el arte del bien vivir" (p.12).

El libro recoge doce ensayos, organizados en cuatro partes: Historiografía y Fuentes, Economía y Sociedad, Urbanismo y Sanidad Pública, y el Mundo de las Representaciones. A pesar de este agrupamiento temático, prevalece una marcada heterogeneidad, quizá debida a que el Seminario reunió una serie de proyectos de investigación ya en curso, de manera que los resultados exhibidos dan cuenta, sobre todo, de esfuerzos individuales más que de uno colectivo atravesado por idénticas preocupaciones. Sucede también que algunos textos presentan resultados finales, mientras que otros exhiben conclusiones preliminares, producto de indagatorias aún en proceso de realización.

En este panorama merecen subrayarse una serie de textos con aportaciones que estimamos significativas, entre ellos el ensayo de Javier Pérez Siller dedicado a rastrear la historiografía sobre los franceses en México. El autor presenta una visión de conjunto sobre lo producido en el siglo XX; para ello rescató más de cuatrocientos títulos, procedió a catalogarlos de acuerdo a los períodos históricos de referencia, para luego adentrarse en un minucioso análisis de los más significativos autores y de las coyunturas que hicieron posible esa producción historiográfica. Pérez Siller detecta momentos y asuntos de interés, subraya la historicidad de las prácticas de la escritura y de la difusión de esa escritura, y finalmente dibuja un mapa donde contrasta las presencias reiteradas de temas y períodos con las ausencias notables en espera de un investigador. Como soporte de este ensayo se incluye un muy útil anexo bibliográfico con los títulos publicados entre 1920 y 1997 organizados por temas y períodos.

De menor pretensión y alcance resulta el texto de Patricia Arias, dedicado a revisar la historiografía desde el ámbito regional. El trabajo se circunscribe a los emprendimientos industriales y comerciales franceses en los estados de Jalisco, Puebla y Veracruz durante el siglo XIX. Sin ser abundante esta historiografía, la exposición resulta idónea para plantear una serie de preguntas en espera de futuras investigaciones: "hasta dónde, hasta cuándo, por qué la filiación étnica ayuda a la organización y la dinámica de los negocios?" (p.97). Arias reflexiona sobre estas cuestiones esbozando una agenda temática que, por supuesto, rebasa los límites de lo estrictamente francés para internarse en espacios delimitados por la etnicidad y la extranjería en el mundo de los negocios.

Laurence Coudart cierra el primer apartado del libro con un trabajo sobre la prensa francesa en México entre 1837 y 1911. La autora ubica más de una veintena de periódicos, de algunos consigue reconstruir su historia y, sobre todo, estudia el perfil de sus editores, entre ellos, el liberal René Masson, inspirador del célebre Trait d' Únion, diario que conoció distintas épocas y tuvo diferentes nombres, cuya vida corrió entre 1849 y 1897. El inventario hemerográfico que descubre Coudart se significa como una verdadera puerta de entrada al mundo de la lectura, de los gustos y las sensibilidades en el siglo XX mexicano, mundo que la autora no explota por haber preferido privilegiar los contornos políticos en la historia de estas publicaciones periódicas.

De las cuatro partes del libro, la menos lograda resulta aquella dedicada a "Economía y Sociedad". Sucede que en los estudios sobre migración francesa en México, la colonia de los barcelonnettes ha sido la más trabajada, por la dimensión de las empresas y negocios que fundaron en distintas regiones del país. En tal sentido, los trabajos incluidos en este apartado complementan investigaciones anteriores como las de Jean Meyer y Patrice Gouy, trazando líneas para futuras indagaciones básicamente en espacios como San Luis Potosí y la ciudad de Puebla.

En este panorama resulta excepcional el detenido estudio que realiza Javier Pérez Siller sobre las inversiones francesas en instituciones regionales de los estados de México, Guanajuato y Yucatán. El autor ubica y detalla la dimensión de esas inversiones en los circuitos financieros regionales, estudiando la estructura del crédito en el desarrollo de actividades económicas tanto en la industria de transformación (textil, cemento, tabaco, cerveza, jabón y pólvora) como en la construcción de una red hegemónica en la comercialización de ropa y "novedades" a través de grandes almacenes ubicados en las principales ciudades del país. El estudio de la participación francesa en los bancos regionales evidencia, entonces, la complementariedad entre actividades financieras, industriales y comerciales, confirmando una vez más la estrategia de la élite gobernante del Porfiriato tendiente a equilibrar la inversión estadounidense con aquellas provenientes del Viejo Mundo.

En el terreno de la historia urbana destaca el texto de Federico Fernández Christlieb en torno a la influencia francesa en el urbanismo de la ciudad de México a lo largo de un amplio período que corre desde las postrimerías de la colonia hasta la primera década del siglo XX. Con un manejo erudito del modelo francés, el autor reconstruye los principales paradigmas de la arquitectura neoclásica mexicana; así, el texto propone un recorrido por calzadas, parques, obras públicas y monumentos donde se fueron materializando los símbolos del poder político en turno, hasta llegar al Porfiriato, verdadera apoteosis de la presencia gala en el paisaje urbano de la capital de México. El artículo de Fernández Christlieb lee la geografía urbana, descodifica su matriz francesa e interpreta no sólo el sentido simbólico de una arquitectura, sino todo un clima de época fundado en el desprendimiento de una visión prehispánica y colonial y su reemplazo por una propuesta originada en la Europa de la Ilustración que encontrará continuidad en las preocupaciones urbanas de Napoleón III y del Barón Haussmann (p. 265).

En el terreno de la medicina y la salud pública, México-Francia. Memoria de una sensibilidad común incorpora dos textos: el primero dedicado a investigar la historia de la medicina y de la farmacia mexicana; el segundo preocupado por el pensamiento higienista en torno a la prostitución. Ambos destacan por sus aportaciones a una especialidad con escaso desarrollo en México: la historia de la ciencia. En efecto, el trabajo de Paul Hersch Martínez respecto a la flora medicinal mexicana cobra mayor dimensión al rescatar los textos franceses de terapéutica y los productos farmacéuticos franceses que sirvieron de referentes a los clínicos mexicanos hasta bien entrado el siglo XX. Se trata de un ensayo muy documentado, que revisa desde obras de técnica farmacéutica hasta los manuales de terapéutica tratando de reconstruir un proceso fundado en la influencia de la fitoterapia francesa en la biomedicina mexicana, para desde allí explicar que el final de la hegemonía francesa en los espacios de formación de los médicos mexicanos en las primeras décadas del siglo XX significó la cancelación de una forma peculiar de representar y ejercer el saber médico: aquella fundada en la individualización del paciente y en la diversidad terapéutica.

Por otra parte, Rosalina Estrada Uroz, a través del estudio del impacto que tuvo la obra del higienista francés Jean Baptiste Parent Duchatelet, despliega su investigación sobre la polémica entre la tolerancia y la prohibición de la prostitución en las ciudades de México y Puebla. La propuesta de reglamentar el ejercicio de la prostitución introduciendo la práctica de una inspección sanitaria obligatoria para las prostitutas atendía tanto a una cuestión de salubridad, frente a la expansión de enfermedades venéreas, como a una necesidad de vigilar y castigar a las "vendedoras de amores". Desde finales del siglo XIX, salud pública y moral establecen una estrecha relación en las obras de los higienistas mexicanos que, como Luis Lara y Pardo y Ernesto S. Olmos, traducen en sus propuestas los postulados del maestro francés.

El último segmento del libro está dedicado estudiar la imagen de México en los relatos de viajes franceses y a dar cuenta de la influencia francesa en dos ámbitos artísticos: el dibujo y la arquitectura poblana de la primera mitad del siglo XX, y el mundo de las letras en la revista Azul.

Chantal Cramaussel trabajó con las miradas francesas en sus recorridos por la región central del país durante un segmento del siglo XIX. La labor de localización de diarios de viaje resulta encomiable, y el anexo que acompaña el artículo da cuenta de la riqueza de una fuente no siempre aprovechada en la indagación histórica. Se antoja sugerente la interpretación en torno a los usos que se hizo de esta literatura, desde la descripción de paisajes y costumbres atravesadas por el signo de lo exótico, hasta el uso propagandístico para alentar inversiones y negocios, pero también intervenciones con miras al establecimiento de un régimen político capaz de mejorar el "estado moral de la sociedad mexicana" (p. 358). La autora también realiza un corto pero sugerente ejercicio en torno a las posibilidades que otorga esta fuente para la reconstrucción de cotidianidades y costumbres citadinas de muy difícil localización en otros documentos sobre la época.

Por otra parte, Montserrat Galí, a través del estudio de la academia de Bellas Artes de Puebla, se interna en el territorio de los gustos estéticos y su relación con las élites que los adoptan y alientan. En la promoción del gusto francés entre el patriciado poblano jugó un papel de primer orden José Monzo y Jaramillo, dibujante y arquitecto poblano, formado en Francia al lado del arquitecto Charles Percier. Galí revisa la producción arquitectónica de Monzo en el ámbito regional comparando estas realizaciones con las ejecutadas en la Academia de San Carlos, en la ciudad de México. La confrontación resulta esclarecedora al revelar que en la enseñanza del dibujo impactó con mayor fuerza el modelo francés en Puebla frente al predominio de una pedagogía española e italiana en la ciudad capital. En su indagación, la autora echó mano de las láminas francesas en las colecciones de la Academia poblana, y a partir de éstas y otras pistas, alcanza a precisar los orígenes del estilo neoclásico en la arquitectura civil y religiosa de Puebla.

Por último, Adela M. Pineda se concentra en el afrancesamiento de la generación de escritores que editaron la revista Azul. El texto alude básicamente a dos cuestiones: en primer término, la figura de Manuel Gutiérrez Nájera y su discurso conciliador entre el espíritu modernista pragmático de Azul y las facciones divergentes de ese espíritu, mucho más inclinadas a un decadentismo a ultranza. La segunda cuestión alude a la presencia de autores franceses en las páginas de la revista, a manera de inventario de propuestas estéticas y preocupaciones políticas con las que confraternizaron los primeros modernistas mexicanos. Desde este doble mirador, la autora recrea el imaginario de escritores finiseculares en su pretensión de conjugar las paradojas de la modernidad, siendo a la vez decadentes y positivistas, parnasianos y románticos, realistas y artepuristas (p. 413).

Visto en su conjunto, el libro resulta un trabajo valioso por su propuesta de repensar desde nuevas perspectivas los sentidos y significados de la presencia francesa en diversos ámbitos del quehacer mexicano. Los diferentes ensayos muestran las potencialidades de un emprendimiento académico que necesariamente debe consolidarse a través de un equipo de trabajo capaz de generar nuevas indagatorias sobre temas y problemas particularmente descuidados en el quehacer historiográfico mexicano.

 

Pablo Yankelevich Instituto Nacional deAntropología
e Historia, México