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LUIS RONIGER Universidad Hebrea de Jerusalén
I. La literatura sobre mediería: paradoja y cuestiones pendientes
Los acuerdos de mediería, es decir, aquellos acuerdos basados en la entrega, en
tanto renta, de una proporción fija de la cosecha por parte de los campesinos a los
propietarios, han sido usuales a través de la historia. Esto es así tanto en los
sectores agrícolas con comparativamente escasas tierras y exceso de mano de obra
- en el sur y este de Asia, por ejemplo - como en los sectores relativamente ricos
en tierra y escasos en mano de obra, típicos de Africa occidental y partes de
América Latina.
Los estudios sobre los acuerdos de mediería en las ciencias sociales en general, y
en las económicas en particular, presentan una situación paradójica y cuestiones
aún no resueltas. Por un lado, estos convenios son generalmente conceptualizados
como formas de organización del trabajo intermedias entre la servidumbre agreste
y la mercantilización total del trabajo rural, es decir, entre las formas pre-
capitalistas o de producción simple de mercancías y la completa introducción de los
sectores rurales en el modo de, producción capitalista y, así, típico de las áreas
semiperiféricas (Wallerstein, 1974: 104-117; Pearce, 1983). Igualmente se ha
enfatizado en estos estudios el carácter transitorio y transicional de tales acuerdos.
Por otro lado, los investigadores han llamado nustra atención a la frecuente
reaparición de la mediería a través de la historia (Byres, 1983). Más allá de la
expansión y la penetración del capitalismo como el factor activo principal, es
sumamente significativo que, por ejemplo, en determinadas áreas del interior del
noreste brasileño, estos convenios se remontan al siglo XVIII (Andrade, 1973) y
continúan existiendo hasta el día de hoy. Más aún, en contraste con lo que podría
suponerse dada la conceptualización de estos convenios como transitorios, los
campesinos involucrados en estos acuerdos de mediería se cuentan a menudo entre
los elementos más estables de las zonas rurales. Por ejemplo, un estudio reciente de
campesinos en los brejos del noreste del Brasil los encontró viviendo en las mismas
localidades, por un período medio de 16 años y medio, lo cual - pese a verse
superados por los propietarios (alrededor de 25 años) y los arrendatarios (19 años)
- es verdaderamente impresionante. De la misma manera y de acuerdo a las
conclusiones de esta investigación, los medieros, junto con los arrendatarios,
componían el porcentaje más alto de jefes de familia casados - un 77,7%, bastante
superior al 50 o 60% de matrimonios entre los distintos tipos de propietarios
(Naveh, 1982: 37).
La extrema variedad en el tipo de mediería da lugar a varios interrogantes. En
primer lugar, hasta qué punto nuestra comprensión de la mediería se encuentra
limitada por la clasificación en una categoría limítrofe de una institución social
que, en determinadas circunstancias, puede ser sumamente penetrante y
perdurable; en segundo lugar, bajo qué circunstancias ha de transformarse o
conservarse la mediería en las zonas rurales.
Tanto economistas neoclásicos como estudiosos marxistas han recalcado la
importancia de consideraciones de eficacia, costo y producción, y reducción de
costos de supervisión en el proceso laboral para explicar la expansión,
perdurabilidad y eventual deceso de la mediería en distintas partes del mundo (por
ej. Cheung, 1969; Bhaduri, 1983; Martínez-Allier, 1983). Un solo ejemplo, ya
clásico, de esta línea de análisis lo encontramos en Gale Johnson, que escribió
acerca de la mediería en los siguientes términos:
"Las estipulaciones de los convenios de mediería crean circunstancias
según las cuales tanto el inquilino como el propietario, al considerar
sus intereses por separado, pretenden conscientemente violar las
condiciones marginales necesarias para un rendimiento máximo. De
acuerdo a un convenio de mediería, si al propietario le toca recibir la
mitad de la cosecha, el inquilino se esforzará en la producción de la
cosecha hasta que el costo marginal del rendimiento sea igual a la
mitad del valor del rendimiento marginal... El propietario, por su
parte, no invertirá en tierras en tanto el valor del producto marginal no
sea el doble del costo marginal" (Johnson, 1950: 112; y ver Caballero,
1983).
No cabe duda que semejantes consideraciones han desempeñado un papel en
muchas situaciones agrarias, mas también voy a referirme aquí a casos en los que
las consideraciones prácticas no fueron reducidas a cálculos de costo y producción.
Pese a la evidente importancia de tales cálculos, de todas maneras a veces se les
incluye dentro del marco de definiciones más generalizadas del sector social
agrario, lo cual en cierto modo vendría a explicar la perdurabilidad de la mediería
bajo condiciones que bien pueden calificarse de ineficientes desde un punto de vista
estrictamente económico. En otras palabras, ya que muchos convenios de mediería
no han sido formalizados o escritos, el elemento fiduciario, es decir, aquella
dimensión de la interacción relacionada con la confianza, los valores generales y las
normas de conducta, pasaría a ser un componente clave para su funcionamiento,
perdurabilidad, transformación o deceso. Incluso en casos en que estos convenios
han sido formalizados, la eficacia del contrato sigue dependiendo de aquellas
consideraciones "pre-contractuales" que proveen el marco interpretativo general de
conducta de acuerdo a los términos de compromisos formales.
De aquí en adelante, basándome en datos procedentes de áreas del noreste y
sureste del Brasil¡ he de concentrarme en ciertos aspectos que tal vez sean centrales
para la presencia o ausencia de semejantes elementos fiduciarios en la mediería.
Contra el trasfondo de la estructura de la mano de obra en comunidades locales,
examinaré primero la relativa importancia de consideraciones económicas respecto
de otras consideraciones (por ejemplo, políticas) entre los distintos partícipes en
acuerdos de mediería, y luego, de particular interés, exploraré en qué medida
comparten los propietarios y los campesinos su marco de referencia y conducta.
Igualmente me esforzaré por elucidar si acaso cambios en estos elementos han
influido en los tipos de cambios en los convenios laborales predominantes en el
sector rural de Brasil durante los siglos XIX y XX.
II. Tendencias estructurales comunes a convenios de medieria en el Brasil y
otras sociedades de tierras abundantes y escasez relativa de mano de obra
laboral
Antes de embarcarnos en un detallado análisis de las variantes de mediería en el
noreste y sureste del Brasil, cabría señalar algunas de sus características comunes
en un país que por largos períodos ha constituido una sociedad "de frontera libre"
típica, dotado de abundantes tierras vírgenes y relativamente escasa mano de obra
(Hennessy, 1978). Allí, los convenios de mediería han sido a menudo un acuerdo
igualmente conveniente tanto para propietarios insolventes financieramente como
para campesinos renuentes a trabajar como peones, que disponían además de otros
medios y posibilidades alternativas de trabajo. De ahí los muchos casos de mediería
en regiones sumidas en un estancamiento económico, abandonadas por los sectores
prósperos y vueltas a un estado sumamente parecido a las "fronteras libres" de
antes, en las que los sectores menos aventajados del campesinado tenían la
oportunidad de poseer tierras sin regulaciones.y de acceder a cierta movilidad
social pasándose a territorios desocupados. Paralelamente, también se han
registrado convenios de mediería en zonas en condiciones de poca mecanización y
una "baja composición del trabajo" en cultivos intensivos, es decir, en las
plantaciones en proceso de expansión dentro de un marco de falta de mano de
obra.
A pesar de su gran variedad, todas estas situaciones y convenios de mediería
tienen en común una característica fundamental: a diferencia tanto de los sistemas
de arriendo y de renta fija en que los riesgos agrícolas ("empresariales' corren
exclusivamente a cargo de los arrendatarios, y de los contratos salariales donde
teóricamente son los patrones quienes asumen los riesgos, los convenios de
mediería se basan menos en un riesgo "empresarial" que en la distribución de
incertidumbres entre el propietario y el campesino. Es por ello que se prestan
esencialmente a situaciones caracterizadas por condiciones climático-ecológicas y
sociales muy inciertas, debidas ya sea al estancamiento, al agotamiento de la tierra
o a la regulación del mercado, o a la falta de mano de obra y de capital en el caso de
mercados en expansión y en el marco de tierras aún no explotadas.
Desde el punto de vista de los propietarios, estos convenios pueden ser
considerados "acuerdos de contratación laboral" diseñados con el objeto de
facilitar la movilización de la fuerza de trabajo y, desde una perspectiva marxista,
como una forma de apropiación de la plusvalía; como tales, a los medieros se les
puede emplear en las haciendas, junto con los braceros y los peones. El grado de
independencia de los campesinos, las distintas posibilidades de empleo y la
necesidad de peones por parte de los propietarios de las plantaciones en relación al
trabajo disponible, todos ellos determinan qué acuerdos son seleccionados y en qué
combinación con los demás.
Desde el punto de vista del campesinado, los convenios de mediería suponen
acceso a la tierra (o al ganado). Sin embargo, este acceso a la tierra está limitado a
pequeños terrenos, insuficientes para garantizar el sustento y, pon lo tanto, debe
combinarse con algún otro acuerdo laboral, combinación ésta de gran importancia
desde una perspectiva política. Efectivamente, medieros o miembros de sus familias
generalmente buscan empleo estacional, trabajando en haciendas vecinas de
acuerdo a diversos arreglos, pagos o no, vagando durante meses en otras regiones
en busca de trabajo, tanto en la agricultura como en la industria, y al mismo tiempo
pueden ser mihifundistas por derecho propio, contratando ellos mismos
trabajadores. Tales situaciones de empleos múltiples o simultáneos, y de
entrelazamiento de funciones e identidades ocupacionales, impiden el desarrollo de
compromisos amplios de categorías sociales y la organización de solidaridad de
clase en el campo.
Estas tendencias pueden percibirse por todo el campo brasileño bajo distintas
condiciones estructurales. Solas no bastan para explicar por qué algunos acuerdos
persisten, mientras que otros llegan a un rápido fin. A fin de subrayar este
problema, voy a describir la evolución de dichos acuerdos en tres regiones: la
región húmeda de la mata y el interior árido del noreste de Brasil, y las zonas
rurales de Sáo Paulo en el sureste. Específicamente, he de demostrar cómo en estas
tres regiones intereses concretos fueron entrelazados o no con elementos
fiduciarios, de diferentes maneras, afectando, así, la continuación o el fin de la
mediería en el campo brasileño durante los siglos XIX y XX [ 1&] .
III. La mediería en el campo brasileño
Como indicáramos antes, las regiones que se analizan a continuación son dos
subregiones en el noreste, y ciertas zonas de Sáo Paulo en el sureste de Brasil. Estas
regiones son muy diferentes.
El noreste fue el primer punto de colonización portuguesa masiva en el Nuevo
Mundo; se desarrolló en los siglos XVII y XVIII, en base a la elaboración de la
caña de azúcar, en un típico ciclo brasileño de prosperidad económica de
monocultivo que desemboca en el agotamiento de la tierra, la decadencia y el
estancamiento (Wagley, 1965; Furtado, 1968; Dias, 1978). Al empezar el siglo XIX,
el área se había convertido en una de las regiones más tradicionales de Brasil
(Freyre, 1967 y 1968).
Se trata de un área de gran diferenciación interna, mayormente derivada de
diferencias ecológicas y climáticas que habían de cristalizar social y políticamente
también. Ya en el período colonial, estos factores habían llevado a la formación de
dos ecosistemas agrícolas distintos, que se complementaban económicamente y
además estaban estrechamente relacionados política y so: ialmente: la húmeda
región costera de la caña de azúcar por un lado, y 1,. árida región de los
apacentaderos del interior, por el otro. Ubicado entre ¡as dos se hallaba el
"Agreste", con parcelas relativamente pequeñas de multicultivo, y, hacia el oeste, el
Meio Norte, especializándose en ganadería y agricultura (Andrade, 1973; Slater et
al., 1969: capítulo dos). El noreste del Brasil llegó a incluir diez unidades de la
federación brasileña (9 estados y un territorio), concentrándose allí en el siglo XX
un 30% de la población en el 19% del territorio nacional (en términos de población,
esta región vendría a ocupar el vigésimoquinto lugar en una lista de las "naciones"
más pobladas del mundo).
Aunque alrededor de 1940 Sáo Paulo era el estado más urbanizado y
desarrollado del Brasil, mucho más avanzado que los demás estados en términos de
integración infraestructural interna y conexión entre las élites regionales, este
desarrollo comenzó tarde, en el siglo XIX. Hasta entonces, lío Paulo había sido
un territorio escasamente poblado que servía de base de partida para los pioneros
aventureros, los bandeirantes, que se adentraban en las fronteras desde la segunda
mitad del siglo XVI en busca de esclavos y fortuna [ 2&] .
La tierra la ocupaban los posseiros (ocupantes, de hecho), que carecían de títulos
oficiales y trabajaban en unidades familiares con tecnología y métodos de cultivo
primitivos, cultivando cosechas de sustento. En cuanto se agotaron las tierras, los
campesinos abandonaron sus campos "quemados" y se marcharon a otros terrenos.
Su actitud se basaba hasta cierto punto en un vago sentido de pertenencia a
comunidades locales, reforzado por reuniones en los centros religiosos y
administrativos rurales. Se desarrolló una cultura autóctona, denominada
civilizafo caipira (Candido, 1964; Carvalho Franco, 1969). Las plantaciones de
café comenzaron a desarrollarse en el siglo XIX. En los períodos anteriores a la
expansión económica de las plantaciones y después de su estancamiento, posseiros
y haciendas coexistían los unos al lado de los otros, siendo los primeros empleados
esporádicamente en ellas. Durante el apogeo de las plantaciones, a partir de la
década de 1840 en el Valle del Paraíba y más adelante en los distritos occidentales
del centro de Sáo Paulo, los posseiros se vieron forzados a marcharse o a establecer
diversas relaciones de trabajo con los propietarios y los administradores de las
plantaciones.
Las siguientes secciones examinan los distintos arreglos laborales (incluyendo la
mediería) que surgieron en estas regiones del Brasil y las pautas de la
transformación que experimentaron durante los siglos XIX y XX.
a) La región costera
Ya en el siglo XVI había cristalizado una "civilización del azúcar", debido a una
variedad de factores: el clima cálido; la naturaleza de las tierras (massapé), la
proximidad de los puertos que facilitaban el transporte barato y la mecanización de
los molinos; el abundante suministro de agua, tanto para consumo como para el
funcionamiento de los molinos; la abundancia de madera para la calefacción y la
construcción. 'Dicha civilización se basaba en la tríada de la agricultura del
monocultivo, los latifundios y la esclavitud. Bajo condiciones de uso limitado de
recursos financieros, enormes extensiones de tierras y unidades de parentesco
patriarcales, la región fue poblándose de haciendas alejadas las unas de las otras y
de los centros políticos, en las que reinaban la discreción y la arbitrariedad del
propietario.
Las haciendas y los molinos, operados hidráulicamente o con toros, requerían
una gran inversión de mano de obra, provista por los esclavos africanos. Entre
éstos y sus amos se desarrolló una relación de dominación/ obediencia absoluta, de
la cual surgió un equivalente binario, según el cual el trabajo se contrastaba con el
esparcimiento, como un paralelo homológico de la esclavitud en relación a la
libertad. Pese a la controversia en torno al trato que los amos daban a sus esclavos
(cf. Eisenberg, 1974: 146-79; Conrad, 1983; Klein, 1986), se puede afirmar con
certeza que la actitud hacia los esclavos domésticos difería del trato dado a los que
trabajaban los campos. Los primeros recibían atención personal, a menudo
adquirían un oficio o les era dado un terreno para la labranza, siendo a veces
incluso liberados en recompensa por un servicio abnegado. Había también
"mestizos" que moderaban el contraste entre amos y esclavos, mientras que los
esclavos liberados que lograban ascender la escala social en el siglo XIX eran
apodados "blanqueados" (Skidmore, 1972). Además de los esclavos, los amos
mantenían estrechas relaciones con los asistentes en las haciendas, así como con los
artesanos y demás trabajadores con un talento especial o responsabilidad en el
proceso de elaboración del azúcar (artífices, feitores, mestres de agucar, etc.).
Paralelamente, un número limitado de campesinos libres (lavradores) cultivaban
la caña de azúcar, ya sea en sus propias tierras o en terrenos proveídos por los
propietarios, y la procesaban en los molinos de éstos por un porcentaje. Aquéllos se
esmeraban por mantener estrechas relaciones de confianza mutua con los dueños
de los molinos, en parte debido a que les estaba vedado inspeccionar la elaboración
de la cosecha y por lo tanto no podían cerciorarse de que éstos no hubieran dejado
que su caña se secase antes de procesarla en el molino o se la hubieran reemplazado
por caña de peor calidad, lo cual significaría el fracaso de una ardua temporada de
trabajo. La carencia de contratos formales de arrendamiento dulas tierras también
dejaba a estos campesinos y a los moradores (gentes del campo sin tierras que
vivían en las tierras "sobrantes" de las haciendas a cambio de trabajo, pago o no) a
la merced de los terratenientes. Se demandaba la obediencia absoluta, asegurada
por la fuerza de las armas y de guardas; asimismo, la influencia administrativa y
política ejercida por los parientes urbanos de los terratenientes contribuía a
reforzar el ejercicio de aquellos poderes (Pang, 1979; Azevedo, 1958).
Durante la segunda mitad del siglo XIX, se erigieron usinas modernas para
elaborar la caña de azúcar dentro de las plantaciones. Este proceso, fomentado por
la asistencia estatal, avances tecnológicos y el fracaso de intentos previos de
establecer molinos que sirvieran a una cadena de plantaciones azucareras, trajo
consigo una serie de transformaciones rurales. Las usinas se expandieron,
adquiriendo extensas tierras que antes se arrendaban por contrato, sobre todo a lo
largo de las líneas del ferrocarril, que venía desarrollándose rápidamente desde los
años de 1890 al sur de la ciudad de Recife, en las zonas costeras de Pernambuco y
Alagoas (Andrade, 1973: 96-131). Consideraciones capitalistas de obtener una
máxima tasa de ganancia y la necesidad por parte de los propietarios de las usinas
de mantener amplios contactos comerciales en las ciudades costeras provocaron su
migración de las regiones rurales, reduciéndose, así, las relaciones personales de
dependencia entre ellos y los campesinos y trabajadores del campo. Al mismo
tiempo comenzó a llevarse a cabo un proceso de proletarización, mayormente de
los braceros, quienes vivían en cabañas semejantes a las de los esclavos en torno a
las usinas o, más adelante, en pequeños o medianos poblados en la periferia rural
(conocidos como ruas). Parte de esta mano de obra - los apodados curumbas,
caatingueiros y curaus - procedía del Agreste, que habían abandonado en busca
de trabajo eventual. Otros arrendaban tierras infecundas y contribuían, a cambio,
numerosos días de trabajo en las usinas. Otra forma de conseguir fuerza de trabajo
para las usinas era prestando dinero, lo que les permitía retener a los campesinos
hasta que éstos estuvieran en condiciones de saldar la deuda. Estos procesos
alteraron en gran medida la naturaleza sedentaria de la población (Freyre,
1968:125-199), promoviendo el trabajo asalariado eventual y conduciendo,
eventualmente, a la creciente insatisfacción y protestas por parte del campesinado.
En resumen, parecería que los terratenientes de esta región actuaban
obedeciendo a motivaciones típicas de máxima recaudación de ganancias; no se
consideraban una parte integral de las comunidades locales, la confianza no jugaba
un papel importante en sus consideraciones y, en cuanto sus intereses comerciales
lo exigieron, abandonaron las zonas rurales. Dadas estas circunstancias, si bien
existían relaciones de dependencia, estaban limitadas a pequeños grupos de
empleados administrativos intermedios y administradores, y no resultaron en
acuerdos de mediería con la gran mayoría del campesinado. Para conseguir mano
de obra, se prefería el arriendo de terrenos infecundos y el endeudamiento del
campesinado; de la misma manera, se prefería el trabajo eventual al mantenimiento
de una fuerza de trabajo permanente en las haciendas.
b) El Sertão
Esta extensa región fue poblada en la época de la colonización portuguesa de la
costa, con el objeto de proveer bueyes para la elaboración costera de la caña de
azúcar y suplir la demanda de carne de los sectores urbanos (Sá, 1974). Hasta el día
de hoy la ganadería constituye la mayor ocupación económica de la región,
aunque generalmente en combinación con una cierta producción agrícola; algodón,
en el pasado, y cosechas de sustento desde entonces, y, en la zona sur del Sertão,
también café. Varios oasis (brejos) se encuentran en esta árida región, tales como el
Valle Cariri en el estado de Ceará, en el que se practica el multicultivo en terrenos
de no gran tamaño.
En el siglo XIX, el Sertão estaba caracterizado por sequías y demás desastres
naturales; la ausencia de un gobierno fuerte; y choques violentos entre redes
sociales y políticas, que eran movilizadas a fin de obtener un mayor control sobre
las tierras y derechos de uso del agua, y una mayor influencia.
Las haciendas ganaderas estaban en manos de vaqueiros (vaqueros), mientras
que los propietarios generalmente vivían en los pueblos vecinos, donde se
ocupaban del comercio. A fin de supervisar la administración, los propietarios
solían pasar la temporada de las lluvias en las haciendas; durante los meses
restantes, los vaqueiros estaban a cargo del ganado y de la administración de la
hacienda y sus empleados. Por sus servicios, acostumbraban recibir un "cuarto a
suerte" del ganado recién nacido (quartiagáo a sorte). Llegar a ser vaquero era la
gran ambición de los empleados que vivían en la hacienda o que acompañaban al
propietario, de la misma manera que para un vaquero el ideal era hacerse
compadre del dueño y, si tenía suerte, establecer su propia hacienda con los recién
nacidos que recibiera. Generalmente, tanto los vaqueros como los demás
empleados (descritos abajo) procuraban acceso a las tierras, agua, leche, e incluso a
los molinos donde se elaboraba la harina de la mandioca. A cambio, se
comprometían a trabajar en la hacienda y servir a sus amos hasta el sacrificio. Los
trabajadores, sobre todo los más móviles (por ejemplo, los acarreadores de ganado;
Shaker, 1975), solían servir de guardaespaldas o formar parte de una fuerza de
choque de los hacendados, práctica ésta bastante común hasta cerca de 1940 y, en
algunos distritos rurales, hasta el día de hoy (ver Pereira de Queiroz, 1969).
Como puede apreciarse, a los propietarios les preocupaba asegurar el mayor
rendimiento de la cría y doma del ganado, lo cual exigía el trabajo de vaqueros
expertos. Desde el momento en que compartían el ganado, las relaciones entre
ellos dependían por fuerza de una premisa de confianza mutua; en ausencia de ésta,
los hacendados preferían arreglos financieros con empleados, temerosos de ls
supuesta parcialidad de los vaqueiros por cuidar del ganado, tanto de los
propietarios como del suyo propio, sobre todo en la temporada de sequía, cuando
los campos de sustento estaban limitados. Consecuentemente, aquellos
propietarios que temían la competencia de sus empleados se esforzaban por
impedirles un rebaño propio.
Existían a la vez otras formas de relaciones laborales, con distintos énfasis y a
menudo en complejas combinaciones. Por ejemplo, en zonas fértiles de las
fazendas, los hacendados permitían que los habitantes (moradores) y aldeanos de
las cercanías cultivaran las tierras, generalmente en base a acuerdos de mediería; al
mismo tiempo, también les ofrecían tierras a los campesinos a cambio de días de
trabajo no pago, o por un sueldo inferior al mínimo de la región. Este sistema,
denominado cambáo, no tenía ninguna base legal y no impedía la expulsión de los
campesinos por parte del hacendado cuando así lo decidiera. Del mismo modo, los
administradores de las haciendas, cuya renta consistía en un porcentaje de la
cosecha, bien podían presionar a los trabajadores a aumentar su producción. En
los períodos en que las duras condiciones de trabajo y la disponibilidad de distintas
formas de empleo atrajeron la migración de los habitantes, se hicieron pagos en
efectivo a cambio de trabajo, y al mismo tiempo se les dio terrenos ínfimos a los
campesinos para que cultivaran cosechas de sustento en tanto se ocupaban de la
labranza comercial (Andrade, 1973: 210 ff.). Aquéllos que producían productos
comerciales se veían obligados a venderlos a precio reducido como condición para
recibir los préstamos que necesitaban durante distintas etapas del cultivo o como
parte de su sustento. El ínfimo tamaño de los minifundios de sustento, que exigían
un cultivo constante, reducía la fecundidad de la tierra, llevándola, a menudo, al
agotamiento (Naveh, 1982).
Además de consideraciones económicas, los propietarios actuaban motivados
por el deseo de adquirir preeminencia sociopolitica, en algunos casos con la
intención de impedir la intervención del gobierno en sus dominios, y en otros, a fin
de explotar los recursos en manos de las agencias y la administración
gubernamentales. La situación en la Chapada Diamantina, en el centro y oeste del
estado de Bahía, es un caso en cuestión. Esta fue una región ganadera hasta la
década de 1840, cuando se descubrieron piedras preciosas allí. Junto a la ganadería
y el comercio de diamantes, la élite del lugar también controlaba los mercados
locales. La justicia privada ejercida con la ayuda de cuadrillas armadas no era nada
fuera de lo común. Pero más allá de la fuerza, tanto como en la ganadería, en la
extracción de las piedras preciosas, las relaciones entre patrones, diamantistas y
compradores se basaban en la confianza y la palabra dada. Los propietarios que
controlaban extensos dominios, conocidos como los coronéis, otorgaban favores,
urdían alianzas, mantenían las buenas relaciones y se unían en contra de enemigos
comunes. Durante el período de la Antigua República (1889-1930), y especialmente
a fines de la década de 1910 y comienzos de los 20, los gobernadores y autoridades
estatales de Bahía se veían obligados a acatar los deseos de estos poderosos, hasta
el extremo de deponer al gobernador del estado en 1920; los potentados negociaron
una tregua con el gobierno basada en el nombramiento de sus seguidores a los
puestos administrativos del interior (Leal Rosa, 1973:82-84). Su posición ventajosa
derivaba de las cantidades de armas de fuego en su poder y por virtud de encabezar
grandes clanes familiares. Estos componían extensas redes de asociados,
seguidores, parientes y diversos tipos de empleados, que recogían y transmitían
datos e informaciones (Machado et al., 1972; y Graham, 1990). Estos individuos no
diferenciaban entre normas en el ámbito del trabajo y normas comunes en la esfera
política, perspectiva que se veía reforzada por la selección de la información,
debida en gran parte al alto grado de analfabetismo.
Semejante actitud de no diferenciación entre la esfera económica y la política
caracterizaba también la perspectiva de los potentados. El coronel de la región de
Ipá en Bahía, por ejemplo, trataba de destruir la posición de individuos
"demasiado independientes" que sobresalían en alguna profesión o en el comercio,
puesto que suponía que el éxito en el sector económico les llevaría tarde o
temprano a la participación política (Barbosa de Souza, 1972:74 ff.). De la misma
manera, la posición política suponía ganancias económicas: coronéis como éste que
mencionamos, que controlaban las posiciones municipales, las aprovechaban para
imponer altos impuestos a la introducción de productos de otras regiones del
Brasil, a la vez que obligaban a los habitantes a venderles sus cosechas por un
precio fijado de antemano a cambio del "derecho" a comprar productos a precios
exorbitantes en sus tiendas. Si bien, a diferencia de los propietarios costeros, los
hacendados del Sertão participaban menos activamente en la política del estado
(Nery, 1972; Vilaga y Albuquerque, 1978), esto no restaba a su interés por los
recursos públicos, como el control de las decisiones o los fondos para el desarrollo
local, que podían presentar como logros personales (Lins de Albuquerque, 1976).
Dentro de esta perspectiva, el control de un nutrido séquito no tenía menor
importancia que las consideraciones económicas, pues aseguraba la disposición del
gobierno central a estar de parte de las redes dominantes a un nivel local (Pang,
1979). Pequeños desembolsos inmediatos por razones de visitas de médico,
medicamentos, ropa de trabajo, alojamiento en la casa de la ciudad del hacendado
en época de elecciones, podían resultar muy beneficiosos a largo plazo desde este
punto de vista.
La maximalización de ganancia desempeña un papel mucho menos fundamental
aquí en cuanto a los intereses de los propietarios que en la región costera,
rigiéndose éstos más bien de acuerdo a consideraciones relacionadas con el
máximo rendimiento de la mano de obra y de sus seguidores. ¿Qué otros factores
estaban en juego en este caso, más allá de los intereses a largo plazo descritos
arriba? Parece que cuando los hacendados se veían como parte de una significativa
sociedad local, entraban en marcha las consideraciones de rendimiento laboral que
mencionáramos, por sobre las demás respecto de la máxima recaudación de
ganancias. Los propietarios y trabajadores compartían los mismos conceptos
culturales en cuanto a las normas apropiadas de conducta, que definían en gran
medida las relaciones sociales y afectaban las condiciones laborales.
Esta tendencia puede ilustrarse con la situación de las llamadas sociedades
"sedentarias" qué cristalizaron, por ejemplo, a lo largo del río Sáo Francisco en el
estado de Bahía. En estas sociedades, los propietarios se vanagloriaban de ser los
descendientes de los primeros colonos, la gente melhor, y se consideraban una
parte integral de la sociedad local. Dueños de haciendas de mediano tamaño,
vivían tan modestamente como sus empleados (agregados), con quienes mantenían
relaciones' de asistencia'y apoyo a cambio de trabajo, lealtad y respaldo. Tanto los
miembros de la élite como los trabajadores compartían un código de conducta que
llegó a conocerse como el "código del Sertão"; se puede resumir así: la dignidad
personal es un valor fundamental, ningún ultraje (agravo, ofensa, afronta) ha de
quedar impune. Por consiguiente, era muy fácil cruzar la línea del autodominio; la
gente proyectaba una imagen de exaltados, prontos a explotar en reacción a un
insulto (Lins, 1960:48 les apodó "gente de sangue no olho" literalmente, gente con
sangre en los ojos). Se celebraba el coraje personal y la disposición a resolver
disputas por la fuerza, en ausencia de otras formas más institucionalizadas de
solucionar conflictos.
Estos valores eran considerados morales y despertaban el respeto de toda la
población masculina, amigos y enemigos a la vez (solía citarse el dicho que "los que
mueren luchando son nobles de espíritu'. Asimismo, estos atributos podían elevar
a una misma posición al propietario y al trabajador por igual, sobrepasando
consideraciones jerárquicas. Aunque esto bien podía acarrear un peligro de
desestabilización de las relaciones laborales y sociales en el supuesto de que se
desmoronara la base socio-económica de las microregiones, generalmente los
subordinados se consideraban obligados por "juramento" a servir a sus patrones de
acuerdo a las expectativas de éstos (Pontes, 1970:197, 203) y, específicamente, a ser
valientes y leales hasta el extremo del sacrificio personal. Los dependientes podían
adquirir reconocimiento y honor (dignidade), si se demostraban dignos de la
confianza de un propietario. El respeto propio de un dependiente y el honor como
una característica personal se expresaban en portugués con la misma terminología:
dignidade y ser digno da confianza de..., respectivamente. Los habitantes creían
que podían deducirse otros atributos personales exclusivamente en base al anterior
(ibid.: 75). Acciones como asaltos y actos de violencia estaban especialmente
sujetos a un juicio moral, siendo aplaudidos o condenados; en casos en los cuales el
uso de la violencia trascendía las barreras de clase, una larga discusión moral tenía
lugar, y tanto individuos de clase baja como los propietarios podían ser reprobados
o alabados, de acuerdo con las circunstancias. En vista del poder que ejercía, se
esperaba que un propietario reforzara su posición apelando a su poder moral
(impunher respeto), sin recurrir al uso de la fuerza bruta en sus relaciones con sus
inferiores, a quienes había de tratar con gentileza y justicia, y en forma directa, sin
vanidad o intermediarios (Rodrigues, 1978: 92-95). Era causa de orgullo tratar a los
seguidores como amigos. Datos de una localidad en el Sertão de Ceará contribuyen
a componer una imagen del patrón ideal: debía ser un individuo de la clase alta,
con preeminencia socio-política (o sea, no mero poder económico), capaz y
comprometido a proteger a sus dependientes, aun cuando, al hacerlo, actuara en
contra de la ley u otros hacendados (Lins de Albuquerque), 1976: 17); igualmente
debía imponer autoridad moral, sin abusar de "sus gentes", mas insistiendo en
recibir el respeto debido a alguien de su posición; asimismo se le suponía guardián
de la moral pública y responsable del bienestar y la salud de sus subordinados, a
quienes había de suministrar alimentos y asistencia económica en tiempos de crisis
- durante las sequías y en la temporada precedente a la cosecha -, y, por último
aunque de más importancia, debía ser un hombre que cumple su "palabra" e
invierte en la ganadería, cuidando de sus rebaños, foco de la identificación
colectiva para sus empleados (Johnson, 1971: 12428).
Se puede afirmar con certeza que en las zonas en las que los propietarios vivían
en sus dominios y compartían códigos socioculturales como aquél descrito arriba,
dicha perspectiva les impidió adoptar ideas más "capitalistas" hasta mucho más
tarde. Prueba de ello es el hecho que recién después de la Segunda Guerra Mundial,
habiendo efectuado mejoras en la calidad del ganado, muchos hacendados
comenzaron a pagar a sus empleados en efectivo. Hasta entonces, la sustentación
de un marco de referencia común por parte de propietarios y dependientes ponía de
manifiesto la pertinencia de códigos de conducta culturalmente arraigados en la
forja de ideas en cuanto a formar parte de una comunidad cohesiva, fue, por
consiguiente, afectaban las decisiones económicas tomadas dentro de dicho marco.
c) Sáo Paulo
Durante la primera mitad del siglo XIX, hacendados azucareros empobrecidos
de la zona paulista del Valle del Paralba se volcaron al cultivo del café de calidad
inferior, impulsados por la creciente demanda en el mercado internacional. Desde
su punto de vista, reforzado por la falta de capital y la ausencia de mano de obra
local disponible [ 3&] , el café prometía mucho; se podía cultivar en plantaciones
pequeñas y, pese a ser una cosecha de labor intensiva, requería menos manos que el
azúcar. Además, las plantas de café podían seguir produciendo unos 30 años,
mientras que el azúcar se tenía que volver a plantar cosa de cada cuatro años, y,
otra vez a diferencia del azúcar, el café podía sobrellevar retrasos en ser elaborado
sin perder valor. Los dueños de las plantaciones del Valle del Paraíba vivían en sus
propiedades, cultivándolas con la ayuda de esclavos, en quienes habían invertido
sumas considerables durante la década de 1850, una vez que fuera prohibida la
trata internacional de esclavos en el Brasil. Dos décadas más tarde, esto les suponía
un estorbo al competir con los hacendados cafetaleros de las regiones
"occidentales" (Sáo Paulo central), cuyas tierras fecundas estaban en su apogeo y
cuyo capital no. estaba invertido hasta tal extremo en los esclavos, justamente en
una época en la que la intervención gubernamental en las condiciones de vida de
éstos les restaba valor como colateral fmanciero (Dean, 1968: capítulo 3).
Al agotarse la tierra, los pudientes adquirieron otras propiedades en el "oeste" o
encontraron empleo en la administración y las profesiones libres. La región se fue
estancando y quedó en manos de pequeños hacendados y de campesinos
empobrecidos, quienes volvieron a los métodos de cultivo de los posseiros (Love,
1980:27). Dadas las circunstancias, los acuerdos de mediería surgieron un tanto
tarde, entre propietarios en apuros - o reticentes a invertir en áreas expuestas al
estancamiento económico y al sistema posseiro de labranza - y campesinos
opuestos a trabajar como braceros.
La mediería también se registró en áreas en desarrollo económico; por ejemplo,
en las plantaciones cafetaleras de las regiones occidentales que se desarrollaron con
la expansión de la red del ferrocarril, hasta sobrepasar, en la década de 1870, a
aquéllas del Valle del Paraíba. Como solía suceder en las regiones en expansión, los
posseiros fueron desapareciendo en tanto los campesinos se volvían medieros o, en
zonas altamente comerciálizadas, obreros no especializados. Estos son sólo dos de
las muchas disposiciones laborales en práctica al mismo tiempo; además,
minifundios eran cultivados al lado de las plantaciones cafetaleras, cuyos dueños
trabajaban en las grandes propiedades. Los pequeños hacendados estaban
dominados por los grandes propietarios, quienes ocupaban los. mayores cargos
públicos, ya sea personalmente o (en el caso de los absentistas) por medio de un
apoderado.
Los empleados sin tierras vivían en las haciendas, ya sea en forma regular o en
calidad de temporarios (agregados y camaradas, respectivamente). Nada les unía a
la tierra y podían marcharse de las fazendas en cuanto les diera la gana; por ello, se
les asignaba únicamente tareas suplementarias, como el desherbaje, la
pavimentación de caminos, la conducción de carretas, etc. Algunos servían de
guardas (capangas) y patrullaban las propiedades.
La desestabilización de la esclavitud en el siglo XIX indujo a algunos plantadores
a promover la inmigración de trabajadores europeos para suplir la necesidad de
mano de obra. Los propietarios valoraban la labor de éstos más que el trabajo
local. Alrededor de 1840 se comenzó a traer inmigrantes a las haciendas en base a
contratos de mediería, haciéndoles reembolsar los gastos de viaje y forzándoles a
entregar un 60% de la cosecha. El contrato estipulaba que los inmigrantes no
habían de abandonar la plantación sin haber saldado antes sus deudas; en el
supuesto de que se marcharan, se hacían acreedores a una fuerte multa. El trabajo
era organizado y supervisado por los plantadores y los administradores. Se
requería de los trabajadores inmigrantes que se comportaran pacíficamente; al
mismo tiempo, sin embargo, sus derechos eran violados: les estaba prohibido
recibir visitas o ausentarse del trabajo sin permiso; su correspondencia era
censurada, no se les permitía ninguna forma de organización colectiva y eran
multados o castigados por "mala" conducta. En épocas de crisis económica, sus
sueldos eran los primeros en ser reducidos (Stolcke y Hall, 1982).
Los propietarios no toleraban nada menos que la obediencia absoluta de parte de
sus empleados, mas los europeos se negaban a someterse a esta demanda pues
resentían la pesada deuda que cargaban desde su llegada y consideraban injustas
las condiciones de vida y de trabajo a que estaban sujetos de acuerdo con los
términos del contrato. Eruptaron conflictos, que los propietarios calificaron de
ruptura de confianza e intentos por parte de elementos foráneos de perturbar el
orden público. Mas los propietarios no podían permitirse recurrir al uso de la
fuerza para obligar a los medieros a esforzarse en el cultivo del café. En el contexto
de vastas extensiones de tierra y la falta de una fuerza de trabajo de "reserva" -
situación ésta que había de continuar hasta fines de siglo y, en algunas subregiones,
incluso después -, los propietarios no podían forzar a los empleados amenazando
con despedirlos, por ejemplo, ya que, en la práctica, esto supondría la pérdida
parcial o total de sus gastos iniciales de transporte y adelantos financieros. Del
mismo modo, el uso de otros métodos coactivos, como el uso de la fuerza o la
intervención de órganos estatales, podía resultar en el maltrato de las plantas de
café y la merma de las cosechas. Desde el punto de vista de la ley, a los medieros no
les estaba permitido abandonar las haciendas, pero tampoco se les podía obligar a
trabajar en contra de su voluntad.
Dados los desalicientes de las deudas y el duro trabajo, la falta de compromisos
personales recíprocos dentro de un marco cultural común para propietarios y
medieros pasó a ser un factor clave de desenlace. Por consiguiente, la mediería
poco a poco fue dando lugar a cambios contractuales hasta ser reemplazada por
distintos acuerdos laborales en las plantaciones cafetaleras. De este modo, durante
las décadas de 1860 y 1870 se introdujeron los contratos laborales según los cuales
los trabajadores recibían una remuneración predeterminada por unidades de café
producidas. Los contratos igualmente estipulaban el tamaño de los terrenos
designados para el cultivo de cosechas de sustento. La calidad del trabajo siguió
deteriorando y los inmigrantes no dejaron de causar problemas (Stolcke y Hall,
1982:176-9). Se adoptaron otros tipos de contrato, como el colonato (un sistema
envolvente de sueldo fijo por árboles tendidos combinado con la remuneración
determinada por cosechas rendidas), popular desde 1880 más o menos hasta eso de
1950, mediante el cual se brindaba alicientes en la forma de una remuneración
mínima fija que era suplementada con un sueldo variable de acuerdo al
rendimiento de las cosechas (ibíd.: 179-83). Aparte de esto, se permitía el cultivo de
cosechas alimenticias entre las hileras de café, sobre todo en las zonas más viejas, a
fin de atraer mano de obra y reducir los gastos de los propietarios ahora que el
costo de los alimentos había aumentado desde el momento en que la mayoría de las
haciendas se dedicaban al cultivo casi exclusivo del café (ver, por ejemplo, MÜeller,
1976).
El uso de medios legales para asegurar el cumplimiento de las tareas fue
adoptándose progresivamente a partir del gran aumento en la fuerza de trabajo que
se experimentó a causa de la inmigración masiva. Efectivamente, impelido por
distintos factores - como la mucha influencia política de los plantadores y la
reacción deUasegurar el cumplimiento de los contratos, dar asesoramiento legal a
los inmigrantes, aplicar leyes penales, etc. Por último, se brindaron subsidios para
la inmigración masiva - contribuyendo, de esta manera, a la creación de un
mercado laboral capitalista en Sáo Paulo -, a la vez que comenzaron a instalarse
grupos de familias europeas en colonias, a semejanza del modelo practicado
durante muchos años en Río Grande do Sul. Los propietarios acabaron por,
aceptar estas disposiciones, aunque de mala gana, pues reconocían su valor para el
mantenimiento de sus fuentes de mano de obra. Las colonias eran administradas
por un representante del régimen, quien dictaba normas paternalistas respecto de la
organización del trabajo, la productividad, la recaudación de votos y demás (Love,
1980; Dean, 1977).
En algunas áreas, en las que se sobreexplotaba las tierras y no se les atribuía
ningún valor comercial, hubo un marcado retorno a las antiguas formas de
posesión desautorizada de tierras, con la secreta aprobación de los propietarios,
que se encargaban de hacer la vista gorda. En estas regiones, se solía emplear
posseiros en base a acuerdos de mediería. Los aldeanos constituían otra fuente de
mano de obra, pagándoseles en efectivo o con una parte de la cosecha.
En otras zonas, las crisis del café y las plantaciones en decadencia instigaron un
vuelco al cultivo de otros productos comerciales. De ahí por 1930 en adelante, el
arroz, el algodón, la cañá de azúcar, la soja y el trigo habían tomado el lugar del
café en regiones como la alta Sorocabana (MÜeller, 1976). De la misma manera,
durante los años '50 y '60, regiones de Sáo Paulo central adoptaron la ganadería
para la venta de productos lácteos y del vacuno en la ciudad de Sao Paulo, además
del cultivo de productos alimenticios.
A raíz de estos cambios, muchos otros tuvieron lugar en el ámbito de las
relaciones laborales. Los dueños de terrenos de pequeño o mediano tamaño
cultivaban productos alimenticios para la venta (especialmente arroz, habichuelas
y maíz), con la ayuda de familiares y medieros. Algunas de las tierras, por ejemplo
aquéllas en las que se cultivaba el arroz, pertenecían a antiguos ganaderos, para
quienes los acuerdos de mediería representaban una ganancia en cuanto las
cosechas rendían altos ingresos. El gobierno otorgaba a estos sectores - así como
a las plantaciones del sur y sureste del Brasil - crédito destinado a incrementar el
rendimiento de la tierra y fomentar la mecanización rural, en tanto les
encomendaba la tarea de suministrar productos alimenticios a las zonas
metropolitanas de Sáo Paulo.
En esta época, los propietarios de las plantaciones preferían emplear jornaleros
de las zonas rurales (bairros) o la periferia de los pueblos en lugar de colonos e
inquilinos. Estos trabajadores, apodados boias frias, eran transportados
diariamente de ida y vuelta a las plantaciones por contratistas (gatos), que a
menudo eran sus capataces y les pagaban el sueldo. A pesar de los requisitos
legales, no eran inscritos, negándoseles de esta forma los beneficios sociales y las
horas extraordinarias. En algunos casos, este fenómeno se registraba en relación
con el abandono del cultivo comercial (como el café) en favor de la ganadería en
regiones sobreexplotadas (Pebayle, 1980). En 1975, los braceros constituían el 43%
del total de trabajadores agrícolas en Sáo Paulo (Kohl, 1983:83).
En resumen, los propietarios cafetaleros no compartían un sistema cohesivo
común de creencias, formas de interpretación y normas de conducta con los
campesinos inmigrantes y los trabajadores. Motivados por consideraciones de
máximas ganancias dentro del marco de la esclavitud, suponían la existencia de un
elemento fiduciario en su relación con los trabajadores libres, mas para ventaja
suya exclusivamente, y por ello no se esforzaban por desarrollar sus compromisos
recíprocos o vínculos basados en la confianza mutua en sus dominios. Los
reciocinios en base a cálculos a corto plazo acabaron induciendo cambios en los
arreglos laborales, contra el trasfondo de la relativa merma de mano de obra en
Sáo Paulo hasta fines del siglo XIX, y más adelante aún, según las regiones.
Ningún elemento fiduciario en estos sectores podía impedir el vuelco hacia la
mercantilización total del mercado laboral y agrícola.
IV. Discusión: elementos fiduciarios y cambios en la mediería brasileña
El estudio de la mediería es problemático por diversas razones, algunas de las
cuales ya hemos señalado. En primer lugar, como demostráramos antes, la
mediería en el Brasil (y quizás en otras partes) durante el siglo XIX y XX constituía
sólo uno de los tantos acuerdos laborales a que se sujetaban - simultánea o
sucesivamente - las poblaciones rurales en el transcurso del ciclo laboral y vital.
En segundo lugar, las circunstancias detrás de los acuerdos de mediería difieren
histórica y geográficamente. Por ello, si bien podemos considerar la desigualdad
socio-económica y la explotación de clases como factores estructurales detrás de
los acuerdos de mediería, a semejanza de otras formas de movilización laboral, no
bastan para explicar, ni la diferente importancia que se acordaba a la mediería en
relación a los demás acuerdos laborales ni la relativa perdurabilidad o rápido fin de
éstos.
Diferencias como éstas han sido muy notables en el Brasil, según hemos visto en
los distintos casos analizados en este artículo. En el noreste, por ejemplo, hemos
detallado como la mediería era muy común y perdurable en las regiones del Sertão,
mientras que carecía de importancia y duró poco en las fazendas de la costa. En
Sáo Paulo, por su parte, fue uno de los acuerdos laborales prevalentes entre
propietarios y trabajadores inmigrantes en numerosas haciendas cafetaleras desde
fines de la década de 1840 hasta eso de 1860 y 1870, experimentando
subsecuentemente un rápido deterioro.
A medida que procurábamos comprender las distintas situaciones y el rumbo de
los cambios en las secciones precedentes, fueron surgiendo varios factores claves
para nuestro análisis específico, a los que me propongo pasar revista de manera
concisa a continuación.
Una de las principales diferencias entre las distintas situaciones del sector rural
del Brasil que hemos descrito la constituyen las diferentes motivaciones del
elemento social superior involucrado en un acuerdo de mediería (u otro arreglo
laboral), a saber, los propietarios, ganaderos, administradores, etc. Mientras que
en algunos casos (por ejemplo, en los dominios costeros del noreste)
consideraciones en torno a la máxima recaudación de ganancias parecen haber
motivado a éstos a hacer uso de braceros o del arrendamiento de tierras para
conseguir mano de obra, en otros, era el mayor rendimiento de la mano de obra
que servía de estímulo. En este contexto, los casos estudiados sugieren que en los
sectores relativamente ricos en tierras y pobres en mano de obra, los factores
activos no dependían exclusivamente de cálculos económicos sino que, por el
contrario, consideraciones políticas podían ser centrales, sobre todo en situaciones
regidas por intereses de máximo rendimiento de la mano de obra. La preocupación
por la máxima recaudación de ganancias no impedía que se llevaran a cabo
acuerdos de mediería, según lo demuestra el caso de Sáo Paulo, donde comenzaban
a ser usados por hacendados jugando con la introducción del trabajo libre en las
plantaciones cafetaleras. Sin embargo, se descubrió que semejantes
consideraciones de ganancia afectaban la perdurabilidad de estos acuerdos
laborales, especialmente puesto que no se podía esperar que gente motivada por
tales intereses se esforzara por establecer condiciones de confianza mutua hasta el
mismo extremo que lo hicieron las élites y los patrones del Sertão, que obedecían a
una estrategia dirigida a obtener una óptima utilización de la mano de obra.
En los casos gobernados por consideraciones de óptima utilización de la mano de
obra, la confianza mutua entre las clases altas y bajas era un requisito operacional
- instigante - para la forja de acuerdos de mediería como aquellos acuerdos
ganaderos típicos del Sertão. En estos mismos sectores rurales, la ausencia de
confianza mutua llevó a los propietarios - temerosos de la supuesta exclusividad
de los vaqueros respecto del cuidado del ganado de los dueños, sobre todo en época
de sequía, cuando la alimentación de los animales era un problema - a recurrir a
otros arreglos laborales.
La simpatía y la confianza mutuas pueden depender de una serie de factores
personales y microsociales de gran importancia desde una perspectiva procesal-
decisional. Cabe subrayar, sin embargo, que un factor no menos fundamental para,
el desarrollo de relaciones basadas en la confianza mutua lo constituye el
compartimiento de un marco común de referencia, valores y normas de conducta
por parte de los propietarios y potentados por un lado, y los campesinos y
trabajadores por el otro. En los casos en que las partes interesadas en un acuerdo
mediero compartían códigos semejantes de cultura y conducta, la mediería perduró
más que en aquellos otros, típicos de las plantaciones cafetaleras de Sáo Paulo, en
las que no se compartían dichas actitudes, haciendo imposible el desarrollo de
relaciones de confianza mutua. El carácter "sedentario" de la sociedad local puede
ejercer mucho peso en situaciones en las que la gente se considera a sí misma -
más allá de sus límites estructurales (políticos, económicos, sociales) y de
diferencias de riqueza, poder y consumo - parte de un marco social compartido y,
como tal, con actitudes cotidianas comunes más allá de intereses dispares.
Por último, incluso cuando semejantes elementos preconceptuales estaban casi
ausentes, como en el caso de los fazendeiros de Sáo Paulo y las obligaciones
contractuales de los trabajadores inmigrantes, de todas maneras ambas partes
involucradas en el acuerdo de mediería presuponían la existencia de un cierto
elemento fiduciario. No obstante, mientras que los propietarios demandaban
trabajo duro y obediencia absoluta por parte de sus trabajadores, estos últimos
solamente esperaban un trato "justo" de manos de los primeros. El abismo entre las
distintas expectativas, unido a la falta de un marco común de valores, dieron lugar
a una situación - un marco - que carecía de una base precontractual que
reforzara los términos del contrato que obligaba a ambos. En consecuencia, la
mediería fue reemplazada bastante rápido por otros acuerdos laborales, como el
colonato.
En términos generales, y en base a las observaciones anteriores, podemos
determinar que la mediería tiene pocas posibilidades de éxito en sectores rurales
ricos en tierras y pobres en mano de obra, e igualmente en aquellas situaciones en
las que los interesados están unidos por vínculos legales exclusivamente, sin
posibilidad de recurrir al uso de la fuerza (o a sanciones legales) dada la existencia
de fronteras libres y/o de imágenes anunciando fuentes alternativas de sustento
para los trabajadores. En dichos sectores, especialmente en aquéllos sujetos a
consideraciones del rendimiento máximo de la mano de obra, lo que cuenta es la
existencia de elementos fiduciarios de confianza y de valores y normas de conducta
comunes claves para la perdurabilidad de semejantes acuerdos, a pesar de cambios
menores, aunque frecuentes, en las condiciones del mercado.
Tradujo del Inglés: R. Sitman Universidad de Tel Aviv
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