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SUSANA BIANCHI UBA- UNICEN - Tandil
Nota: Este artículo forma parte de la investigación "Las relaciones entre la Iglesia católica y el
Estado durante los gobiernos peronistas (1943-1955)", realizada en el Instituto de
Investigaciones Históricas "Dr. Emilio Ravignani" de la Facultad de Filosofia y Letras, con
apoyo de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires, 1988-1990.
En las últimas décadas del siglo XIX, con la resolución de enfrentar
activamente el liberalismo y el socialismo, los católicos emergen como un
sujeto político dispuesto a plasmar soluciones en las más diversas áreas de la
vida social. La Argentina no queda al margen de este movimiento que, ya en
las primeras décadas del siglo XX, abandona las posiciones defensivas para
resolver ofensivamente lo que considera la cuestión de fondo: ¿cómo
transformar al catolicismo en el principio organizador de la sociedad? A partir
de allí, la problemática de la relación entre la Iglesia católico [ 2] y el Estado - un
Estado que además engloba en forma creciente espacios considerados propios
de la sociedad civil - se plantea como la cuestión central.
Catolicismo y peronismo
En la Argentina, la ruptura que existía entre el catolicismo y los sectores
populares - sectores que adquieren una presencia cada vez más notable a
partir de los procesos de industrialización y crecimiento urbano desde la
década de 1930 - era reconocida por relevantes actores de la institución
eclesiástica. Así, en 1945, monseñor Emilio Di Pasquo no dudaba en señalar
que
"... si hay dos términos sociales opuestos, si hay dos sectores en
nuestros días que se han declarado guerra implacable, son sin duda
el capital y el trabajo. Ahora bien, todo el mundo sabe que el obrero
ha aliado en su mente el capital con la Iglesia, de suerte que el
abismo que separa el capital del trabajo es el mismo que separa a los
trabajadores de la Iglesia [3] .
Dentro de esta perspectiva, el ascenso del peronismo fue considerado como
la posibilidad de instrumentar los aparatos de Estado y su capacidad
coercitiva, fundamentalmente el derecho jurídico y la capacidad de censura,
como medio para establecer la hegemonía del catolicismo.
Dicha posibilidad se abría a partir de dos consideraciones. En primer lugar,
el peronismo era visualizado como el proyecto político del Ejército. La idea de
la unidad entre la Iglesia y las fuerzas armadas tenía larga data dentro del
pensamiento político católico: comenzó a articularse a partir del momento en
que las revoluciones de 1848 señalaron la emergencia de las "clases peligrosas".
En ese contexto, Donoso Cortés pronuncia en las Cortes Españolas su discurso
sobre la Situación general de Europa (1850). Según Donoso Cortés, los
pueblos se han hecho ingobernables, por lo tanto, contra la "satánica
presunción" del siglo XIX, contra el socialismo y el comunismo, la Iglesia y los
ejércitos constituyen el único sostén de la civilización contra la barbarie [ 4] . En la
Argentina, la idea de esta unidad se había consolidado en la década de 1930 [ 5] .
Incluso, los miembros de mayor peso dentro de la jerarquía eclesiástica tenían
antiguos vínculos con las fuerzas armadas. Por ejemplo, el obispo de Rosario,
Antonio Caggiano, uno de los principales nexos de la Iglesia con el peronismo,
desde 1933 ocupaba el cargo de Vicario General del Ejército.
En segundo lugar, la posibilidad de la alianza entre la jerarquía eclesiástica y
el Estado peronista radicaba en el amplio arco de coincidencias que
presentaban sus proyectos de sociedad. Tanto la doctrina social de la Iglesia
como el peronismo reconocían la realidad de los conflictos sociales y
proponían su superación a través de una conciliación de clases en la que el
Estado jugaba un papel central: por un lado, como mediador en los conflictos,
pero fundamentalmente implementando una política redistributiva que tanto
el peronismo como la Iglesia definen como "justicia social".
La unidad Estado-Iglesia se expresó en las múltiples manifestaciones de
apoyo que mutuamente desplegaron el gobierno peronista y la jerarquía
eclesiástica y que otorgaron a la Iglesia un considerable espacio público: la
Iglesia católica, durante los primeros años del peronismo, se transformó en una
presencia constante, estrechamente vinculada a la política oficial. Sin embargo,
ni los puntos de coincidencia, ni las mutuas manifestaciones de apoyo
impidieron que, en la implementación de las políticas concretas, surgieran una
serie de conflictos en torno al control de ciertas áreas de la sociedad civil [ 6] .
La definición de las áreas de conflicto
Desde los comienzos del primer gobierno peronista - el general Perón
asumió el gobierno el 4 de junio de 1946 -, algunos de los actores de la
institución eclesiástica comenzaron a observar con preocupación lo que
consideraban avances del Estado sobre la sociedad civil. De este modo, ya en
agosto de 1946, la revista Criterio [ 7] - a raíz de proyectos gubernamentales de
asistencia social - comenzaba a denunciar interferencias, definidas como
"estatismo", en la medida en que implicaban una reducción de la esfera de
influencia de la Iglesia:
"De acuerdo con las enseñanzas sociales católicas siempre hemos
sostenido que las organizaciones del gobierno no tienen derecho a
intervenir en las actividades de las instituciones privadas. Es misión
del Estado ayudar pero nunca absorber completamente al sector
privado" [8] .
En septiembre de 1946, una encuesta organizada por la Dirección General de
la Inspección Médica Escolar, para realizar una investigación sobre la "crisis
puberal" en el ámbito de las escuelas, también era juzgada en duros términos:
"La tradición argentina, en plena conformidad no sólo con la
enseñanza católica sino con toda la doctrina sociológica que no sea
estrictamente totalitaria (facista, nacional-socialista, comunista)
afirma que los hijos pertenecen a la familia antes que al Estado. El
hogar es, según todos los sociólogos no militantes de la tendencia
señalada, la célula social por excelencia. Cuanto se orienta al
menoscabo de la familia realiza una tarea nefasta [...]. Lo he dicho
muchas veces y lo repito una vez más, ni desde el punto de vista
católico ni desde el simplemente humano podemos admitir la
fórmula de Mussolini: el Estado es un absoluto del cual el individuo
y la familia, a manera de simples relativos, reciben todos sus
derechos" [9] .
Así, ya desde los inicios del gobierno de Perón, comenzaron a definirse las
áreas en conflicto entre la Iglesia y el Estado peronista: familia, educación,
asistencia social. En síntesis, el conflicto se localiza en el control de aquellas
áreas consideradas claves para la reproducción de la sociedad.
El problema de la enseñanza religiosa
Generalmente se considera que el amplio espacio que el gobierno peronista
reconoció a la Iglesia católica tuvo su mayor expresión en el ámbito de la
educación, en particular, en lo referido a la sanción de la ley de enseñanza
religiosa en las escuelas estatales. Es indudable que el acceso a la instrucción
pública constituyó para la Iglesia una importante ampliación de su esfera de
acción; sin embargo, en la medida en que sus resultados no cumplieran con las
expectativas, también habría de transformarse en un punto de conflicto con el
Estado y obligaría a un replanteo de las estrategias católicas en el campo
educacional.
La enseñanza religiosa en las escuelas públicas - que contaba con
antecedentes en varias provincias - era considerada por la Iglesia como un
elemento clave en el proyecto de catolización de la sociedad. El gobierno
militar, bajo la influencia del integrismo católico [ 10] , la había impuesto mediante
un decreto en diciembre de 1943. Pero la Iglesia, con el retorno a la vigencia
constitucional, aspiraba a que su permanencia fuese garantizada por una ley
del Congreso. Incluso, la aprobación de dicha ley era considerada como una de
las condiciones del apoyo de la jerarquía eclesiástica a la candidatura de Perón.
En agosto de 1946, la Cámara de Senadores había aprobado un proyecto de
ley que confería fuerza legal a todos los decretos dictados por el gobierno de
facto. De este modo, la continuidad de la política del gobierno militar quedaba
garantizada durante el peronismo y se aseguraba también la sanción legal de la
enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Sin embargo, la Cámara de
Diputados, por su misma composición, podía resultar menos dócil que el
cuerpo senatorial para cumplir compromisos pre-electorales. El principal
problema residía no sólo en la oposición de los diputados radicales, sino en la
resistencia que la ley despertaba en los sectores peronistas provenientes del
laborismo.
Ante esto, la jerarquía eclesiástica inició una campaña destinada a presionar
al gobierno. Uno de los elementos claves era la publicación de estadísticas
destinadas a mostrar el alto porcentaje de alumnos que, desde 1944, concurrían
a clase de religión en las distintas escuelas del país [ 11] . Para la Iglesia católica,
esto constituía un verdadero plebiscito, prueba de que los padres - quienes,
según su perspectiva, tienen la última palabra en educación, en virtud de la "ley
natural" - deseaban la instrucción religiosa para sus hijos. Dichas cifras
resultaban, además, un claro índice de las transformaciones de la sociedad
argentina: la religión parecía haber dejado de ser un asunto privado que atañe
a las conciencias, para poder aspirar a constituirse en el principio organizador
del cuerpo social.
Las expectativas eclesiásticas no se vieron defraudadas. Ante la proximidad
de la presentación de la ley en la Cámara de Diputados, el mismo Perón
encomendó al diputado Joaquín Díaz de Vivar la dirección del debate
parlamentario: él debía ser el responsable del discurso principal y debía elegir,
además, a quienes lo acompañarían en dicho debate, marcando sus líneas
ideológicas [ 12] . La elección de Perón no era arbitraria. Descendiente de una
familia del patriciado correntino, Díaz de Vivar había llegado al peronismo a
través del radicalismo de la provincia de Corrientes. Sin embargo, su militancia
en las filas del antipersonalismo alvearista no había sido contradictoria con su
pertenencia a grupos nacionalistas, su amistad con filofascistas, sus
conocimientos de tomismo y su firme adhesión al catolicismo integrista. Fiel
hijo de la Iglesia, era uno de los diputados mejor capacitados para la defensa de
la ley.
La defensa de la ley
Bajo la dirección de Díaz de Vivar, los argumentos de los diputados
peronistas [ 13] se fundamentaron en los principios de un catolicismo integrista
hispanófilo que no está dispuesto a transigir con la secularización, sino que,
por el contrario, pretende ubicarse como principio organizador de la sociedad.
De esta manera, la identificación entre hispanidad, catolicismo y nacionalidad,
la consideración de la religión como fundamento y del liberalismo/ laicismo
como elemento de desintegración del cuerpo social - principales ejes de los
discursos peronistas en la Cámara - permitieron que el diputado Lasciar
pudiera afirmar:
"Nuestra tradición es Cristo y estar contra ella es estar contra
Cristo. Dios es el alma nacional" (Lasciar, 146).
Dentro de esta línea, la enseñanza laica (ley 1420 de 1884) pudo ser
considerada como la ruptura de la unidad hispanidad/ catolicismo/
nacionalidad,
"... [hemos] sido víctimas de un percance histórico de muy grandes
proporciones (...) Con España, el catolicismo era el otro gran
calumniado; se estableció la siguiente sinonimia: hispanidad,
catolicidad, oscurantismo. Y así comenzó, señores diputados, todo
el proceso de descastización, una de cuyas afloraciones más
eminentes fue precisamente, en mi opinión, la ley 1.420. Entre otras
cosas, eso significó la ley que tratamos de modificar: una ruptura
violenta con la más pura y rancia tradición argentina" (Díaz de
Vivar, 12).
mientras que la enseñanza religiosa era presentada como el retorno a los
orígenes:
"Yo afirmo categóricamente, en nombre de la mayoría, que entre
una tradición de tres siglos y medio y otra de apenas sesenta años, la
primera es la verdadera, elaborada a lomo de centurias, iniciada
desde el instante en que el gran navegante hincó su rodilla en
América, para anunciarle al indígena que el eclipse y el rayo eran
castigos divinos lanzados sobre la crueldad, sobre lo sanguinario,
sobre la antifé" (Guillot, 99).
Pero la enseñanza religiosa no era sólo recuperar una tradición. En la medida
en que introducía un elemento de orden social,
"... el trabajador argentino se siente solidario con la enseñanza
religiosa en las escuelas, amén de apreciar la trascendencia de la
misma en lo que se refiere principalmente a la formación de la
conciencia y a la jerarquización de los sentimientos como factores
de orden y disciplina [...] La enseñanza religiosa, al suavizar las
asperezas entre los hombres, coopera eficientemente a destruir todo
asomo de anarquía y atropello..." (Lasciar, 148-149).
tenía una eficacia contemporánea como la más firme barrera ante al peligro del
comunismo:
"... la escuela del siglo XX, de la posguerra, puede orientar al niño
solamente en dos direcciones: hacia el materialismo dialéctico o
hacia la catolicidad como paradigma de la vida. No debemos
equivocar el planteo, porque es el único dilema; no hay otro. Son
las únicas fuerzas antípodas que tienen plena vigencia e
historicidad" (Díaz de Vivar, 49).
A estos argumentos - los de mayor peso dentro de la estructura de los
discursos -, se sumaron, un tanto paradójicamente, otros que apelaban a la
tradición izquierdista de algunos diputados de extracción gremial y que se
expresaba en la resistencia de la C.G.T. a la sanción de la ley:
"Tengo sobre mi banca, y me he de permitir leer, la carta fechada en
lro de agosto de 1942, hace apenas cinco años, donde el mismo ex
diputado socialista Alfredo L. Palacios, que la firma (...) se lamenta
del desconocimiento que de la Biblia y de los Evangelios tienen los
estudiantes universitarios (...) Camaradas diputados que integran
esta bancada y que han tenido origen en el Partido Laborista: esta
carta de un inminente maestro del derecho que fue mi maestro y al
que reverencio, de activa militancia socialista, les está diciendo que,
sin ningún temor, quienes hayan tenido ese pasado político y esa
cultura marxista, pueden votar esta ley..." (Guillot, 114-11 g).
De un modo u otro, la decisión de Perón de que la ley debía ser aprobada
determinó el disciplinado voto de la mayoría peronista (marzo de 1947).
Indudablemente, esto implicaba para la Iglesia católica el reconocimiento de
un amplio espacio de poder. Sin embargo, ya no se habrían de repetir las
condiciones que se habían dado durante el gobierno militar.
Los problemas de la ley
Las nuevas condiciones ya se registraron en la reglamentación de la ley (16 de
mayo de 1947). Según el decreto - firmado por Perón y por el ministro de
Instrucción Pública, Gache Piran -, de los seis miembros que integraban la
Dirección General de Instrucción Religiosa, el director y cuatro vocales debían
ser designados por el Poder Ejecutivo; el restante "será designado a propuesta
en terna del venerable episcopado argentino" (art. 1°); los programas de
estudios, los textos y la designación de docentes se efectuarían "previa consulta
con la autoridad eclesiástica" (art. 3° y 4°); pero establecía explícitamente que
dichas consultas serían únicamente "a los efectos del resguardo de la ortodoxia
en la enseñanza de la religión" (art. 7°). En síntesis, el Estado peronista
concedía a la Iglesia un amplio espacio, pero no estaba dispuesto a ceder
totalmente las formas de control.
Así, por ejemplo, si bien la jerarquía eclesiástica debía examinar a los futuros
maestros y profesores de religión - lo que abrió el campo de la docencia a
numerosos miembros de la Acción Católica Argentina -, los nombramientos
quedaban en manos del gobierno. Esto último generó controversias con
algunos prelados que, como Zenobio Guilland, arzobispo de Paraná,
consideraban esta intervención estatal como una interferencia indebida en su
acción de magisterio. Dentro de esta línea, Orden Cristiano denunciaba que la
enseñanza religiosa había quedado fuera de la órbita eclesiástica:
"... se trata de una educación religiosa impartida por el Estado, con
sus propios maestros y bajo su propia dirección" [14] .
Pero si los conflictos juridiccionales encontraron alguna forma de
convivencia [ 15] , muy pronto surgió otro tipo de problemas. Estos radicaron en la
clara percepción de la Iglesia de los límites que imponían a su acción tanto la
tradición laica de la enseñanza oficial argentina como el giro que habría de
asumir el proyecto educativo del peronismo.
Los limites de la enseñanza religiosa
Muy pronto, los mismos católicos advirtieron esos límites y en Orden Cristiano
se expresó el temor de que la enseñanza religiosa no era garantía frente a los
sistemas heterogéneos e híbridos de la enseñanza oficial:
"...¿qué alcance puede tener el curso de catolicismo, si en los de
cosmogonía, filosofía y literatura o historia se destruyen las
concepciones del mismo?" [16]
Sin embargo, el sistema educativo estatal del gobierno peronista no parecía
demasiado dispuesto a ser influenciado en su totalidad por la Iglesia. Así, por
ejemplo, a pesar de la circular de la Dirección General de Enseñanza Religiosa
que recomendaba a los directores de escuela que
"en historia se debe considerar a Cristo como centro de la historia
del mundo" [17] ,
esta enseñanza mantuvo los contenidos tradicionales de una historiografía de
corte liberal, que presentaba como ejemplos para la juventud a figuras de
aristas anticlericales, como Rivadavia y Sarmiento.
Además de esto, el gobierno peronista introducía en las escuelas
innovaciones que también eran consideradas limitativas del proyecto de
catolización de la sociedad. La enseñanza de la higiene [ 18] , la implementación de
proyectos de tipo sanitarista [ 19] y la promoción del deporte eran consideradas
por la Iglesia como una excesiva preocupación por "lo corporal", que podía
deslizarse hacia terrenos vedados [ 20] .
Mas el principal límite a la instrucción religiosa se encontró en el mismo
carácter que muy pronto asumió la política oficial: los avances de la
peronización de la enseñanza que se registraron, sobre todo, en el ámbito de las
escuelas primarias. Como señala Alberto Ciria, con respecto a los textos
escolares, comenzaron a esbozarse dos áreas de énfasis y repeticiones: a) el
paralelo entre el peronismo (muchas veces Perón) y personajes y episodios de
la historia liberal o tradicional, nunca la revisionista, y b) la enumeración de las
conquistas del peronismo en el poder, en todos los terrenos de la realidad
nacional, con especial referencia a la obra de Perón y de Evita en tal sentido [ 21] .
Un anticipatorio y buen ejemplo lo encontramos ya en un texto escolar de
1947:
"...tú estás viviendo en los años del gobierno del GENERAL
PERON, que es
como Belgrano, un patriota cristiano;
como San Martín, un libertador preclaro;
como Rivadavia, un genial propulsor del progreso;
como Sarmiento, un apóstol de la cultura.
Pero hay algo en lo que no tiene antecesor.
"Es, como nadie, el DEFENSOR de los trabajadores y el
PALADIN DE LA JUSTICIA SOCIAL" [22] .
Según esta línea, fueron los principios del peronismo, centrados en la
exaltación a sus líderes, y no la enseñanza de la religión lo que constituyó la
base de la educación de "la nueva Argentina". El proceso de peronización de la
enseñanza se aceleró a partir del momento en que ciertas tendencias que -
como el texto citado - habían sido producto de iniciativas individuales, se
retomaron, reprodujeron y ampliaron desde las esferas oficiales. En 1948, la
gestión de Oscar Ivanissevich como secretario de Educación marcó el cambio:
sus discursos abandonaron la exposición de lineamientos políticos para asumir
un fuerte personalismo centrado en la figura del líder.
Dentro de este proceso, el año 1950 es un momento particularmente
significativo [ 23] . El área de la educación - que de Secretaría había sido elevada
a Ministerio en julio de 1949 - adquirió una mayor relevancia dentro de la
política oficial, al mismo tiempo que la peronización de la enseñanza conocía
una considerable profundización. Desde la perspectiva de los opositores, se
registraban distintos hechos: la iniciación de los cursos primarios con actos de
corte partidista; la distribución del libro Florecer, editado por el Ministerio de
Educación, en un ensayo de texto "único"; el otorgamiento a Perón del título
de "primer maestro de la nueva escuela argentina"; la constante movilización
para asistir a actos oficialistas tanto del personal docente como de los
alumnos [ 24] .
El mayor control sobre la educación - que, sin negar su filiación católica,
iba impregnando con una tónica oficialista -, determinó que la enseñanza
religiosa ocupase un lugar cada vez más marginal. En 1950, en un acto con
motivo del aniversario de la sanción de la ley, Perón reiteraba que "nuestro
movimiento es cristiano y humanista" [ 25] . Pero el mismo acto revela la distinta
posición de la religión en las escuelas: con exclusivo centro a la figura de
Perón, la ley dejó de ser considerada como el reconocimiento de un derecho de
la Iglesia - según la habían presentado los argumentos integristas de Díaz de
Vivar - para transformarse en una concesión personal de Perón a los
católicos.
Los límites a la esfera de acción de la Iglesia tuvieron una clara expresión en
la designación de Armando Méndez San Martín como ministro de Educación,
en junio de 1950. El nombramiento preocupaba a la jerarquía eclesiástica: el
nuevo ministro - calificado de "masón" - era conocido por sus tendencias
anti-católicas. En efecto, la nueva profundización de los contenidos oficialistas
en el campo educativo habrá de aspirar a que el mismo peronismo ocupe los
espacios de la religión. Si desde 1951 se señala a los niños que
"El general Perón, siguiendo el ejemplo de Jesús, buscó a sus
amigos entre los pobres" [26] ,
muy pronto, las figuras de los líderes serán revestidas de rasgos de sacralidad.
A partir de la muerte de Eva Perón (1952), no sólo el Ministerio de Educación
resuelve que, diariamente, en todas las escuelas, una delegación de niños debe
colocar ante su retrato una ofrenda floral y leer - al izar o arriar la bandera -
una oración en su memoria [ 27] , sino que en los mismos textos de lectura, la
figura de Eva Perón es dotada de atributos que la homologan a las imágenes de
veneración católica.
De este modo, el autoritarismo político y la aspiración a transformar al
peronismo en una forma de religiosidad restaron espacio a la enseñanza
religiosa, reducida a unas pocas horas semanales de clase, y se constituyeron en
fuertes límites al objetivo de instauración de la religión como principio
organizador del cuerpo social. Tal vez había límites más profundos: la
exterioridad de la Iglesia católica con respecto a las necesidades y aspiraciones
de las clases populares. En este sentido, el auge, durante este período, de ciertas
formas de religiosidad popular, como el espiritismo o el pentecostalismo,
revela mejor que nada los límites del proyecto de catolización de la sociedad [ 28] .
El problema de los "profesores de religión"
Desde la perspectiva de la Iglesia, el mayor límite al proyecto de catolización
de la sociedad residía en la mala calidad de la enseñanza religiosa, a partir de lo
que se consideraba una deficiente preparación de los maestros y profesores que
la impartían. El problema era reconocido por la Iglesia desde la
implementación del decreto de enseñanza religiosa por el gobierno militar:
"La inesperada implantación de la catequesis en las escuelas
públicas, sobre todo las del orden secundario, por decreto del Poder
Ejecutivo sorprendió a la Iglesia con una indiscutible escasez de
maestros bien preparados [...]" [29] .
De allí, la constante preocupación, durante estos años, de promocionar
libros de textos con nuevos métodos didácticos o la organización de cursos a
cargo del Profesorado de Religión y Moral. Sin embargo, todos estos esfuerzos
parecen haber dado muy pocos resultados. Años más tarde, el fracaso de la
enseñanza religiosa se atribuye fundamentalmente al hecho de que quienes
estaban mejor capacitados para encarar la enseñanza religiosa en las escuelas
públicas, las congregaciones religiosas especializadas en educación, se
mostraron indiferentes ante el proyecto y prefirieron permanecer encerradas en
sus colegios privados:
"El Episcopado se encontró teniendo que improvisar casi de la
nada, una estructura que cubriera ese campo y la provisión de
profesores de religión para el secundario. El clero diocesano y el
laicado militante realizó un gran esfuerzo, para cubrir el vacío
dejado por las congregaciones educativas" [30] .
En efecto, hacia 1947, los miembros de las congregaciones religiosas
femeninas y masculinas constituían el 79% del personal eclesiástico. Las
principales órdenes masculinas (salecianos, verbitas, jesuitas, maristas) estaban
especializadas en educación y controlaban los principales colegios privados
católicos. Otro tanto ocurría con las congregaciones femeninas, que
representaban el 66% del personal eclesiástico y que en un 50% se abocaban a
tareas educativas [ 31] . Sin embargo, en este encierro de las congregaciones
religiosas en sus institutos privados, más que una explicación de la debilidad de
la enseñanza religiosa, tal vez podemos encontrar el anuncio de una nueva
estrategia de la Iglesia católica en materia educativa.
Hacia la "libertad de enseñanza"
Los católicos autodenominados "democráticos" [ 32] - minoritarios dentro de la
Iglesia - miraban con cierta reticencia la enseñanza religiosa en las escuelas
públicas. Esto no significaba, sin embargo, que carecieran de un proyecto
educativo que tuviera como objetivo la catolización de la sociedad. No
obstante, éste no se basaba en la unidad del Estado y la Iglesia, sino, por el
contrario, en asegurar el máximo de autonomía de las estructuras ideológicas
eclesiásticas.
En materia educativa, el proyecto de los católicos democráticos tenía
antecedentes: desde comienzos de siglo, distintas organizaciones laicas habían
bregado por lo que se definía como "libertad de enseñanza" [ 33] . Empero, el
proyecto no había tenido demasiado éxito y los esfuerzos eclesiásticos - más
dispuestos a mediatizar las estructuras del Estado para lograr sus objetivos -
se habían concentrado en obtener la sanción de la ley de enseñanza religiosa.
Sin embargo, - y a pesar de su posición minoritaria - los católicos
democráticos iniciarian un movimiento destinado a lograr que los
establecimientos educativos católicos, principal eje de las estructuras
ideológicas de la Iglesia, adquiriesen el máximo de autonomía con respecto al
Estado. Incluso, los exponentes de esta línea, invocando el Artículo 14° de la
Constitución - el derecho a asociarse con fines útiles, profesar libremente su
culto, enseñar y aprender -, reconocían también el derecho a la libertad de
enseñanza de otros grupos religiosos, como protestantes y judíos. Empero, este
reconocimiento, que deja de lado el principio integrista de la unidad
catolicismo/ nacionalidad, no ocultaba que, tras el aparente pluralismo liberal,
existía una clara confianza en el carácter disciplinador de las religiones:
"El país ganará bajo este régimen [...] Un buen católico, un buen
protestante, un buen judío será lógicamente un ciudadano muy
superior al católico, al protestante, al judío o al liberal amorfo,
indefinido, desprovisto de ideas y principios claros en toda
especie" [34] .
La libertad de enseñanza a la que se aspiraba tenla como base la autonomía
de los establecimientos privados para expedir certificados de estudios y títulos
habilitantes. Para la Iglesia Católica, muchos de estos establecimientos
cumplían un papel clave dentro de sus estructuras ideológicas: las escuelas
normales, que formaban a futuras maestras, por ejemplo, cumplían un rol
central ya que se las consideraba constitutivas del perfil de quienes serían
reproductoras sociales por excelencia [ 35] .
Sin embargo, esto no significaba renegar totalmente del Estado: se le
reconocía el derecho a fiscalizar la enseñanza, pero fundamentalmente se le
reservaba la obligación de sostener toda la enseñanza, tanto la pública como la
privada, a través de lo que se considera
"la distribución equitativa del presupuesto de instrucción pública
entre la escuela oficial y la privada" [ 36] .
El gobierno peronista no constituyó un espacio propicio para los alegatos de
los católicos democráticos. Sin embargo, durante estos años se habrían de
registrar algunos hechos que conducirían a la "libertad de enseñanza". En
primer lugar, en septiembre de 1947, se promulgaba la ley que otorga subsidios
estatales a los colegios privados para el pago de salarios a los docentes. Aunque
criticada por insuficiente por muchos católicos [ 37] , la ley resultó un importante
estímulo para la enseñanza privada. En efecto, de 1945 a 1955, la matrícula en
los colegios privados primarios ascendió en un 49% y en los institutos
secundarios, en un 60% [ 38] . De este modo, a pesar de que esta ley resultó mucho
menos controvertida que la de enseñanza religiosa, habrá de tener mayores
efectos a largo plazo en,el proyecto de catolización de la sociedad.
Además, a comienzos de 1950 - a pesar de que las relaciones entre la Iglesia
y el Estado peronista comenzaban a mostrar síntomas de deterioro - el
profesorado dependiente del Consejo Superior de Educación Católica,
considerado clave para la formación de católicos docentes para los niveles
secundarios y terciarios, fue incorporado como instituto adscripto a la
enseñanza oficial [ 39] . La importancia de este hecho - más cualitativa que
cuantitativa - radicaba en el acceso de la Iglesia a la enseñanza superior.
¿Enseñanza religiosa o libertad de enseñanza? Los cambios en
política educativa
Los magros resultados, según la perspectiva eclesiástica, de la enseñanza de
religión en las escuelas públicas y los conflictos con el Estado - que alcanzan
su punto más crítico en 1954, cuando se deroga la ley de enseñanza religiosa -
llevaron a que el proyecto de libertad de enseñanza ocupase un lugar cada vez
más relevante dentro de las estrategias educativas católicas.
De este modo, después de la caída del peronismo - la Iglesia católica habrá
de estar otra vez junto a las fuerzas armadas en el golpe militar de septiembre
de 1955 -, los esfuerzos se concentrarán en el establecimiento de un sistema
que asegure a las estructuras ideológicas de la Iglesia un importante grado de
autonomía. Nuevamente, las expectativas eclesiásticas no serán defraudadas.
En diciembre de 1955, Atilio dell'Oro Maini, ministro de Educación del
gobierno militar, firma el decreto por el que se establece la libertad de
enseñanza, básicamente a través del reconocimiento de las universidades
privadas. Tres años más tarde, ya en el período de retorno a la normalidad
constitucional, la ley será sancionada legalmente por el Congreso, durante el
gobierno del entonces radical Arturo Frondizi (1958).
Pero la libertad de enseñanza no es sólo un cambio de estrategia para
asegurar la autonomía eclesiástica en el campo de la enseñanza, sino que
también revela un cambio en la política educativa católica. En efecto, a partir
de ese momento, el interés de la Iglesia parece no estar puesto en ejercer su
influencia sobre las escuelas públicas, de marcada connotación popular, sino
en concentrar sus esfuerzos en los institutos privados - fundamentalmente en
las Universidades católicas - que se transformarán en el mecanismo selectivo
de una élite dirigente. Sin embargo, los cambios de estrategias y de políticas no
ocultan el mantenimiento del objetivo integrista: cómo hacer del catolicismo el
principio organizador de la sociedad civil.
NOTAS
Por Iglesia católica no me refiero en un sentido restrictivo a la jerarquía eclesiástica, ni en un
sentido extenso al conjunto de los católicos, sino a lo que Gramsci llama "las estructuras
materiales de la ideología", esto es, "la organización material dedicada a mantener, defender y
desarrollar ePfrente'teórico o ideológico"; Antonio GRAMSCI: Pasado y Presente, Buenos
Aires, Gránica, 1974, p. 219.

Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, 1946, p. 307.

Friederich HEER: "Problemas del catolicismo" en Europa, madre de revoluciones, Madrid,
Alianza, 1980, p. 653.

María Ester RAPALO: La revista Criterio y el pensamiento autoritario en la Argentina
(1928-1943), Informe a CONICET, 1987.

Susana BIANCHI: Iglesia católica y Estado peronista, Buenos Aires, Centro Editor de
América Latina, 1988.

Según Carlos CHIESA y Enrique SOSA, la importancia de Criterio consiste en que cumple
la función de establecer una vinculación orgánico-institucional entre la jerarquía eclesiástica y
los cuadros intermedios (clero y organizaciones católicas laicas); en Iglesia y Justicialismo,
1943-1955, Cuadernos de Iglesia y Sociedad, Buenos Aires, 1983, p. 129.

Criterio, 959, 1 de agosto de 1946, p. 112.

Gustavo FRANCESCHI: "En torno a una encuesta" en Criterio, 966, 19 de septiembre de
1946, p. 297.

Susana BIANCHI: "La Iglesia católica en los orígenes del peronismo", Anuario, 5, IHES,
Tandil, 1990.

Según el decreto militar, los padres podían optar, para sus hijos, entre clases de religión
católica o de moral. Dentro de los establecimientos secundarios, el porcentaje de alumnos que
concurrían a clase de religión representa el 93,47%, siendo el más alto, 95,79%, el
correspondiente a las Escuelas Normales femeninas. Según la distribución por regiones, los
mayores porcentajes se concentran en las provincias del noroeste, tradicionalmente católicas
y con relativamente débil peso inmigratorio: Catamarca, 99,92%; Jujuy, 99,78%; Salta,
99,09%, y La Rioja, 98,73%. Los porcentajes más bajos corresponden a Capital Federal,
88,35% y Santa Cruz, 77,22%. "Cifras Estadísticas" en Orden Cristiano, 128, febrero de
1947,2a. quincena, p. 367.

Entrevista a Joaquín DIAZ DE VIVAR, realizada en Buenos Aires, el 23 de agosto de 1989,
por Mariano PLOTKIN, a quien agradezco haberme facilitado dicho material.

Las principales intervenciones corrieron a cargo de los diputados Joaquín Díaz de Vivar,
Raúl Bustos Fierro, César Joaquín Guillot, proveniente de la Junta Renovadora del
radicalismo, y Guillermo F. Lasciar, diputado de extracción sindical. Las citas corresponden
a La Enseñanza Religiosa, Discursos pronunciados en la Honorable Cámara de Diputados de
la Nación en las sesiones del 6, 7, 12 y 13-14 de marzo de 1947, Buenos Aires, 1947. Entre
paréntesis, nombre del expositor y número de página.

"Editorial. Reglamentación de la enseñanza religiosa" en Orden Cristiano, 141, septiembre de
1947, la quincena, pp. 67-68.

Los conflictos jurisdiccionales encontraron un informal punto de estabilidad en la
designación, al frente de la Dirección General de Instrucción Religiosa, de Enrique Benítez de
Aldama, colaborador de la revista Criterio y hermano del presbítero Hernán Benítez -
confesor de Eva Perón -, hombre de confianza tanto de la Iglesia como del gobierno
peronista.

Orden Cristiano, 133, mayo de 1947, la. quincena, p. 583.

Citado por José O. FRIGERIO: "Perón y la Iglesia. Historia de un conflicto inútil" en Todo
es historia, 210, octubre de 1984.

La ley 13.039 de 1947 declaraba obligatoria la difusión y enseñanza de los principios de la
higiene.

La Iglesia se opone a la implementación de la libreta sanitaria en las escuelas primarias por
considerarla una intromisión en los asuntos privados familiares; Criterio, 980, 26 de
diciembre de 1946.

El cuerpo femenino, fundamentalmente, era considerado por la Iglesia como fuente de
pecado. Incluso, la denuncia de corrupción que tendrán como objeto la sección femenina de
la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), encontrarán uno de sus ejes en la exhibición de
las jóvenes estudiantes en ropas gimnásticas excesivamente escuetas, según la opinión de sus
censores.

Alberto CIRIA: Política y Cultura Popular: la Argentina peronista (1946-1955), Buenos
Aires, Ediciones de la Flor, 1983, p. 219.

Domingo IANANTUONI: El Plan Quinquenal explicado a los niños, Buenos Aires, Edición
del Autor, 1947, p. 13.

Hay que tener en cuenta que en el año 50, al mismo tiempo que la política económica
redistributiva empieza a conocer dificultades, los campos de la oposición política se estrechan
de manera muy considerable. A partir de que la reforma constitucional del 49 permite la
reelección de Perón, el Estado logra completar la subordinación de las estructuras de la CGT;
los partidos políticos están rigurosamente controlados; Balbín, principal líder de la oposición,
está preso; en la Cámara de Diputados la oposición queda anulada después del retiro de 30
diputados radicales; en la Universidad, la FUBA es declarada ilegal; se refuerza el control
estatal sobre los medios de comunicación. Además, el 17 de octubre de ese mismo año, Perón
enuncia las llamadas 20 Verdades, buscando dar un contenido definitivo al peronismo,
básicamente a través del mecanismo discursivo de exclusión de los opuestos. En este sentido,
el empleo del término "verdades", para definir sus consignas políticas, es altamente
significativo.

La Nación, 17 de marzo y 2, 11, 13 y 23 de abril de 1950.

La Nación, 5 de mayo de 1950.

Mundo Peronista, 15 de diciembre de 1951, p. 50.

Mundo Infantil, N. 149, 4 de agosto de 1952.

Susana BIANCHI: "Iglesia católica y peronismo: el conflicto en el campo de la religiosidad";
ponencia presentada en las Jornadas del Programa de Política y Sociedad, IEHS, UNICEN,
Tandil, 15 y 16 de noviembre de 1990.

Gustavo J. FRANCESCHI: "Después de la sanción", Criterio, 992, 27 de marzo de 1947, p.274.

Gerardo FARRELL: Iglesia y Pueblo en la Argentina, Buenos Aires, Patria Grande, 1973,
pp. 101-102.

Susana BIANCHI: La conformación de la Iglesia católica como actor político durante los
gobiernos peronistas (1943-1955), proyecto de investigación, IEHS, UNICEN, Tandil,
1991-1993.

Los católicos "democráticos", también llamados "liberales", constituirán la base de la
Democracia Cristiana, que se organiza en partido político en 1954.

Néstor T. AUZA: Corrientes sociales del catolicismo argentino, Buenos Aires, Editorial
Claretiana, 1984.

Horacio MARCO: "Posicion católica ante la ley de enseñanza religiosa", Orden Cristiano,
133, mayo de 1947, Ira. quincena, p. 586.

Las escuelas normales privadas eran católicas en su totalidad y habían conocido en las
últimas décadas una importante expansión: hacia 1947 constituyen el 61%n del total de los
establecimientos normales. Ver Carlos Pedro KROTSCH: "Iglesia, Educación y Congreso
Pedagógico Nacional" en Ana María EZCURRA: Iglesia y transición democrática, Buenos
Aires, Punto Sur, 1988, p. 219. Ver también Juan Carlos TEDESCO: "Educación y sociedad
en la Argentina, Buenos Aires, Solar, 1986.

Horacio MARCO: "Posición Católica...", p. 586.

"Hacia el monopolio escolar" en Orden Cristiano, 146, noviembre de 1947, 2a. quincena, pp.
55 y 56.

Es importante señalar que si bien estas cifras abarcan todas las escuelas privadas, tanto
religiosas - de distintas confesiones - como laicas, dentro de la estructura de la enseñanza
privada los colegios católicos tienen una primacía indiscutible. Departamento de Estadística,
Ministerio de Educación y Justicia, 1945-1955.

La Nación, 13 de abril de 1950.

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