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PAMELA CONSTABLE and ARTURO VALENZUELA: New York & London, W. W. Norton &
Company, 1991.
El libro de Pamela Constable y Arturo Valenzuela es parte de un reciente y
creciente esfuerzo científico y literario de analizar, interpretar y resumir el
período de la dictadura militar en Chile (1973-1990) y sus consecuencias para el
país. La estructura de esta obra, con sus doce capítulos, nos conduce de una
situación de polarización total - que Valenzuela ya había analizado en su,
ahora clásico, The Breakdown of Democracic Regimes: Chile (Baltimore, John
Hopkins University Press, 1978) - al enfrentamiento entre los militares y la
izquierda chilena, que luego envolverá también factores políticos centristas,
como la Democracia Cristiana; a la represión ejercida por el gobierno militar y
su impacto sobre los diversos sectores sociales, y al proceso de cambio forzado
efectuado durante el período militar y los efectos que éste tuvo sobre la sociedad
chilena en sus diversos sectores. El libro culmina en un optimista capítulo sobre
el renacimiento de una nación, en este caso, la chilena.
Ante todo debe afirmarse que el libro de Constable y Valenzuela es de
interesante y fácil lectura, sin dejar de ser rico en detalles y pormenores que
explican el desarrollo del proceso o, por mejor decirlo, de diversos procesos que
se intercalan, interactúan y se producen en forma paralela. Las 25 páginas de
notas finales son también prueba de la ardua labor que los autores acometieron
en la recolección de fuentes, en gran parte primarias y testimoniales, cuyo valor
para la obra es innegable y enriquecedor a la vez.
Pero aquí surge uno de los clásicos problemas de trabajos cuya base de datos es
parcialmente testimonial y cimentada en entrevistas directas, en las cuales el
propio actor describe los hechos acaecidos a través de una visión post factum, o
entrevistas de prensa, contemporáneas o posteriores. Las diversas visiones
presentadas son necesariamente parciales y por ello es muy difícil pintar un
cuadro claro de la situación, mientras que, por otro lado, se crea una fuerte
tendencia a la representación de un cuadro que es a la vez impresionista y
emocional. Pese a la seriedad del análisis, a veces se tiene la impresión que el
impacto de la lectura de este libro es más emocional que analítico. Esto se debe a
la dificultad en equilibrar los testimonios personales con datos de carácter
general, también usados en la obra, para crear una textura que, sin perder su
realismo, aleje emocionalmente a los autores, y a través de ellos a los lectores, del
proceso que vivió Chile entre 1973 y 1990. Este ejercicio es necesario si se quiere
llegar a una visión analítica del proceso vivido por ese país; visión que, sin ser
totalmente objetiva, supere lo emocional con lo explicativo.
Indudablemente, el comienzo del gobierno militar chileno en 1973 puede ser
analizado como un acto de guerra, en el cual las fuerzas armadas de ese país,
actuando de acuerdo con una visión de claro carácter ideológico, generalmente
conocida con el nombre de `seguridad nacional', destituyen a las autoridades
democrática y legalmente electas del país, para `salvarlo' de lo que los altos
mandos militares percibían como un proceso caótico, desintegrador y
antinacional, conducente a la guerra civil. Que esta percepción ideológica jugó
un papel central es un hecho; que la guerra fue desatada por el golpe militar
también lo es, pero tal como justamente lo señalan Constable y Valenzuela, la
potencia del enemigo marxista en Chile era, más que nada, fruto de la
demonización ideológica del enemigo `rojo' que de preparativos reales por parte
de éste (p. 28 y ss.).
La retórica revolucionaria marxista de los grupos de extrema izquierda en el
Chile de 1973 había contribuido a la creación de una imagen de inminente guerra
civil en mucho mayor medida que los preparativos reales de grupos guerrilleros,
milicianos, cinturones industriales y aun la tan temida intervención cubano-
soviética. Insisto en este juego de imágenes, pues parece vital para el
entendimiento de los dos períodos, parcialmente sobrepuestos, a lo largo de los
cuales se desarrollan los capítulos del libro: el de la salvación de Chile a través de
la eliminación física, institucional e ideológica del "peligro marxista"- o etapa
de salvación nacional - y el período de institución de un modelo político, social
y económico alternativo al preexistente, modelo de democracia controlada,
limitada o tutelar, cuyo propósito central sería evitar una repetición del tipo de
cuadro que llevó a Chile al borde de la guerra civil. Si ésta fue real o imaginaria
poco importa, pues los actores centrales la percibían como real en 1973.
Las fuerzas armadas chilenas, disciplinadas, poseedoras de una férrea
estructura verticalista de origen prusiano, se convirtieron de expectador
interesado en activo participante en el quehacer político del país ya en los años
del gobierno de Allende, y también sobre esto mucho se ha escrito. El famoso
problema del "constitucionalismo" militar chileno debe ser analizado a partir de
los últimos años del gobierno de Frei, con una ya cambiante relación entre
estado y fuerzas armadas, que explicaría el hecho de que el constitucionalismo
mismo proveía a los militares chilenos con un puente de intervención en política,
que, en caso de crisis aguda, como sucede en 1973, los conduce, o sirve de base, al
golpe. No hay aquí intención de justificar ningún tipo de actitud sino
simplemente de señalar que cuando militares adoptan posiciones políticas - el
constitucionalismo es una posición política-, el debate ideológico sobre la
interpretación de la constitución, los fundamentos de la legalidad y la relación de
éstos con el futuro del país, conduce necesariamente a la adopción de posiciones
ideológicas sobre la conducción del estado, las que, combinadas con una grave
crisis, son productoras de golpes de estado.
Más allá de la intervención militar en política y la aplicación del modus
operandi militar a las cuestiones de gobierno y legislación, se presenta el
problema de la dirección que se ha de otorgar a las políticas del gobierno militar.
Esta cuestión es de claro carácter ideológico y se sobrepone al problema del
personalismo o cesarismo pinochetista. Más aún, la personalización de la
dictadura agudiza el problema, ya que en las primeras etapas del gobierno
militar en Chile existió una aparente división de áreas de gobierno que, sin ser
pluralista, no requirió una ideología única, más allá de los términos unificadores
básicos del nacionalismo, el anticomunismo y la defensa de los valores cristianos
occidentales básicos.
Entre 1974 y 1978, Pinochet pasó de su posición de primo inter pares a
detentar el poder real en Chile. El último obstáculo fue superado con la
expulsión de la Junta de Gobierno, en julio de 1978, del General Leigh Guzmán,
quien desde 1974 se había opuesto obstinadamente al nombramiento de
Pinochet como presidente. Es en estos años y en adelante que se definen los dos
ejes que caracterizarán la gestión de Pinochet: la nueva estructura política
reflejada en la Constitución de 1980 y los planes neoliberales de modernización
económico-social. El primer eje es tratado a lo largo del libro en sus diversas
implicaciones. El segundo, en forma más concentrada, en los capítulos 7, 8 y 9,
en los cuales se analiza el rol y el destino de los tecnócratas, los ricos y los pobres
en Chile durante la época de Pinochet.
Los autores expenden un encomiable esfuerzo al intentar reproducir las
políticas de represión organizada sobre un fondo jurídico-legal que se tornó
rápidamente favorable al gobierno, y a través de las cuales se va creando lo que
acertadamente se denomina una cultura de miedo. Estos puntos son importantes
no sólo en su contenido moral, sino para explicar el inmovilismo de amplios
sectores sociales, políticamente conscientes y sumamente activos en la época
predictatorial, así como el impacto del período de gobierno militar sobre la
cultura política chilena y la posición de las generaciones jóvenes, que desarrollan
una actitud diferente hacia la política y los políticos de la que caracterizó a sus
mayores: actitud que refleja parcialmente la influencia de la visión antipolítica
del liderazgo militar.
La discusión del rol de los políticos en la preparación de la transición a la
democracia es también interesante y plena de datos y detalles que iluminan
ciertos aspectos del cuadro general. No se puede concordar con los autores
cuando afirman que "Tras una década de adormecimiento, el establishment
conservador fue despertado por la crisis de 1983. El colapso económico sacudió
la confianza conservadora en el régimen, las protestas les hicieron temer una
vuelta marxista si no se apuraba la transición, y el resurgimiento de los
demócratas cristianos revolvió sus apetitos competidores" (p. 289). El dilema de
las derechas políticas chilenas pareciera ser más profundo y, nuevamente, de
naturaleza ideológica, poco contemplada en esta obra.
El pinochetismo no logró transformarse en un movimiento cívico-militar de
carácter político, capaz de volverse actor competitivo en este campo, no sólo por
la desconfianza primordial implícita en la posición antipolítica de su líder y
quienes lo asesoraban, sino por una fractura ideológica clara que dividía sus
propias bases. El nacionalismo militar, autoritario y antipolítico, no poseía ni
programa ni ideología socio-económicos claramente definidos y, de haberlos
tenido, hubieran sido de carácter corporativista, expresados en términos de
"sectores estratégicos al servicio de la nación." Este hecho, sumado a las
circunstancias, relatadas también por Constable y Valenzuela, sobre la
disponibilidad de los tecnócratas, su plan económico alternativo y contactos con
la armada, llevaron a la imposición de políticas económicas neoliberales de claro
corte anticorporativista y antiestatalista. Estas contemplaban la existencia de un
estado fuerte, encargado de la seguridad interior y exterior y de la protección de
los principios básicos de propiedad privada y libre mercado. De acuerdo a los
parámetros establecidos por los padres ideológicos de los Chicago boys chilenos -
Hayek, Friedman y demás - el autoritarismo militar podía ser percibido sólo
como instrumental para el lanzamiento y afianzamiento de su modelo
económico, pero de ninguna manera como imanente a él. Las concepciones
librecambistas y la relación mercado libre, sociedad civil e iniciativa personal
tampoco eran afines al pensamiento militar chileno de la época, por triunfalistas
que resultaran las políticas neoliberales.
Esta fractura ideológica básica que caracterizaba el matrimonio de
conveniencia entre los neoliberales económicos, que en política preferirían una
democracia del tipo anglosajón, firmemente asentada sobre un modelo de libre
mercado y fuerte sociedad civil, y los militares nacionalistas, solidaristas y
autoritarios, que en economía no tenían preferencias y, si las tenían, las filtraban
a través de criterios estratégicos que nada tenían que ver con el librecambio, se
exacerbó cuando la economía chilena, y junto con ella el experimento neoliberal
extremo que caracterizó la segunda mitad de los años 70 y los primeros años del
80, entró en grave crisis. Si a esto agregamos el hecho de que el autoritarismo de
Pinochet no dio cabida a los partidos políticos aunque fueran aliados, tenemos
otra dimensión que explica el desarrollo del proceso político, con no menos
validez que el despertar de las masas, las protestas y la crisis económica que
despertó a los políticos conservadores. La crisis de 1983 no sólo lanzó a los
principales actores sociales a la protesta masiva, sino que también sacudió una
alianza asentada sobre una fractura ideológica irreparable.
No sabemos si Chile renació tras el plebiscito del 5 de octubre de 1988 y con la
transición a la democracia. Chile nunca dejó de vivir, por traumática que fuera la
época del gobierno militar. Prueba de ello es que el proceso de transición,
aunque controlado por el gobierno militar, se dio a través de un intercambio de
poder político y legitimidad política. El gobierno militar concedió a la oposición
acceso a la posibilidad de gobernar, a cambio de la legitimidad que ésta concedió
al modelo constitucional de 1980 al aceptar el reingreso al escenario político en
los términos dictados por éste. Las fuerzas políticas anti-autoritarias,
reagrupadas en la Concertación de Partidos por el No, fueron también actores
centrales del proceso político chileno, especialmente en la segunda mitad de la
década del 80.
La lección de la transición en Chile es que la combinación entre políticas
reformistas moderadas por parte de la Concertación y las reformas económicas
neoliberales, pragmáticas en su segunda etapa, que produjeron altos niveles de
crecimiento macroeconómico durante los últimos años del gobierno militar, han
creado el tipo de estabilidad en el cual la democracia- o, por lo menos el tipo de
democracia con enclaves autoritarios que existe hoy en Chile - es posible. El
pueblo demostró, a través de su participación masiva y ordenada en los
plebiscitos y elecciones de la transición, que el requisito aristotélico de la
fraternidad cívica, ingrediente central de toda democracia, existe en Chile en
abundancia. Si, tal como lo afirmara el Presidente Aylwin en varias
oportunidades, Chile ha aprendido las lecciones históricas de la polarización y
"Nunca más nuestras diferencias nos convertirán en enemigos" (p. 317), la
democracia chilena podrá seguir evolucionando hacia un modelo mejor y
consolidando sus logros parciales.
Para aquéllos que siguen este proceso con interés, el libro de Constable y
Valenzuela es lectura obligatoria, por la agilidad del relato, la calidad de
expresión y el profundo discernimiento del que hace gala en repetidas
oportunidades. Entre la opción de monografía histórica o subdivisión temática,
la segunda, escogida por los autores, otorga la profundidad de comprensión
necesaria para echar luz a las relaciones causales y, aunque requiera ciertos
conocimientos previos, es preferible, especialmente en los campos de la política,
economía y sociedad, en los cuales se desarrolla la trama de esta obra. Si bien
siempre quedan ángulos por tocar y a pesar de la diferencia de visiones y
opiniones, tras todo lo dicho, no me queda más que recomendar sinceramente la
lectura de A Nation of Enemies. Chile under Pinochet.
| Mario Sznajder |
Universidad Hebrea de Jerusalén |
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