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KAREN APEL: Lima, IEP-CNRS-IFEA, 1996.
Uno de los temas centrales de la investigación antropológica, histórica y económica
del Perú desde los años sesenta han sido las comunidades indígenas o campesinas.
Sin embargo, el empleo de ejemplos provenientes exclusivamente de los Andes centrales
y sureños ha dado lugar a modelos difíciles de aplicar a la zona norte del país. Los pocos
estudios que hay sobre ella coinciden en que los rasgos "típicos" de la cultura andina
son muy débiles y casi inexistentes en la región piurana de Frías, que es el objeto de
estudio de Karen Apel. El propósito de esta autora es analizar las transformaciones
fundamentales experimentadas por el sector agrario en Piura. Mediante la insistencia
y demostración de la particularidad de la sierra norte del Perú, intenta reconstruir
la situación de los campesinos dependientes de las haciendas y su conversión en comuneros.
Las comunidades de la sierra piurana tienen orígenes diferentes y han obtenido su
reconocimiento legal en coyunturas distintas. Aunque entre las décadas de 1930 y 1950
se dio una primera fase en su reconocimiento, la organización de la gran mayoría de
estas formaciones sociales respondió a posibilidades legales creadas por la reforma
agraria de 1969. Ante ese hecho, son dos las preguntas que articulan el texto. Mientras
la primera plantea por qué los antiguos colonos de hacienda escogieron organizarse
en comunidades campesinas, la segunda insiste en los motivos que han dificultado su disolución.
Para dar una respuesta a ambas cuestiones, el libro se organiza en cuatro capítulos.
En el primero de ellos se discute sobre los distintos movimientos campesinos que
se produjeron en el Perú entre las décadas de 1930 y 1950. Al contrario del radicalismo
demostrado por los campesinos en otras zonas del Perú, donde las luchas campesinas
se centraron alrededor de la posesión de la tierra, los colonos de Piura no cuestionaron
el sistema de hacienda, sino que su lucha se orientó a reivindicar mejores condiciones
de trabajo. En este sentido, resultó básica la tarea de asesoramiento campesino asumida
por miembros del Partido Socialista del Perú, como Hildebrando Castro Pozo, responsables
del logro de muchas ventajas laborales para los colonos. El segundo capítulo describe
el proceso de la reforma agraria de 1969. Las comunidades campesinas surgidas de las
antiguas haciendas no fueron una forma de organización social que satisfaciese las
expectativas de los campesinos, sino una respuesta a la política agraria estatal.
A diferencia de otros campesinos comunarios, el piurano ha desarrollado su producción
a nivel individual, considerándose, al tiempo, socio de la comunidad y propietario de
los terrenos de ésta. Karen Apel explica tal ambivalencia a partir tanto del pasado
del comunero como antiguo arrendatario, como de las condiciones ecológicas favorables
que no demandaban "la conducción de diferentes ciclos agrícolas ni una planificación
minuciosa de la mano de obra". A su vez, esa especial consolidación de la organización
comunal dio lugar a patrones organizativos poco articulados que han encontrado en las
rondas campesinas una forma de compensar las carencias en la solución de conflictos
internos, lo que ha fortalecido a la larga la organización comunal. El tercer capítulo
se centra en las cuatro comunidades campesinas herederas de las haciendas de Poclús y
Pariguanás. Aparecieron en los años ochenta como consecuencia tardía de la reforma
agraria en el distrito de Frías (provincia de Ayabaca), siendo sus nombres Sánchez Cerro
de Poclús, San Martín de Challe Grande, Túpac Amaru de Pariguanás y José Olaya de Silaguá.
Basandose en un riguroso trabajo de campo realizado entre 1989 y 1991, la autora
describe las particularidades de las haciendas y el proceso de reforma agraria que las afectó.
Para finalizar, el último capítulo ofrece una discusión en torno a las comunidades
campesinas como la organización social más representativa del campesinado andino.
Esta última sección recoge las interrogantes sobre el significado que para los campesinos
serranos de Piura tiene la pertenencia a una comunidad y los motivos que les llevaron
a adoptar ese tipo de organización. Estos planteamientos cobran interés si se tiene
en cuenta que, tal como indica Karen Apel, la organización comunal fue un modelo impuesto
por el Estado que no respondía a las expectativas de titulación individual de la mayoría
de los campesinos. Entonces, ¿los campesinos las han adoptado porque eran la condición
previa para la adjudicación de tierras? De ser así, ¿por qué las mantienen, sobre
todo si los campesinos organizan su producción y disponen de sus tierras sin que la
organización comunal interfiera en el proceso productivo? Los argumentos sobre la
funcionalidad de las comunidades que se defienden en el libro en cuestión es que,
aunque la organización comunal en el proceso productivo es muy débil, su legislación
constituyó un marco de referencia para el funcionamiento interno de la comunidad que
contribuyó a evitar los altos niveles de conflictividad internos, sobre todo en el
caso de transferencia de tierras.
Sin negar la seriedad documental demostrada por la autora ni las aportaciones
de su trabajo de campo, cabría señalar la necesidad de que hubiera habido mayor explicación
en las afirmaciones vertidas en el texto, ya que resultan demasiado descriptivas.
Además, si se trataba de demostrar la especificidad de la variante piurana frente
a un modelo "andino" tradicional, no hubiera estado de más recordar que ese mismo
modelo se encuentra profundamente cuestionado por la multitud de variantes existentes
en los Andes centrales y sureños. La atención a dicho detalle hubiera proporcionado
una base analítica más sólida para dar una explicación comparada a las diferencias
de respuesta histórica de los campesinos en unas y otras regiones. La autora aporta
la información pero no desarrolla todo su potencial, limitándose incluso a utilizar
categorías obsoletas y poco esclarecedoras como las de "semifeudal" para referirse
a los hacendados. Asimismo, tampoco queda claro por qué estas comunidades en formación
constituyen un paso en el proceso de democratización del medio rural.
Pese al exceso de tecnicismo del trabajo, éste supone un notable aporte al
conocimiento de la historia agraria regional peruana y proporciona fundamentos para
comprender la continuidad de la organización comunal y la importancia de los artificios
culturales en la gestación de la convivencia.
Marta Irurozqui Victoriano CSIC, Madrid
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