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CIMET, ADINA. .
New York, State University of New York Press, 1997.
Este es un libro necesario para entender a la comunidad judía mexicana. Hacía falta
una reflexión intelectual profunda que explicara las especificidades de esta comunidad, sus innegables logros y algunas de sus carencias más sentidas. Quién mejor para este estudio que Adina Cimet, que conoce por dentro a la comunidad askenazi mexicana y algunas de las polémicas más importantes que ésta registró.
Este análisis no fue posible en el pasado, porque tenía que llegar la generación de
científicos sociales y humanistas nacidos en México, a la cual Cimet pertenece, ya que la generación anterior que hizo estudios universitarios se concentró en las disciplinas “prácticas” como medicina, ingeniería y arquitectura. Hoy en día la comunidad judía mexicana todavía carece de un buen número de abogados, en tanto los pocos científicos sociales, humanistas y artistas se han destacado por una producción muy notable y de buen nivel, como algunos de los autores que Cimet analiza en su libro, que son pioneros en sus respectivos casos, aunque no hayan creado escuela. Aspecto éste que hubiera sido muy interesante abordar.
Cimet analiza los orígenes de la comunidad askenazi mexicana a partir de algunas de las
posturas ideológicas más importantes en ese entonces (principios de la década de 1920). Así cubre el Sionismo, Bundismo, Integracionismo y, finalmente, el Idishismo. Algunas de las diferencias entre estas posturas llevaron a la creación de instituciones, por ejemplo, escuelas, pero también ocuparon parte del espacio discursivo en la comunidad askenazi y dieron lugar a algunas de las polémicas más importantes. Cimet identifica con acierto la disputa entre idishistas y hebraístas, aunque ésta es parte de confrontaciones ideológicas más amplias, como por ejemplo la postura anti-sionista y españolista del Centro Deportivo Israelita (CDI), institución que asumió una actitud férrea contra el activismo de los movimientos juveniles sionistas, a quienes se vetó la entrada a dicho Centro durante muchos años.
El origen de la comunidad fue accidental porque, como muchas otras comunidades, los judíos
llegan a México como un país de tránsito hacia Estados Unidos. Sin embargo, muy temprano, por cierto, inician el proceso de desarrollo institucional que finalmente los arraigará.
El trabajo de Cimet es un análisis romántico, con indudables preferencias ideológicas a
favor de algunas de las corrientes estudiadas, lo que quizás se tradujo en la selección de los personajes analizados. Claro está que siempre que se escribe un ensayo sobre pensadores queda la duda de si la selección de los personajes fue la adecuada. Cimet no encuentra que hayan tenido un fuerte impacto en la comunidad. Sería pertinente, entonces, preguntarnos por qué no tuvieron mayor impacto; quizás habría sido más acertado considerar a otros pensadores o analizar la penetración de las distintas corrientes de pensamiento en el seno de la comunidad. Solamente se lleva a cabo un acercamiento superficial al liderazgo comunitario cuando se considera el hecho de que se pensaba que la comunidad era sionista. Es difícil, sin restarle méritos a nadie, poner en el mismo espacio a Shimshon Feldman, cuya función fue política y no intelectual, con Avner Aliphas o Jacobo Glantz, cuya aportación fue más bien discursiva, o Tuvie Maizel, cuya tarea fue educativa y de promoción de la cultura.
Una de las grandes carencias del libro es la falta de una cronología, o una descripción
panorámica de la comunidad hasta hoy, lo que hubiera facilitado poner los orígenes comunitarios y la polémica ideológica en una perspectiva histórica; de otra forma, el análisis parece estético. Hace falta una descripción del arribo y el establecimiento de los judíos en México, para entender qué tipo de judío askenazi llega y en qué medida era diferente de los ya asentados allí, a quienes Cimet clasifica como sefardíes, obviando las diferencias entre éstos y los árabes. Esta carencia deja el ensayo fuera del contexto comunitario en general y provoca la impresión de que la vida judía mexicana giraba alrededor de la kehilá$$ ashkenazi. Tampoco se explica el rompimiento que llevó a la creación de Beth El, que posteriormente sentó las bases para una nueva identidad judía, rechazando la identificación étnica a favor de la pertenencia al judaísmo conservador, muy al estilo de las comunidades estadounidenses. Otra institución prácticamente ignorada fue el CDI, creado por ashkenazíes, que hoy cuenta con más miembros que cualquier otra comunidad o institución comunitaria y que, al igual que Beth El, va más allá de la identidad étnica. Tampoco se considera la Federación Sionista, ni sus movimientos juveniles o las organizaciones de mujeres.
La prensa judía no es abordada sistemáticamente, a pesar de que tuvo relativa importancia.
Trotsky, por ejemplo, escribió en idish en Der Weg, discutiendo la cuestión judía. Igualmente falta un análisis de la vida cultural judía, cuya riqueza incluía teatro en idish.
Cimet no consigue desprenderse de una visión etnocéntrica, lo que la lleva prácticamente
a ignorar el desarrollo de las otras comunidades, aun como referente. Al enfocarse solamente en el Distrito Federal, descuidó a las comunidades de Guadalajara, Monterrey y Tijuana, estas dos últimas mayoritariamente askenazíes.
Hubiera tenido gran valor examinar el desarrollo de la comunidad en relación a la
evolución política mexicana y analizar las relaciones institucionales judías vis à vis el sistema político mexicano. Sin duda, la consolidación autoritaria del PRI dejó sentir su influencia en la cultura política de los mexicanos, y la comunidad askenazi no fue una excepción. Shimshon Feldman entendía el valor del autoritarismo, pero fue incapaz de construir una estructura que le diera continuidad a la vida comunitaria al estilo del PRI. Cimet atina muy bien en señalar las coincidencias políticas de los líderes comunitarios con los manejos autoritarios del PRI; una misma afinidad ideológica los llevaría a excluir a los comunistas cuando el sistema político declaró ilegal al Partido Comunista. Esta política de exclusión alejó a los jóvenes disidentes, dejando a la comunidad con un serio problema de continuidad; al mismo tiempo, puso fin al debate ideológico.
Ahora bien; a pesar de que Cimet nos menciona algunos de los vínculos comunitarios con
instituciones políticas, como la supuesta amistad de Feldman con Fidel Velázquez, el líder de la Confederación de Trabajadores de México, esto no es suficiente. Sería interesante anotar la relativa ausencia de judíos en los altos niveles de gobierno. La temprana participación de Benjamín Retchkiman fue única. Un economista, fue secretario particular del Secretario de Industria y Comercio, Octaviano Campos Salas, hasta su renuncia en protesta cuando éste disculpó al ejército de la matanza de 1968 a cambio de lograr apoyo para su candidatura presidencial. Desde entonces, no hubo participación judía en ese nivel hasta los ochenta, cuando los economistas llegan al poder.
En general, el tema de la integración de la comunidad al país queda un poco incompleto
en el libro. Cierto que intentaron pasar desapercibidos y tampoco buscaron relaciones políticas públicas. Recuerdo el escándalo comunitario cuando Shimshon Feldman fue al PRI a entregar una contribución económica para la campaña presidencial y, mientras él esperaba que el evento se mantuviera confidencial, un reportero publicó la noticia en un diario de circulación nacional.
El mestizaje, para Cimet, es un fenómeno positivista, aunque en realidad fue disparado
por la conquista y el espíritu misionero de los católicos, ajenos a los judíos. Sin embargo, como indica la autora, también los judíos que llegaron a México transplantaron sus instituciones y su forma de vida desde Europa, con un enfoque de encerramiento que llevó a la creación de escuelas, centros deportivos, cementerios y, por supuesto, una relación endogámica protegida en la medida que fuera posible. Desde una perspectiva histórica, la comunidad askenazi mexicana es parte de lades-europeización de la centralidad judía, que posteriormente se reformuló con la creación del Estado de Israel y el fortalecimiento de la comunidad judía en Estados Unidos. Ambas relaciones están indicadas en el libro. No obstante, habría sido conveniente profundizar el impacto de la vinculación de las escuelas con Israel, tanto curricularmente como a través de la invitación de maestros y directores, que tanto influyó para orientar la identidad judía askenazi y la aceptación o no de Israel como factor central en la vida judía.
No menos interesante habría sido analizar el origen de los rabinos, así como la evolución
de la comida Kosher y la posibilidad de sancionar las leyes dietéticas o kashrut. También hubiera sido importante abordar las condiciones del debate judío a nivel mundial y algunos de los cambios en las posturas ideológicas que se enfrentaron durante la guerra fría, como la nueva izquierda. El acomodo de la ideología judía no es un fenómeno mexicano y aunque Cimet nos ha indicado bastante sobre algunas de sus adaptaciones, todavía tenemos mucho que aprender sobre las fuerzas que motivan esos cambios.
El libro de Cimet no hace una crítica profunda del desempeño de la comunidad askenazi.
Falta una buena evaluación del sistema educativo askenazi, al cual se dedica gran parte del libro, y alguna discusión del efecto de la polémica idelógica sobre el todo comunitario. De hecho, se hace un manejo muy laxo del concepto ideología, con lo cual discusiones y posturas políticas que no son estrictamente ideológicas se consideran como tales.
Sin embargo, a pesar de estas carencias, el libro aporta una contribución muy valiosa
a la historiografía de las comunidades judías latinoamericanas y, en especial, de la mexicana. Su lectura es obligatoria.
Samuel Schmidt University of Texas, El Paso
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