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In the Absence of Don Porfirio. Francisco León de la Barra and the Mexican Revolution Imprimir E-Mail
PETER V. N. HENDERSON:  Wilmington, DE: SR Books, 2000.

El presente libro es, en gran medida, un esfuerzo por arrojar un nuevo haz de luz sobre la biografía y el rol histórico de uno de los miembros secundarios de la elite porfirista mexicana, a quien las circunstancias revolucionarias de 1910-1911 obligaron --casi contra su voluntad-- a ubicarse en el centro del escenario principal de la época. El autor, experto en la historia de las corrientes reaccionarias al proceso revolucionario en México, nos ofrece no sólo un minucioso estudio de la vida y obra de Francisco León de la Barra, sino que también las ubica en el marco de su interpretación sobre los significados de la revolución mexicana en general, y específicamente desde la perspectiva de la revolución maderista.

Según el autor, la revolución mexicana tiene que ser interpretada como un fenómeno de "dos revoluciones" paralelas. La primera, social: una rebelión de masas carente de ideología o de liderazgo nacional, dirigida por caudillos regionales oportunistas que se referían a problemas locales, permitiendo a sus huestes apoderarse violentamente de propiedades y tierras (p. 235). La segunda, a la que el autor llama "consenso progresista", era de corte político, inspirada en el movimiento progresista-reformista contemporáneo en los Estados Unidos. Dicho movimiento abogaba por la democratización del sistema político, el orden, el desarrollo económico y --lo más importante-- modestas reformas sociales dentro de un marco legal (p. 235). Los partidarios de dicho concepto, más allá de abanderar a Madero como su líder, contaban en sus filas con un gran número de porfiristas, entre ellos el mismo de la Barra. De esta manera, el marco del consenso progresista trazado le permite al autor 'rescatar' al biografiado de su etiqueta porfirista y presentar una nueva óptica de su papel histórico. La interpretación de Henderson sobre la revolución y el deseo de 'rescatar' a su protagonista se llevan a cabo a través de minuciosos análisis de las cuestiones centrales de la época: los tratados de Ciudad Juárez; la desmovilización de las fuerzas revolucionarias en el interinato; la organización de las elecciones de 1911 y los cambios sociales en ese mismo año.

Cabe preguntar si Henderson logra realmente su propósito de salvar a de la Barra de su etiqueta porfirista. Tengo mis objeciones y dudas al respecto, comenzando por el tema de los acuerdos de Ciudad Juárez y su principal consecuencia para de la Barra: el ser nombrado como presidente interino. Según se desprende tácitamente de lo dicho por Henderson, el consenso progresista permitió acordar en las negociaciones entre maderistas y porfiristas el nombramiento de de la Barra como presidente interino (pp. 49-50). Pero, a mi forma de ver, los maderistas acordaron con los porfiristas que el mismo fuera presidente interino por considerarlo un inofensivo burócrata porfirista de alto rango más que por sus posturas progresistas. El progresismo, como se desprende del libro, no fue un criterio que guió a los maderistas en las negociaciones con los porfiristas acerca de cuáles miembros del gabinete de Díaz quedarían en el gobierno interino y cuáles no (p. 46). Lo que guiaba a los maderistas era la exclusión de porfiristas "científicos" prominentes como José Limantour y Ramón Corral, símbolos del antiguo régimen.

El porfirismo de de la Barra recibe un refuerzo cuando se examina en detalle su obra durante los meses en los que ejerció la presidencia interina, especialmente en lo que concierne al tema del desarme de las fuerzas revolucionarias. De la Barra, al igual que sus colegas del antiguo régimen (o maderistas de ultima hora), demostró poca habilidad para entender las razones y las realidades de los caudillos revolucionarios y sus gentes. El ejemplo más contundente al respecto es, sin duda, el papel que desempeñó de la Barra en el conflicto entre Madero y Zapata en 1911. Dicho tema no sólo demuestra las intenciones reaccionarias a la revolución del presidente interino, sino que también incluye el concepto erróneo del autor en lo que concierne a lo que él llama los "maderistas rurales" y el rol histórico que desempeñaron. Según Henderson, la razón por la cual los maderistas rurales se resistieron al desarme era principalmente porque estaban interesados en empleos bien pagos a largo plazo, cosa que su trabajo como agricultores no les garantizaba. El gobierno de de la Barra, incluyendo en él a Madero y a sus colegas civiles como participantes pre-keynesianos del consenso progresista, no concebía que la obligación del gobierno federal fuera asegurar trabajo a las masas (p. 53).

Frente a los argumentos de los contemporáneos e historiadores que interpretaban tradicionalmente el rompimiento entre Zapata y Madero en 1911 como resultado de falsas promesas, traiciones y motivos intrínsecos por parte del gobierno central (por ejemplo, Magaña, Womack), el autor argumenta que toda moneda tiene dos caras y que es adecuado presentar la versión del gobierno central sobre lo ocurrido (p. 83). En dicha versión, por supuesto, de la Barra es rescatado de las 'culpas' que la historiografía tradicional le adjudicó. El esfuerzo por explicar la segunda cara de la moneda, pese a que es tratado minuciosamente, nos presenta sólo la parte documentada de la crisis entre Zapata y el gobierno central. La narrativa expuesta por Henderson logra demostrar la coherencia de la política de de la Barra, según la cual era lógico el empeño en desarmar las fuerzas de Zapata a cualquier precio, como una obligación del gobierno federal que no podía tolerar la existencia de fuerzas armadas villanas que atentaran contra la propiedad privada. Pero es una pena que las mismas normas, que explican sabiamente la política de de la Barra, no sean impuestas cuando se trata de Zapata y las fuerzas populares. Es cierto, como argumenta el autor, que el temor de Zapata al desarme por intermedio del ejército federal, que sería seguido por una masacre general, no encuentra sus fundamentos documentados (pp. 95-96). Pero, no hay que olvidar por un momento el mundo de los símbolos y sus cargas históricas. El autor ignora en gran medida la propaganda antizapatista de los porfiristas, que estaba basada en el desprecio y el paternalismo de las viejas elites hacia Zapata y su gente. Además, no enfatiza la importancia de la simbología del ejército federal como opresor de los pueblos y aliado de los hacendados, que justificaba ampliamente los temores de Zapata. El otro lado de la moneda no consigue mostrar otra cosa fuera de lo ya sabido sobre la cooperación entre el presidente interino y las fuerzas reaccionarias al proceso revolucionario dentro del ejército federal, que convirtió todo esfuerzo de Madero por llegar a un acuerdo con Zapata en una tarea sisífica.

Finalmente, la acción política reaccionaria de de la Barra en la época del gobierno de Madero y Huerta --que el autor trata con menos longitud que las otras-- no deja mucho de lo poco "rescatado" por el autor en su obra, lo que no refuerza las tendencias revisionistas de lo mencionado a lo largo de su investigación.

Marcelo Blidstein Universidad de Tel Aviv

 

 
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