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Dos paradigmas de política exterior argentina
Silvia T. Álvarez Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca
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[1]
Guatemala, en
1954, y Haití, entre 1991 y 1994, se convirtieron en
escenarios de crisis [2]
interpretadas, principalmente por Estados Unidos, como "amenazas"
al sistema internacional y al americano en particular. Por ello,
fueron analizadas en el ámbito de organismos internacionales:
la Organización de Estados Americanos y la Organización
de las Naciones Unidas. Allí se debatieron cuestiones
relativas a la seguridad, el derecho de intervención, la
soberanía política y la autodeterminación de los
pueblos. Sin embargo, el sistema internacional asumiría en
ambas oportunidades características distintas y, por lo tanto,
la naturaleza de las cuestiones debatidas también poseería
rasgos propios. La crisis de Guatemala fue planteada en el contexto
internacional de la Guerra Fría, en tanto que la de Haití
lo sería en el denominado "Nuevo Orden Mundial".
Estas crisis
coincidieron con períodos en que presidentes justicialistas
gobernaban la Argentina: en 1954, Juan Domingo Perón, y entre
1991 y 1994, Carlos Saúl Menem. Una manera de establecer la
relación entre los modos de plantear la política
exterior de ambos estadistas ante cuestiones relativas a los
intereses americanos consiste en comparar los paradigmas desde los
cuales formularon las decisiones asumidas ante cada una de las
crisis, tal el objetivo del presente trabajo. [3]
Los paradigmas serán definidos como las interpretaciones dadas
sobre la estructura y el funcionamiento del sistema político
internacional a partir de tres cuestiones clave señaladas por
J.K. Holsti: las causas del conflicto así como las condiciones
de paz y seguridad internacionales y, subsidiariamente, la naturaleza
del poder; los principales actores y las imágenes del sistema
internacional – sociedad de estados. [4]
La década
del 50 fue testigo de un orden bipolar dominado por Estados Unidos y
la URSS. Durante aquellos años, signados por la Guerra Fría,
Estados Unidos buscaría reactivar el comercio internacional y
el multilateralismo en el marco de un sistema político en el
que iba ganando espacios el estado de bienestar, intervencionista en
el campo económico, impulsor del pleno empleo y garante de la
seguridad social. A partir de 1947, la política de Washington
hacia el resto del mundo, en particular hacia América Latina,
tuvo como principal objetivo contener al comunismo, y para ello
buscaría reducir las "intromisiones" extranjeras y
promover la estabilidad política en los países
"amenazados" por su influencia. Constituía una
respuesta a la política exterior de la URSS que, por entonces,
lograba extender el comunismo a los países del Este de Europa.
Se trataba de una época en la cual los Estados se constituían
en los principales actores en un sistema internacional regido por
políticas de poder. Por último, en un mundo anárquico
amenazado por las pruebas de fuerza, la seguridad se hallaba asociada
a la defensa militar de los territorios y las fronteras estatales. El
principio de autodeterminación de los pueblos adquiría
una importancia capital para aquellos Estados que, independientes o
en vías de serlo, se consideraban amenazados por las políticas
de poder emprendidas por Estados Unidos y la URSS. El sistema
internacional se regiría por la seguridad colectiva ejercida
por los organismos responsables de garantir la paz universal. En la
práctica, consistía en la movilización militar
de sus miembros, durante el conflicto o con posterioridad al mismo,
basada principalmente en la disuasión y las respuestas a la
agresión. Dentro de este sistema, el papel de los organismos
internacionales era relativo. Así, la ONU, de alcance
universal, hallaría dificultades en su accionar debido al
derecho a veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad,
entre los que se hallaban las dos grandes potencias. En el ámbito
regional del continente americano, las limitaciones provenían
de los históricos recelos de Latinoamérica hacia la
pretendida hegemonía hemisférica del gobierno de
Washington, que encontraría un canal de expresión en la
OEA.
En los inicios
de los 90, se asiste al surgimiento de un orden multipolar liderado
por Estados Unidos, la Comunidad Económica Europea y Japón,
en el que dominan los conceptos de transnacionalización,
interdependencia, integración y bienestar. Para las grandes
potencias, la extensión de la democracia y el mercado ocupan
un lugar semejante al que tuviera la contención del comunismo
durante la Guerra Fría. Es un mundo crecientemente
interdependiente que reduce la autonomía nacional de los
Estados en términos de mutua dependencia entre los actores del
sistema internacional, ya no exclusivamente representados por los
Estados sino también por compañías
multinacionales y organizaciones internacionales gubernamentales,
entre otros. La soberanía, característica del
Estado-nación, cede su paso a la necesidad de incrementar el
bienestar gracias a la especialización y la división
internacional del trabajo. Los gobiernos civiles tratan de imponer
recortes substanciales en los gastos militares a efectos de mejorar
las posibilidades de progreso socioeconómico. El objetivo
consiste en mantener un mundo regido por la paz y la seguridad, pues
ello permitirá liberar los recursos humanos y materiales
necesarios para la promoción y el fortalecimiento de la
democracia. La seguridad, por ende, es entendida fundamentalmente en
términos económicos. Pero la agenda también
incluye el interés por resolver cuestiones transnacionales,
tales como los problemas ambientales, el terrorismo y el
narcotráfico; o subnacionales, como los derechos humanos y la
violencia étnica, pues se constituyen en amenazas a la
estabilidad política y económica. Esto da lugar a que,
en nombre de la seguridad colectiva, fuerzas multinacionales
intervengan en defensa de la democracia; en alivio del sufrimiento
por razones humanitarias, o bien ante intentos
desestabilizadores del sistema. De manera que el concepto de
seguridad ya no se encuentra tácitamente asociado a la defensa
militar de los Estados, sino a la de individuos y pueblos.
En los 90, el
principal actor dentro del continente americano sigue siendo Estados
Unidos, pero la naturaleza de sus intereses adquiere, por lo
expuesto, otras características. Si bien sigue existiendo un
actor principal dentro del continente, se formula una nueva agenda.
La tarea desarrollada por la ONU y las Operaciones de
Mantenimiento de la Paz constituyen una clara manifestación de
ello. Al principio de seguridad colectiva se agrega el de seguridad
cooperativa, asociado a la prevención de los conflictos a
través de medidas de incremento de la confianza y disminución
de la capacidad y el potencial de agresión de cada Estado. En
el mismo sentido, la OEA comienza a estructurar un andamiaje jurídico
que acompaña la tarea desarrollada por la ONU. En
Latinoamérica, si bien existen recelos por los móviles
hegemónicos de Estados Unidos, ahora el principal gendarme a
nivel mundial, rige un mayor compromiso con la tarea desarrollada por
los organismos internacionales.
La Argentina en el contexto internacional.
Paradigmas y política exterior
Durante la
Segunda Guerra Mundial, el régimen militar (1943-1946), en el
que tendría un creciente protagonismo el coronel Juan D.
Perón, había adoptado una postura neutral, a pesar de
las crecientes presiones de Estados Unidos. Recién en marzo de
1945, consciente de la posibilidad de un futuro y perjudicial
aislamiento, declaró la guerra al Eje. Se iniciaba entonces la
búsqueda de la reinserción en el sistema
internacional. [5]
El desafío sería asumido por Perón, quien
ascendería a la presidencia a través de elecciones
democráticas, en medio de una campaña política
en la que se entremezclaba la oposición interna liderada por
la Unión Democrática y la de Washington, por medio de
su embajador en la Argentina, Spruille Braden, encargado de difundir
la imagen de Perón asociada al nazismo. El apoyo provendría
del Ejército, la Iglesia y, fundamentalmente, los sectores
obreros, los más sensibles a la bandera de la Tercera
Posición. Según Juan D. Perón (1946-1955), el
fin de la Segunda Guerra Mundial dejó frente a frente no sólo
a potencias imperialistas poderosísimas con tendencias
predispuestas al choque --representadas por Estados Unidos y la Unión
Soviética-- sino estilos de vida y formas de civilización
que aspiraban a defenderse unas y a imponerse otras. En su opinión,
del enfrentamiento entre ambas formas de imperialismo, el comunismo
tendría mayores posibilidades de triunfo debido a que el
sistema capitalista no podía ofrecer otra doctrina que el
fracasado individualismo liberal. Por lo tanto, no quedaba para
Occidente otra solución que adoptar un capitalismo humanizado.
Su propuesta
consistía en construir un Estado que asegurara la felicidad
del individuo en comunidad. La doctrina de la "Tercera
Posición" [6]
se presentaba como el medio a través del cual el Estado podría
cumplir con su misión, ya que defendía la
justicia social, la independencia económica y la soberanía
política. La paz universal, sostenía Perón,
sería posible cuando la justicia social reinara en cada
pueblo. Pero, dado que ésta sólo podría existir
cuando el Estado ejerciera el dominio económico sobre sus
riquezas, una prioridad era el logro de la independencia económica,
que se constituía en la base de la Tercera Posición.
Finalmente, lograda la justicia social y la independencia económica,
era posible la soberanía política y, por lo tanto,
estaban dadas las bases para una política propia e
independiente que pudiera oponer resistencia al avance de los
imperialismos a través de la Defensa Nacional, garante estatal
de la seguridad territorial. La soberanía interna estaba
representada por el mantenimiento del orden y el cumplimiento de las
leyes dentro del territorio nacional, en el marco del respeto a la
justicia y el bien común. La soberanía externa
significaba la independencia de todo Estado respecto de otro, el
respeto a la autodeterminación de los pueblos y la no
ingerencia en sus problemas internos. Sin embargo, ésta
también tenía límites en el Derecho
Internacional y los acuerdos entre los Estados. Dado que la soberanía
era considerada sagrada, el país iría en auxilio de
cualquier nación vecina que fuera agredida por potencias
lejanas y poderosas. Y, en este sentido, no toleraría la
intromisión de otros países en los asuntos internos de
la Argentina ni las presiones externas tendentes a hacer olvidar los
preceptos nacionales sobre esta cuestión. [7]
Su
interpretación de la estructura y el funcionamiento del
sistema internacional puede inscribirse en el marco del "paradigma
tradicional". Los Estados se constituyen en los actores
centrales. La característica específica de las
relaciones internacionales es la legitimidad del recurso a la fuerza
y la separación de las esferas de la política interna y
externa. En un sistema anárquico, el poder es el principal
componente de las relaciones internacionales y el equilibrio de
poder, la dinámica que pretende asegurar un mínimo
orden en pos de la supervivencia de los propios Estados. Se trata,
por tanto, de una interpretación estatocéntrica, en
donde Estados Unidos y la URSS son los principales actores y donde el
conflicto, representado por las ambiciones imperialistas, constituye
la principal amenaza a la paz y seguridad del sistema internacional.
Debido a que la condición esencial para que un Estado pueda
perseguir el interés nacional en un mundo anárquico
consiste en garantizar su supervivencia frente a la competencia de
los otros Estados, la visión del interés nacional se
centró en la seguridad, directamente vinculada con la igualdad
jurídica de los Estados. Los organismos internacionales
ejercen una función mediadora y en su accionar pueden
enfrentarse a los Estados que sostienen el principio de soberanía,
la autodeterminación de los pueblos y el rechazo a la
intervención.
Desde este
paradigma, la Tercera Posición, definida como una doctrina
independiente, alejada de los extremismos, buscaba mantener buenas
relaciones con Estados Unidos, ya que si bien el orden vigente era de
naturaleza bipolar en términos estratégicos y
políticos, desde un punto de vista económico existía
una potencia hegemónica. De ahí que pese a que las
diferencias con Washington se mantuvieron, y en ocasiones se
agravaron, ello respondió a la distinción entre los
intereses de la comunidad occidental en su conjunto y los propios de
Estados Unidos, en su carácter de potencia hegemónica.
Tal como lo definiera Juan Carlos Puig, la política exterior
de Perón se inscribía dentro de una "autonomía
heterodoxa". La ratificación de las Actas de Chapultepec
y del TIAR, la posición ante la Guerra Fría, así
como las reiteradas declaraciones oficiales en relación a la
postura pro occidental del país, eran manifestaciones del
acercamiento a Estados Unidos. Sin embargo, la insistencia de Perón
en el principio de independencia económica, aun después
de 1950, cuando propició el ingreso de capitales
estadounidenses al país, y su interés en impulsar la
integración económica y cultural con Latinoamérica
fueron manifestaciones de una orientación autónoma. [8]
En los inicios
de los 90, la Argentina se enfrenta con un contexto mundial
diferente [9]
y, consecuentemente, con otros desafíos. También
en el ámbito interno la situación es otra.En
1983 se ha reinstaurado la democracia bajo la presidencia de Raúl
Alfonsín, tras siete años de dictadura militar. El
centro de la escena política hacia finales de su gestión
está ocupada por las demandas económicas y sociales. El
aumento de la deuda externa, el incremento de las prácticas
proteccionistas en el comercio internacional, el deterioro permanente
en los términos de intercambio, el drenaje de divisas de los
países subdesarrollados, la emergencia de un nuevo paradigma
tecnológico productivo y el afianzamiento de los bloques
económicos tornan necesario reformular las estrategias de
desarrollo.Pero el detonante final se produce en
el ámbito interno con la hiperinflación de 1989 y el
consecuente desborde social que han obligado a Alfonsín a
dejar el poder unos meses antes de lo establecido por la
Constitución. Es entonces cuando asume la presidencia
Carlos S. Menem.
Menem (1989-1999) percibe la
existencia de una aldea global, liderada por Estados Unidos, donde la
interdependencia y la integración son principios
fundamentales.La seguridad y la defensa nacional
adquieren un nuevo significado. La seguridad es definida en
términos de objetivos comunes a cumplir por toda la humanidad:
defensa de la democracia, la libertad, los derechos humanos, el
desarrollo y la justicia social. De este modo, desaparece el interés
nacional asociado a la necesidad de seguridad en un mundo anárquico
y, por el contrario, se constituye en sinónimo de bienestar,
sólo alcanzable a través de la integración
supranacional. Las fronteras ya no actúan como barreras entre
los Estados sino como formas de integración.La
soberanía es definida como poder a través del cual el
Estado ha de promover el desarrollo y la seguridad de toda la
comunidad, y de los individuos que la integran, en el marco de sus
fronteras y fuera de ellas. De acuerdo a tales percepciones,
Menem, que ha transformado al Estado de acuerdo a los principios del
neoliberalismo y que, por lo tanto, asigna al individuo un nuevo
papel, propone la reinserción económica de la Argentina
y, en la búsqueda de esa reinserción, acepta participar
dentro de la comunidad mundial para hacer frente a las oportunidades
y desafíos que ésta ofrece, propiciando el alineamiento
con Estados Unidos, consciente de la marginalidad de la Argentina en
el contexto internacional y del liderazgo hegemónico de aquel
país.La política exterior se
definirá entonces, principalmente, por la relación que
asuma el país con Estados Unidos, sobre todo en el área
de la seguridad. [10]
La seguridad y la soberanía aparecen nuevamente relacionadas,
pero con un alcance muy distinto al asignado casi cincuenta años
atrás.
Su
interpretación del sistema internacional puede inscribirse en
el "paradigma de la sociedad mundial", pues adquiere
importancia la dimensión transnacional, y esencialmente
económica, en el marco de un sistema de naturaleza
cooperativa. En este sentido, asumen un especial protagonismo los
organismos internacionales, entre ellos, la ONU y la OEA. La
autoridad que se les reconoce conduce a una relativización del
derecho de intervención, que se transforma en derecho de
ingerencia. La soberanía deja de ser una barrera entre los
Estados para constituirse en principio vinculante entre los Estados y
en el marco de éstos.
Desde este
paradigma, Menem denomina a la política exterior de su gestión
como "Idealismo Pragmático" o "Realismo de
Interés," [11]
y ello debido a que las transformaciones a implementar dentro del
país no responden a ideas de derecha o izquierda sino a los
beneficios o perjuicios que puedan acarrear a sus habitantes. Tal
como lo sostiene Carlos Escudé, la propuesta se inscribe
dentro de un "realismo periférico". [12]
De esta manera, decidida a asumir el alineamiento con Estados Unidos,
y aun cuando dentro de sus prioridades se encuentre la integración
económica en el ámbito del MERCOSUR, la administración
menemista auspicia desde los organismos internacionales la política
de Washington, interviene en operaciones de paz, se retira del
movimiento de No Alineados, condena al gobierno de Cuba por no
respetar los Derechos Humanos, renuncia al Proyecto Cóndor,
ratifica el Tratado de Tlatelolco y participa de conferencias y
acuerdos tendentes a la preservación del medio ambiente, la
prohibición de armas químicas y el empleo de la energía
nuclear con fines pacíficos.
La posición oficial argentina: las
crisis de Guatemala y Haití
En 1950 el
coronel Jacobo Arbenz era elegido presidente de Guatemala. Su
filiación comunista fue percibida por Estados Unidos como una
amenaza a la seguridad del sistema internacional y americano en
particular, en momentos en que el contexto global se hallaba regido
por la Guerra Fría. [13]
Su programa incluía la expropiación de ciento sesenta
mil hectáreas de tierra a una compañía
estadounidense. Washington manifestó entonces que se estaba
ante el peligro de que en Guatemala se estableciera una
cabeza de puente comunista. Por ello, buscó la sanción
de principios que condenaban el comunismo como extraño al
orden político de la región y propuso su aplicación
al caso de Guatemala. Bajo sus instancias, el caso fue analizado
en la X Conferencia Interamericana que tuvo lugar en Caracas
entre el 1 y el 28 de marzo de 1954. El resultado fue la condena al
comunismo internacional y la decisión de convocar una Reunión
de Consulta para la adopción de medidas concretas.
En aquella oportunidad, la
Argentina estuvo representada por Jerónimo Remorino, ministro
de Relaciones Exteriores, Hipólito J. Paz, embajador en
Estados Unidos, Juan Carlos Vittone, Rodolfo Muñoz, Julio
Tezanos Pinto, Julio Abal, Oscar L. Pelliza, Luis Camps y César
Bunge, delegados ante la OEA.
La propuesta de resolución
de Estados Unidos, presentada por John Foster Dulles, establecía
"que si el movimiento comunista internacional llegase a dominar
las instituciones políticas de cualquier Estado del
continente, ello representaría una amenaza a su soberanía
e independencia política y, por lo tanto, exigiría una
respuesta de conformidad con los tratados vigentes". Tal
proyecto abría las puertas a la intervención
estadounidense en cualquier país "amenazado" por el
comunismo.
Si bien el programa incluía
asuntos jurídico-políticos, económicos y
culturales, el referido a la intervención del comunismo
internacional en el continente fue el que dominó la agenda
porque, para Estados Unidos, obtener una resolución sobre el
tema constituía el principal propósito. Por su lado,
los países latinoamericanos pusieron énfasis en los
problemas económicos y sociales. En este sentido, la
Conferencia fue aprovechada por la Argentina para defender los
principios de la Tercera Posición; hacer un llamado en pos de
una solidaridad continental que había de traducirse en el
apoyo económico de Washington al resto del continente;
defender el principio de soberanía; rechazar el derecho de
intervención y, principalmente, denunciar el colonialismo en
el continente americano.
Según
Remorino, la misión del interamericanismo debía
definirse y explicarse como la lucha por convivir al amparo de un
Derecho que tuviera en consideración las necesidades sociales,
en el ámbito interno, y el respeto a la soberanía, en
el área internacional. [14]
De ahí la importancia de la democracia integral, por la cual
se reconocían los derechos económicos y sociales de un
pueblo. De ahí que la prosperidad económica de un país
debía conducir al bienestar social, entendiendo por éste
la realización de los fines humanos del individuo dentro de
una comunidad organizada. Sin embargo, y en una evidente alusión
a los Estados Unidos, para el gobierno argentino existía un
obstáculo fundamental a la implementación de tales
principios: las "injusticias del individualismo capitalista".
Por lo tanto, si bien admitía que el comunismo representaba
una amenaza para la seguridad de los países americanos, tal
como lo sostenía Estados Unidos, consideraba que la verdadera
amenaza encontraba sus raíces en la pobreza de sus pueblos,
los cuales depositaban sus esperanzas en ideologías
que, aunque contrarias a su formación, prometían
proveer el bienestar buscado. También
en una implícita alusión a Estados Unidos, señalaba
que "... sólo el reconocimiento de la necesidad de
facilitar por todos los medios, sin escatimar ninguno, el
desenvolvimiento económico acelerado de los países en
desarrollo o menos evolucionados, permitirá que esa
transformación ineludible pueda llevarse a cabo sin que la paz
y la seguridad de la humanidad sean perturbadas...". [15]
El 8 de marzo,
Remorino abandonaba las sesiones y regresaba a Buenos Aires. Como
refiere Juan A. Lanús, su partida es un hecho que no ha podido
explicarse. [16]
Su precipitado alejamiento parecía revelar la intención
del gobierno argentino por mantener un perfil bajo en la
Asamblea. [17]
Los discursos, a partir de entonces, asumieron un tono más
moderado en las críticas al sistema internacional y, más
precisamente, hacia Estados Unidos. [18]
Para Muñoz,
quien a partir de entonces presidió la delegación, la
solución a los problemas americanos se hallaba en la
solidaridad, la cooperación y la superación de los
graves problemas económicos que padecían los pueblos
latinoamericanos y debía tener por base el respeto a la
igualdad jurídica de los Estados, la soberanía y el
principio de no intervención. [19]
De ahí que la Argentina sostuviera que era prerrogativa de los
pueblos elegir el sistema de gobierno que prefirieran ya que, en el
caso contrario, equivaldría a dar "un golpe mortal a
América". De ahí también que, en una
evidente referencia al caso de Guatemala, negara facultades a la
Conferencia para constituirse en tribunal que juzgara cuestiones
propias de otro Estado. En este sentido, la Argentina estaba
dispuesta a suscribir una fórmula que expresara la condena a
una ideología foránea sólo cuando constituyera
una intervención en los asuntos internos de los Estados
americanos. Finalmente, esta fórmula debía tener como
pilar el derecho de los pueblos a darse sus propias
instituciones. [20]
Las enmiendas
argentinas al proyecto original se correspondían con los
postulados referidos: la solidaridad americana como única e
indivisible, aplicable a cualquier amenaza extracontinental; la
condena a las actividades del movimiento comunista internacional
cuando éstas llegasen a representar una intervención en
los asuntos internos de los Estados americanos; la consulta y
aplicación de los tratados existentes a fin de contrarrestar
la amenaza, sólo en el momento en que se produjeran los hechos
y, base fundamental de las enmiendas, el respeto al principio de
autodeterminación de los pueblos. [21]
Hasta aquí
las observaciones realizadas al proyecto de resolución
presentado por Estados Unidos. Los motivos por los cuales la
Argentina adoptó esta postura encuentran su más clara
expresión en las palabras del delegado Juan Carlos Vittone,
quien entonces definió el intervencionismo como sinónimo
de "bradenismo". [22]
El 13 de marzo se aprobó la
Resolución XCIII, con el voto en contra de Guatemala y las
abstenciones de México y la Argentina. Durante la sesión
de la Asamblea y, más tarde, en declaraciones públicas,
Muñoz se limitaría a referir que la votación
había quedado claramente fundamentada en el desarrollo del
debate.Señaló que sólo había
votado favorablemente dos párrafos de la resolución: el
que reiteraba la fe en la democracia representativa y el relativo al
reconocimiento inalienable de cada Estado americano a elegir
libremente su propia forma de gobierno, su sistema económico y
su propia vida social y cultural. [23]
"El voto argentino no respondió a una instrucción
oficial. La delegación había producido y enviado a
Buenos Aires un memorando sobre las posibles actitudes a adoptar,
pero la Cancillería no envió respuesta. Días
después, cuando un miembro de la delegación regresó
a Buenos Aires, un empleado le entregó un sobre cerrado.
Dentro de él estaba el memorando que se
había preparado. El ministro Remorino nunca lo había
abierto...". [24]
Ante las
objeciones latinoamericanas, finalmente la cláusula
anticomunista presentada por Estados Unidos establecía que el
dominio o control de las instituciones
políticas de cualquier Estado americano por parte del
movimiento comunista internacional, que tuviera por resultado la
extensión del sistema de una potencia extracontinental al
territorio americano, constituiría una amenaza a la soberanía
e independencia política de los Estados americanos, pondría
en peligro la paz y exigiría una reunión de consulta
para considerar la adopción de las medidas procedentes de
acuerdo con los tratados existentes. Su importancia radicaba,
por lo tanto, en que señalaba el entronizamiento del comunismo
en cualquier Estado americano como un supuesto para aplicar el
Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).
En mayo de 1954,
Guatemala recibía un cargamento de armas proveniente de
Checoslovaquia. Ante este hecho, mientras fuerzas conjuntas
hondureño-estadounidenses, dirigidas por Carlos Castillo Armas
–un oficial exiliado en Honduras– derrocaban a Arbenz,
Estados Unidos solicitaba una reunión de la OEA para
considerar el desembarco de armas en Guatemala y proponer, en caso de
que la invasión fracasara, un bloqueo al país con el
propósito de impedir nuevos desembarcos, invocando para tal
caso el artículo 6 del TIAR. Por su parte, Guatemala
llevaba el asunto al ámbito del Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas. Sin embargo, la intervención del Organismo
Regional y la invocación del TIAR evitarían que el
Consejo de Seguridad incluyera el tema en su agenda.Estados
Unidos no deseaba que la ONU abordara la cuestión porque
habría dado lugar a que la URSS denunciara la intromisión
de Washington en los asuntos de Guatemala.El
26 de junio, diez miembros de la OEA, entre los cuales se hallaba
Estados Unidos, convocaron a una reunión de consulta debido a
la intervención evidente del movimiento comunista
internacional en la República de Guatemala y al peligro que
entrañaba para la paz y la seguridad del continente americano.
Si bien el 28 de junio la OEA aceptaba la propuesta estadounidense,
la reunión de consulta programada para el 7 de julio en Río
de Janeiro fue aplazada sine die y el caso oficialmente
cerrado. [25]
Mientras era claro que los organismos regionales prevalecieron sobre
las Naciones Unidas, la crisis fue resuelta a través de la
fuerza de las armas. La invasión había sido
exitosa.Estados Unidos había logrado que
ni la OEA ni la ONU pudieran acudir en apoyo de Arbenz, conociéndose
luego que la Agencia Central de Inteligencia había integrado
la invasión. [26]
La Argentina, a
través del embajador Vittone, había apoyado la
convocatoria de la reunión. [27]
Respecto de la discusión sobre si un país podía
dirigirse a las Naciones Unidas, apoyó la libertad de todo
Estado americano de acudir a dicho organismo. [28]
Esta declaración había sido defendida también
con argumentos jurídicos y políticos por Rodolfo Muñoz
meses antes en el propio ámbito de la OEA, donde destacó
la importancia de la ONU en la salvaguarda de la paz y la seguridad
internacionales y su preeminencia sobre el organismo regional. [29]
La delegación
argentina sostuvo también que debían agotarse los
métodos pacíficos antes de recurrir a los
procedimientos establecidos en el Tratado de Río. Si la
reunión se realizaba, debían tratarse todas las
acciones internacionales que violaban el principio de la no
intervención, haciendo una alusión indirecta al apoyo
dado por ciertos países del continente –entre los cuales
se hallaba Estados Unidos– a las fuerzas de invasión
encabezadas por el coronel Castillo Armas. [30]
La votación
argentina estuvo a cargo de Hipólito Paz. Fundamentó su
abstención en el hecho de que si bien era cierto que el
presidente Arbenz había sido derrocado, la reunión de
consulta era necesaria para tratar no sólo la acción
del comunismo internacional, sino también la intervención
militar contra el gobierno de Guatemala. [31]
Años más tarde, Paz recordaría su sorpresa ante
la requisitoria del gobierno argentino para que reemplazara a Vittone
en el momento de la votación con la instrucción de
abstenerse de aprobar la propuesta de Estados Unidos de postergar la
reunión sine die. "... No podía entender lo que
leía. ¿Por qué yo, embajador ante la Casa
Blanca, debía sustituir al embajador
Vittone y votar de una manera no considerada contra el Departamento
de Estado? ¿Por qué a mí, que era el intérprete
y ejecutor de una política de entendimiento con los Estados
Unidos, se me ponía en el trance de asumir esa posición?
¿Por qué crearme lo que podría haber sido un
roce con el embajador Vittone? No lo sé...". [32]
De acuerdo a lo
expuesto, la posición oficial de la Argentina ante la crisis
de Guatemala puede ser interpretada desde el "paradigma
tradicional", pues fue considerada como una manifestación
de las aspiraciones imperialistas por intervenir en la vida interna
de un Estado americano. Primaron la defensa de la soberanía y
el rechazo al derecho de intervención. La posición
argentina revelaba la decisión de poner obstáculos al
"imperialismo estadounidense". Precisamente en relación
a estos principios, cabe destacar las referencias de la delegación
argentina a la misión de los organismos internacionales en la
salvaguarda de la paz y la seguridad internacionales. La delegación
sostuvo siempre la preeminencia de la ONU sobre la OEA. Esa posición
encontraba sus orígenes en el proceso que condujo a la
adhesión a la Carta de San Francisco y la ratificación
de las Actas de Chapultepec (1944-1946), y que se encontraban
directamente vinculadas con la defensa del principio de soberanía
política y a la autodeterminación de los pueblos. Las
instrucciones que, en carácter de Ministro de Guerra durante
el gobierno de Farrell, brindara Perón a la delegación
militar que se dirigió a Washington con la misión de
participar en los trabajos de la Junta Interamericana de Defensa son
ilustrativas al respecto.Su estrategia
contra el peligro que para las naciones débiles representaba
el imperialismo preveía "el imperio del derecho, de la
justicia y del respeto de la soberanía" y "la unión
automática de todos los demás países contra el
agresor". En dichas instrucciones también señalaría
que por entonces el uso de la fuerza por
parte del más poderoso –Estados Unidos– no podría
ser contrarrestado ni aun a través de la reunión de los
restantes estados americanos. Por ello, desde el punto de vista
militar, para la Argentina tenía más importancia la
participación en las Naciones Unidas que en el sistema
interamericano.
Por otra parte,
la elección de los delegados reflejaba las dos posturas que el
oficialismo intentaba mostrar en el escenario internacional e
interno. Jerónimo Remorino, personaje ligado a una actitud
autónoma y aun confrontacionista con Estados Unidos,
participaría en la primera parte de las sesiones que tuvieron
lugar en la OEA, asumiendo una postura contraria al intervencionismo
estadounidense en Latinoamérica. Parecía responder con
ello a los reclamos de un importante sector de la sociedad
civil argentina –representado principalmente por los
obreros y grupos sindicales, sobre los cuales se sustentaba en buena
medida el apoyo electoral de Perón– y se correspondía
también con la posición general asumida por los países
latinoamericanos. [33]
Las felicitaciones del ministro al representante guatemalteco luego
de su discurso, el envío de una misión técnica
ministerial a la URSS para examinar maquinaria agrícola y
equipos petrolíferos y carboníferos en función
del intercambio bilateral y la visita a Buenos Aires de una
delegación comercial de la República Popular China
constituían signos de la distancia entre la Argentina y el
gobierno estadounidense. A ello se agregaba que, en los meses
siguientes a la Conferencia, el gobierno argentino despachó
aviones para recibir en el país a numerosos exiliados
guatemaltecos.
Sin embargo, la
identificación que Rodolfo Muñoz hiciera durante la
Conferencia entre "bradenismo" e intervencionismo era un
indicio del intento por evitar un enfrentamiento directo con Estados
Unidos. La delegación argentina había recibido
instrucciones de no atacar la política estadounidense en
América Latina sino el "bradenismo", una fórmula
que personalizaba el conflicto en el ex embajador en Buenos Aires,
Spruille Braden, enemigo de Perón y partícipe
en el derrocamiento del gobierno de Guatemala. [34]
En el mismo sentido debe interpretarse la elección de
Hipólito J. Paz como delegado que votó por la
abstención en ocasión de tratarse el diferimiento de la
reunión de consulta. Paz era considerado entre los círculos
oficiales de Washington como un personaje que propiciaba el
acercamiento con Estados Unidos. [35]
Su discurso, además, constituía una "perfecta"
expresión del tercerismo peronista. Allí planteó
la necesidad de investigar los sucesos militares que condujeron a la
destitución del presidente, otra forma de intervención
en la vida interna en los estados americanos, pero también
comulgaba con el anticomunismo estadounidense. Más aún,
el 28 de junio Perón enviaba una carta a Milton Eisenhower en
donde sugería que se realizara una reunión de consulta
hemisférica sobre el problema del comunismo, cualquiera fuera
el resultado del conflicto en Guatemala, y ofrecía a Buenos
Aires como sede de la misma. Otra muestra del compromiso argentino en
la lucha contra el comunismo fue la garantía de que, ante los
reclamos de la embajada de Estados Unidos, el ex embajador de Arbenz
no pronunciaría conferencias públicas y que ningún
legislador oficialista concurriría a una reunión, a
efectuarse en Santiago de Chile, solidaria con el gobierno derrocado.
Además, algunos exilados fueron detenidos en la cárcel
de Villa Devoto y enviados luego a Polonia. También se
endureció la represión anticomunista y en reiteradas
ocasiones Perón ratificó ante funcionarios
estadounidenses su compromiso en tal sentido, así como su
cooperación con el gobierno de Washington.
Los diez años
de la denominada Primavera Democrática (1944-1955) habían
representado la posibilidad de instrumentar vías legales para
la implementación de cambios. Respuestas a demandas sociales,
como los derechos otorgados por la constitución de 1945 a la
ciudadanía general y a los grupos indígenas, el Código
de Trabajo de 1946, la Reforma Agraria de 1952, entre otras,
posibilitaron la formación de organizaciones y movimientos
sociales en el campo (como los comités agrarios) y en la
ciudad (sindicatos, organizaciones profesionales, estudiantiles,
partidos políticos, etc.), así como canales políticos
para la participación. Tras 1954 surgieron nuevos
planteamientos de autoritarismo y desde la esfera del poder
gubernamental se recurrió al empleo de la violencia ilimitada
contra la oposición. Guatemala se sumió en una larga
guerra civil. La paz se firmaría en 1999. Entonces, el
presidente Bill Clinton afirmó que el apoyo dado en el pasado
por Estados Unidos a la represión en ese país fue "un
error que no debe volver a repetirse". [36]
Aquella declaración debía comprenderse en el marco de
un contexto decisional caracterizado por la existencia de un "Nuevo
Orden Mundial". Se presentaba una renovada agenda asociada a la
seguridad, entendida en términos económicos y avalada
por valores democráticos. La crisis de Haití se
desarrollaría en el marco de este proceso en donde,
nuevamente, Estados Unidos y los organismos internacionales ocuparían
el papel central. [37]
En Haití,
ante el denominado "Nuevo Orden Mundial", la caída
del gobierno constitucional de Jean Bertrand Aristide, el 29 de
septiembre de 1991 [38] ,
por obra de un golpe de estado, es considerada por Estados Unidos
como una amenaza a la seguridad política internacional. A
partir de entonces, la Organización de Estados Americanos y
las Naciones Unidas intentarán buscar los medios a través
de los cuales presionar al gobierno de facto para dejar el poder.
Finalmente, el 31 de julio de 1994, el Consejo de Seguridad de la ONU
aprueba la Resolución 940 que autoriza a una "fuerza
internacional" a emplear todos los medios necesarios para
restaurar a las autoridades legítimas en Haití. Pocos
días antes, el depuesto presidente Aristide solicita una
"acción rápida y definitiva para terminar con el
gobierno golpista". La decisión de cómo y cuándo
intervenir queda así en manos de Estados Unidos. El 15 de
septiembre, anuncia la intervención. Pero la mediación
del ex presidente Carter transforma la invasión ya en marcha
en una ocupación pactada con los militares haitianos. [39]
La posición
oficial de la Argentina ante la crisis de Haití difiere de la
asumida casi cincuenta años antes. En 1954, según la
percepción gubernamental, la amenaza a la seguridad del
continente americano provenía del comunismo, pero sólo
en tanto constituyera una intromisión en su soberanía.
No obstante, el verdadero peligro provenía del propio
individualismo capitalista, liderado por Estados Unidos, por
desconocer las demandas económicas y sociales de los pueblos
de América y conducir a éstos en la búsqueda de
ideologías que, aunque extrañas a su formación,
fueran capaces de proveerles de la justicia social buscada. De ahí
que se pusieran obstáculos al derecho de intervención
propuesto por Estados Unidos en Guatemala, porque la mayor amenaza
provenía del propio intervencionismo de Washington y, por
ende, de su política de poder. Primaron entonces los conceptos
de soberanía y autodeterminación de los pueblos. De
ahí, la abstención de la Argentina en la X Conferencia
Panamericana y su apoyo a que los estados americanos acudieran a la
ONU en la búsqueda de una solución a los problemas
regionales en los que se vieran amenazadas la paz y la seguridad. De
ahí también la insistencia en que el caso de Guatemala
fuera investigado en la OEA, aun cuando la crisis se hubiese superado
por obra de la intervención de fuerzas extranjeras y a causa
de la instauración de un gobierno anticomunista.
En 1991, la
amenaza proviene de las propias instituciones haitianas porque la
seguridad del continente americano depende, entre otros factores, de
la existencia de gobiernos democráticos garantes del orden y
la estabilidad necesarios para llevar adelante políticas que
permitan el funcionamiento de una economía mundial basada en
la transnacionalización, la interdependencia y la integración.
De ahí que la soberanía y autodeterminación de
los pueblos encuentren sus límites en el derecho de
intervención, pues éste ha de salvaguardar la
democracia y los derechos humanos. Por ello, la Argentina apoya
permanentemente las gestiones realizadas por Estados Unidos en pos de
una solución a la crisis, trabaja activamente desde el seno de
los organismos de la OEA y la ONU y llega a proponer el uso de la
fuerza cuando considera que la tarea de los organismos
internacionales, pese a sus esfuerzos diplomáticos, no obtiene
los resultados esperados. Apoya la posición estadounidense,
proclive a la intervención armada en Haití,
participando en la fuerza internacional auspiciada por la ONU,
encargada de garantizar el cumplimiento del embargo petrolero y de
armas decretado por el Consejo de Seguridad el 16 de octubre de 1993,
y en el despliegue de fuerzas de la ONU para relevar a la fuerza de
intervención encabezada por Estados Unidos, el 1 de febrero de
1995.
La postura
oficial, crítica al golpe de estado y comprometida con la
intervención en Haití, se pone de manifiesto
inmediatamente ocurridos los hechos. El 1 de octubre de 1991, la
Cancillería distribuye un comunicado en el cual se manifiesta
una enérgica condena a los sucesos y expresa que el presidente
Aristide y todas las autoridades constitucionales deben ser
inmediatamente repuestas en sus funciones. En el mismo
comunicado se advierte que no se reconocerá a ningún
gobierno surgido de actos facciosos e invita a la comunidad
internacional a que acompañe las decisiones que se adopten con
el propósito de restaurar la democracia.De
manera que la amenaza no es extracontinental ni ideológica,
como ocurriera en la crisis de Guatemala, proviene de las propias
instituciones de un estado americano y se cierne sobre su democracia
y los derechos humanos de ese estado. Se abre paso al derecho
de intervención, justificado por Carlos Menem del siguiente
modo: "El principio de no intervención tuvo su
razón de ser en otras épocas, pero hoy ha dejado de ser
absoluto para pasar a ser relativo.Hoy el mundo
se ha convertido en interdependencia". [40]
Los fundamentos
de esta postura se encuentran en una nueva interpretación del
concepto de seguridad. La amenaza a la soberanía de un estado
no proviene del exterior sino que surge del mismo y, en un mundo
interdependiente, puede perturbar la estabilidad necesaria para el
funcionamiento del orden mundial. [41]
La defensa, por lo tanto, no incluye solamente la esfera militar
sino, básicamente, la consolidación de la democracia
representativa junto con la promoción y protección de
los derechos humanos, la lucha contra la pobreza y el mejoramiento de
la calidad de vida de los pueblos americanos. Sin embargo, la
democracia constituye un valor fundamental y fundacional sobre el que
descansan los restantes. La nueva interpretación dada al
concepto de seguridad y la naturaleza de las amenazas que se ciernen
sobre el continente americano obligan a la OEA, según la
percepción oficial argentina, a asumir un nuevo protagonismo
que incluye, por tanto, su derecho de intervención en los
Estados. Aun en medio de las diferencias que se evidencian en el seno
del gobierno [42]
ante la cuestión de Haití, existe una posición
oficial que tiene por finalidad presentar una imagen que refleje la
decisión del estado argentino por demostrar su alineamiento
junto con Estados Unidos, pese a las críticas que ello
despierta en el seno de los países latinoamericanos. Por eso,
el ministro Guido Di Tella, desde aquel organismo regional, y el
embajador Emilio J. Cárdenas, desde la ONU, [43]
promueven y apoyan medidas en pos del derecho de intervención.
Así, por ejemplo, Di Tella declara entonces ante la OEA que
ésta "... a veces en el pasado ha sido vista injustamente
como una vía de penetración de algunos países
con respecto a otros. Esto no ha sido cierto y ciertamente no es
cierto hoy, ni de los países más grandes, como en el
caso de los Estados Unidos con respecto al resto de la región
ni de los países grandes con respecto a países
medianos, y los medianos con respecto a los chicos. La OEA es un
organismo que nos contiene a todos, es nuestro mecanismo, nuestra
arma de defensa de cada país y de la soberanía de cada
país. Esto, en la medida en que lo creamos vivamente, nos va a
hacer menos reticentes a otorgarle a la OEA nuevas atribuciones y
nuevos poderes, porque son los poderes nuestros, no son los poderes
ajenos o de algún organismo ajeno, que no los controlamos
entre todos". [44]
De acuerdo a
esta perspectiva, el 4 de octubre el diario La Nación
anuncia en sus titulares que "la Argentina podría
intervenir militarmente". Di Tella señala entonces que el
país se encuentra dispuesto a tomar esta decisión si
los responsables del golpe no reponen a Aristide. En este sentido,
reconoce que el uso de la fuerza constituye una medida sin
antecedentes y un cambio de percepción, resultado del nuevo
orden mundial, así como una clara advertencia a todos los
"aspirantes golpistas que tenemos en la región".
Afirma también que, para quienes interpretan que se estaría
violando el principio de ingerencia en los asuntos internos de los
Estados, "antes de esa consideración está el
principio de no permitir la violación de los derechos
humanos". [45]
Estos conceptos son ampliados unos días después por el
propio ministro. Declara entonces que la Argentina pretende liderar
en el continente una iniciativa por la cual se repudie enérgicamente
cualquier "aventura golpista", iniciativa que no excluye la
intervención militar y reconoce la influencia de la Doctrina
Betancourt, que propiciaba el no reconocimiento de los regímenes
de facto. [46]
Por lo expuesto,
corresponde a la OEA la responsabilidad de abocarse al rediseño
del sistema de seguridad hemisférico, a la luz de las nuevas
circunstancias internacionales. En este sentido, la Argentina, en
octubre de 1991, propone modificaciones a la Carta del Organismo
Regional tendentes a hacer que éste tenga un mayor poder de
resolución. La propuesta de intervención militar frente
a golpes de estado registra un antecedente en la sugerencia realizada
a países del Cono Sur en los primeros días de marzo de
1991. [47]
El gobierno realiza una presentación formal en la OEA a través
de Hernán Patento Meyer, proponiendo una modificación
en la Carta que contemple contar con fuerzas de paz a fin de defender
la democracia. [48]
Al año siguiente, también ante una iniciativa
argentina, la OEA decide suspender a los gobiernos de los países
miembros que surjan de golpes de estado. [49]
Pero la
Argentina también participa de las sesiones del Consejo de
Seguridad [50]
en carácter de miembro no permanente durante el período
1994-1995. Desde allí, el delegado ante aquel
organismo, Emilio J. Cárdenas, continuará con los
argumentos esgrimidos desde la OEA para dar solución a la
crisis de Haití.
El 31 de julio
de 1993, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas decide acudir
al uso de la fuerza en Haití y, de esta manera, allana el
camino para una invasión encabezada por Estados Unidos con la
intención de reinstalar en el poder al derrocado Jean Bertrand
Aristide. La resolución, auspiciada por Estados Unidos,
Canadá, Francia y la Argentina, es aprobada por doce votos a
favor, ninguno en contra y tiene la abstención de Brasil y
China. Mientras tanto, países latinoamericanos como México,
Uruguay, Venezuela y Cuba, aunque no participan del Consejo,
cuestionan la intervención. La Argentina y el gobierno
derrocado de Haití se constituyen así en los únicos
países que respaldan la propuesta. [51]
En la 3376ª
sesión del Consejo de Seguridad del 6 de mayo de 1994, Emilio
J. Cárdenas señala que: "La tragedia de Haití,
por su dimensión, excede a sus fronteras. Ya la comunidad
internacional no acepta que la violación grave y sistemática
de los derechos humanos en el territorio de un estado nacional sea
simplemente un asunto de su exclusiva incumbencia". [52]
El mismo Cárdenas amplía estos conceptos en la sesión
correspondiente al 31 de julio. En aquella ocasión afirma que
"Este Consejo de Seguridad tiene bien claro que la solución
de la crisis haitiana pasa por la restauración del régimen
democrático. Esto, en rigor, supone tanto respetar y respaldar
la soberanía del pueblo de Haití, que fuera avasallada
y usurpada por quienes hoy detentan ilegítimamente el poder en
ese país, como también poner término a una
crisis humanitaria de proporciones en un mundo abierto, en la que
este Consejo consideraba que hay un nivel de atrocidades que ya no
puede esconderse detrás de una frontera". [53]
A diferencia de lo que ocurriera
ante la crisis de Guatemala, se asiste a la colaboración entre
las Naciones Unidas y la OEA a través de una gestión
compartida que llega a organizar Operaciones de Mantenimiento de Paz.
La Argentina, ahora, no sólo vota favorablemente por la
intervención en el ámbito de un estado, también
colabora en dichas operaciones a través de sus Fuerzas
Armadas. En este sentido, el gobierno trata de evitar que las medidas
implementadas en Haití afecten a quienes se hallan en las
peores condiciones humanitarias. Para ello se organiza, en estrecha
cooperación con la Organización Panamericana de la
Salud, un régimen de excepción a la prohibición
general de importación de combustibles a fin de posibilitar la
coordinación de la asistencia de las organizaciones
internacionales, gubernamentales y no-gubernamentales. En el mismo
sentido, las sanciones financieras y las referidas a los visados se
personalizan, de modo de dirigirlas efectivamente contra quienes
aparecen como los responsables reales de no cumplir con los
compromisos asumidos con la ONU.
Los buques de la
Armada cooperan con la Fuerza Multinacional que –en
cumplimiento del mandato de la ONU– desplaza a la dictadura
militar del poder. [54]
En 1994, la
Gendarmería colabora en el cierre de la frontera de Haití
con la República Dominicana a través del Grupo
Multinacional de Observadores (MOG). Desde octubre de 1993 y hasta
octubre de 1994, los buques de la Armada cooperan con los de
otros países con el propósito de asegurar el
cumplimiento del embargo comercial, dispuesto por el Consejo de
Seguridad, por medio de las corbetas ARA Grandville, ARA Guerrico y
ARA Drummond.
Desde el 25 de
septiembre de 1994, la Argentina también participa de la
Fuerza Multinacional (MNF), autorizada por la resolución 940
del Consejo de Seguridad, para lo cual proporciona una unidad de 107
policías civiles de la Gendarmería Nacional. Interviene
primero para asegurar que la resolución que la aprueba incluya
toda una novedosa serie de garantías, aceptadas por el
Consejo, para delimitar el accionar: la especificidad del respectivo
mandato, la determinación de un límite temporal para la
operación y la presencia de observadores de la ONU que –junto
a la Fuerza Multinacional– aseguren el respeto a los derechos
humanos de la población haitiana. Posteriormente, participa
con efectivos de la Gendarmería Nacional y con un avión
de la Fuerza Aérea Argentina en la Operación para el
Mantenimiento de la Paz.
A partir del 1
de abril de 1994, fecha de traspaso de la operación de la
Fuerza Multinacional a la Misión de las Naciones Unidas en
Haití (UNMIH), la Argentina participa por medio de una unidad
de 101 efectivos de la Gendarmería Nacional. En septiembre, la
mencionada unidad se ve reducida, por razones presupuestarias, a 45
integrantes. Asimismo, se envía un avión Fokker F-27
con 15 efectivos. [55]
La colaboración
con las OMP se reitera también en Kuwait, Chipre, Croacia,
Bosnia-Herzegovina, Angola, Camboya, Ruanda, el Medio Oriente, Sahara
Occidental, El Salvador y Guatemala. El apoyo a la ONU, considerada
escenario central de la política exterior argentina, se
constituye en un instrumento de diálogo y acercamiento con las
grandes potencias, especialmente con Estados Unidos. [56]
Sin embargo, el compromiso con los organismos internacionales,
respondiendo a una tradición histórica argentina,
crítica a los móviles hegemónicos de Estados
Unidos, se expresa a través de ciertos agentes de la política
exterior. Emilio Cárdenas sostiene que el aval a tales
organismos también representa una manera de contrarrestar los
intereses de las grandes potencias. Si las cuestiones atinentes a la
paz y seguridad internacionales son resueltas fuera de las
instituciones abocadas a esa tarea, se corre el riesgo de permitir el
triunfo de los más fuertes, quienes ocuparán el espacio
reservado a la comunidad internacional organizada. De manera que el
derecho de ingerencia también es entendido como una vía
a través de la cual defender el propio principio de soberanía
y autodeterminación de los pueblos.
No obstante, la
posición oficial argentina ante la crisis de Haití, al
igual que ocurriera cincuenta años antes, guarda una estrecha
relación con la naturaleza de las relaciones entabladas con
Estados Unidos y América Latina. Emilio Cárdenas
sostiene que durante la administración menemista, éstas
atraviesan un momento particularmente propicio. En su opinión,
prueba de ello ha sido, por ejemplo, el papel protagónico del
país en los esfuerzos por restaurar la democracia en Haití.
Por su parte, Carlos Escudé, un intelectual, por entonces
asesor del ministro Di Tella, que adscribe y acompaña los
lineamientos de la política exterior del gobierno de Carlos S.
Menem, señala en 1994 que la intervención militar
argentina en Haití constituye una demostración del
alineamiento con Estados Unidos. [57]
Según Escudé, la Argentina se halla "desarmada"
frente a Chile e Inglaterra. Las relaciones políticas con
Chile son excelentes, pero el poder detrás del trono allí
sigue estando en manos de los militares, que son antiargentinos
porque (al igual que los militares argentinos) han sido adoctrinados
para percibir al estado trasandino como su enemigo y porque, además,
el colapso del poder militar registrado en la Argentina les resulta
repulsivo. Por otra parte, con la guerra de Malvinas la Argentina
supo conseguirse un enemigo peligroso en Gran Bretaña. De ahí
que, para Escudé, la alianza político-militar con
Estados Unidos, desde una perspectiva geopolítica, sea crucial
para la Argentina y de ahí también la conveniencia de
acompañar a aquel país en Haití. [58]
Tiempo más tarde, el compromiso con Estados Unidos y el
llamado "alineamiento automático" se pondrá
de manifiesto en el ingreso de la Argentina como miembro extra-OTAN,
en 1997, cuestionado por gran parte de la comunidad latinoamericana.
La presencia de observadores de la
ONU y la OEA y la cooperación de Estados Unidos y la Unión
Europea, entre otros, obtienen algunos logros en Haití, como
la reducción de las violaciones de los derechos humanos, pero
los esfuerzos son impotentes para detener los crecientes síntomas
de crisis absoluta. En el año 2000 se alerta sobre la
manipulación en los resultados de los comicios presidenciales.
Dos años más tarde, desde la comunidad internacional,
se denuncia a Aristide como un mandatario ilegítimo y,
principalmente desde Estados Unidos, se presiona para que Haití
se inicie en el camino de la democracia y de reformas económicas
necesarias para garantizar su estabilidad económica.
Nuevamente, se conjugan las limitaciones de los organismos
internacionales y la presión de Washington en Centroamérica.
Consideraciones finales
Durante los años
50, en un mundo anárquico, amenazado por las pruebas de
fuerza, la seguridad se hallaba asociada a la defensa militar de los
territorios y las fronteras estatales. Se trataba de una época
en la cual los Estados se constituían en los principales
actores de un sistema internacional regido por políticas de
poder. El principio de soberanía y autodeterminación de
los pueblos adquiría una importancia capital para aquellos
Estados que, independientes o en vías de serlo, se
consideraban amenazados por las políticas emprendidas por
Estados Unidos y la URSS. En este orden, los organismos
internacionales pretendían representar un compromiso entre el
principio de igualdad entre los Estados y la realidad del poder. Pero
estos instrumentos del Derecho Internacional, en las creencias de
ciertos actores, fueron interpretados como la manifestación de
políticas de las grandes potencias, como "el cúmulo
de recursos o capacidades de que dispone un estado y otros actores
internacionales para conducir sus relaciones con otros actores y
hacer que éstos se adapten a sus intereses". [59]
En este marco
histórico, desde el "paradigma tradicional", Perón
percibió un sistema internacional anárquico dominado
por los anhelos hegemónicos de Estados Unidos y la Unión
Soviética. Las condiciones de paz y seguridad debían
ser provistas por los organismos internacionales y, fundamentalmente,
la ONU. La OEA constituía un instrumento que podía ser
utilizado por Estados Unidos para realizar sus móviles de
hegemonía hemisférica. No existía, por lo tanto,
una autoridad suprema capaz de imponer un orden jurídico
mundial. De ahí que el interés nacional fuera entendido
como la exigencia de seguridad propia, vinculada ésta al
principio de soberanía política, la autodeterminación
de los pueblos y el rechazo al principio de intervención.
La Tercera
Posición, definida como una doctrina independiente, alejada de
los extremismos y defensora de un capitalismo humanizado, buscaba
lograr prestigio en Latinoamérica; disponer de la libertad
necesaria en la conducción de la política exterior y
permitir el acercamiento a los Estados Unidos a través de su
compromiso con Occidente en la causa de la Guerra Fría. Era
claro que si bien el sistema era de naturaleza bipolar, en términos
estratégicos y políticos, desde un punto de vista
económico existía una clara potencia hegemónica.
De manera que el intento por lograr el desarrollo del país a
partir del principio de independencia económica, según
las pautas de un capitalismo nacional humanizado, sólo podía
llevarse adelante aceptando el liderazgo de Washington, con quien
compartía el anticomunismo.
Hacia 1954, Perón había
abandonado la intransigencia del principio de independencia económica
para aproximarse más a Estados Unidos y atraer sus capitales a
la Argentina. Sin embargo, ello no impidió que continuara
asumiendo una posición autónoma cuando se vieran
afectados los intereses del país o sólo se tratara de
los intereses exclusivos de Washington. La postura adoptada ante
Guatemala constituía un ejemplo de ello. La Argentina se
abstuvo al votarse la declaración anticomunista que se pensaba
aplicar contra Guatemala y, más tarde, en ocasión de
tratarse la posibilidad de una reunión de consulta, se abstuvo
nuevamente y manifestó su oposición al diferimiento,
cuando la amenaza comunista había pasado y no parecía
necesario investigar los hechos ocurridos en Guatemala.
Desde el punto de vista económico,
esta crisis sirvió a la administración peronista para
señalar los intereses de la Argentina y de América
Latina, al plantear la necesidad de que Estados Unidos fuera
solidario con aquella región, no para protegerla de una
supuesta amenaza extracontinental, sino para evitar que sus pueblos
optaran por el comunismo en la búsqueda del bienestar deseado.
Su postura encontraba fundamentos en la necesidad de asegurar un
Estado guiado, al menos nominalmente, por los principios de la
independencia económica, la justicia social y la soberanía
política, pero también hallaba su explicación en
la intención de lograr apoyo en el ámbito de la
sociedad civil y prestigio dentro del contexto latinoamericano como
país contrario a los intentos hegemónicos
estadounidenses en el continente. En el mismo sentido ha de
interpretarse la preeminencia otorgada a la ONU sobre la OEA. Ello no
impidió que en la crisis de Guatemala se pusiera de manifiesto
la adscripción ideológica del peronismo, más
cerca al gobierno de Washington, y el compromiso en su lucha contra
la infiltración comunista.
En los años
90, ante la crisis de Haití, el bipolarismo llega a su fin con
la caída del comunismo en la URSS y cede paso a un orden
multipolar liderado por Estados Unidos. En el sistema
internacional dominan los principios de interdependencia e
integración.Si bien los estados continúan
siendo actores importantes, los organismos internacionales asumen un
nuevo protagonismo debido a la resignificación, tanto de las
amenazas que se ciernen sobre los estados como de los principios de
soberanía, autodeterminación de los pueblos y derecho
de intervención.
Desde el
"paradigma de la sociedad mundial", el idealismo pragmático
propuesto por Menem se plantea en un mundo que, según su
percepción, se encuentra ante la existencia de un sistema
multipolar dominado por Estados Unidos, la democracia, el liberalismo
y el triunfo de la razón sobre la fuerza, en donde la ONU
parece finalmente asegurar el respeto a un orden jurídico
mundial. Percibe, además, la existencia de una aldea
global, donde la interdependencia y la integración son
principios fundamentales, en la que los países se enfrentan
con oportunidades y desafíos comunes.Desaparece
el interés nacional asociado a la necesidad de seguridad en un
mundo anárquico y, por el contrario, se constituye en sinónimo
de bienestar sólo alcanzable a través de la integración
supranacional, en donde las fronteras ya no actúan como
barreras entre los Estados sino como formas de integración.De
acuerdo a tales percepciones, Menem, que ha transformado al Estado de
acuerdo a los principios del neoliberalismo, propone la reinserción
económica de la Argentina y, en la búsqueda de esa
reinserción, acepta participar dentro de la comunidad mundial
para hacer frente a los desafíos y oportunidades que ésta
ofrece, propiciando el alineamiento con Estados Unidos, consciente de
la marginalidad de la Argentina en el contexto internacional.El
respaldo dado a la OEA constituye una manifestación del
compromiso con todo el continente americano.
El contexto
internacional y las necesidades del país en el área de
la política exterior explican, entonces, la interpretación
que se da a los conceptos de seguridad, estado, soberanía y
derecho de intervención. De ahí, una postura
decididamente intervencionista ante la crisis de Haití. Se
trata de demostrar el alineamiento con Estados Unidos, claramente
expresado en el respaldo dado a los organismos internacionales,
necesario para la recuperación económica del país
y para su desarrollo integral, aun cuando dentro de las propias filas
gubernamentales no exista consenso absoluto y aun cuando actúe
en soledad dentro del ámbito de los estados latinoamericanos.
La intervención en Haití, por último, asegura
también la inserción de las Fuerzas Armadas en la vida
institucional argentina y tiene como propósito promover su
prestigio interno y externo, [60]
en momentos en que la misma se ve aún cuestionada por su
accionar político, fundamentalmente durante el Proceso de
Reorganización Nacional.
Por lo expuesto, ambos paradigmas
responden fundamentalmente a los contextos internacionales dentro de
los cuales se implementa la política exterior. Desde ambos, se
intenta reinsertar al país en el sistema internacional.Sin
embargo, mientras Perón busca la confiabilidad política
necesaria para llevar adelante sus propuestas económicas
basadas en la independencia, justicia y soberanía frente a las
amenazas del orden bipolar, Menem busca la confiabilidad
político-económica necesaria para incorporarse a una
aldea global dominada por Estados Unidos. Pero son las palabras de
Menem las que brindan la síntesis final:
El pragmatismo es una
condición necesaria de la conducción política
porque es la única posibilidad que tenemos de concretar
aquello que creemos justo y necesario para nuestro pueblo y para
nuestra Nación. La Tercera Posición nunca se definió
como el antagonismo con ningún país o potencia
internacional, sino como el desafío por consolidar la propia
identidad y el propio poder en el marco de una situación
internacional caracterizada por la competencia de dos superpotencias
absolutamente hegemónicas. Esa filosofía o doctrina de
la Tercera Posición, por ejemplo, no fue obstáculo en
el momento de mayor despliegue del poder peronista, para que el
General planteara explícitamente la posibilidad de una alianza
con los Estados Unidos". [61]
Sin embargo,
ambos paradigmas dejan un interrogante: los costos y beneficios que
significan para la Argentina. En ambas crisis, el país toma
participación activa en el ámbito de los organismos
internacionales, en los cuales Estados Unidos desempeña un rol
tutelar. La misión de salvaguardar la "estabilidad"
de Guatemala y Haití no responde a las expectativas planteadas
al momento de optar por la intervención. Y la Argentina, en
ambos casos, no responde plenamente a los intereses de los Estados
latinoamericanos sino a intereses que
considera propios y que se hallan asociados a un sistema
internacional dominado por los intereses de Estados Unidos,
subsumiéndose, de ese modo, en las propias limitaciones de un
sistema que no trae la recomposición de un orden
político-institucional. El panorama que se presenta en
Guatemala y Haití, tras sus respectivas intervenciones,
constituye una prueba de tales limitaciones.
NOTAS
Una
versión preliminar de este trabajo ha sido presentada en el
Tercer Congreso Internacional de Filosofía y Cultura del
Caribe (CONCARIBE), Bahía Blanca, diciembre 1999. 
"Se
define como crisis a un momento de ruptura en el funcionamiento de un
sistema, un cambio cualitativo en sentido positivo o negativo, una
vuelta sorpresiva y a veces hasta violenta y no esperada en el modo
normal según el cual se desarrollan las interacciones dentro
del sistema en examen..." En Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y
Gianfranco Pasquino , Diccionario de Política, Madrid,
Siglo XXI editores, tomo I, p. 391.  Esta
investigación se basa, principalmente, en los discursos
públicos de los actores gubernamentales argentinos, en virtud
de que el planteo gira en torno a creencias, percepciones y
posiciones oficiales. 
J.K.
Holsti, The Divided Discipline. Hegemony and Diversity in
International Theory, Boston, 1985, pp. 7 y ss.  Sobre
la Argentina ante los inicios de la Guerra Fría, pueden
consultarse: Silvia T. Álvarez, "Argentina y los orígenes
de la Guerra Fría en Europa", en La Argentina y Europa
(1930-1950) II, Departamento de Humanidades, Universidad Nacional
del Sur, Bahía Blanca, 1998; E.J. Chambers, "Some Factors
on the Deterioration of Argentina´s External Position,
1946-1951", en Inter-America Economic Affairs, Winter,
1954; CARI, La política exterior argentina y sus
protagonistas, 1880-1995, Buenos Aires, GEL, 1996; Carlos Escudé,
"Crónicas de la tercera posición. La
ratificación del TIAR en junio de 1950", en Todo es
Historia, Buenos Aires, marzo 1979, Nº 142; Rita Giacalone ,
From Bad Neighbors to Reluctant Partners: Argentina and the United
States, 1946-1950, Indiana University, 1977; Daniel J.
Griennberg, "From Confrontation to Alliance: Peronist
Argentina´s Diplomacy with the United States, 1945-1951",
en Norte/Sur: Canadian Journal of Latin American Studies
7, No. 24, 1987; Callum A. Mac Donald, "The United States, the
Cold War and Peron", en Christopher Abel y Colon M. Lewis
(eds.), Latin American Economic Imperialism and the State,
London, 1985; Mario Rapoport, Política y Diplomacia,
las relaciones con EE. UU.Y la URSS,
Buenos Aires, Editorial Tesis, 1986; Constantine Richardson, The
United States and Argentina, 1945-1947: a case study in diplomatic
practice, New York, Vantage Press, 1994; Carlos Spinosa, Ingreso
de la Argentina a la Organización de las Naciones Unidas,
Buenos Aires, Universidad de Belgrano, 1984; Jane van der Karr, Perón
y los Estados Unidos, Buenos Aires, Vinciguerra, 1990; Juan
Archibaldo Lanús, De Chapultepec al Beagle, Buenos
Aires, Hyspamérica, 1986; Carlos Moneta, "La política
exterior argentina durante la primera década de la Guerra
Fría", en Revista Argentina de Relaciones
Internacionales, 2, mayo-agosto 1978; Carlos Puig, América
Latina. Políticas exteriores comparadas, 2 tomos, Buenos
Aires, GEL, 1984; Mario Rapoport y Claudio Spieguel, Estados
Unidos y el peronismo, Buenos Aires, Planeta, 1990; Raanan Rein,
Peronismo, populismo y política. Argentina 1943-1955,
Buenos Aires, Editorial de Belgrano, Universidad de Belgrano, 1998;
Mario Rapoport, Política y Diplomacia en la Argentina. Las
relaciones con EE.UU. y la URSS, Buenos Aires, Editorial
Tesis, 1987; Joseph Tulchin, Argentina y Estados Unidos,
Buenos Aires, Planeta, 1990; Gary Wynia, Argentina in the Post-War
Era. Politics and Economy Policy in a Divided Society,
Albuquerque, University of New Mexico Press, 1978. 
Sobre
la Tercera Posición, consultar: El pueblo quiere saber de
qué se trata. Discurso social pronunciado por el Secretario de
Trabajo y Previsión Social durante el año 1944,
/s.l./, /s.e./, /s.f /; The theory and complete doctrine of General
Perón, Buenos Aires, Ministerio de Relaciones Exteriores y
Culto, Departamento de Información para el exterior, 1956;
Perón expone su doctrina. Teoría y doctrina del
peronismo, Buenos Aires, Editorial "Nueva Argentina",
Centro Universitario Argentino, 1947 ; Doctrina peronista
(Filosofía, política, sociedad), Buenos Aires,
Talleres Gráficos Argentinos, 1947 ; La Política
Internacional Argentina, Buenos Aires, /s.e./, 1948; La
Comunidad Organizada. Esbozo filosófico, Buenos Aires,
Club de Lectores, 1949; La Tercera Posición en la Prédica
y el Ejemplo de Perón, Buenos Aires, /s.e./, 1951;
Conducción política, Buenos Aires, Mundo
Peronista, 1952; Los mensajes de Perón, Buenos Aires,
Mundo Peronista, 1952; Descartes, Política y estrategia (No
ataco, critico), Buenos Aires, /s.e./, 1951. 
Juan
Carlos Puig, "La política exterior argentina y sus
tendencias profundas", en Revista Argentina de Relaciones
Internacionales, Nº 1, Buenos Aires, 1975; "La política
exterior argentina: incongruencia epidérmica y coherencia
estructural", en Juan Carlos Puig (comp.), América
Latina. Políticas exteriores comparadas, Grupo Editor
Latinoamericano, Buenos Aires, 1984; Doctrinas internacionales y
autonomía latinoamericana, Caracas, Univ. Simón
Bolívar, 1980. 
Sobre
la posición argentina ante el nuevo orden mundial, en los
inicios de los años 90, pueden consultarse: Raúl Bernal
Meza, América Latina en la economía política
mundial, Buenos Aires, GEL, 1994; Atilio Borón, "Las
desventuras del realismo periférico", en América
Latina/Internacional, vol. 8, Nº 29, Buenos Aires,
julio–septiembre de 1991; Analía Busso, "La
política exterior argentina hacia Estados Unidos (1989-1993):
reflexiones para su análisis", en Serie Estudios,
7, Rosario, CERIR, 1993; CARI, Argentina y Estados Unidos,
Fundamentos para una nueva alianza, Buenos Aires, Asociación
de Bancos de la República Argentina, 1997; Jorge Castro, "La
Argentina y Estados Unidos en la década del 90", en La
Argentina y el mundo del siglo XX, Bahía Blanca, Centro de
Estudios del Siglo XX – Centro de Estudios Hispánicos,
Departamento de Humanidades, Universidad Nacional del Sur, 1998;
CERIR, La política exterior de Menem, Rosario, CERIR,
1994; Carlos Escudé, Realismo Periférico.
Fundamentos para la nueva política exterior argentina,
Buenos Aires, Planeta, 1992; Guillermo Miguel Figari, Pasado,
presente y futuro de la política exterior argentina,
Buenos Aires, Editorial Biblos, 1993; José Paradiso, op.cit.;
Roberto Russell, La política exterior argentina en el nuevo
orden mundial, Buenos Aires, FLACSO, 1992; "Las relaciones
Argentina-Estados Unidos: del "alineamiento heterodoxo" a
la "recomposición madura", en Mónica Hirst
(compiladora), Continuidades y cambio en las relaciones
América/Estados Unidos, Buenos Aires, GEL, 1987; "Los
ejes estructurantes de la política exterior argentina: apuntes
para un debate", en Serie de Documentos e Informes de
Investigación. Programa de Buenos Aires, FLACSO, junio
1994. 
Jorge
Castro, "La política exterior del segundo mandato de
Menem", en Archivos del Presente, Año 1, Nº
2, Primavera/95, pp. 67 a 72; Alberto de Núñez y Jorge
Osella, "Argentina y Estados Unidos. Del desencuentro a la
cooperación", en Archivos del Presente, Año
5, Nº 18, octubre/noviembre/diciembre 1999, pp. 163 a 175;
Alberto Hutschenreuter, "Las Naciones Unidas y la búsqueda
de la seguridad internacional. Tercera oportunidad", en
Geopolítica. Hacia una doctrina nacional, Nº 59,
Año XXI, 1996, pp. 32 a 39. 
Sobre
la postura de Menem ante la política exterior, consultar: La
esperanza y la acción, Buenos Aires, 8 de julio 1989-19 de
junio 1990, Emecé Editores, 1990; Estados Unidos, Argentina
y Carlos Menem, Buenos Aires, Ceyne, 1990 ; Integración
americana, Buenos Aires, Ceyne, 1990; Discursos del Presidente
Dr. Carlos Saúl Menem, del 1 al 30 de noviembre de 1989,
Buenos Aires, Secretaría de Prensa y Difusión,
Presidencia de la Nación, noviembre 1989; Discursos del
Presidente Dr. Carlos Saúl Menem. Año 1992, Buenos
Aires, Dirección General de Difusión, Secretaría
de Comunicaciones, Presidencia de la Nación, República
Argentina, Buenos Aires, Talleres Gráficos Fénix, 1994 ;
Discursos de Presidente Carlos S. Menem, Año 1993, Buenos
Aires, Talleres Gráficos Fénix, 30 de junio de 1994 ;
Diarios de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación,
Buenos Aires, 1990-1994. 
Sobre
Carlos Escudé y el "Realismo periférico",
consultar: Realismo Periférico. Fundamentos para la nueva
política exterior argentina, Buenos Aires, Planeta, 1992;
El Realismo de los estados débiles. La política
exterior del primer gobierno de Menem frente a la teoría de
las relaciones internaciones, Buenos Aires, GEL, Colección
Estudios Internacionales, 1995; "La Argentina y sus alianzas
estratégicas", en Archivos del Presente, Revista
Latinoamericana de temas internacionales, Julio/Agosto/Septiembre
1998, pp. 61-62. 
Sobre
la cuestión de Guatemala, consultar Gordon Connell-Smith, Los
Estados Unidos y la América Latina, México, Fondo
de Cultura Económica, 1977; Oscar G. Paleas Almengor,
Guatemala, 1944-1955: los rostros de un país,
Guatemala, USAC-CEUR, 1999. 
Jerónimo
Remorino, Política internacional argentina. Compilación
de documentos 1951-1955, Buenos Aires, 1968, Tomo I, p. 268. 
Ibidem,
p. 270. 
Juan
A. Lanús, op.cit., tomo I, p. 189. 
Hipólito
Paz, Memorias, Vida pública y privada de un argentino en el
siglo XX, Buenos Aires, Planeta, 1999, p. 230. 
En
este sentido, la delegación presentó un proyecto en el
cual se solicitaba la restitución de los territorios ocupados
por estados extracontinentales. El mismo sería aprobado con
algunas modificaciones, contando con la abstención de Estados
Unidos. 
Discurso
pronunciado por el delegado plenipotenciario argentino, embajador
doctor Rodolfo Muñoz. Remorino , op.cit., pp. 304-305. 
Ibidem,
p. 306. 
Ibidem,
p. 307. 
Ibidem,
p. 303. 
"La
Décima Conferencia Interamericana tuvo un día de gran
actividad", La Nación, 16 de marzo de 1954, p. 1. 
Juan
A. Lanús, op.cit., p. 191. 
El
Presidente de la Junta Militar de Guatemala, teniente coronel Monzón,
y el representante de las fuerzas revolucionarias, coronel Carlos
Castillo Armas, habían terminado exitosamente las
negociaciones para establecer un Gobierno Provisional. 
Stephen
G. Rabe, Eisenhower and Latin America. The Foreign Policy of
Anticommunism, Chapel Hill, The University of North Carolina
Press, 1988. 
Sin
embargo, la Argentina no había figurado entre los países
que pidieron la convocatoria. 
Intervención
del embajador argentino, José Carlos Vittone, en el Consejo de
la OEA el día 28-6-1954, Washington. 
Cfr.
Arts. 52 y 53 de la Carta de San Francisco señalados por
Muñoz. En Jerónimo Remorino, op.cit., pp.
301-302. 
Connell-Smith,
op.cit., pp. 247-248. 
Hipólito
Paz ante el Consejo de la OEA el 2 de junio de 1954, Washington. 
Ibidem,
pp. 230-231. 
Al
respecto, es importante destacar la posición del sindicalismo
argentino ante el tema. La Agrupación de Trabajadores
Latinoamericanos Sindicalistas (ATLAS). Esta organización,
cuya piedra basal estaba representada por el sindicalismo argentino
dirigido por Perón. Vide: Manuel Urriza, CGT y ATLAS.
Historia de una experiencia sindical latinoamericana (década
del 50 – década del 60), Buenos Aires, Omnibus,
Editorial Egasa, pp. 63-86. 
Roberto
García Lupo, Clarín, 17 de enero de 1999. 
En
sus memorias, Paz señala que "Cuando viajé a
Buenos Aires y le expliqué a Perón mi voto, me guiñó
un ojo, se echó a reír y se limitó a decir 'Ha
procedido bien, doctor Paz'. El General sí lo había
entendido. El relato que acabo de hacer justifica las expresiones del
sagaz embajador norteamericano Nufer: 'Perón sigue aferrándose
a su política amistosa hacia los Estados Unidos pese al
enfriamiento de su ministro de Relaciones Exteriores'," p. 231. 
El
País Digital, jueves 11 de marzo de 1999, Nº 1042. 
Wilfredo
Lozano, Cambio político en el Caribe. Escenarios de la
Posguerra Fría: Cuba, Haití y República
Dominicana, Caracas, FLACSO-Programa República Dominicana,
FLACSO-Secretaría General, Nueva Sociedad, 1998, p. 263; G.
Pope Atkins , América Latina en el Sistema Político
Internacional, Buenos Aires, Grupo Editorial Latinoamericano,
Colección Estudios Internacionales, 1991, pp. 150 y ss. 
Los
hitos que jalonan la crisis fueron seleccionados sobre la base de la
información recogida en The United Nations and the
situation in Haiti, Department of Public Information, United
Nations, Anuario de Relaciones Internacionales del IRI (CD),
Universidad Nacional de la Plata, 1991-1998 y actas oficiales de la
OEA y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, así como en
Katlyn Sabá, Bosnia, Rwanda y Haití: dos fracasos y
una esperanza, Fundación CIDOB, pp. 9-10. 
El
acuerdo negociado entre Carter y los militares haitianos contempla la
colaboración entre las Fuerzas Armadas y la policía de
Haití con la misión militar de Estados Unidos. A
cambio, se acuerda una ley de amnistía y se concede a Raoul
Cedrás el plazo de un mes para abandonar el poder. Raoul
Cedrás anuncia el 10 de octubre su decisión de
abandonar Haití y el presidente Jean-Bertrand Aristide retorna
al país. Las tropas estadounidenses deben ser reemplazadas por
una fuerza de 6000 cascos azules, encargados de reconstruir el
Ejército, crear una fuerza de policía civil y colaborar
en la organización de nuevas elecciones, previstas para
finales de 1995. 
"Menem
calificó de asesinos a los golpistas haitianos", en La
Nación, Buenos Aires, 5 de octubre de 1991, p. 3. 
Discurso
de Guido Di Tella, en Organización de los Estados
Americanos, Asamblea General Vigésimo Segundo Período
Ordinario de Sesiones, Nassau, Las Bahamas, Del 18 al 23 de mayo
de 1992, Actas y Documentos, Vol. II, Primera Parte, Actas de las
Sesiones Plenarias y de la Comisión General, p. 132. 
Si
bien los principales actores vinculados a la cuestión de Haití
censuran los hechos ocurridos en aquel país, difieren al
momento de diseñar la estrategia política a seguir en
relación con la conveniencia de participar de la invasión
a Haití en 1994. Tal el caso del Ministro de Defensa, Oscar
Camillón. Vide, "Las Naciones Unidas autorizaron
la invasión a Haití. Estarían listos en 15 días
los efectivos argentinos", en La Nación, 1, 2 y 4
de agosto de 1994. 
La
Argentina forma parte del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas, como miembro no permanente, entre 1994 y 1995. 
Organización
de los Estados Americanos..., p. 127. 
Dentro
de la Argentina, una actitud más cautelosa con relación
al envío de tropas es asumida por el Ministro de Defensa,
Antonio Erman González: "Mi opinión
personal es que debemos obrar con la máxima prudencia y
respeto por los problemas internos de cada uno de los países
latinoamericanos. Solo podríamos llegar a una intervención
si es convocada por la OEA, dentro de las obligaciones y derechos que
tenemos en esa organización" . En "Menem
calificó de asesinos a los golpistas haitianos", La
Nación, Buenos Aires, 5 de octubre de 1992. 
Discurso
del Presidente de la República de Venezuela, Rómulo
Betancourt, ante el Consejo de la OEA el 20 de febrero de 1963.
"Queremos encabezar una respuesta regional", en La
Nación, Buenos Aires, 7 de octubre de 1991, p. 2. La
Doctrina Betancourt establece "que debe negarse reconocimiento
diplomático a las Juntas o Jefes de Estado autoelectos,
después de ser abatido por la fuerza un orden de cosas
político de origen comicial....". 
Entrevista
realizada por Jornal da Tarde al Ministro de Relaciones
Exteriores de Brasil, Francisco Rezek. En La Nación,
Buenos Aires, 20 de marzo de 1991. 
México
se opone a la militarización de la OEA. 
El
Cronista Comercial, Buenos Aires, 12 de diciembre de 1992. 
La
propuesta argentina tiene treinta votos a favor, un voto contrario
(México) y dos abstenciones (Bahamas y Trinidad Tobago).
Cuando se le pregunta el motivo por el cual México ha votado
en contra, Di Tella responde que ese país sostiene "en
soledad" que la propuesta constituye una intervención en
asuntos internos de otros Estados. 
Guido
Di Tella, "El renacer de las Naciones Unidas", en Archivos
del Presente. Revista latinoamericana de temas internacionales,
Año 1, Nº1, Otoño 95, p. 20. Sobre la
participación argentina en fuerzas de paz, consultar:
Estanislao Zawels, "La Argentina y las operaciones de
mantenimiento de la paz" , en Contribuciones argentinas
a las Naciones Unidas, Buenos Aires, Comisión Nacional de
la República Argentina para el 50º aniversario de las
Naciones Unidas, 1995. 
"Autorizó
la UN usar la fuerza contra Haití", La Nación,
1 de agosto de 1994, p. 1. 
Naciones Unidas, Consejo de Seguridad, Cuadragésimo Año,
3376ª sesión, Nueva York, p. 6. 
Naciones
Unidas, Consejo de Seguridad, Cuadragésimo Año,
3413ª sesión, Nueva York, pp. 18-19. 
Emilio
J. Cárdenas, "La República Argentina en el Nuevo
Consejo de Seguridad", en Archivos del Presente.
Revista Latinoamericana de temas internacionales, Año 1,
Nº 2, Primavera 95, pp. 85-86. 
Debido
a que las pistas de aterrizaje en UNMIH no son adecuadas para este
tipo de aeronaves, aquélla sufre un incidente que motiva su
regreso a la Argentina. 
Emilio
J. Cárdenas, "Las relaciones Argentina-Estados Unidos en
el marco de las Naciones Unidas", en CARI, Consejo Argentino
para las Relaciones Internacionales; Argentina y EE. UU.
Fundamentos de una nueva alianza, Asociación de Bancos de
la República Argentina, 1997, 280. 
La
intervención argentina en la Guerra del Golfo Pérsico
constituyó la primera manifestación en ese sentido y
que, además, representó una ruptura con la tradicional
neutralidad. 
Carlos
Escudé, "Hay que ir a Haití", en Clarín,
Buenos Aires, 4 de agosto de 1994, p. 23. 
Luciano
Tomassini, Teoría y práctica de la política
internacional, Santiago, Ediciones Universidad Católica de
Chile, p. 328. 
Guido
di Tella, "El renacer de las Naciones Unidas", p. 19. 
"Del
aislamiento a la conexión. Conversaciones con Carlos S.
Menem", en Actualización Política, Año
1, Nº 5, 4-5/92, pp. 7- 9. 
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