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Flavia Fiorucci IUED / University of Geneva
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Dos semanas
separan el fin del régimen del Estado Novo
(1937-1945) en Brasil --la dictadura dirigida por Getúlio
Vargas que cambió y sentó las bases de la modernización
de ese país-- y el emblemático inicio del gobierno de
Juan Domingo Perón: la marcha obrera hacia la Plaza de Mayo el
17 de octubre de 1945. Estos dos regímenes, que gobernaron
respectivamente Brasil y Argentina por casi una década, han
sido decisivos en el desarrollo de estos países, tanto que
constituyen casi una "vía de entrada obligada" para
entender a estas naciones. Existen entre
ambos ciertas similitudes.
Ambos están centrados en la "voluntad" de un líder
carismático que basa su poder en los sectores populares y que
pone en marcha (con más o menos ímpetu, según el
caso) los cimientos de una legislación obrera y una estrategia
de desarrollo "mercado-internista"; también en los
discursos de los dos presidentes se puede identificar una serie de
coincidencias ideológicas, como una retórica
fuertemente antiliberal, antiimperialista y de reivindicaciones
sociales. [1]
Sin embargo, estudiados con mayor detalle, existen diferencias claras
cuando se comparan estos dos fenómenos, y entre ellas existe
una de la cual nos ocuparemos aquí: el destino de los
intelectuales. [2]
En este punto el contraste es evidente: mientras Vargas hace a un
gran número de intelectuales partícipes e importantes
aliados de su proyecto político, Perón margina, ignora
y acalla a los intelectuales, condenando al mismo destino aun a
aquellos que han decidido apoyarlo. La pregunta que esto nos suscita
es: ¿por qué? ¿Qué hace que los
intelectuales puedan insertarse de modos tan disímiles en
movimientos políticos que, al menos en su superficie, son
similares? ¿Qué nos dice esto
sobre la naturaleza de cada uno de estos regímenes y sobre el
rol social de la intelectualidad de cada uno de estos países?
La literatura
sobre el tema de los intelectuales y la política es tan
significativamente vasta que, como afirma con cierto cinismo Norberto
Bobbio, "sólo la memoria de un ordenador potentísimo
podría registrar todas las páginas que ha
inspirado". [3]
Esto es aplicable también al caso latinoamericano, donde el
debate ha estado dominado por dos preguntas: el papel de los
intelectuales en la conformación de la identidad nacional y el
estado, las causas y las consecuencias de la radicalización de
la inteligencia latinoamericana en los años sesenta. El lugar
de los intelectuales en los regímenes de tipo populista ha
sido un tema que no ha merecido más que escasa atención.
La razón es obvia: los grandes protagonistas de este tipo de
experiencias políticas han sido el pueblo y el líder
carismático en cuestión. Además, dichos
regímenes han sido usualmente catalogados (en un afán
por observarlos como parte de un mismo fenómeno) bajo el
rótulo de antiintelectuales, por lo que parecía no
haber demasiados motivos para estudiar a los intelectuales en
relación a una tradición política que no les
daba lugar y que, en contraposición, se asumía que
éstos no apoyaban. El presente artículo intenta dar
cuenta de cómo dichas generalizaciones no se aplican a los
casos analizados. A través de una visión comparativa,
se pretende echar luz sobre los interrogantes expuestos anteriormente
y proponer una lectura diferente del clásico debate sobre los
regímenes de tipo populista y la intelectualidad
latinoamericana.
El artículo está
dividido en cuatro secciones y una conclusión. La primera,
dedicada al caso de Vargas, explica la participación de los
intelectuales en el gobierno. La segunda sección describe la
suerte de la clase intelectual que decide apoyar a Perón. La
tercera parte, "Tradiciones o regímenes diferentes",
coloca en una perspectiva histórica las experiencias
analizadas, de forma de evaluar en qué medida éstas
representan, en el caso de Vargas, una nueva forma de relación
entre los intelectuales y el poder, mientras que, en el de Perón,
sólo exacerban realidades ya existentes. La última de
las secciones discute la forma en que esta mirada sobre el mundo
intelectual puede contribuir a analizar la naturaleza de estos dos
movimientos políticos. La conclusión retoma los
argumentos desarrollados y expone brevemente el modo en que la
marginación de los intelectuales y la participación
hablan --al menos parcialmente-- de dos regímenes diferentes y
de dos "intelectualidades" que optan por combinaciones
diversas, no necesariamente "moralmente superiores", entre
principios, roles e intereses.
Intelectuales y poder: el caso de
Brasil durante el Estado Novo
Los intelectuales
son una categoría difícil de asir para las ciencias
sociales. La simplicidad del interrogante --¿qué es un
intelectual?-- contrasta con la complejidad y la extensión del
debate que el mismo ha generado. No es la
intención de este trabajo la de retomar dicha discusión;
sin embargo, el interrogante queda abierto: ¿quiénes
son los actores aquí estudiados? [4]
Más allá de obvias diferencias, las definiciones se
agrupan en dos perspectivas: las sociológicas y las políticas
o morales. Las primeras definen al intelectual por el lugar y la
función que ocupa en la sociedad. Así, el intelectual
es, por ejemplo, en palabras de Martin Lipset, quien se encarga de
"crear, distribuir y aplicar la cultura". [5]
El segundo grupo adjudica al intelectual un papel o una misión
trascendente, siendo entre éstas la más famosa la
visión de Jean Paul Sartre, quien hace del compromiso la
esencia de la tarea intelectual. Sin embargo, este tipo de
definiciones resulta "incómodo" a la hora de
aplicarse a un contexto histórico. Por un lado, la ausencia de
un mercado intelectual institucionalizado en los casos de Argentina y
Brasil obliga a los intelectuales a 'trabajar' de "intelectuales
y algo más", ya sea de políticos, simples
burócratas, periodistas, maestros de escuela o empleados en
actividades diversas; por el otro, la supuesta tarea moral de los
intelectuales se ajusta más a un ideal o una
auto-representación que a una categoría que sirva para
trazar límites de quién es y quién no es un
intelectual. Por lo tanto, la perspectiva aquí propuesta
sugiere observar todos aquellos actores que participan en las luchas
por la gestión de la cultura. Y aunque no sea ésta una
definición de intelectual (demasiados políticos con
veleidades intelectuales entran en este grupo) es esta mirada la que
nos va a permitir observar los intereses en juego, los conflictos y
las estrategias que se dan por formar parte --es decir, ser
considerado como un intelectual-- y controlar el campo cultural e
intelectual aún en proceso de formación en ambos
países.
Dentro de la
literatura, la relación de los intelectuales con el poder
político es uno de los temas que más controversia ha
generado. ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando los
intelectuales son llamados a participar del gobierno? Una situación
que, desde que Julien Benda escribió su famoso texto La
Trahison des clercs (1927), donde postulaba que la tarea
intelectual sólo podía ser concebida independientemente
de las pasiones temporales (especialmente la política), parece
estar destinada a anular la identidad misma del intelectual. La
respuesta a dicho interrogante no es fácil ni unívoca
para los intelectuales brasileños. Brasil es, a mediados de la
década de 1930, un país rural sumido en la pobreza, con
altísimos niveles de analfabetismo (sólo treinta entre
mil niños completaba la escuela primaria), profundas
diferencias regionales y carente de una legislación
social. [6]
En 1930, Getúlio Vargas llega al poder, por primera vez, como
presidente provisional de un golpe de estado. En nombre del gobierno
provisional, Vargas cerró el congreso y asumió poderes
absolutos. En 1934, una Asamblea Constitucional lo nombró
presidente por un período de cuatro años. El proyecto
político de Vargas era la creación de un gobierno capaz
de evitar los conflictos de clase armonizando los intereses del
trabajo y el capital. Entre 1930 y 1937, su gobierno se vio jaqueado
por diversos lados, expuesto a la oposición de las viejas
oligarquías y a una creciente movilización política,
que enfrentó con dureza. El 10 de noviembre de 1937, Getúlio
(como es conocido en Brasil) canceló las elecciones, disolvió
el congreso nuevamente y anunció al país el inicio de
una nueva era: el Estado Novo. Brasil abandonaba la senda
de la democracia porque, en las mismas palabras de Vargas, "las
condiciones, tanto económicas, financieras como políticas
no le permitían el lujo de pretender ser una democracia". [7]
Aunque es difícil cuantificar
el legado real de este régimen, el Estado Novo
constituye un divisor de aguas en la historia brasileña: es
ahí cuando se pone en marcha la modernización del país
(especialmente de la burocracia estatal que se expande), se extiende
la ciudadanía (sobre todo en términos psicológicos)
a grandes sectores de la población, a la vez que, desde el
estado, se construye un relato de la nacionalidad que busca incluir a
los estratos más bajos de la sociedad y se esboza (al menos
tímidamente) la base de una legislación social, aunque
a un precio alto para muchos: el de renunciar a las libertades
individuales. Es en este momento también cuando el dilema
sobre la relación a establecer con el poder aparece más
claro para los intelectuales brasileños, ya que desde el
gobierno son "invitados" a participar del nuevo proyecto
político; un proyecto que, más allá de sus
componentes innovadores, emana de un gobierno autoritario. Sin
embargo, el balance es claro, tal como lo expone Lúcia Lippi
Oliveira: a excepción de algunas figuras aisladas,
entre las cuales sobresalen los escritores Graciliano Ramos y
Monteiro Lobato, "el Estado Novo en su
compleja trama de tradición y modernización, ejerció
una atracción substancial sobre la intelectualidad
brasileña". [8]
Intelectuales de las más diversas extracciones ideológicas
convergieron en un régimen que se enmarcaba en el proyecto de
construcción del estado nacional.
Durante el período que duró
el Estado Novo, la cultura se convirtió en un
asunto de estado y formó parte del programa de gobierno. La
acción de los intelectuales se centró bajo la esfera de
influencia del Ministerio de Educación y Salud Pública,
creado en 1930 (dos semanas después del golpe de estado), y
tuvo en la figura de su ministro, Gustavo Capanema, uno de sus
protagonistas. [9]
Con la llegada de Capanema al gobierno en 1934 comenzó una
etapa de reformas en la administración cultural, proceso que
encontró su auge después del golpe de 1937. La
constitución establecida en 1937 otorgó al estado el
deber de contribuir directa e indirectamente al desarrollo cultural
del país, lo que estipulaba o favorecía la fundación
de instituciones artísticas, científicas y de
enseñanza. [10]
Fue en este período que se fundó la Universidad de São
Paulo (1934) y se creó un Servicio de Patrimonio Histórico
y Artístico Nacional (SPHAN) que dio lugar a la fundación
de diversos museos y casas históricas regionales. Al mismo
tiempo vieron la luz varios museos nacionales, como el Museo Nacional
de Bellas Artes, el Museo Imperial, el Museo de la Inconfidencia;
se estableció la Comisión de Teatro Nacional, el
Servicio de Radiodifusión Educativa, el Instituto Cayru (luego
Instituto del Libro) y el Instituto de Cine Educativo.
En esos años también se
reformó la Biblioteca Nacional, el Observatorio Nacional, la
Casa de Rui Barbosa y el Museo Histórico Nacional, a la vez
que las artes plásticas contemporáneas y la
arquitectura moderna recibieron especial atención, como se
puede ver en los esfuerzos desplegados en la construcción de
un edificio para el ministerio o en el apoyo que recibieron los
pintores Lasar Segall y Cândido Portinari. [11]
Las transformaciones llevadas a cabo durante el período se
pueden comprender en su magnitud si recordamos que la administración
cultural no fue modificada hasta 1981, cuando se constituyó la
Secretaría de Cultura. Terminada su gestión, el
ministro Capanema dejó "esbozado el diseño básico
de la organización institucional de la cultura en el estado de
Brasil". [12]
Capanema era él mismo un
intelectual, ligado a un grupo de correligionarios del estado de
Minais Gerais, y estaba particularmente conectado con algunos de los
principales exponentes del movimiento modernista; por lo tanto, no es
casual que convoque a sus propios amigos para ejercer las nuevas
actividades abiertas por la ampliación de la gestión
cultural. [13]
Es así como, a la luz de "dicha invitación" y
atraídos sin duda por el proyecto en ciernes, los
intelectuales asumieron las diversas tareas determinadas por la
creciente intervención del estado en la actividad
cultural. [14]
Entre los nombres más notables que fueron cooptados se
encuentran escritores, artistas, arquitectos y académicos.
Entre ellos sobresalen los poetas Carlos Drummond de Andrade y Manuel
Bandeira; el autor de la célebre obra de la identidad nacional
Macunaíma, Mário de Andrade; los
arquitectos Lucio Costa y Oscar Niemeyer; el sociólogo
Gilberto Freyre y el pintor Cândido Portinari. [15]
El grado de participación y compromiso con la gestión
variaba según los casos. Mientras Drummond de Andrade se
desempeñó durante todo el período como
secretario del gabinete del ministro, Portinari pintó murales
comisionados por el Estado y participó de varias exposiciones
internacionales organizadas directamente por el gobierno. Como se
mencionó arriba, las deserciones tampoco faltaban, pero éstas
fueron las menos y en ocasiones no fueron totales, como el caso de
Graciliano Ramos, quien a pesar de su postura opositora, colaboró
con la revista del régimen: Cultura Política. [16]
El protagonismo de los intelectuales
no sólo se circunscribió a administrar las nuevas
instituciones culturales, sino que también fueron "llamados"
a nutrir ideológicamente el nuevo movimiento y a sumarse a los
esfuerzos de propaganda del régimen, actividad que realizaban
principalmente desde las páginas de una serie de revistas
coordinadas por el Departamento de Imprensa e Propaganda (DIP). [17]
De acuerdo a Pimenta Velloso, dichas tareas implicaban una división
de tareas y una convocatoria a la intelectualidad que iba más
allá de los nombres reconocidos. [18]
Mientras los "grandes intelectuais" --como
el escritor de derecha Francisco Campos, también ministro de
justicia-- desempeñaban el papel de ideólogos del
Estado Novo desde las páginas de Cultura
Política, los "intelectuais medios"
--como el periodista Pedro Vergara-- prestaban su pluma a la retórica
de la propaganda en la revista Ciencia Política,
estructurando un mensaje destinado a un público mayor. La
inteligencia se sentía realmente integrada y parte del
proyecto político del Estado Novo, integración
que desde una publicación oficial explicaba la identidad de
intereses entre el gobierno y la intelectualidad:
Pela identidade
entre o governo e o povo, a identidade entre o Estado e a
inteligência logo faz-se sentir. Na tranquilidade do ambiente,
a inteligência encontrou a garantia do seu exercício.
Foi o quanto bastou para que o intelectual brasileiro fizesse desse
exercício o seu voto de fidelidade e a sua moção
de reconhecimento a esse governo que, vindo ao encontro de suas
aspirações
latentes soube compreendê-la, primeiro, para valorizá-la
depois. [19]
A la luz de otros
desarrollos en el país, en particular el uso extensivo de la
censura por parte del régimen, el argumento mencionado no deja
de sorprender. ¿Cómo pueden gran parte de los
intelectuales --específicamente aquellos cercanos a la
izquierda-- prestarse a un proyecto político autoritario? ¿Es
igual el grado de compromiso de todos los intelectuales? ¿Hasta
qué punto Vargas es responsable de este matrimonio entre el
gobierno y las élites intelectuales? Algunos autores sugieren
que la íntima relación entre la clase letrada y el
poder se explica por la presencia de Capanema, figura que hace más
"digerible" el régimen a intelectuales que tuvieran
reparos a sumarse a un proyecto autoritario como el del Estado
Novo. Según Daryle Williams,
la postura moderada de Capanema, su declarada oposición al
totalitarismo, permitió a los intelectuales "hacer las
paces con el régimen". [20]
Pero aun aceptando que la convivencia entre intelectuales y poder
vivió momentos de tensión y estuvo plena de ansiedades
y ambigüedades, [21]
es difícil creer que la figura de Capanema per se
fuera capaz de sostener una alianza bajo un régimen que duró
tantos años. Tal como nos advierte Simon Schwartzman, explicar
la presencia de alguien como Carlos Drummond de Andrade en el
gobierno por razones de amistad, o decir que su actuación fue
sólo burocrática, significa "subestimar su
inteligencia y sus valores". [22]
Por otra parte, atribuir a Capanema
la responsabilidad absoluta y discrecional de la administración
cultural es subestimar la capacidad de Vargas y el importante grado
de control que éste tenía sobre sus políticas. [23]
El archivo del ministro Capanema da cuenta que el presidente era
detalladamente informado del progreso de la gestión
cultural. [24]
Difícilmente Capanema podría haber llevado adelante una
labor de tal envergadura sin la avenencia, al menos, del presidente.
El mismo Williams relata en su libro Cultural Wars In Brazil
las negociaciones entabladas entre Vargas y su ministro para la
puesta en marcha de determinadas políticas culturales como,
por ejemplo, la creación de un instituto federal de
cine. [25]
Tampoco se debe olvidar que la expansión de las instituciones
de la cultura fue acompañada por una importante inversión
financiera, lo que en un régimen centralizado como el de
Vargas requería la aprobación del presidente. Los
intelectuales gozaron además de una increíble libertad
de creación. Parece poco probable que Vargas no tuviera
ninguna influencia en la forma en que la clase letrada era tratada,
en contraposición a la censura a la que eran expuestos otros
actores sociales. A la luz de dicha evidencia, la afirmación
de Drummond de Andrade de que Vargas no "tenía ningún
interés en la cultura" debe ser, al menos,
matizada. [26]
No es plausible explicar la alianza entre intelectuales y poder si no
se piensa en intereses mutuos: Vargas veía a los intelectuales
como importantes aliados de su proyecto político, a la vez que
éstos creían en la potencialidad transformadora del
régimen.
Si volvemos a pensar en el estado en
que se encontraban la cultura, la educación y el país
en general a mediados de 1930, podremos encontrar un "por qué"
a la respuesta de la intelectualidad: sólo el estado podía
reunir los recursos suficientes para la implementación de una
política nacional que garantizase la educación, la
ciencia y la cultura como un patrimonio social. El Estado Novo
se presentaba a favor de una valorización de la cultura
nacional; Vargas afirmaba sus esfuerzos de "instalar un sentido
común y positivo del sentimiento nacional", [27]
promovía la modernización del estado, apuntaba a
construir una nación más inclusiva, donde la educación
estaba encargada de construir un homen novo,y
estaba dispuesto a remunerar e impulsar el trabajo intelectual. [28]
En dicho contexto, el nacionalismo funcionó entonces como el
elemento aglutinador capaz de sumar a casi toda la intelectualidad
del período al proyecto político en ciernes. La
respuesta de los intelectuales debe ser entendida, por tanto, tal
como anota Bomeny, en el marco de la construcción del estado
de bienestar en el país y expresa la voluntad de los
intelectuales de sumarse a ese proceso. [29]
Dicha participación está habitada por la creencia en lo
que Horacio Legrás llama "la fantasía
paternalista-educadora" de los intelectuales, la fe en "el
destino inevitablemente político e interesado de la
intervención cultural", que en este caso coincide con la
visión que el estado tiene del rol del intelectual y de la
cultura. [30]
Tampoco faltaba en esta peculiar
alianza cierto grado de oportunismo y cálculo económico:
la misma constituía para los intelectuales no sólo la
posibilidad de ejercer influencia sino también una fuente de
ingresos. Merece la pena aclarar aquí que gran parte de los
intelectuales brasileños de dicha época pertenecía,
como lo señala Miceli, a familias de "parientes pobres de
la oligarquía", para quienes el trabajo intelectual
constituía una forma de "librarse de las amenazas del
rebaixamento social que rodeaba a los suyos". [31]
La percepción de que el cambio podía llevarse a cabo de
la mano de un gobierno autoritario, que subyace a la situación
aquí descrita, coincide con un clima de época donde la
democracia liberal se encontraba en crisis y las soluciones
autoritarias atraían cada vez más.
Ahora, del otro lado, Vargas "acepta
compartir el poder" porque necesita a los intelectuales para
construir los símbolos culturales del Estado Novo y
"sus saberes" para poner en marcha su proyecto de reforma
del estado. Era un proyecto no exento de debates, contradicciones y
agendas diferentes. Al fin y al cabo, lo que estaba en juego era el
contenido de la identidad nacional: la brasilidade. La
heterogénea composición intelectual del régimen,
integrada por modernistas, tradicionalistas, conservadores, liberales
e izquierdistas, se tradujo en un campo de batalla de "guerras
culturales", usando el término de Williams, donde la
identidad y la cultura nacional se diputaban a través del
control de objetos, imágenes y locales que el estado central
presentaba como los "ejecutores de la brasilidade". [32]
Estas "guerras" se dieron, por ejemplo, en torno a la
creación del patrimonio nacional que trajo consigo la
fundación del Servicio de Patrimonio Histórico (SPHAN).
Bajo el Estado Novo, la ley federal otorgó
protección oficial (tombamento) a un número
nada desdeñable de monumentos. [33]
La operación, sin embargo, no era simple y conllevaba una
serie de intereses y actores. Era necesario decidir qué pasado
era digno de conformar el patrimonio histórico y qué
actores tenían derecho a representarlo y "administrarlo".
Luchas sobre las cuales Vargas tenía un interés
esencial, porque en ellas se jugaba el rol del estado en la
conformación de la identidad nacional. [34]
Perón y los intelectuales
La descripción
de la relación entre los intelectuales y el poder bajo el
gobierno de Juan Domingo Perón nos remonta a un escenario
totalmente diferente y nos obliga a un cambio de perspectiva: ya no
es dentro de las filas del gobierno donde debemos posar nuestra
mirada, sino en la oposición. En su gran mayoría, los
intelectuales expresaron su rechazo a Perón. Los pocos que se
decidieron a apoyarlo se vieron condenados al ostracismo, tanto en
los círculos intelectuales como en los de poder. Raúl
Scalabrini Ortiz, una de las voces más conspicuas dentro del
universo de los intelectuales peronistas, se quejaba en 1951 de la
falta de "un resquicio, una trinchera, desde donde [pudieran]
continuar adoctrinando". [35]
Perón llegó a la
presidencia en 1946, elegido por el voto democrático en un
clima marcado por grandes tensiones políticas. El ascenso a
líder de las masas de este coronel fue meteórico.
Miembro de un grupo de oficiales con inclinaciones fascistas (GOU),
Perón desembarcó en la política de la mano del
golpe militar de 1943, que buscaba poner fin a una década
marcada por el fraude y el desorden. Desde el Departamento Nacional
del Trabajo (luego Secretaría de Trabajo y Previsión),
Perón construye, a través de un programa de concesiones
limitadas a los obreros, una alianza que sería vital en su
supervivencia política. La ascendencia de Perón sobre
los sectores obreros no era bien vista ni por los militares ni por
civiles. El triunfo de las tropas aliadas en la Segunda Guerra
Mundial reafirmó la posición de los autodenominados
sectores "democráticos" de la sociedad en contra de
Perón, quienes veían en las políticas
implementadas desde la Secretaría de Trabajo una copia del
fascismo social de Mussolini. A principios de octubre, Perón
--quien en ese entonces acumulaba los cargos de secretario de
Trabajo, ministro de Guerra y vicepresidente de la Nación--
fue forzado a renunciar y encarcelado. Dichos hechos provocaron la
reacción de los trabajadores, que marcharon hacia la Plaza de
Mayo pidiendo la liberación de su nuevo líder. El
desenlace del conflicto es conocido: el llamado a elecciones con
Perón como candidato presidencial y su triunfo en los comicios
más limpios hasta entonces.
Perón se mantuvo en el poder
durante casi una década, desde 1946 hasta 1955. La
constitución fue renovada en 1949 y esto le permitió
ser reelegido en 1952, hasta que en septiembre de 1955 un golpe
militar lo desplazó del poder. La gestión de Perón
marca indeleblemente la historia argentina. Perón integra
simbólica y materialmente al proyecto institucional de la
nación a grandes sectores de la población, extendiendo
los beneficios sociales hacia los estratos más bajos de la
sociedad. Las mujeres reciben el derecho al voto, el estado se
agranda hasta convertirse en el árbitro de las relaciones
entre el capital y el trabajo y los servicios públicos se
estatizan. Pero en contraposición a lo que pasó en
Brasil, los intelectuales casi no participan de estas
transformaciones.
A principios de 1946, momentos en que
Perón inicia su gobierno, nos encontramos con dos grupos
claros dentro de los círculos intelectuales argentinos: uno
claramente mayoritario (el antiperonista) y otro de menor importancia
(el peronista). El primero interpreta el ascenso de Perón como
una profecía autocumplida: la de la instauración del
fascismo en Argentina; una visión que es compartida por
intelectuales de las más diversas extracciones ideológicas
dentro del grupo, de modo que la podemos encontrar tanto en las
páginas de la revista liberal estetizante Sur
como en las del diario socialista La Vanguardia.
Entre aquellos que han decidido apoyar a Perón, se pueden
diferenciar dos grupos de intelectuales en términos
ideológicos: los nacionalistas de derecha y los nacionalistas
populares. Una brecha profunda separa a estas dos fracciones:
mientras los nacionalistas de derecha sospechan del sistema
democrático y de la alianza de Perón con los sectores
obreros, los populares buscan construir una democracia con acento
social. Sin embargo, ambos comparten un profundo sentimiento
antiliberal y antiimperialista y, desde lugares diferentes, concluyen
que el nuevo presidente puede llevar a cabo sus postergadas agendas.
La llegada de
Perón, entonces, está marcada por el vehemente rechazo
de la mayoría de la inteligencia del país. Basta hojear
algunas de las descripciones de Perón posteriores a su caída,
donde se lo acusa de "tirano" y "epígono de los
nazis". [36]
Perón repartió el poder entre quienes fueron en gran
medida responsables de su triunfo, en especial los líderes
sindicales, reaccionando con indiferencia a la oposición de
los intelectuales, a la vez que otorgó a la cultura un lugar
subordinado en su lista de prioridades. Si bien ciertas estructuras
de la gestión de la cultura fueron modificadas --en 1948 se
creó la Subsecretaría de Cultura y en 1949 el
Ministerio de Educación--, las nuevas dependencias no se
tradujeron en una gestión cultural más dinámica
o más rica, al menos en relación a la cultura que
consumían las élites. En 1949, el gobierno creó
una Junta Nacional de Intelectuales (por iniciativa de los propios
intelectuales) que apuntaba a mejorar las condiciones de trabajo del
sector. [37]
Para alcanzar dichos objetivos, la Junta delineó el denominado
"Estatuto del trabajador intelectual", que generó un
extenso debate por ciertas cláusulas censuradoras que
contenía, pero finalmente terminó en la nada porque no
fue transformado ni en ley ni en decreto, a la vez que la Junta misma
fue disuelta. [38]
Las
características más sobresalientes del tratamiento de
la cultura durante los años 1946-1955 fueron la masificación
y el acceso gratuito a espectáculos. Lo que pasa en el Teatro
Colón es simbólico de las políticas en boga. El
teatro (elitista, de acuerdo a la versión oficial) abrió
sus puertas a las clases bajas, ofreciendo presentaciones especiales
gratuitas a los sindicatos, que a veces eran festivales de folklore.
La música nativa y popular podía presentarse ahora en
una sala anteriormente reservada para óperas y ballet. [39]
El gobierno presentaba a la cultura como un antiguo privilegio de las
oligarquías que ahora iba a ser extendido al gran público,
lo que significaba que las manifestaciones culturales debían
adaptarse al gusto de las masas. Una publicación oficial
resumía dicha política en los siguientes términos:
A lo largo de la
historia la cultura ha significado un bien de minorías, una
heredad que sólo excepcionalmente transpuso límites
impuestos por un dominante criterio de clases. Para el Peronismo los
trabajos de la inteligencia deben estar destinados al pueblo, ser
sustancia de su multitud y no privilegio de unos pocos, más
allá de todo círculo que intente monopolizar sus
bienes. Pero para ello es preciso que en su contenido sea
entrañablemente humano, que en las expresiones culturales el
Pueblo vea representada su genuina grandeza, que en las
manifestaciones de la literatura y el arte encuentre su propio ser
inmenso, crecido en la historia de nuestros días, digno de
toda exaltación. [40]
Perón mismo
sostenía que "en cuanto a la formación espiritual,
ha de realizarse llevando la cultura al ambiente de nuestros
trabajadores. Ni la inteligencia ni el saber pueden estar reservados
a una sola clase social". [41]
Para llevar a cabo dichas transformaciones, Perón no
necesitaba la colaboración de los intelectuales. La cultura
que buscaba llevar a las masas no era la cultura de las élites
intelectuales, tal como él mismo lo expuso, sino la "cultura
popular". [42]
Esta apertura a lo
popular, y también a lo local, implicaba que el régimen
se rodeara de artistas e intelectuales poco reconocidos por sus
pares, abriendo aún más la brecha con el
establishment
cultural. Leopoldo Marechal, uno de los grandes nombres dentro de los
escasos intelectuales peronistas, parece aceptar esto cuando
sostiene, en un artículo sobre la cultura bajo Perón,
que:
En los movimientos
revolucionarios que, como el nuestro, sacuden todas las fibras del
país, es frecuente y hasta inevitable que algunos estratos
inferiores de la cultura salgan a la superficie y se abroguen
derechos que, en esa materia, sólo confieren la capacidad y el
talento creador. Si el nuevo Estado trabaja con esos elementos, los
mejores, al quedar desplazados de la vía estatal, realizan por
la vía privada hechos de cultura muy superiores en calidad a
los que cumple el Estado. [43]
En el párrafo
anterior, Marechal ilumina, tal vez sin querer, un aspecto que es
central cuando comparamos las gestiones culturales de Vargas y Perón:
mientras que la cultura es un asunto de estado para Vargas, Perón
trata a la cultura como un "negocio" privado. [44]
Esto significa que durante el período 1946-1955, la vida
cultural no desaparece en Argentina porque el estado no se ocupe de
ella, sino que, por el contrario, ésta expresa su dinamismo en
un mundo paralelo extraestatal de instituciones privadas, revistas,
institutos y grupos culturales, como lo prueba, por ejemplo, la
cantidad de revistas o libros publicados en esos años. [45]
Por otra parte, si bien la censura se practica desde el Estado y los
intelectuales la viven en carne propia cuando gran parte de ellos son
exonerados de sus puestos en la universidad o la policía
visita sus casas, como lo recuerdan en sus memorias, es sobre los
medios masivos de comunicación que ésta ejerce todo su
peso. [46]
Existió, entonces, una especie de acuerdo tácito, y no
carente de momentos de tensión, entre la intelectualidad
antiperonista y el gobierno: mientras sus actividades no rebosaran
los márgenes de la élite, gozaban de cierto grado de
libertad para desarrollarlas. [47]
Pero si todo lo
expuesto anteriormente es aplicable a los intelectuales
antiperonistas, no está lejos de serlo también para los
peronistas. El escritor peronista Ernesto Goldar nombra uno por uno a
los intelectuales que apoyaron a Perón, en una lista que por
lo exhaustiva también habla de lo marginal. [48]
Entre ellos abundan los autores de textos escolares, pero tampoco
faltan algunos nombres conocidos, como el de los escritores Raúl
Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Manuel Gálvez y Leopoldo
Marechal, entre otros. En medio de una inteligencia hostil a su
proyecto político, es plausible pensar que Perón
estaría dispuesto a otorgarle espacio a estos intelectuales,
sin embargo el gobierno les veda el camino a cualquier tipo de
relevancia. Perón demanda una adhesión total a su
persona y a su gobierno que impide la consecución de cualquier
proyecto intelectual. Esto se ve, por ejemplo, en las páginas
de una revista como Hechos e Ideas.Desde ésta,
varios intelectuales nacionalistas, ex miembros del Partido Radical
(U.C.R.) como Scalabrini Ortiz y ensayistas como Ernesto Palacio,
intentan otorgarle al peronismo un contenido ideológico
ligándolo a la retórica nacionalista del líder
del radicalismo Hipólito Yrigoyen. No obstante, el discurso de
Hechos e Ideas no es lo suficientemente "peronista"
como para agradar al gobierno –insiste, por ejemplo, en
subrayar la continuidad histórica entre Irigoyen y Perón--,
por lo que dichos intelectuales son desplazados de la publicación
y se los reemplaza con personas más cercanas al régimen. [49]
El contraste con lo que pasa bajo Vargas, quien describe a los
intelectuales del régimen como "grandes
colaboradores, cheios de inicitativa" [50]
y que deposita en la Academia Brasileña de Letras la función
de quot;elevar a vida intelectual do
pais a um nivel superior, dando-lhe uma direção
construstiva, força e equilibrio criador", [51]
es más que evidente.
Perón, en
oposición a su par brasileño, no está dispuesto
a hacer partícipes en la construcción de la "doctrina
y el proyecto peronista" a sus propios cuadros
intelectuales. [52]
Muy pocas son las figuras intelectuales convocadas como funcionarios
y escaso es el poder que se les da. Jauretche (el ensayista y
militante de FORJA) se sumó al gobierno como presidente del
Banco Provincia, pero su experiencia duró sólo 3 años
y terminó en su ruidosa renuncia, porque se lo acusó de
otorgar subsidios al diario opositor La Prensa. De acuerdo
a dicho escritor, el problema era que "Perón
no quería que hubiera capitanes ni tenientes, ni sargentos, ni
nada". [53]
La ausencia de una
figura como la de Capanema en el gobierno de Perón nos revela
la falta de interés por integrar a los intelectuales a su
proyecto político y, por comparación, reafirma la
voluntad de Vargas de sí hacerlo. El desinterés es, en
el caso de los antiperonistas, mutuo: los intelectuales no quieren
formar parte del proyecto peronista y Perón no busca modificar
esta situación. Los peronistas, en cambio, encuentran que su
adhesión a los postulados de Perón no les abre el
camino para participar institucionalmente o como interlocutores en el
régimen. La identidad obrera de este movimiento y el carácter
autoritario del régimen son centrales a la hora de comprender
la falta de interés en la alta cultura y en sus propios
cuadros intelectuales. Perón quería reconstruir
totalmente la estructura social e institucional de la nación.
Buscaba recomponer la relación de fuerzas en la sociedad, y en
el nuevo esquema ni los intelectuales ni la cultura de élite
eran importantes. Perón desconfiaba de los intelectuales y del
mundo de las ideas en general, al cual anteponía la
acción. [54]
Prefería la espiritualidad frente a la racionalidad. Cuando se
le preguntó cómo definir el peronismo, afirmó:
"el peronismo es una cuestión más del corazón
que de la cabeza", mientras que afirmaba que la educación
debía enfocarse a preparar hombres de acción y no de
pensamiento, "hombres capaces de
hacer, porque en este país hasta ahora, no hemos formado más
que hombres capaces de decir". [55]
Perón
buscaba construir una legitimidad basada en los obreros --él
mismo se presentaba como "el primer trabajador"-- y el poco
espacio dejado a los intelectuales se puede ver como un aspecto
complementario a dicha identidad. [56]
El hecho de que la mayoría de los estudiantes y los
intelectuales rechazaran al régimen peronista desde sus
inicios parece haber aumentado los sentimientos antiintelectuales de
los obreros. No podemos dejar de recordar en este punto que el grito
de guerra de los obreros en su camino a la Plaza de Mayo era:
"¡Alpargatas sí, libros no!" y "Haga
Patria, mate un estudiante"; [57]
un conflicto que Perón se encargaría de alimentar,
acusando a los intelectuales de pertenecer a la oligarquía por
no apoyar al pueblo. A esto hay que sumarle el componente
autoritario, que no puede ser desestimado a la hora de entender las
políticas intelectuales del régimen. Perón
buscaba construir un consenso alternativo al liberal (en boga hasta
entonces), basado en la unidad espiritual de la sociedad alrededor de
su persona y su doctrina y donde no había espacio para otras
voces. [58]
En este sentido, las diferencias con Vargas son evidentes: mientras
que Vargas era un político de carrera que pactó con la
élite militar, Perón era un militar profesional con una
visión jerárquica de la política y la sociedad;
mientras en Brasil se desarrollaba una sociedad signada por la
política de élites, Perón actuaba en un contexto
donde la exclusión del adversario era la regla.
¿Tradiciones o regímenes
diferentes?
Un discurso y un
decreto capturan emblemáticamente la distancia que separan la
experiencia de los intelectuales y la cultura en ambos regímenes.
El primero, el discurso que Vargas pronunció en ocasión
de asociarse a la Academia Brasilera de Letras en 1943, y
el segundo, el decreto en que el gobierno de Perón ordenaba la
intervención de la Academia Argentina de Letras. Mientras que
en su discurso Vargas celebraba la "simbiosis entre los hombres
de acción y los hombres de pensamiento", [59]
el decreto peronista se inspiraba en un proyecto de ley que en su
seno cuestionaba el rol histórico de los intelectuales
argentinos. El diputado peronista John William Cooke defendía
el mentado proyecto afirmando que "si bien el Estado se ha
desentendido de la cultura, también es exacto que la cultura
se ha desentendido de los problemas argentinos y de los problemas del
Estado, adoptando una posición de diletantismo de buen tono,
divorciado de la realidad argentina". [60]
Alianza con la cultura, en el primer caso, desdén y coacción,
en el otro; detrás de ambas posiciones se encerraba una visión
del intelectual. Mientras que el varguismo consideraba a
los intelectuales algo así como intérpretes de la
conciencia nacional, el peronismo los acusaba de su alejamiento de la
realidad y les quitaba toda autoridad, dejándolos fuera del
proyecto político en ciernes. El interrogante que esta
situación nos suscita es hasta qué punto el lugar que
la inteligencia ocupa en estos dos gobiernos tiene que ver con
tradiciones ya existentes en ambos países o con la naturaleza
diversa de estos dos regímenes.
Vargas inaugura
una nueva forma de participación intelectual, aunque se puedan
encontrar ecos de ella en el siglo diecinueve. La corte portuguesa
llegada a las costas brasileñas en 1808 pronto advirtió
que el país adolecía de una infraestructura cultural a
la altura de una corte europea, aunque ésta fuera una "corte
de desterrados", y aunó sus esfuerzos en dicha dirección.
Por esto, durante los años del Brasil monárquico, el
imperio se dedicó a extender el patronazgo real a diversos
sectores de la vida cultural. Pero cuando el golpe de 1889 puso fin a
la monarquía de los Bragançasy se
instauró el régimen republicano, la gestión
cultural pasó a un lugar subordinado. Si bien la élite
republicana buscaba "civilizar" el país, no tenía
interés en convertir al estado en el motor de la cultura ni en
su principal patrocinador, ni hacía de la inteligencia un
aliado importante. La escasa inversión estatal en la cultura
incentivó a los intelectuales y artistas a distanciarse del
poder. El recorrido del escritor Machado de Assis refleja dicha
actitud: quien fuera funcionario del Imperio llamaba en 1897 a sus
colegas a buscar refugio en una torre de marfil lejos de los
compromisos de la política. [61]
Si se piensa en el contraste con la experiencia de la República,
es claro que los esfuerzos del gobierno de Vargas deben ser vistos
como la inauguración de una nueva tradición, aunque se
puedan trazar sus orígenes al Brasil imperial. Vargas, en una
experiencia inédita, integró a los intelectuales al
proyecto nacional, a la vez que hizo de la cultura un asunto de
estado. Dicha política de integración e intimidad entre
intelectuales y poder político sobrepasó los límites
cronológicos del fin del Estado Novo y se convirtió
en un característica del campo cultural brasileño.
Perón, en
cambio, no hizo más que exacerbar una tradición ya
común en la Argentina de entonces. La construcción del
andamiaje institucional de Argentina está imbricada por el
trabajo de dos generaciones intelectuales: la de 1837 y la de 1880.
Sin embargo, desde que se instauró por primera vez el sufragio
masculino universal en 1916, la influencia de los intelectuales en el
ámbito político se eclipsó y su lugar fue
ocupado por la naciente clase política. Todo sucedió,
nos dice Silvia Sigal, como si "una vez acabada la fase de
construcción, la nación hubiera terminado la misión
reconocida a la inteligencia". [62]
A partir de entonces, contados fueron los casos donde los
intelectuales argentinos compartieron la experiencia del poder. En
cuanto al rol del estado en la gestión cultural en Argentina,
salvo escasas excepciones, la cultura ha sido "un asunto de
particulares". Excluido el gobierno de Agustín Justo
(curiosamente, contemporáneo en parte al de Vargas,
1932-1938), la cultura fue subvencionada en forma privada por las
élites sociales y su dinamismo dependió en gran medida
de la labor individual o grupal de "organizadores
culturales". [63]
Es decir que la gestión cultural estuvo dominada por grandes
personalidades como Victoria Ocampo o Roberto Giusti, o instituciones
como la Asociación de Amigos del Arte. La supervivencia de la
vida cultural en un mundo de redes intelectuales autónomas es,
según Sigal, un carácter distintivo del país que
se relaciona con la debilidad institucional del estado argentino, que
hizo de la universidad (el lugar "natural" de los
intelectuales) una arena de disputas políticas. Cada nuevo
gobierno intentó "copar" la universidad, lo que
obligó a los intelectuales a dotarse de nuevos medios de
ingreso y de expresión, consolidando su capacidad de
autoorganización, pero al precio de una fuerte asociación
entre la cultura y la política. [64]
Sin embargo, ni la
ausencia ni presencia de una "convocatoria" a la
intelectualidad explica por sí sola el rechazo o la adhesión
por parte de los intelectuales a sendos regímenes. Como ya se
mencionó, en el caso del peronismo el camino se había
cerrado antes de que Perón se convirtiera en presidente, dado
que los intelectuales lo identificaban como un líder fascista.
Por lo que es necesario agregar un elemento histórico para
comprender en toda su complejidad las posiciones diferentes de cada
una de las intelectualidades. A diferencia de Vargas, cuando Perón
asume en 1946, los regímenes fascistas ya habían
mostrado su cara más trágica en Europa y aunque éstos
hubieran perdido la guerra, la percepción compartida era que
el fascismo había llegado para quedarse. La por entonces
prestigiosa revista dirigida por Victoria Ocampo, Sur,
resumía dicho pensamiento en un interrogante y una respuesta:
"Pero, ¿se ha agotado la posibilidad de ver resurgir el
nazismo? Creemos que no. Los campos de concentración son un
mero hito en las sórdidas etapas del salvajismo nazi. Sin
campos, sin alambrados, la ideología reverdece por las
tierras". [65]
De modo que hay una diferencia de timing importante entre
los gobiernos de Perón y Vargas: si bien el sentimiento
antifascista empieza a tomar ímpetu frente al inicio de la
guerra civil española en 1936, Perón asume cuando dicho
sentimiento estaba fuertemente diseminado en los círculos
intelectuales.
Populismo e intelectuales
Tal como se
mencionó al principio de este trabajo, los regímenes de
Perón y Vargas han sido catalogados bajo el rótulo de
populistas. El término populismo es probablemente uno
de los más equívocos en el vocabulario político
moderno, y la polémica en torno a su naturaleza está
lejos de haberse cerrado. [66]
Las definiciones de este fenómeno político pueden ser
divididas en dos grandes grupos: quellas que enfatizan su
política económica, instituciones y bases de apoyo y un
segundo grupo que describe el populismo como un fenómeno
discursivo, concentrándose en el carácter y las
implicaciones de la apelación directa que éste hace al
pueblo. [67]
El primero de los abordajes es el más común y en éste
se define al populismo (con énfasis diferentes) como un
régimen que lleva a cabo una política económica
orientada al mercado interno, anclado en los sectores populares,
aunque no exclusivamente, y poco respetuoso de las instituciones de
la democracia liberal. El populismo es así --en un texto
clásico como el de Torcuato Di Tella-- "un movimiento
político que goza del apoyo de la masa de clase trabajadora
urbana y/o del campesinado, pero que no es el resultado del poder
organizativo autónomo de ninguno de estos sectores. [Que]
también es apoyado por sectores de clases no trabajadoras que
sostienen una ideología que se opone al status quo". [68]
En el segundo grupo de definiciones sobresale la propuesta de Ernesto
Laclau, quien define al populismo como el momento "donde los
elementos populares-democráticos [del discurso político]
son presentados como opción antagónica a la ideología
del bloque dominante". [69]
Cada uno de estos
abordajes teóricos sobre este fenómeno nos lleva a
conclusiones diferentes sobre la naturaleza de los regímenes
estudiados aquí. Bajo el primer grupo de definiciones,
concentradas en lo que Cammack denomina "aspectos
estructurales", es claro que el varguismo se ajusta a una
experiencia de tipo populista: apoyado por los sectores populares,
Vargas inicia una política económica mercado-internista
(anti status quo). [70]
En cambio, bajo el segundo enfoque (el discursivo) -- y tal como
Laclau lo expone--, el régimen de Vargas no constituye un caso
genuino de populismo en tanto oscilaba en un movimiento pendular: en
momentos de estabilidad, su lenguaje político tendía a
ser paternalista y conservador y sólo en momentos de crisis
era populista. [71]
La pregunta que
nos concierne aquí es: ¿hasta qué punto la
mirada sobre el mundo intelectual expuesta en este trabajo puede
orientarnos en esta polémica? Sería exagerado sostener
que el lugar que ocupan los intelectuales y el discurso que éstos
promueven desde dicho lugar pueden darnos los elementos para llegar a
un veredicto final sobre si un régimen es populista o no.
Seguir dicho razonamiento implicaría no sólo
sobreestimar el papel de los intelectuales en la configuración
de un régimen, sino también ignorar lisa y llanamente
el rol de la tradición y las coyunturas históricas
particulares expuestas anteriormente. Sin embargo, es probable que
dicho interrogante abra una vía de entrada al tema. La
apertura de Vargas hacia los sectores intelectuales nos sugiere, por
un lado, un régimen que no busca romper totalmente con las
élites, sino que además tiene un déficit de
legitimidad que debe compensar. Y el resultado de dicha combinación
bordea lo paradójico. En el Brasil de entonces es claro que
ser un intelectual implica ser parte o al menos estar cerca de los
círculos de poder. Vargas invita a los intelectuales a asumir
el rol de "conciencia de la nación" porque los
"canales normales" de participación de la nación
(el sufragio) están interrumpidos.
Perón
presenta (al menos después de 1945) la identidad obrera de su
movimiento como un quiebre total con las élites y el pueblo
como fuente final de inspiración del movimiento que lidera. Su
discurso es antiintelectual porque es antiélite y está
habitado por una serie de dicotomías irreconciliables: pueblo
versus oligarquía; pueblo versus antipueblo; patria versus
antipatria; peronista versus antiperonista. En esta serie de
oposiciones, la oligarquía es criticada por antidemocrática
(gobierno de unos pocos), extranjerizante (vendepatria) e
improductiva. A dicha descripción se le contrapone un "pueblo
que trabaja, sufre y produce". [72]
El lugar de la mayoría de los intelectuales al unirse al campo
antiperonista, entonces, es claro: el del antipueblo, el lugar
opuesto al que los intelectuales tienen bajo Vargas.
La ausencia de un
llamado a la intelectualidad bajo el peronismo se comprende mejor si
se piensa en aquello que a Vargas le falta y a Perón hace gala
de sobrarle: legitimidad popular. Si la legitimidad del populismo se
basa en lo que Maristella Svampa denomina "un exceso con
respecto a la legitimidad propia de la democracia" pero que es
"incapaz de sustituir completamente la legitimidad democrática
o abandonar toda referencia democrática", [73]
es clara la ausencia de ésta en el régimen brasileño.
Es cierto que Vargas se dirige al pueblo en sus apelaciones y que
intenta desarrollar sus lazos con éste a través de sus
discursos, mientras cultiva una imagen de "accesibilidad" y
se presenta como un líder que va en contra de los intereses de
la oligarquía, pero no cuenta con aquello que finalmente va a
terminar con la experiencia misma del Estado Novo: el aval
democrático. En contraposición, y por más que
Perón desdeñara los mecanismos electorales, eran la
victorias del peronismo en dicho campo las que corroboraban su
legitimidad popular.
¿Llegamos finalmente a la
conclusión que un régimen antiintelectual es populista
y uno que se alía con los intelectuales no llega a serlo? Como
se mencionó anteriormente, es difícil que el lugar de
los intelectuales pueda leerse como un parámetro decisivo en
el momento de hacer un balance sobre el tema. Lo importante, a la
hora de la comparación, es que bajo el gobierno de Vargas los
intelectuales ocupan un lugar que el peronismo le reserva, al menos
en términos retóricos, al pueblo y a su líder y
que es fuertemente celoso de otorgar aun a sus propios cuadros
intelectuales. A esto hay que agregar que durante el Estado
Novo los intelectuales, en alianza con el estado, promueven una
cultura que desdeña sus rasgos más populares. Por lo
que, si bien esto no quiere decir que el varguismo no sea populista,
si pudiéramos imaginar un continuo que fuera de más a
menos populista, la discusión aquí desarrollada sugiere
que el régimen brasileño fue "menos"
populista que el peronismo, no sólo en términos
discursivos sino también en instancias de participación
real del pueblo; observación que debe ser puesta a la luz de
lo que pasa en otros ámbitos de la participación
popular, tal como el sindical.
Conclusión
La comparación
aquí desarrollada subrayó la existencia de una voluntad
modernizadora en términos culturales, en un caso, y la
ausencia, en otro. Observados desde dicha perspectiva, es evidente
que es el régimen menos revolucionario en términos
sociales, pero a su vez el "menos populista", el que tendrá
sobre la cultura el impacto más pronunciado, lo que puede
leerse como un aspecto complementario a las alianzas que cada uno de
estos gobernantes tejieron. En cuanto a la intelectualidad, la
confrontación nos autoriza a matizar sus rasgos esenciales. No
estamos frente a una inteligencia pragmática, de un lado, y
una principista, del otro. Si los intelectuales argentinos se
autoexcluyen de participar de un gobierno autoritario --aun
considerando que éste les deja poco espacio-- también
lo hacen de trabajar en pos de la construcción del estado de
bienestar, al mismo tiempo que se distancian del pueblo, cosa que más
tarde les valdrá la impugnación de las nuevas
generaciones intelectuales. [74]
Los intelectuales brasileños optan por obviar diferencias
ideológicas, y a veces hasta principios, en pos de la
construcción de un estado más inclusivo y una cultura
con mayor acento nacionalista (aunque no popular), lo que también
les valió el reproche de generaciones posteriores. [75]
Tal vez, antes que juzgarlos sea bueno recordar, como nos advierte
Tony Judt, que los intelectuales no están hechos normalmente
de la materia de los héroes. [76]
NOTAS
La autora
agradece los comentarios de Silvina Gvirtz, Marcus Klein, Daniel
Finder, Laura Goméz Mera y los lectores anónimos de
E.I.A.L.
Ver
Eliseo Verón - Silvia Sigal, Perón o muerte. Los
fundamentos discursivos del fenómeno peronista, Buenos
Aires, 1988;
Lúcia Lippi Oliveira, Mônica
Pimenta Velloso y Angela Maria Castro Gomes, Estado Novo.
Ideologia e Poder, Rio de Janeiro, 1982. 
Entre
las diferencias más notorias de las experiencias de Vargas y
Perón se puede identificar el lugar que ocupan los sindicatos
(centrales bajo Perón, mas no bajo Vargas); la creación
de un partido político centralizado en el caso de Perón
y la ausencia de éste en el régimen de Vargas; la
existencia de elecciones democráticas en el caso argentino y
el grado de ascendencia de cada uno de estos líderes sobre sus
seguidores (mayor en el peronismo). Thomas Skidmore, "The
Economic Dimensions of Populism in Argentina and Brazil", The
New Scholar 7 (1979). 
Norberto
Bobbio, La Duda y la Elección. Intelectuales y Poder en
la Sociedad Contemporánea, Barcelona, 1998, 57. 
Un resumen
de las distintas perspectivas se puede leer en Jeremy Jennings and
Anthony Kemp-Welch (eds.), Intellectuals in Politics: From the
Dreyfus Affair to the Rushdie Affair, London & New York,
1997. 
Seymour
Martin Lipset, Political Man: The Social Bases of Politics,
Baltimore, MD, 1963, 333. 
Robert M.
Levine, Father Of The Poor: Vargas And His Era, Cambridge,
1998, 45. 
En
Alzira Vargas do Amaral Peixoto, Getúlio Vargas, Meu
Pai, Porto Alegre, 1960, 366. 
Lúcia
Lippi Oliveira, "Apresentação"; Oliveira,
Pimenta Velloso y Castro Gomes, Estado Novo, 11. 
El archivo
del ministro, que se encuentra en la Fundación Getúlio
Vargas (Río de Janeiro), da muestras cabales del papel central
de Capanema en convertir a la cultura en un asunto de Estado y en el
grado de compromiso personal que éste puso en su gestión.
En el archivo se pueden observar diversos documentos, cartas y
artículos anotados por Capanema y también se pueden ver
las respuestas de Vargas a Capanema, mostrando cómo el
presidente no sólo era informado sino que también
opinaba sobre el tema. 
Daryle
Williams, "Gustavo Capanema, ministro da cultura", en
Angela de Castro Gomes, Capanema: o ministro e seu ministério,
Rio de Janeiro, 2000, 256. 
Ver
Cecilía Londres, "A Invenção Do Património
E A Memória Nacional", en Helena Bomeny, Constelação
Capanema: intelectuais e políticas, Rio de Janeiro,
2001, 91. 
Ibíd.,
86. 
Esto dio
a los intelectuales provenientes de Minais Gerais supremacía
en el proyecto de Capanema. 
Sergio
Miceli, Intelectuais à Brasileira, São
Paulo, 2001, 197. 
Randal
Johnson, "The Dynamics of the Brazilian Literary Field,
1930-1945", Luso-Brazilian Review 31 (1994): 5-23. 
Mônica
Pimenta Velloso, "Os intelectuais e a política cultural
do Estado Novo", en Jorge Ferreira, Lucilia de Almeida Neves
Delgado, O Brasil Republicano, Rio de Janeiro, 2003. 
Lúcia
Lippi Oliveira, "O intelectual do DIP: Lourival Fontes E O
Estado Novo", en Bomeny, Constelação.
Mônica
Pimenta Velloso, "Cultura E Poder Político: Uma
Configuração do Campo Intelectual", Oliveira,
Velloso y Gomes , Estado, 71-108. La división de
tareas puede ser leída también como una forma de
trasladar las jerarquías del campo intelectual al campo
político. 
"Evolução
Intelectual", Cultura Política 8
(1941): 265, citado por Velloso, ibíd., 93. 
Ver
el artículo de Williams citado y su excelente libro: Daryle
Williams, Cultural Wars in Brazil.The First Vargas Regime,
1930-1945, Durham, NC, 2001, 81. 
Simon
Schwartzman, Helena Mario Bousquet Bomeny, Vanda Maria Ribiro Costa,
Tempos de Capanema, Rio de Janeiro, 2000, 97-104.

Citado
por Bomeny, "Infelidades Eletivas: intelectuais e política",
en Bomeny, Constelação, 16. 
Boris
Fausto, A Concise History of Brazil, Cambridge, 1999, 217. 
Ver, por
ejemplo, "Carta de Capanema a Vargas", 9/7/1934, Archivo
Capanema (Fundación Getúlio Vargas); GCg 1934.09.07/1
Fot 473. 
Williams,
Cultural Wars, 71. 
Entrevista
con Carlos Drummond de Andrade, 21/11/1983, citada por Williams,
Cultural Wars, 14. Es posible interpretar la declaración
de Andrade como una forma de autojustificación a
posteriori. Decir que su lealtad estaba con Capanema implicaba
protegerse de las críticas de las que fue objeto por
participar de un gobierno autoritario. 
Levine,
Father, 59. 
Daniel
Pécaut, Os intelectuais e a política no Brasil.
Entre o povo e a nação, São
Paulo, 1990, 74. 
Bomeny,
"Infelidades", 16. 
Horacio
Legrás, "El Ateneo y los orígenes del Estado Ético
en México", Latin American Research Review 38
(2003): 58. 
Miceli,
Intelectuais, 85. Tampoco debe
descartarse otro tipo de oportunismo en esta alianza, sobre todo en
los intelectuales más lejanos a ideologías de derecha.
El gobierno les daba una oportunidad de trabajo y nada impedía
que desde sus puestos pudieran "contrabandear" un contenido
más revolucionario a su gestión. Sin embargo, este
"contrabando" estuvo lejos de producirse. Tomemos, por
ejemplo, el caso de Mario de Andrade; este escritor, autor de una de
las obras fundacionales de la literatura nacional como Macunaíma,
construye literariamente una imagen de Brasil plural, fragmentada,
abierta, pero fracasa en incorporar esta noción desde el
organismo que dirige, el Servicio de Patrimonio Histórico y
Artístico Nacional, donde prevalece una noción canónica
y elitista del patrimonio histórico. Schwartzman,
Bomeny, Costa, Tempos, 99. 
Ver
Williams, Cultural Wars. 
Casi la
mitad de las monumentos que integran el registro de la herencia
nacional se completaron antes de 1945. 
Otros
campos donde se dieron estas "guerras" fueron los de la
creación y gestión de museos y las exposiciones
internacionales, donde se disputaba la memoria nacional y la imagen
"exportable" del país, respectivamente. 
Raúl
Scalabrini Ortiz, en Norberto Galasso, Vida de Scalabrini
Ortiz, Buenos Aires, 1970, 99. 
Sur
237 (1955) .
Algunos
autores interpretan la creación de la Junta como una prueba
del interés de los Perón por la clase intelectual.
Dicha visión obvia dos puntos centrales: en primer lugar, que
la Junta representa un proyecto de los intelectuales, y en segundo
lugar, su desenlace, ya que la junta perece sin haber alcanzado
ningún tipo de protagonismo. Este argumento se encuentra en
Maria Helena Capelato, "Os intelectuais e o Poder No Varguismo e
Peronismo", História: Questões &
Debates 13 (1999): 5-39. El origen de la iniciativa de la Junta
Nacional de Intelectuales fue del escritor Elías Castelnuovo y
la misma se puede leer en una carta que éste le envía a
su colega Manuel Gálvez. Elías Castelnuovo, "Carta
a Manuel Gálvez", 3/3/1947, Academia Argentina de Letras. 
Según
José María Castiñeira de Dios, Subsecretario de
Cultura entre 1950-1952, él fue el encargado de cerrarla, dada
su "mediocridad". Castiñeira de Dios se negó
a ser entrevistado, pero refirió estas palabras en una breve
comunicación telefónica con la autora el 12 de julio de
1999. 
Ver
Alberto Ciria, Política y cultura popular: la Argentina
peronista, 1946-1955, Buenos Aires, 1983. 
La
cultura en el pensamiento de Perón, (sin detalles) 3,
Biblioteca Peronista del Congreso de la Nación. 
Juan
Domingo Perón, Perón expone su doctrina,
Subsecretaría de Informaciones, Buenos Aires, 1949, 305. 
Juan
Domingo Perón, "Dijo Perón al inaugurar los cursos
de elevación cultural de la comisión nacional de
aprendizaje y orientación profesional", Subsecretaría
de Informaciones, Buenos Aires, 1954. 
Leopoldo
Marechal, "Proyecciones culturales del momento argentino",
Argentina en Marcha, Comisión Nacional de
Cooperación Intelectual, sin fecha, 133. 
Cuando
hablamos de la cultura, nos referimos sobre todo a la de la élite. 
De
esto se deriva que aunque no existiera un mercado intelectual
desarrollado e institucionalizado, los pensadores argentinos tenían
otras opciones de ganar ingresos que el simple tutelaje del estado.
Flavia Fiorucci, "Neither Warriors Nor Prophets: Peronist
and Anti-Peronist Intellectuals, 1945-1956", Tesis Doctoral,
Institute of Latin American Studies, London, 2002. 
Félix
Luna, Perón y su tiempo, Vol. 1, Buenos Aires,
1987, 385. 
Durante
el peronismo, entre los intelectuales la autocensura fue mayor que la
censura directa del régimen. Ver Flavia Fiorucci, "Los
escritores y la SADE: entre la supervivencia y el antiperonismo. Los
límites de la oposición (1946-1955)", Prismas
5 (2001): 101-126. 
Ernesto
Goldar, El peronismo en la literatura Argentina, Buenos
Aires,1971. 
Flavia
Fiorucci, " Nacionalismo popular: The consciousness of
Peronism", Tesis. 
Citado
por Pimenta, Estado, 81. 
Citado
por Pécaut, Os intelectuais, 69. 
A pesar
de que Perón niega a los intelectuales que lo siguen, se
apropia de su retórica --especialmente de los nacionalistas
populares-- pero sin reconocerlos como inspiración. 
Citado
por Norberto Galasso, Dos Argentinas, Arturo Jauretche-Victoria
Ocampo, Rosario, 1996, 90. 
En
el caso de Brasil, el positivismo y el darwinismo social
contribuyeron para que los intelectuales fueran reconocidos como
poseedores de un saber político. Pécaut,
Os intelectuais, 39. 
Juan
Domingo Perón, Perón expone su doctrina,
Subsecretaría de Informaciones, Buenos Aires, 1949, 28. 
Juan
Domingo Perón, El pueblo quiere saber de qué se
trata, Buenos Aires, 1944 ,104. 
El
socialista Américo Ghioldi "inventó" la
frase, que titulaba una serie de conferencias que dio a fines de 1945
evocando la dicotomía entre civilización y barbarie
presentada por Sarmiento. Américo Ghioldi, Alpargatas y
libros en la historia argentina, Buenos Aires, 1946. Ver
también la mención a este conflicto que hace Doña
María Roldán en el relato transcripto en Daniel James,
Dona María's Store. Life
History, Memory, and Political Identity, Durham, NC, 2000, 44. 
Una
discusión sobre los mecanismos utilizados en la construcción
de dicho consenso se puede leer en Mariano Plotkin, Mañana
es San Perón, Buenos Aires, 1993. 
Citado
por Williams, Cultural Wars, 51. 
Diputado
peronista Cooke, Diario de Sesiones, 29 de septiembre de
1950, tomo IV, página 3653. El proyecto estipulaba la
intervención de las academias nacionales; fue aprobado el 29
de septiembre de 1950 y el decreto promulgado dos años más
tarde. 
Ver
Williams, Cultural Wars, 33. Ver también Jeffrey D.
Needell, "The Domestic Civilizing Mission: The Cultural Role of
the State in Brazil, 1808-1930", Luso-Brazilian Review
36 (1999): 1-18. 
Silvia
Sigal, Intelectuales y poder en la Argentina. La década
del sesenta, México, 2002, 6. 
Ver Jesús
Méndez, "Argentine Intellectuals in the Twentieth
Century, 1900-1943", Ph.D. Dissertation, The University of Texas
at Austin, 1980. 
En
el tema universitario, la diferencia es notable: mientras Vargas crea
universidades para formar una élite, Perón expulsa a
los intelectuales de la universidad. 
Enrique
Amorím, "Sobre la paz", Sur 129 (1945):
72. 
La
extensa literatura sobre el tema del populismo se vio alimentada
recientemente por la aparición de los denominados
neopopulismos. Para una lectura de las distintas interpretaciones de
este fenómeno, ver Alan Knight, "Populism and
Neo-Populism in Latin America, especially Mexico", Journal
of Latin American Studies 30, (1998): 223-248 y Paul Cammack
"The resurgence of populism in Latin America", Bulletin
of Latin American Research 19 (2000): 149-161. 
Cammack,
"The resurgence", 151. 
Torcuato
Di Tella, "Populism and Reform in Latin America", en
Claudio Véliz (ed.), Obstacles to Change in Latin
America, Londres, 1965, 47. 
Ernesto
Laclau, Politics and Ideology in Marxist Theory, Thetford,
Norfolk, 1977, 172. 
Cammack,
"The resurgence", 151. 
Ibíd.,
173. 
María
Stella Svampa, Civilización o Barbarie: el dilema
argentino, de Sarmiento al revisionismo, Buenos Aires, 1994. 
Ibíd..,
216. En el clásico trabajo de Conniff, la existencia de
elecciones es identificada como condición necesaria para que
un régimen sea populista. Michael L. Conniff (ed.),
Populism in Latin America, Tuscaloosa and London, 1999, 7. 
La
primera de estas impugnaciones se puede leer en la revista
Contorno. 
Según
Miceli, los intelectuales que se debatían en el dilema por
afiliarse a un régimen autoritario que remuneraba sus
servicios, buscaron minimizar los favores de la captación
contraponiéndole una producción intelectual basada en
"coartadas nacionalistas". Miceli,
Intelectuais, 216. 
Tony
Judt, Past Imperfect: French Intellectuals 1944-1956,
Berkeley, CA, 1992, 55. 
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