VALERIA MANZANO Indiana University
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Bolivia (Argentina, 2000).
Dirección y guión: Israel Adrián Caetano.
Producción: Lita Stantic. Fotografía: Julián
Apezteguía. Montaje: Santiago Ricci. Intérpretes:
Freddy Waldo Flores, Rosa Sánchez, Enrique Liporace, Oscar
"Oso" Bertes, Héctor Anglada. Estreno: febrero de
2002.
Durante la década de 1990, los
capitales se movieron sin restricciones de un lado al otro del globo,
pero las personas tuvieron muchas más restricciones para
moverse y éstas son --además de legales-- simbólicas
y culturales. Existen centros neurálgicos donde las personas
se dirigen en busca de trabajo, educación u otras
posibilidades de ascenso social individual no accesibles en sus
lugares de origen. Argentina se ha convertido, durante los 1990, en
uno de esos centros de atracción y la trayectoria de uno de
esos migrantes es la que se recoge y representa en Bolivia.
El
filme de Caetano narra la historia de Freddy, un inmigrante boliviano
("sin papeles") que llega a Buenos Aires y se incorpora a
trabajar en un restaurante --frecuentado por taxistas y trabajadores
precarizados-- donde tiene horario de entrada pero no de salida y
recibe poco menos que lo mínimo para su supervivencia en un
hotel poblado por otros inmigrantes como él, sin condiciones
de higiene o privacidad. La historia transcurre casi enteramente en
el restaurante, que oficia como un recorte microscópico de una
ciudad y del espacio social que la atraviesa. Los sectores populares
encuentran en esa esquina su guarida y su sociabilidad y dirimen allí
sus disputas políticas y culturales por un país con
pretensiones de Primer Mundo.
Dos ejes son centrales en la historia
y en la propuesta estética de Bolivia: por un lado, el
modo de representación de lo popular; por otro, el tono
general de la representación. Lúmpenes y trabajadores,
indisociablemente ligados, se dan cita en el relato. Comportamientos
y actitudes inestables, entonces, para esos sectores populares que no
pueden ser ubicados en una posición fija. Los taxistas
--Marcelo y el "Oso"-- resumen en sus diálogos el
"sentido común" argentino de los 1990: homofóbicos,
machistas, xenófobos al punto de culpabilizar al "otro
extranjero" de sus miserias cotidianas. [1]
Freddy es educado, correcto en el trato, pero capaz de "traicionar"
a su mujer, que quedó en Bolivia, capaz de emborrachase y ser
violento, capaz de no tolerar las injurias de sus compañeros
de clase.
En esta historia se enfatizan las
líneas de fragmentación de la clase obrera, entre las
que destaca la demarcación "nacional". Una clase
obrera que no se dispone a "liberar a la humanidad de sus
cadenas" sino que cada trabajador está solo,
estableciendo contingentes alianzas con otros en el restaurante y
enfrascado en un proceso competitivo. El filme capta las implicancias
de esa competencia y para representarla construye un tono
que se manifiesta en sonido e imagen.
Son numerosas las secuencias en las
que aquello que vemos coincide sólo en parte con lo que
escuchamos. En muchas ni podemos escuchar qué se dice y quién
lo dice. Las voces susurrantes sugieren una entonación, un
"acento" en el habla que refiere al conflicto central:
entre los "argentinos" y los "otros". El tono
sube con el correr del filme, hasta que, cuando la competencia tal
cual la perciben los "argentinos" se vuelve insostenible,
la imagen de un Freddy sangrante basta. La tragedia de los sectores
populares urbanos en la Buenos Aires de los 1990 pareciera estallar
en una bala.
El blanco y negro, por otro lado, se
establece como una mediación estética en el proceso de
"profundización del realismo" y nos sitúa en
el carácter representacional y artificioso de los productos
culturales fílmicos. Bolivia, en su realismo
descarnado, no deja de inscribir en su textura su entidad de
(H)historia representada.
Que los filmes son productos
culturales y prácticas significativas históricamente
determinadas no es novedad y, como tal, Bolivia nos informa de
su presente de producción. Pero, ¿es ese "nuestro
presente"? Sí y no. Las comunidades bolivianas en la
Argentina pueden dar fe que la discriminación y la xenofobia
no se acabaron. Tampoco se puede hablar de la configuración de
nuevas relaciones --más solidarias-- entre la clase obrera o
los sectores populares en un contexto de recesión.
Lo cierto es que mientras la película
se producía --en el 2000-- las rutas y calles se cortaban por
movimientos de trabajadores desocupados que reclamaban, además
de empleo y comida, ser visibilizados por el conjunto de la sociedad
argentina que estaba "despertando" abruptamente de un sueño
neoliberal que prometía acceso irrestricto al Primer Mundo.
Esa ensoñación terminó en diciembre del 2001 y
Bolivia pervive como uno de los documentos más ricos e
inteligentes para adentrarnos en sus contradicciones, en sus zonas
oscuras y en su tragedia.
NOTAS
Por esos
mismos años, la Unión Obrera de la Construcción
--organización sindical que agrupa a albañiles y otros
trabajadores del sector-- lanzó una campaña
publicitaria en la cual se culpabilizaba expresamente a los
trabajadores inmigrantes de "robarle" el trabajo a sus
pares argentinos. Esto último fue, además, un locus
permanente en los medios de comunicación controlados por la
"nueva derecha" en Argentina. 
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