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JOSÉ LUIS RÉNIQUE Lehman College. CUNY
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"No me importa lo que
digan
los traidores,
hemos cerrado el pasado
con gruesas
lágrimas de acero".
Javier Heraud, "Palabra de
guerrillero"
Octubre de 1965, el Ejército
Peruano da cuenta del aniquilamiento –en la zona de Mesa
Pelada, parte oriental del departamento del Cuzco– de la
llamada guerrilla Pachacutec. Luis de la Puente Uceda está
entre las bajas. Cae con él la dirección del
movimiento. Liquidarán en las semanas siguientes lo que queda
del alzamiento. Menos de seis meses les ha tomado culminar con la
tarea encomendada por el Ejecutivo. Desde entonces, las guerrillas
del MIR peruano quedarán como una mera nota a pie de página
de la Guerra Fría latinoamericana. Ni siquiera Regis Debray en
su ¿Revolución en la Revolución?
–supuesta síntesis teórica del castrismo
publicado en enero de 1967– le dedicaría algo más
que una mención al paso. [1]
Diversos trabajos han delineado el
territorio del vanguardismo "castrista" de los años
60. [2]
Menos explorada ha sido su dimensión nacional, no sólo
las circunstancias locales de su origen sino la manera en que –a
pesar de su carácter efímero– influyeron en la
formación de la cultura política local. Originado en
núcleos de la pequeña burguesía intelectual, el
vanguardismo compensa su debilidad social con una intensa elaboración
mental: mira al campo con ojos románticos, imagina épicas
"largas marchas" del campo a la ciudad, extrapola
categorías y discursos "internacionalistas" para
pintar escenarios locales de absoluta confrontación. Para
jugar su papel de catalizador, debe construir una identidad capaz de
proyectarle hacia el país; elaborar, como parte de ese
esfuerzo, un discurso capaz de resonar en la memoria de la gente,
entretejiendo para ello lo nuevo y lo tradicional, lo local y lo
cosmopolita. El fenómeno insurgente es un fenómeno
sincrético cuya comprensión requiere una cuidadosa
contextualización. [3]
En el caso del Perú, esa historia desde dentro del
fenómeno guerrillero de los 60, conduce, retrospectivamente, a
la experiencia insurreccional aprista. Es en referencia a ésta
que el MIR de Luis de la Puente Uceda define el ethos
revolucionario que sella su destino.
Desde esta perspectiva, analizamos
aquí la guerrilla peruana de 1965, como intento de
construcción de una identidad política –militante,
guerrillera, subversiva– en un contexto particular: de
emergencia rural, de un lado, y de revisión y cambio por parte
del APRA –el gran partido popular de la historia moderna
peruana– de aspectos fundamentales de su propia trayectoria. El
análisis, para ello, incide en tres dinámicas básicas:
(a) los individuos y sus pasiones; (b) las redes y espacios en los
que se estructura la inquietud individual como acción
concertada; (c) los contextos del encuentro proyectos
políticos-sociedad. Con estos aspectos en mente se entreteje
una narrativa cuyo objetivo final es comprender la constitución
de identidades legitimadoras del ejercicio de la violencia en el
Perú. Cómo, en otras palabras, la experiencia del 65
afectó la cultura política del izquierdismo local,
preparando el terreno para la gran tempestad de los 80.
1948
El 3 de octubre de 1948 un movimiento
insurreccional, supuestamente concebido con participación del
APRA, sacó a la superficie las tensiones que ese partido había
ido acumulando a través de casi dos décadas de lucha
política. En 1930 había sido fundado como partido. Al
año siguiente, su joven líder, Víctor Raúl
Haya de la Torre, postulaba a la Presidencia de la República.
Su rival, el comandante Luis M. Sánchez Cerro fue declarado
vencedor. Los apristas denunciaron fraude y comenzaron preparativos
revolucionarios. Se inició entonces una sistemática
represión que –con breves pausas– se prolongaría,
prácticamente, hasta 1945, año en que el PAP apoyó
a José Luis Bustamante y Rivero como candidato de un Frente
Democrático Nacional. A cambio de su apoyo, el APRA
recuperaría el status legal que le había sido
suspendido a comienzos de los 30.
Al carisma de su "jefe-fundador"
se atribuiría, en gran medida, la sobrevivencia del PAP a la
persecución. A su capacidad, en particular, para construir una
organización cohesionada y una identidad fuerte, avaladas por
la disciplina partidaria y por el mito de su propia
indestructibilidad; por la certeza, más aún, de que
tras la larga noche represiva emergerían de las "catacumbas"
para cumplir con su destino de "salvar al Perú".
Unos cinco mil mártires reclamaría el aprismo de
aquella primera era en la clandestinidad. Heroísmo, lealtad,
consecuencia, fueron algunos de los valores que hicieron del APRA
subterráneo una verdadera "comunidad emocional".
Psicológicamente –observaría uno de sus más
cercanos colaboradores– "nada afectaba más a Haya
que la "traición" al partido que, en las atribuladas
circunstancias de aquellos años, estaba "personalizado en
él". [4]
Su presencia cotidiana en la lucha testimoniaba su entrega. Desdeñó
la seguridad del exilio y purgó carcelería como sus más
humildes compañeros. La memoria aprista, en tales
circunstancias, fue estructurándose como una sucesión
de héroes, mártires y también renegados,
articulados todos ellos por la genialidad y entrega del indiscutido
"hermano mayor" Víctor Raúl. Una vil escuela
de sectarismo, por cierto, para quiénes, desde fuera, veían
al APRA como una amenaza letal.
De sus orígenes marxistas,
durante los 30, el APRA se había deslizado hacia el centro,
optando, eventualmente, por revisar su "antiimperialismo"
original para amistarse con los Estados Unidos de los tiempos del
"buen vecino". Abandonar el recurso insurreccional,
reafirmando su vocación de partido democrático, sería
la otra punta de la estrategia hayista para levantar el veto de la
oligarquía y los militares. Las bases del partido, sin
embargo, siguieron siendo afines al estilo primigenio, "defensista"
y "vanguardista", modelado tras el ejemplo de la revolución
popular aprista de Trujillo de 1932. A partir de entonces, el Jefe
había desalentado el recurso al alzamiento de masas
imponiendo, más bien, el de una revolución incruenta en
alianza con militares nacionalistas como vía hacia el poder.
La fe en su palabra, el desgaste natural de la era de las catacumbas,
la secreta promesa de que el retorno a la legalidad sería nada
menos que la antesala de la "revolución aprista",
fueron algunos de los factores que coadyuvaron a la aceptación
del viraje partidario que derivó en su participación en
la "primavera democrática" de 1945. Con su inicio,
"vanguardistas" y "defensistas" quedaron en
compás de espera. La madrugada del 3 de octubre de 1948, sin
embargo, las contradicciones engendradas por los cambios en el perfil
partidario saldrían a la superficie en las calles del Callao,
donde bases del PAP y personal de la Armada iniciaban, supuestamente,
el camino hacia la verdadera "revolución aprista".
Tres semanas después era el propio Ejército el que se
encargaba de derrocar a Bustamante y Rivero, marcando el inicio de
ocho años de régimen militar bajo la conducción
del General Manuel Odría. El APRA entraba con ello a su
segunda era de clandestinidad.
APRA: crisis y exilio
La ausencia de Haya de la Torre
–exilado por cinco años en la Embajada de Colombia en
Lima– marcó la diferencia fundamental entre los dos
grandes ciclos de la clandestinidad aprista. Por primera vez desde
1931 el Jefe no estaba al frente de la organización. En su
ausencia, el debate interno se desplegaría incontenible, al
punto de colocar al PAP al borde de la ruptura. [5]
De las responsabilidades por el 3 de octubre pasó el debate a
la crítica de la actuación partidaria en la recién
cancelada apertura democrática y, por extensión, a los
cambios introducidos por Haya en la orientación doctrinaria
del partido desde fines de los 30. ¿Había el PAP
traicionado sus ideales primigenios? El contacto con las experiencias
populistas-nacionalistas en curso en diversos países
latinoamericanos incentivó el debate. ¿Por qué
el APRA, mejor organizado y con una ideología bastante más
sólida, no había logrado alcanzar el poder? ¿Por
qué se persistía en un alineamiento con el Washington
de la "doctrina Truman"? La necesidad de una recuperación
del "aprismo primigenio" fue la fórmula que
sintetizó las esperanzas de los sectores más
radicalizados del exilio aprista; de quiénes, como Héctor
Cordero Guevara, aspiraban a "un replanteamiento revolucionario"
del partido: retomar el marxismo e incorporar a la clase obrera y al
campesinado, fundamentalmente indígena, como factores activos
y conscientes frente al predominio pequeño burgués en
el gran frente de "trabajadores manuales e intelectuales"
propuesto por Haya de la Torre en los años 20 frente al
"clasismo" comunista. [6]
Siguiendo de cerca la crítica de izquierda al peronismo
argentino como participante de los círculos de estudio del
marxismo encabezados por Silvio Frondizi, Cordero Guevara concluyó
que, lejos de romper con el APRA, lo correcto era trabajar desde
dentro con el fin de consolidar un aprismo de izquierda que
gradualmente se convirtiese en una opción distinta. [7]
Con esa perspectiva retornó al Perú en 1957.
Desde Trujillo, simultáneamente,
Luis de la Puente Uceda había encontrado su propio camino
hacia el exilio. Era un hombre de acción. Un producto típico
de la tradición "defensista" del partido. Pariente
lejano del "jefe máximo", militante desde la edad
escolar, había sufrido a los 16 años –en 1944–
su primera carcelería. Preso nuevamente en 1948 a raíz
de la toma de la Universidad de Trujillo, sería finalmente
deportado en 1953, tras organizar una huelga en el valle azucarero de
Chicama. Un testimonio lo ubica en México hacia septiembre de
1954, receloso de la línea conciliatoria que su partido
tomaría con la salida de Haya de la embajada colombiana. Se
rumoreaba que "se fraguaba una conciliación entre el APRA
y las fuerzas reaccionarias representadas por la familia Prado, gran
baluarte financiero en el país". Ante ello, De la Puente
creía que "era necesario rechazar las consignas del
Partido" procediendo más bien a "hacer la
revolución". Se comprometió, con ese fin, con un
proyecto subversivo que coordinaba desde Argentina Manuel Seoane y
que contaba con el respaldo del General Perón y del MNR
boliviano.
Desde el Ecuador –con el apoyo
de un general peruano residente en ese país– entrarían
al Perú. Otro grupo haría lo propio por Bolivia. La
liberación de Haya se interpuso en sus planes. En cuanto
estuvo libre, el líder aprista se abocó a consolidar su
control del partido, desalentando cualquier intento que entorpeciera
la posibilidad de una negociación política tendiente a
conseguir la legalización del partido en la transición
democrática ad portas, como el desgaste del régimen
odriísta lo anunciaba. El plan insurreccional, en esas
circunstancias, perdía viabilidad. De la Puente y sus
compañeros quedaron atrapados en el medio. Entraron al Perú
sólo para encontrar que sus propios compañeros
facilitaron su detención. La traición y las torturas
marcarían el espíritu del joven dirigente.
Libre nuevamente, De la Puente Uceda
se reincorporó a su base en Trujillo, reconocido ya como
cabeza visible de la izquierda del aprismo. A mediados de 1957 se
encontró con Héctor Cordero Guevara por primera vez. Me
dejó –recordaría éste años
después–una "extraordinaria impresión",
un hombre con ideas definidas; con la fuerza espiritual y la voluntad
que presagiaban "a un verdadero dirigente". [9]
Juntos harían la etapa final de su infructuoso esfuerzo por
reorientar al APRA, que habría de culminar en su expulsión.
Con la salida de Haya de la embajada
colombiana el debate interno llegaba a su fin y se entraba en el
curso final de la negociación del apoyo aprista a la
candidatura de Manuel Prado, en lo que los líderes apristas
bautizarían como "régimen de la convivencia",
de cuya estabilidad supuestamente dependía que, en 1962, las
Fuerzas Armadas y la oligarquía –los grandes enemigos
del aprismo– permitiesen su llegada al poder. Desde el Caribe,
entretanto, provenían reverberaciones que terminarían
ejerciendo una influencia decisiva sobre el curso de esa transición.
El embrujo cubano
Veinte años tenía
Ricardo Gadea cuando arribó a Cuba, procedente de Argentina,
en enero de 1960. Del Colegio Militar Leoncio Prado de Lima a la
Universidad de La Plata, había ido descubriendo su identidad
aprista. Le venía por tradición familiar: de su padre,
un modesto trabajador aprista, como de su hermana Hilda, exilada en
Guatemala desde 1949. Invitado por ella, precisamente,
Ricardo había llegado a la tierra de Martí. Esta, a su
vez, se encontraba ahí a raíz de su vínculo con
el Che, a quien había desposado en México antes del
Granma y con quien compartía una hija. Una vez en
Cuba –a pesar de la ruptura de su vínculo marital con el
Che– Hilda seguiría siendo un conducto privilegiado de
los revolucionarios peruanos con su célebre ex esposo.
Así lo
pudo comprobar Ricardo Napurí, un ex aviador militar
deportado –según testimonio
propio– por haberse negado "a bombardear a marinos
y militantes de la izquierda aprista en la insurrección de
octubre de 1948". [9]
En Argentina, el abogado Silvio Frondizi lo ayudó a salir de
la cárcel, naciendo entre ellos un vínculo intelectual
y político. [10]
El 8 de enero de 1959 –en el avión que trasladaba a
exilados cubanos y a los propios familiares de Guevara– arribó
al "primer territorio liberado" de América,
conociendo al comandante argentino cuando "vestía aún
ropa de campaña, con algo de barro en sus pantalones y
zapatos". [11]
Pronto, el tema del Perú salió
en las conversaciones Napurí-Che. Al impulso a la revolución
en ese país, según el peruano, concedía el
comandante importancia particular. Por consejo suyo –recordaría
éste– viajaría al Perú tras casi una
década de ausencia, con el fin de establecer contacto con Luis
de la Puente Uceda, de cuya existencia Che sabía a través
de Hilda.
Del APRA Rebelde al MIR
En la IV Convención del PAP,
de octubre de 1958, la "izquierda aprista" trujillana había
hecho su último intento de reencauzar la vida del viejo
partido. Las concesiones de la llamada "convivencia"
–sostenían– terminarían cambiando la
naturaleza misma del partido. No una legítima transición
sino un servicio a los intereses de la oligarquía era el
resultado neto –según ellos– de la opción
del 56. Como resultado, una a una las banderas históricas del
APRA –denunciaba el grupo disidente– habían sido
arrebatadas por fuerzas nuevas como Acción Popular, el
Movimiento Social Democrático y la Democracia Cristiana.
Incluso, de ganar –"por los caminos de la transacción
y el convenio"– en el 62, ¿no significará
eso la muerte de nuestro movimiento?; ¿no tenían,
acaso, movimientos históricos como el APRA, un "destino
que cumplir"? [12]
Su "normalización", su metamorfosis a la "condición
de cualquier partido tradicional" que hacía del "silencio
o la concesión" instrumento para llegar al poder era lo
que los herederos del espíritu "vanguardista" del
aprismo se negaban a aceptar. ¿Era posible separar al Haya de
la Torre centrista de los 50 de su pensamiento izquierdista de los
20? Su propuesta misma, en realidad, los había puesto fuera
del partido.
Ante la sanción, el pequeño
núcleo norteño se constituyó en Comité de
Defensa de los Principios y, posteriormente, en APRA Rebelde, como
"organización autónoma para la realización
del ideario aprista" abandonado por "los actuales
dirigentes convivientes", estableciendo como objetivo
fundamental la creación de una "conciencia revolucionaria
para organizar y acelerar el proceso de la revolución
nacional". [13]
¿Así que te expulsaron?, preguntaría el
periodista Manuel Jesús Orbegoso en 1959 a un Luis de la
Puente asediado por el asma y la ansiedad. "Miserables
–respondió– no saben que ahora somos más
apristas que nunca". [14]
A mediados de 1959, De la Puente se
mantenía aún dentro de los marcos de una perspectiva
nacionalista radical. Tras su carcelería de 1955 se había
abocado al tema agrario. Abogaba por una fórmula de
"anti-feudalismo realista" equidistante de los
planteamientos imperialistas como de aquellos "intoxicados de
marxismo". Reforma Agraria, sí. Pero no por el "camino
revolucionario", sino como "acto legítimo de
promoción del desarrollo", ejecutado en "estricto
cumplimiento de la Constitución y las leyes". Un camino
evolutivo perfectamente encuadrado dentro del "ideal
indo-americanista" expresado por el aprismo que la revolución
boliviana había adoptado como propio. [15]
Conservaba en buena medida esa visión al momento de su primer
viaje a Cuba, en julio de 1959. Así lo dejó saber en un
foro sobre la Reforma Agraria cubana dónde se pronunció
en favor del respeto a la propiedad privada, del "derecho a una
parcela" del campesino cubano en aras de una transformación
con justicia y libertad. [16]
Estas posiciones no se distinguían demasiado de las defendidas
por los nuevos grupos reformistas, e inclusive por ciertos grupos de
la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas que comenzaban a ver
con creciente preocupación la agitación rural en curso
y la incontenible migración de las zonas andinas a la capital.
En noviembre de 1960, con la
transformación del APRA Rebelde en MIR, el proceso hacia la
construcción de una identidad nueva entraba en una nueva fase.
La influencia de los pupilos de Silvio Frondizi –Napurí
y Cordero– se dejaba sentir en la partida de nacimiento de una
"nueva izquierda" en el Perú. A mediados de los 50,
el argentino había fundado la primera de varias organizaciones
con este nombre en Latinoamérica: el MIR-Praxis. [17]
Siete meses antes de la decisión de los peruanos, un flamante
MIR venezolano se había pronunciado por el camino armado.
Entre el ímpetu guevarista y la crítica filo-trotskista
del comunismo pro-soviético se delineaba una nueva forma de
ser izquierdista. Apuntando en esa dirección, los peruanos
aspiraban a superar el "camino evolucionista" del
"compromiso y la componenda" para vincularse directamente
con la movilidad social de un país en erupción. La
defección del PAP coadyuvaba a configurar un escenario de
polarización en el que "la solución
oligarco-imperialista" contendería con la "solución
popular, revolucionaria" por definir la ya insostenible
impasse que entrampaba el desarrollo nacional. Una Reforma
Agraria "radical y profunda" era, en este sentido, la
medida prioritaria. De ahí que la organización del
campesinado en el plano nacional fuese "la tarea imperativa del
momento actual". [18]
El cambio de perspectiva reflejaba,
sin duda, una relación cada vez más intensa con Cuba.
En julio de 1960, una delegación del APRA Rebelde había
viajado a la isla. El propio De la Puente permaneció en tierra
caribeña por algunos meses. Eran tiempos decisivos para el
régimen castrista. En la plaza de la revolución
habanera, los peruanos escucharon a Fidel vaticinar la transformación
de la cordillera de los Andes en una "Sierra Maestra
hemisférica". Por ese entonces comenzó a
concebirse el plan insurreccional del MIR. Ante el planteamiento del
Che –según Napurí– "del foco
guerrillero como la herramienta primera y fundamental de la
revolución", De la Puente habría respondido con su
visión de que, "la alianza del APRA Rebelde con Cuba se
convertiría en un formidable catalizador"; que una rápida
crisis del PAP –atrapado en su dañino pacto con la
oligarquía– permitiría sumar a "miles de
trabajadores y jóvenes al proyecto revolucionario" del
MIR, [19]
situación que permitiría un esquema organizativo más
amplio y complejo que aquel delineado por el foco. Era el comienzo de
una discusión entre De la Puente y el Che que se prolongaría
a lo largo de los siguientes dos años. En el Perú,
mientras tanto, el estallido campesino a través de la sierra
aceleraba aún más el tiempo político. [20]
La Hora de la Vanguardia
Como Cordero y Napurí, Hugo
Blanco Galdós había pasado por los círculos de
Silvio Frondizi para recalar, posteriormente, en el grupo trotskista
de Nahuel Moreno. Volvió al Perú con el inicio del
régimen de la "convivencia". Pretendía
insertarse en el movimiento obrero; de manera fortuita, terminó
como organizador campesino al "descubrir" en la cárcel
del Cuzco a los dirigentes del valle de La Convención, quienes
sostenían una áspera confrontación con los
hacendados de su localidad. En ella, Blanco jugaría un
importante papel radicalizador. Carismático, decidido, su
figura creció a niveles míticos durante 1960,
infundiendo en los grupos "vanguardistas" ubicados a la
izquierda del PC un fuerte sentimiento de urgencia e inevitabilidad.
"Por primera vez en nuestra historia republicana –editorializaba
un diario trotskista– somos testigos de una movilización
similar". En tales circunstancias, ¿qué peso podía
tener un proceso electoral que dejaba al margen a más de seis
millones de campesinos? Con su gran movilización, el
campesinado mostraba la futilidad del "camino pacífico
para la revolución". Y si hasta ahora "nos
debatíamos en mil problemas teóricos", la
Revolución Cubana proporcionaba un "común
denominador", la base para formar un "partido único
de la izquierda revolucionaria". [21]
Los sindicatos campesinos eran, según
Blanco, las bases de un "partido revolucionario sui
generis de masas" al que el trabajo de los militantes
urbanos no tenía sino que amoldarse. No serían en el
Perú los focos guerrilleros a la cubana los que arrastrarían
a las masas campesinas a la revolución, sino que estas mismas,
en su desarrollo, a partir de sus propios sindicatos, llegarían
a la "defensa armada de las ocupaciones de tierras a través
de la formación de milicias". [22]
Varios proyectos comenzaron a armarse
en torno a los logros de Blanco en La Convención. El del
Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) fue uno
de ellos. Derivó en una serie de asaltos a bancos que,
supuestamente, proveerían los fondos necesarios para montar el
aparato político de apoyo al movimiento campesino. Todo
terminó en un fracaso espectacular. La represión que
estos suscitaron terminó destruyendo lo poco que los
trotskistas locales habían logrado construir hasta
entonces. [23]
A esa "desviación putchista" atribuiría
Blanco la frustración del movimiento convenciano; a vincularse
directamente con Cuba, apuntó otro grupo de ex militantes
comunistas (Héctor Béjar y Guillermo Lobatón) y
apristas disidentes (Juan Pablo Chang). Lo suyo era vanguardismo
puro: buscar en la isla caribeña los medios para lanzarse a la
acción directa. Investidos del "continentalismo"
guevarista, saltarían las "vallas partidarias" para
conectarse con aquella "inmensa población peruana a cuyas
espaldas operaban los partidos". En diciembre de 1961 arribaron
a La Habana.
En febrero de 1962, en la segunda
declaración de La Habana, lo que hasta entonces había
sido una empresa secreta devino abierta y desafiante: el apoyo cubano
a las luchas revolucionarias latinoamericanas. El escalamiento del
"continentalismo" conllevaba desplazar a los viejos
comunistas: imponer la primacía de la "sierra" sobre
el "llano", de la acción directa sobre la teoría.
En 1963, en una nueva versión de su célebre manual
guerrillero, Guevara dejó de lado la idea previa de que el
origen democrático de un gobierno imponía restricciones
a la posibilidad de lanzar acciones armadas. [24]
Más que nunca, el destino de los Béjar y los De la
Puente dependía del curso de aquellos debates.
De la Sierra Maestra a los Andes
En 1962 había en la isla dos
grupos de peruanos que habían partido con el fin de recibir
entrenamiento guerrillero: uno vinculado al APRA-Rebelde/MIR que
había negociado directamente con el Che –con
intermediación de Napurí– su arribo a Cuba y
otro, más pequeño, encabezado por Héctor Béjar,
al que "amigos" del régimen revolucionario, como el
escritor Luis Felipe Angell "Sofocleto" y Violeta Carnero
Hocke, les habían servido de puente para llegar al "territorio
liberado". [25]
Los instructores cubanos se aseguraron de mantenerlos separados. De
manera casual, los primeros sabrían de la existencia de los
segundos. Béjar recordaría que su subrepticia salida de
Lima quedó expuesta cuando, recién llegado a La Habana,
se tropezó con un dirigente del PC peruano en el lobby del
Hotel Riviera, en el que su grupo se encontraba alojado. Siguieron
las quejas correspondientes que, por cierto, poco efecto tendrían
en el ánimo cuestionador de los PC latinoamericanos promovido
por el propio Che y que, más tarde, Regis Debray convertiría
en teoría en Revolución en la Revolución.
Desde el inicio, por otro lado, Béjar había sospechado
que algo mayor se tramaba puesto que, como el propio Fidel le había
dicho en la primera entrevista que sostuvieron, "son ustedes
demasiado pocos, 150 como mínimo es lo que se necesita".
Ellos, no pasaban de la media docena. [26]
Un tercer contingente de peruanos
estaba integrado por unos 80 "becarios" que habían
llegado a Cuba –según le expresaron a Fidel Castro en su
primer encuentro–con el deseo de "aprender de las
experiencias de la revolución cubana". Cuba tiene toda la
voluntad de ayudarles –habría respondido el comandante–
sea que buscaran una profesión o conocer "nuestra
experiencia revolucionaria". Ricardo Gadea se integró a
ellos. Un extenso tour por la Sierra Maestra fue parte de ese
aprendizaje. Era evidente –recordaría Gadea– que,
"entre los cuadros abocados al área internacional había
una posición clara de favorecer la expansión de la
Revolución Cubana para romper el aislamiento", pero su
propio destino era todavía una incógnita.
Hecho el deslinde, los comprometidos
con el proyecto armado fueron presentados a los "aprorebeldes"
y al grupo de Béjar. El encuentro reprodujo los conflictos que
impedían la unidad de la izquierda en el Perú. Pesaban
las tradiciones: por más críticos que fueran con sus
partidos de procedencia, apristas y comunistas no se miraban bien.
Estos últimos llevaban hasta el extremo la lógica
anti-partido y de acción directa: no querían "un
partido más" sino construir, más bien, "una
asociación libre de revolucionarios", un "equipo
militar disciplinado" que fuera el núcleo del "ejército
revolucionario" de todo el pueblo, de la masa sin partido. Era
la única manera de ir al fondo del problema, de superar
complejos y acortar distancias. Sólo desde "el seno de
las masas" podía surgir el partido. Y sólo un
partido en que "revolucionarios y explotados" se uniesen
"en un solo haz" podría funcionar como "auténtica
vanguardia" popular. [27]
Era su manera de superar su frustración con el inveterado
fraccionalismo de la izquierda local. Los miristas, en cambio, se
veían como el muñón de un partido de gran
tradición, el cual eventualmente se convertiría en su
núcleo reconstitutivo. Se veían, por lo tanto, como
militantes de un proyecto mayor claramente identificable en la
historia del radicalismo de su país. No estaban ahí
como militantes dispersos que podían, por voluntad propia,
suscribir un proyecto distinto. "Aún siendo una escisión,
el MIR contaba con líderes provincianos, con experiencias,
bases populares, gente que había sufrido carcelería,
era una corriente, con una base social", recordaría
Ricardo Gadea. [28]
Una figura importante del grupo de Béjar como era Guillermo
Lobatón Milla optó, en esa oportunidad, por
incorporarse al proyecto MIR.
En esas tratativas se extrañaba
la presencia de De la Puente, mal cubierta por su belicoso
lugarteniente, Gonzalo Fernández Gasco. En un confuso
incidente ocurrido en la ciudad de Trujillo –en febrero de
1961–, Luis había empuñado su arma para,
supuestamente, defenderse de una agresión de sus ex compañeros
apristas, ocasionando la muerte de uno de ellos. Por ello, purgaría
carcelería hasta agosto de 1962. Su ausencia coadyuvó a
que el grupo de Béjar, a pesar de su precariedad, pasara a ser
la prioridad de los anfitriones. Se acomodaban perfectamente a la
impaciencia cubana de esa hora.
Como proyecto de partido, que el suyo
era, los miristas se veían retornando al Perú
individualmente, para ir filtrándose hacia las "zonas
guerrilleras" tras haber asegurado vínculos políticos
y respaldo de masas. Imposible conciliar tal visión con el
modelo de ingreso e inicio de la acción armada que el grupo de
Béjar representaba: una columna de guerrilleros de verde oliva
entrando, como invasores, por la frontera con Bolivia, con una
organización preestablecida; con cada uno de sus miembros
ocupando su puesto, retaguardia, vanguardia, etc. Fidedigna
reproducción del modelo del Che, hasta el nombre (Ejército
de Liberación Nacional) lo habían adquirido en Cuba, en
tanto que cada uno de sus pasos, hasta su destino final, dependía
de los asesores cubanos y sus vínculos bolivianos. Para cuando
Luis de la Puente Uceda regresara a Cuba, el flamante ELN sería
ya una irrebatible realidad. Acrecido con miembros del grupo de los
"becados", con 40 combatientes, en el segundo semestre del
63, aquel proyecto de foco partió hacia Sudamérica.
Su objetivo era alcanzar, desde la
frontera boliviano-peruana, la zona de La Convención.
Trescientos kilómetros de territorio agreste separaban a dicho
valle de la frontera boliviano-peruana. Un obstáculo menor
para la voluntad de lucha que dichos combatientes detentaban. De los
labios del propio Fidel Castro, los jóvenes peruanos habían
recibido las orientaciones que les impulsarían hasta la
localidad de Chaupimayo donde, en abril de 1962, Blanco –en lo
que fue el punto culminante de su carrera como organizador–
había sido elegido secretario general de la Federación
Provincial de Campesinos de La Convención y Lares. Cuatro
décadas después, Ricardo Gadea recordaría la
sesión en que, frente a un mapa del Perú, el comandante
cubano explicaba la fórmula para proceder con éxito por
la ruta de Bolivia al área convenciana: había que ganar
la cumbre de la cordillera y proceder a través de ella, de
manera que, "si el ejército viene por el lado oriental
ustedes se pasan al occidental y si vienen por el lado occidental se
pasan al oriental". Esa era su memoria de lo que, más que
una conferencia geopolítica, era un ritual de la voluntad.
Inocultable la sensación de pasmo del entrevistado al
retrotraer aquel episodio, dice más con la leve sonrisa
irónica que con sus palabras. ¿Y nadie le discutió
nada?, pregunto. Nada –responde--"había un gran
voluntarismo, una simplificación de la información, un
gran desconocimiento". [29]
No va más allá. Pesa, a través del tiempo, la
fuerza de la lealtad a Cuba y su revolución.
Del otro lado de la frontera, la
situación política en que el ELN esperaba insertarse
iba desvaneciéndose aceleradamente. En julio del año
anterior los militares depusieron a Manuel Prado: la "convivencia"
terminaba a trompicones. Con una combinación de concesiones y
medidas represivas, el nuevo régimen comenzó a contener
al movimiento campesino. En enero del 63, una gran redada nacional
llevó a la cárcel a miles de militantes y
sindicalistas. Tras una escaramuza –ocurrida a mediados de
diciembre de 1962– en que se produjo la muerte de dos policías,
Blanco pasó a la defensiva. En febrero, un decreto-ley
ordenaba el inicio de la Reforma Agraria en los valles de Lares y La
Convención. Blanco quedó aislado. El 29 de mayo,
finalmente, cayó en manos de sus perseguidores, 15 días
después de la caída de Heraud. Desde prisión,
unas semanas más tarde, reafirmaría su distancia de la
"errónea" línea guerrillerista: "admiré
la valentía de los muchachos de Madre de Dios, pero siento
mucho que tanta energía revolucionaria se haya
desperdiciado". [30]
De estos acontecimientos supo Luis de
la Puente desde prisión. Tan pronto salió, se trasladó
al valle de La Convención. Cuba –según recordaría
Ricardo Napurí– les había ordenado tomar contacto
con Hugo Blanco. De la Puente se habría resistido, subrayando
su desinterés por unificarse con éste o con el propio
Béjar. Pensaba que el liderazgo de la revolución debía
estar en manos del MIR y tenía suspicacias de tratar con un
trotskista como Blanco o, inclusive, con el propio Napurí, a
quien comenzó a ver también como trotskista. Tras una
"gran discusión", finalmente el viaje se realizó.
Una vez allí, De la Puente quiso aprovecharse del hecho de
"que Blanco acostumbraba a homenajear a quien lo visitaba con
una gran conmemoración, con miles de campesinos" para
filmar el evento con el fin de mostrar en Cuba que todo ese
movimiento "estaba bajo su disciplina". Nueva discusión:
"porque era un problema ético, además de
político", siempre según Napurí. [31]
Quedaron las imágenes de Luis de la Puente dirigiéndose
a una multitud campesina. Lo cierto es que no hubo acuerdo entre los
líderes. No volverían a encontrarse. De La Convención,
vía Lima, el líder mirista se dirigió a Cuba,
donde le esperaban nuevos problemas.
La preferencia del Che por el ELN
reflejaba no sólo su gusto por un esquema foquista típico,
sino las dificultades entre aquel y el MIR. De la Puente se había
resistido a la impaciencia del argentino-cubano. Acaso tenía
Guevara una visión tan pobre del liderazgo aprista que pensaba
que el mero acto insurreccional ejercería un influjo magnético
sobre una masa como la aprista tantas veces engañada. Por ello
habría querido presionar al MIR a alinearse con su "modelo".
En consecuencia, mientras De la Puente purgaba prisión, las
solicitudes de sus compañeros para regresar a combatir al Perú
habían sido desoídas, enviándolos más
bien a cazar bandidos en el Escambray. [32]
Terminado el entrenamiento militar –recordaría Ricardo
Gadea– "nos sentíamos desesperados por regresar y
no entendíamos por qué no nos lo permitían". [33]
Testigo de esas tratativas, Ricardo Napurí nos acerca al
contenido de las mismas. De la Puente "era un experto en el
problema agrario y campesino" y "lo desarmaba al Che cuando
le explicaba la composición orgánica del campo en el
Perú". Le había explicado la importancia de la
sindicalización rural y el peso de las "miles de
comunidades campesinas" y "su tradición de
disciplina interna y de combate". Lo que ponía en duda el
esquema del "foco puro", pues De la Puente le decía
que en el Perú había "organizaciones campesinas
concretas", con las cuales había que hacer un trabajo
previo, pues el campesino no iba " a abandonar sus
organizaciones porque yo le ponga una guerrilla". Entonces
–según Napurí– "el Che comprendió
que debía 'matizar' su idea del foco pensando que lo que se
prometía en Perú era mucho más". A tal
punto que "por un tiempo consideró que Perú era
una punta de lanza en sus afanes internacionalistas de exportar la
revolución". De ahí que "muy convincentemente
nos dijo que si la insurrección 'prendía,' lo
tendríamos a nuestro lado en las sierras peruanas". [34]
En esa discusión, Napurí
formulaba una pregunta bastante pertinente: si existía "un
núcleo probado de militantes y activistas, si quedaban aún
relaciones con el campo, si se habían mejorado los vínculos
con estudiantes y la clase obrera", tal como sostenía De
la Puente, entonces: "¿por qué no construir al MIR
como un partido obrero y socialista?", lo cual "no negaba
los compromisos con el Che, ni el internacionalismo, sino que los
inscribía sobre una nueva base". Se desató
entonces –según el ex aviador peruano– "una
discusión decisiva". ¿Era el foco "necesariamente
contradictorio con la existencia del partido"? Napurí
opinaba que no en tanto que la guerrilla se sujetara al partido
revolucionario. Así lo demostraban experiencias como la
leninista y la maoísta. Analizando el caso cubano, "De la
Puente y quienes lo seguían afirmaban que el factor
determinante de la victoria era la lucha guerrillera". Él,
por su parte, subrayaba el papel jugado por el "llano", por
"el gran aparato urbano" del Movimiento 26 de Julio que,
con la huelga general del 1º de enero del 59, "había
impedido los intentos del general [Eulogio] Cantillo de formar una
junta militar que impidiera el acceso al poder de Fidel y los
suyos". [35]
Es posible imaginar la confusión:
el choque entre la sofisticación teórica de Ricardo
Napurí y el ímpetu de Luis de la Puente. ¿Podía
el Che arbitrar entre ambos? Había, para ello, importantes
"factores adversos: la distancia, los problemas de
comunicación". Como también "el hecho de que
el Che concentraba las decisiones sobre Perú a pesar de estar
abrumado de tareas y de sus frecuentes viajes al exterior". [36]
El elemento militante capaz de
organizar ese enorme potencial provendría de la juventud
aprista que –según De la Puente– respondería
al llamado del MIR a la luz de la evidente traición de la
dirección del PAP. Por eso, Guevara se había avenido a
esperar. El tiempo pasaba, sin embargo, y lo prometido no se
materializaba. La realidad era que no solamente el MIR no había
logrado constituirse "en un polo de atracción para la
juventud aprista" sino que, en el mundo campesino, solamente
tenía la "influencia marginal que tenía De la
Puente mismo por su condición de abogado laboralista". No
tenía pues, el trujillano, "lo que había dicho al
Che que tenía". [37]
Sin la ruta de un aprismo de izquierda post-hayista disponible, con
sus vínculos dentro del APRA prácticamente colapsados
tras la "deuda de sangre" adquirida a raíz del
asesinato del "defensista" aprista en Trujillo, De la
Puente y el proyecto MIR habían llegado a un punto crítico.
Rodeado por estos dilemas, De la
Puente optó por una suerte de fuga hacia adelante. Con su
distintiva pasión, buscó en el mundo revolucionario la
síntesis ideológica que avalara su proyecto. Así,
mientras el Perú marchaba hacia su segunda elección
presidencial en dos años, en procesos que habían
incluido campañas con creciente participación y en los
cuales la Reforma Agraria apareció como tema principal, [38]
mientras el estallido campesino entraba en repliegue al compás
de una mezcla de concesiones y represión, el líder del
MIR recorría la geografía del este comunista llegando a
entrevistarse con Mao Tse Tung, con Ho Chi Minh y Kim Il Sung. De
retorno a Cuba, acordó con el Che un diseño táctico
basado –según descripción de Napurí–
"en un supuesto modelo único cubano" consistente en
varios focos guerrilleros apoyados por "un mínimo de
partido" que entrarían en acción "a la
brevedad posible". Convencido de que ese proyecto no
funcionaría, Napurí escribió una carta al Che
anunciándole que renunciaba al MIR. Éste, por su parte,
anunciaría públicamente que había "zanjado"
con el trotstkismo.
El gesto heroico
No había sido propicio para la
izquierda local el largo año entre la entrevista de Luis de la
Puente con Hugo Blanco y el último –y definitivo–
retorno de aquel al Perú. El movimiento campesino –simbolizado
por las luchas de La Convención– había sido
contenido, la izquierda había sido duramente golpeada y en
julio del 63, con apoyo del PC y con un inédito respaldo
regional, Fernando Belaúnde Terry había sido elegido
presidente. Un arquitecto de 51 años, mezcla de tecnócrata
y caudillo, había hecho campaña desde 1956 a través
de los "pueblos olvidados" del Perú ofreciendo
Reforma Agraria, descentralización, caminos, ayuda técnica
para las comunidades: una verdadera "conquista del Perú
por los peruanos", en suma. [39]
¿Representaba éste una alternativa viable de transición
post-oligárquica? El PAP, la izquierda, la derecha odriísta,
todo el espectro político se encargaría, en todo caso,
de que tal cosa no sucediera.
Imposible exagerar el sentido de
urgencia que la demanda por reformas había cobrado por aquel
entonces. Después de visitar el Perú, "numerosos
observadores extranjeros tienden a pensar que un segundo frente
revolucionario pronto aparecerá en nuestro país",
señaló a fines de 1962 Sebastián Salazar Bondy,
un intelectual moderado vinculado al MSP. Para ello –continuó–
las condiciones objetivas estaban efectivamente presentes: el abismo
socio-económico y la penetración imperialista se
profundizaban en tanto que la miseria se extendía y la
acumulación de riqueza por la casta oligárquica se
hacía cada vez más rapaz. En la hacienda como peón,
en las alturas como comunero, en el socavón como minero, en el
umbral de su choza de adobe y paja, en las "barriadas" que
rodeaban Lima, maceraba –añadió– el antiguo
odio indígena hacia la urbe racista y occidentalizada y todo
lo que ella representaba. [40]
Frente al podrido sistema criollo, el mundo andino indígena
–en pleno proceso de desborde sobre la franja costera–
apareció como el espacio natural para un proyecto
revolucionario. A inicios de los 60, sin embargo, esa fundamental
dimensión de la nacionalidad peruana seguía tan
desconocida como en los 20. Para algunos militantes como Hugo Blanco,
el indigenismo todavía podía seguir siendo un referente
más cultural que "científico". No tanto por
la obra etnológica que éste venía produciendo en
centros como el Instituto de Etnología de la Universidad de
San Marcos, sino por su significado simbólico. Si Blanco podía
hablar del "fervoroso respeto" que "los indios
revolucionarios" podían sentir por "nuestro padre:
el indigenismo", para la mayoría de la izquierda era una
doctrina que hacía mucho tiempo ya había perdido
fertilidad. Su líder de los 20 seguía siéndolo
en los 60: Luis E. Valcárcel. Ahora, como etnólogo,
apoyaba los proyectos desarrollistas centrados en torno a la
comunidad indígena; entonces, había escrito que las
masas indígenas tan sólo "esperaban a su Lenin"
para desatar una "tempestad en los Andes" y sus ideas
habían influido decisivamente el "socialismo indígena"
descrito en los célebres Siete Ensayos de José Carlos
Mariátegui. [41]
Tan influyente después, no obstante, este último texto
había sido prácticamente desdeñado por los
comunistas después de 1930. [42]
En realidad, en las condiciones de censura prevalecientes bajo Odría,
la literatura se convirtió en un refugio intelectual, en un
"recurso para conocer mejor esta realidad social y también
para tratar de influir sobre ella y cambiarla". [43]
De las obras de Ciro Alegría, José María
Arguedas y Manuel Scorza, muchos de los aspirantes a militantes
campesinistas habían extraído sus imágenes del
campo. Su apreciación de esa realidad, de tal suerte, era tan
apasionada como poco informada de sus estructuras y procesos
internos.
En ese contexto de "señores
feudales" y "siervos indígenas", De la Puente y
los suyos se vieron como el gran catalizador. En vísperas de
su último retorno al Perú, Adolfo Gilly se había
encontrado con el líder del MIR en La Habana. "Hablaba
con pasión de la guerrilla que su movimiento había
comenzado a organizar en el Perú", recordaría el
argentino. Con la polémica chino-soviética a todo
vapor, el peruano "apoyaba sin duda la línea de Pekín".
Más preocupado por los aspectos prácticos de la
guerrilla, sin embargo, prefería "no expresar
públicamente sus reservas para evitar roces". De la
Puente –recordó Gilly– había llegado al
socialismo "por el camino empírico de los cubanos" y
por ese camino iba "para adelante desde la ruptura con el APRA
(...) hasta su aplicación concreta en la lucha armada". [44]
Con ese ímpetu retornó al Perú. En febrero de
1964, delineó ante unas 30.000 personas reunidas en la Plaza
San Martín el escenario que justificaba la opción
armada: la visión de un país sin salida, con partidos
burgueses que sólo podían ofrecer "traición
y escepticismo"; con una izquierda erróneamente
ilusionada con "los caminos electoralistas y politiqueros",
en la que hasta "inmundos traidores" prostituían la
palabra "revolución". En el mundo y en América,
mientras tanto, "la revolución avanzaba incontenible".
Y si en el Perú la izquierda aún no actuaba era porque
pasaba por una grave "crisis de fe". [45]
El entrampe del belaundismo, en los próximos meses, avalaría
ese diagnóstico inicial: la prueba de la necesidad histórica
de una vanguardia capaz de romper, armas en mano, el impasse
semicolonial.
El mismo día de la
inauguración de su régimen, en efecto, miles de
campesinos comenzaron a tomar haciendas en varias provincias de la
sierra del país. Tras varios meses de pasividad, con un nuevo
Ministro de Gobierno, a inicios del 64 comenzó la represión.
El PAP, mientras tanto, suscribía con la Unión Nacional
Odriísta del ex dictador Odría una alianza
parlamentaria abocada, en los meses subsiguientes, a bloquear y
mediatizar la aprobación de la ley de reforma agraria. La
violencia en ese contexto aparecía como un elemento
inevitable. La experiencia de las recuperaciones de tierras –según
De la Puente– probaba que "si los campesinos no se
organizan, se unen y se arman, son masacrados" y que en esas
circunstancias "el único poder valedero y real es el que
se sostiene en los fusiles". Por eso, el campesinado requería
de "su propia fuerza armada", cuyo embrión no era
otro que la guerrilla. Era la clave de su "esquema
insurreccional". [46]
Negaba el "esquema citadino" de la Revolución de
Octubre, inadecuado –según el MIR– para la
realidad peruana, y delineaba, más bien, varios focos
guerrilleros protegidos por una "zona de seguridad" que,
por su topografía y vegetación, eran virtualmente
inaccesibles. [47]
Desde ahí, la guerrilla irradiaría su mensaje,
erosionando gradualmente al "ejército mercenario",
persuadiendo a sus soldados-campesinos de no atacar a sus hermanos
del pueblo y desencadenando, en fin, "todas las potencias
heroicas de las masas". [48]
Ya instalado en su base de Mesa Pelada, provincia de La Convención,
De la Puente compartiría con Adolfo Gilly su visión del
proceso armado a punto de iniciarse: en "corto plazo" las
acciones guerrilleras se traducirían en "una revolución
agraria, serrana, campesina". En ese marco, dirigidos por el
partido revolucionario, los grupos campesinos invadirían las
tierras de los latifundios "como ya lo hicieron espontáneamente
en 1963 en todo el territorio". En un "momento posterior"
saltaría "la bomba de tiempo de las barriadas
marginales", donde vivía el 30% de la población de
Lima, en ese "cinturón de resentimiento y miseria que en
momento dado va a apretar". A esa dinámica se sumarían
los estudiantes de "las dieciséis universidades que hay
en el Perú", doce de las cuales estaban "controladas
por la izquierda", juventud que se encontraba "muy
radicalizada" y cuya "vocación de lucha es muy
grande". [49]
Sintomáticamente, a continuación de los estudiantes, el
flamante comandante guerrillero añadió: "Pienso,
me olvidaba, que la clase obrera participará con
posterioridad, primero con sus propias formas de lucha y en un
momento dado, directamente dentro del proceso insurreccional". Y
en ese rumbo, los mineros serían "los más
avanzados", seguidos por "los braceros agrícolas de
la Costa" y, en último lugar, los obreros
fabriles". [50]
Era más que un simple lapsus.
La prédica del MIR desdeñaba no sólo el papel de
los partidos "tradicionales" sino los sindicatos y otros
elementos "políticos". Ahí la diferencia con
el resto de la izquierda local. Con Jorge del Prado, por ejemplo,
secretario general del PCP, para quien "un arduo trabajo de
masas" se requería para consolidar un liderazgo
revolucionario en un país como el Perú, en el que los
factores subjetivos marchaban claramente desfasados del desarrollo de
los objetivos: una labor que requería usar "todas las
formas de lucha", la electoral entre ellas. [51]
En la creación de las "condiciones revolucionarias"
–era la réplica mirista– "nos abstenemos
nosotros de entrar a ese juego corrompido y corruptor y preferimos
identificarnos con ese profundo y alentador rechazo que expresa el
pueblo cuando dice: la política es una cochinada". [52]
El Partido de la Revolución Peruana, en todo caso, surgiría
de la lucha. Nos llaman "comunistas" –escribiría
De la Puente en su misiva a Gilly–, pero la verdad cruda es
"que se trata de un movimiento que por ahora corresponde
absolutamente al MIR". El proceso se había iniciado "de
forma irreversible". Si no querían "perder el tren
de la historia", a los partidos de izquierda sólo les
quedaba "asumir su papel". [53]
Las objeciones, en realidad, no sólo
provenían de fuera de la organización. Aprobar el
esquema insurreccional significó un importante desgarramiento,
puesto que no todos dentro del MIR compartían la visión
de Luis de la Puente de un escenario con una sola salida de corte
insurreccional. Así, cuando en marzo de 1964 se decide "ir
hacia la captura del poder por la vía armada", dicha
propuesta debe imponerse a las de Carlos Malpica, quien prefería
"luchar por la construcción del partido", y a la de
Héctor Cordero Guevara, quien abogó por una combinación
de lucha armada y lucha electoral. [54]
Convertido en la "sierra"
de la versión peruana de la revolución castrista,
¿cuánto podía esperar el MIR del "llano"
local? De hecho, hacia abril del 65, a Ricardo Gadea se le encargó
establecer contacto con la izquierda capitalina. Al respecto, no fue
mucho lo que pudo lograr. De los "moscovitas" del PCP,
recuerda, recibió "una cautelosa solidaridad". Con
la facción "pekinesa" fue una reunión
difícil. Los acusaron de presionar a su gente para
incorporarse a la guerrilla. En general –concluye Gadea–
nunca se diluyeron del todo los prejuicios de que "seguíamos
siendo apristas, que ignorábamos el papel histórico del
PCP". A las fracciones pekinesas –comentaría De la
Puente– no se les podía pedir que se sacudieran "de
la noche a la mañana de todas sus taras revisionistas". [55]
El apoyo recibido de los trotskistas y del Frente de Liberación
Nacional tenía, lamentablemente, pocas consecuencias
prácticas, pues "ellos carecían de aparato".
En tanto que, con el recién fundado Vanguardia Revolucionaria
no conversamos orgánicamente, "aunque ellos se
aprovecharon de la simpatía por la guerrilla para atraer gente
hacia sus filas". En el caso del MSP, en el plano personal,
algunos como Sebastián Salazar Bondy nos dieron su apoyo
personal. En el fondo –concluye Gadea– "creíamos
que nuestras capacidades militares iban a ser suficientes para
iniciar un proceso similar al cubano". [56]
Reflejo de esa falsa seguridad, no sólo no actuaron para
prevenir la infiltración sino que sus dirigentes comentaron
públicamente sus planes, el esquema táctico y aun la
posible ubicación de sus zonas guerrilleras. Al respecto –como
lo reconocería Ricardo Gadea años después–,
había un grave problema de fondo:
Sobre el diseño de las
acciones carecíamos de información o reflexión
específica. Ninguno de nosotros era un combatiente
experimentado, no contábamos con ningún militar de
verdad, ni extranjero ni peruano. Sobre las Fuerzas Armadas nunca se
analizó que los EE.UU. habían adoptado una línea
contra la subversión continental y que estaba entrenando
cuadros del Ejército Peruano; no sabíamos tampoco que
el Perú era el segundo país en número de
oficiales entrenados en la Escuela de las Américas. Jamás
se trabajó ese aspecto sistemáticamente. De ahí
que nadie se detuviera a calcular las enormes debilidades en ese
plano. En comunicaciones, por ejemplo, estábamos separados por
inmensas distancias. De 5 o 6 núcleos que se planearon
originalmente solamente dos llegaron a tener real conformación.
Otro quedó a medias. Estábamos a cientos de kilómetros
de distancia, y la única comunicación era un sistema de
chasquis que pasaban por Lima. No teníamos cómo
establecer esta relación directa, de haber contado con equipos
de radio transmisor hubiésemos podido evitar muchísimos
errores. Hubo una sobrevaloración de nuestras capacidades
políticas, se dio por descontado que lo militar era una
actitud heroica. [57]
La respuesta del "comandante"
De la Puente a un cuestionario que le enviara la revista Caretas
refleja el estado de ánimo con que estos hombres habían
marchado al combate. Las preguntas inciden en los puntos críticos
del experimento armado. ¿Qué posibilidad tienen de
"ampliar su acción" partiendo de un "sector tan
remoto"? ¿Cómo tener éxito en una zona como
el valle de La Convención con "los efectivos apreciables
con que cuenta el Ejército" en esa zona y "todos los
trabajos que viene realizando allí la fuerza armada"?
Puesto que dicho valle se conecta con el resto del país a
través de un desfiladero, ¿no podrían las
Fuerzas Armadas embotellarlos con facilidad?
Subrayando la flexibilidad de la
guerrilla, respondió el jefe del MIR aludiendo a los caminos
de herradura a través de los cuales "caminamos a
cualquier hora, con cualquier clima y en cualquier dirección".
Acaso un cuartelazo o un motín –continuó el líder
trujillano– podía ser "embotellado", pero no
una revolución. De ahí, entonces, que no les
preocuparan "los efectivos del Ejército, de Rangers, de
la Policía o de los Cuerpos de Paz" si lo que estaba en
curso bajo la dirección del MIR era un "hecho social, un
sentimiento de rebeldía colectiva, una bandera ideológica",
eventos imposibles de embotellar "cualesquiera fuesen el número
de efectivos de las fuerzas represivas". Por algo –añadió–
nuestra zona guerrillera se llama "Ilarec Ch'asca" o
"Estrella del Amanecer", centro orientador de conciencias,
anuncio del nuevo día. Dada su precariedad material y
logística, de su "fe en el pueblo y la revolución"
dependía, en última instancia, la victoria de la
revolución. [58]
Una pregunta final incidiría
en el problema de identidad que el movimiento revelaba. ¿Más
allá de la retórica, no es el suyo un "gesto
desesperado" más que el inicio de "un proceso real y
coherente hacia un Perú mejor?" "No somos
revolucionarios por accidente", respondió el trujillano,
haciendo recuerdo –en esa hora crítica– de su
trayectoria aprista, remontándose a 1954, a su entrada
clandestina al Perú "desde nuestro destierro en México".
Si no hubiéramos sido consecuentes con nuestros principios
–continuó–, estaríamos en el Parlamento o
en cualquier posición de poder. Y sin embargo, al mismo
tiempo, el MIR era "algo completamente nuevo dentro de la
izquierda peruana", porque "nuestra dirección es
joven, incontaminada, decidida y consecuente", como lo
demostraba que hubiesen abandonado los métodos clásicos
que habían desprestigiado y contribuido a la desintegración
de numerosos partidos de izquierda. Viejo y nuevo, aprista e
izquierdista, el propio enfoque político de la insurrección
vacilaba en las vísperas mismas de la entrega final.
En mayo del 64, De la Puente se había
entrevistado con el Ministro de Gobierno responsable de la represión
del movimiento campesino inflingida a comienzos de año, a
quien le propuso que, frente al obstruccionismo del bloque
apro-odriísta en el Parlamento, el Presidente Belaúnde
debía "disolver" ese organismo y "convocar un
plebiscito nacional para romper el círculo vicioso",
denunciando a los obstruccionistas "ante el pueblo en un mitin
que sería gigantesco e histórico". Continuar con
la pasividad –advirtió el revolucionario al jefe de la
policía del régimen– "estaba madurando las
condiciones para la lucha armada en el país". Un año
después, estando ya en el monte, las consignas inmediatas del
MIR seguían sugiriendo la posibilidad de una salida política
a la insurrección:
- Disolución inmediata
del Parlamento.
- Amnistía general y
sanción a todos los responsables civiles o militares de las
masacres contra el pueblo.
- Reforma Agraria auténtica,
sin excepciones de ninguna clase.
- Salario vital-familiar y móvil
de acuerdo al costo de vida.
- Reforma Urbana.
- Recuperación inmediata
del petróleo peruano y denuncia de los contratos con empresas
imperialistas sobre nuestras riquezas.
- Recuperación de la plena
soberanía nacional. [59]
El Parlamento –bastión
de la oligarquía y sus aliados apristas–, y no el
Ejecutivo encabezado por Belaúnde Terry, aparecía en
ese momento como el blanco del MIR. El destino de la guerrilla, sin
embargo, estaba para ese entonces definido. En diciembre de 1964
habían acordado que, a partir de entonces, de ser detectados,
debían defenderse e impedir su captura. En abril siguiente, en
una reunión celebrada en Ica, la base del sur informó
que un destacamento de unos 200 policías había entrado
al área de Mesa Pelada, "interrogando campesinos
mostrando una foto de Luis de la Puente, pidiendo información
sobre él". La dirección local había
acordado "montar una emboscada en tal punto e iniciar las
acciones". Solicitaba, en consecuencia, el respaldo de las otras
bases. El delegado del comité regional del centro –la
guerrilla Túpac Amaru– volvió a su base con ese
acuerdo en mano. "Ya no volveríamos a comunicarnos",
recuerda Gadea. Al retornar a Mesa Pelada, sin embargo, comprobó
que la situación de emergencia ahí se había
atenuado y que se había retomado el trabajo campesino. La
policía se había replegado antes de llegar al punto de
la emboscada. "Un día, a la hora del desayuno, nos
enteramos por la radio que en el centro habían comenzado su
cadena de operaciones. Fue una situación terrible". [60]
Eran los primeros días de
junio de 1965. En el Parlamento, la coalición apro-odriísta
demandó mano dura, mientras se ordenaba la emisión de
"bonos en defensa de la soberanía nacional" para
apoyar la liquidación del brote insurgente. A fines de mes
tiene lugar la "batalla de Yahuarina". Nueve policías
muertos, entre ellos un oficial. El gobierno ordenó entonces
al Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas hacerse cargo de la
situación. A fines de septiembre, apresurado por el sorpresivo
inicio de las acciones, el reconstituido ELN de Héctor Béjar
entró en acción ajusticiando a dos latifundistas en la
sierra de Ayacucho; por algunas semanas actuarían en la zona
oriental de ese departamento en el límite con Cuzco. En
octubre, con de la Puente Uceda, cayó la dirección.
Gadea, enviado a Lima a reconstruir la red de apoyo urbano, escapa de
la muerte pero no de la cárcel. En el norte, el frente
encabezado por Gonzalo Fernández Gasco no entra en combate
optando por dispersarse. A inicios de enero del 66, con la caída
de Guillermo Lobatón, el gesto heroico del MIR
quedaba completamente debelado. Algunas explosiones dinamiteras
intentaron hacer resonar en la capital el inicio de la lucha armada.
"Hasta los más escépticos en la izquierda
–escribiría Ricardo Letts– se alinearon
momentáneamente, con admiración y respeto". No se
produjeron, sin embargo, actos masivos de respaldo a los alzados: "el
país parecía como anonadado".
Epílogo
Su abrumadora derrota dramatiza la
notable precariedad del proyecto armado del MIR. Entendieron que su
misión era proveer el elemento subjetivo en una situación,
en términos objetivos, definidamente revolucionaria. El camino
elegido, sin embargo, los empujó hacia el más completo
aislamiento. Ni una evaluación cabal de las causas del triunfo
cubano ni una lectura adecuada de la realidad rural andina estuvieron
a mano en el 65. Ya en el monte, a semanas escasas de su combate
final, De la Puente escribiría: "este país es
quizá el más contradictorio de América Latina",
pasando a examinar en detalle la enorme complejidad de la sociedad
peruana. En su visión, sin embargo, a mayor complejidad, mayor
fe en que la fuerza del pueblo concurriría al llamado
insurreccional. Era ese el ethos mismo del proyecto
guerrillero: nada sino la insurrección podía desatar
las fuerzas capaces de barrer con la dominación oligárquica
y el consiguiente colonialismo interno. Conocedor de primera mano del
proceso del MIR, Roger Mercado conversó con él poco
antes de su partida a Mesa Pelada. Concluyó que sobreestimaba
"la capacidad del MIR para lograr, con su heroico gesto, la
unidad indispensable para la victoria", sugiriendo que su
antiguo compañero era consciente que el sentido último
de su grave decisión era reivindicar para el movimiento
revolucionario "la consecuencia y la dignidad tan venida a
menos". Aquel imperativo moral era motivo por demás
suficiente para quien –según Mercado–, como líder
político, aparecía como "el vínculo, hacia
atrás, con las tradiciones insurreccionales del APRA y, por
extensión, de los caudillos civiles del siglo XIX". [61]
Para la generación de De la
Puente, la historia del aprismo podía ser vista como una
sucesión de gestos audaces y heroicos que, a través del
tiempo, habían sedimentado una tradición de lucha
genuinamente popular. La figura del Jefe anudaba el proceso y le
otorgaba su sello particular. En Haya, como individuo, anclaban las
amarras de la más distinguible identidad política
forjada en el Perú.
En octubre de 1948, sin embargo,
había comenzado una historia distinta. Con la mística
horadada, de entonces al 59, De la Puente viviría el
complicado alejamiento de su alma mater política.
Entre el 60 y el 62 la ruptura tocó fibras más
profundas en torno a su carcelería, a causa de su
confrontación con activistas de su ex partido. En las luchas
revolucionarias latinoamericanas y asiáticas, del 63 en
adelante, el trujillano buscó el marco teórico
alternativo para la revolución que el PAP había
traicionado. Derivó de ese aprendizaje una visión
polarizada que acentuó el sentido trágico y heroico de
la política que de su formación aprista provenía.
En un país de "vicios, corrupción, peculados"
–había sostenido Haya en los años 30–, para
ser digno de la victoria, el APRA debía lavarse "con la
sangre de su sangre", tomando conciencia de que la "muerte
no puede ser obstáculo". [62]
De la "traición aprista" era de lo que había
que lavarse en los 60 para rescatar lo auténtico de aquella
historia heroica que amenazaba perderse. Fue ese gesto –por
encima del fracaso político e ideológico de su
proyecto– lo que convirtió a De la Puente Uceda en
símbolo vibrante de una nueva identidad política.
"Hablar sobre la nueva izquierda
en su fase fundadora –escribiría Jorge Nieto Montesinos
en 1990– es en extremo delicado" pues "hablamos de
nuestros héroes, de aquellos que murieron para realizar sus
sueños". Siendo así, "¿qué
derecho nos asiste para intentar entrever sus circunstancias y
reclamarles sus ausencias?" [63]
Declaraciones como esa reconocerían la preeminencia del "gesto
heroico". En el terreno de los símbolos, De la Puente
conseguía la victoria que su debilidad le negaba en el terreno
de los hechos. Para bien o para mal, la memoria de su trágico
fin sería para la nueva izquierda un referente identitario
fundamental.
Entre algunos apristas, la
recuperación de la figura del "comandante heroico"
aparece como un acto de justicia y clarificación histórica.
No es gratuito que no se haya valorado la acción política
de Luis de la Puente –según Eduardo Bueno León–
en un partido en el cual los errores políticos suelen ser
transformados en ocasiones perdidas o traiciones a la figura del
jefe. "Cuando enfrentemos el pasado político-militar del
APRA, que en última instancia era expresión de su
vocación revolucionaria –concluye Bueno León–
muchos mitos se derrumbarán". [64]
Recientemente, su compañero de partido, el médico
Homero Burgos Oliveros –presidente de la Región La
Libertad, cuna de Haya de la Torre tanto como del líder del
MIR– confirió a De la Puente la condecoración
"Gran Orden de Chan Chan en el grado de Gran Cruz". En su
discurso, Burgos Oliveros demandó a "todos los poderes
del Estado" la "ubicación, identificación y
entrega a sus familiares de los restos del insigne luchador social".
No quiero "cargar la culpa de los que lo condenaron a muerte",
afirmó, refiriéndose al proyecto de ley presentado por
su propio partido estableciendo la pena de muerte para los
insurrectos del 65.
Desaparecida la generación
fundadora, la tradición aprista se refuerza y reincorpora en
su firmamento simbólico a sus más prestigiosos
disidentes, recobrando así –de manos de los herederos de
la "nueva izquierda"– el legado de una lucha dirigida
contra ella. Cerrado, con la derrota de Sendero Luminoso, el ciclo de
la violencia insurreccional abierto con el MIR en el 65, la imagen
del guerrillero puro y justiciero –frente al vesánico y
fundamentalista encarnado por Abimael Guzmán–aparece más
nítida y acomodable. Frente al desprestigio actual de la
política y de los políticos, uno se pregunta si esa
cultura política de héroes y traidores pudiera seguir
teniendo vigencia hoy. Y si, de ser esto posible, coadyuvaría
a reproducir el culto a la violencia que históricamente la
acompañó.
NOTAS
Regis
Debray, ¿Revolución en la Revolución?,
La Habana: Casa de las Américas, 1967. 
José
Rodríguez Elizondo, La crisis de las izquierdas en
América Latina, Caracas: Instituto de Cooperación
Iberoamericana/Editorial Nueva Sociedad, 1990; Timothy
Wickham-Crowley, Guerrillas and Revolution in Latin America: a
comparative study of insurgents and regimes since 1956,
Princeton, NJ: Princeton University Press, 1992 y Thomas C. Wright,
Latin America in the Era of the Cuban Revolution, New
York: Praeger Publishers, 1991. 
Véase
al respecto, Raj Desai y Harry Eckstein, "Insurgency. The
transformation of Peasant Rebellion", en World Politics,
vol. XLII, no. 4, Julio 1990, pp. 442-465. 
Luis
Alberto Sánchez, Apuntes para una Biografía del
APRA (Una larga guerra civil), Lima: Ediciones Mosca
Azul Editores, 1979, p. 114. 
Andrés
Townsend Ezcurra, 50 Años de Aprismo. Memorias, Ensayos y
Discursos de un Militante, Lima: Editorial e Imprenta Desa,
1989, p. 84. 
Héctor
Cordero Guevara, "El Apra y la Revolución (Tesis para un
replanteamiento revolucionario)" [1952], en Del Apra al
Apra Rebelde (Documentos para la Historia de la Revolución
Peruana), Lima, 1980, pp. 1-35. 
Horacio
Tarcus, El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y
Milcíades Peña, Ediciones El Cielo por Asalto,
1996, pp. 26 y 141. 
Juan
Cristóbal, ¡Disciplina Compañeros!,
Lima: Debate Socialista, 1985, p. 153. 
José
Bermúdez y Luis Castelli, "Treinta años del Che"
(Entrevista a Ricardo Napurí), en Revista Herramienta,
N o 4, http://www.inisoc.org/che.htm. 
H.
Tarcus, El marxismo olvidado en la Argentina, p. 143. 
J.
Bermúdez y L. Castelli, "Treinta años del Che".
Las citas siguientes corresponden a este texto. 
"La
Realidad Nacional y la línea política de la
Convivencia". Moción presentada en la IV Convención
del Partido Aprista el 10 de octubre de 1958 en Del Apra al Apra
Rebelde, pp. 56-108. 
Ibíd.,
pp. 123-24. 
M.
J. Orbegoso, "Luis de la Puente Uceda: Rebelde con Causa",
en MJO-Entrevistas, Lima, 1989, pp. 46-53. 
Luis
de la Puente, La Reforma del Agro Peruano, prólogo
de Marco Antonio Malpica, Lima, s/f. 
Marco
Antonio Malpica, Biografía de la Revolución.
Historia y Antología del Pensamiento Socialista, Lima:
Ediciones Ensayos Sociales, 1967, pp. 503-504. 
H.
Tarcus, El marxismo olvidado, p. 149. 
MIR,
"Manifiesto de Chiclayo", Lima: Ediciones Voz Rebelde,
1963, p. 13. 
J.
Bermúdez y L. Castelli, "Treinta años del Che",
p. 4. 
Véase
sobre el tema: Howard Handelman,
Struggle in the Andes: Peasant Political
Mobilization in Peru,
Austin: University of Texas Press, 1974; Eric
Hobsbawn, "Peasant Land Occupations", en Past and
Present 62, febrero 1974, pp. 120-152; Hugo
Neira, "Sindicalismo
campesino y complejos regionales agrícolas", en
Aportes [Paris, Francia] N o 18, octubre
1970, pp. 27-67. 
POR
(Órgano del Partido Obrero Revolucionario) N o
9 (Julio 1, 1961) y 10 (Julio 20, 1961). 
Aparte
de Tierra o Muerte, sus planteamientos son expuestos en
El camino de nuestra revolución, Lima: Ediciones
Revolución Peruana, 1963. 
Para
una historia detallada de este episodio, véase: Gonzalo Añí
Castillo, El secreto de las guerrillas, Lima: Ediciones
Más Allá, 1967. 
Véase
al respecto, Matt Childs, "An Historical Critique of the
Emergence and Evolution of Ernesto Che Guevara´s Foco
Theory", en Journal of Latin American Studies, 27,
1995, pp. 593-624. 
Entrevista
con el autor. Lima, agosto 20, 2003. "Sofocleto" era un
conocido militante comunista peruano y Violeta Carnero Hocke era una
militante aprista devenida izquierdista en los años 50. Su
hermano Willy había participado con Luis de la Puente Uceda en
el plan insurreccional de 1954, lanzado con apoyo peronista. 
Ibíd. 
Héctor
Béjar, Las guerrillas de 1965: Balance y Perspectivas,
Lima: PEISA, 1973, pp. 17-18. 
Entrevista
con el autor. 
Entrevista
con el autor. 
Hugo
Blanco, "Generalidades sobre el modo de acción del
militante de la ciudad que atiende al campo y algunas notas",
Cuartel Mariscal Gamarra, junio de 1963, en Revolución
Peruana, órgano del FIR, Julio 2, 1963, pp. 7-11. 
J.
Bermúdez y L. Castelli, "A treinta años del Che". 
Testimonio
de Ricardo Gadea en Jon Lee Anderson, Che Guevara. A
Revolutionary Life, New York: Grove
Press, 1997, p. 560. 
Entrevista
con el autor. 
J.
Bermúdez y L. Castelli, "A treinta años del Che". 
Ibíd. 
Ibíd. 
Ibíd. 
En las
elecciones presidenciales de 1962, Haya de la Torre había
derrotado por escasísimo margen a Fernando Belaúnde
Terry. Esos comicios, sin embargo, fueron declarados nulos por la
Junta Militar en el poder. En el nuevo sufragio de 1963, Belaúnde
alcanzó el porcentaje necesario para convertirse en Presidente
de la República. 
Fernando
Belaúnde Terry, La conquista del Perú por los
peruanos, Lima: Ediciones Tawantinsuyu, 1959. 
Sebastián
Salazar Bondy, "Andes and Sierra Maestra", en Monthly
Review, Diciembre 1962, vol. 14:8, pp. 414-422. 
Sobre
la evolución del pensamiento de Valcárcel, véase
Luis E. Valcárcel, Memorias, Lima: IEP, 1981. Para
un balance reciente del pensamiento indigenista peruano, Mirko Lauer,
Andes Imaginarios. Discursos del Indigenismo 2, Lima:
SUR-Centro Bartolomé de las Casas, 1997 y Carlos Franco,
"Impresiones del Indigenismo", en La Otra Modernidad
(Imágenes de la sociedad peruana), Lima: CEDEP, 1991, pp.
57-77. 
Primero
vino el ataque al "mariateguismo" por un funcionario de la
Internacional (V.M. Miroshevski, "El 'populismo' en el Perú.
El papel de Mariátegui en la historia del pensamiento social
latinoamericano", en Mariátegui y los orígenes
del Marxismo Latinoamericano, Selección y prólogo
de José Aricó, México: Siglo XXII Editores,
1978, pp. 55-70). Jorge del Prado, posteriormente, rescató su
pensamiento como pilar de la experiencia comunista peruana. A
comienzos de los años 50, según Manuel Miguel de
Priego, no pudo encontrar en Lima "comunista alguno que me
pudiera prestar los Siete Ensayos". (Manuel Miguel de Priego,
"Memoria y presencia del comunismo en el Perú", en
Pensamiento político peruano 1930-1968, pp.
233-285). Sobre las influencias del pensamiento de Valcárcel
en Mariátegui, véase: Gerardo Leibner, El Mito del
Socialismo Indígena de Mariátegui, Lima: PUC
Fondo Editorial, 1999 y José Luis Rénique, Los
Sueños de la Sierra, Lima: CEPES, 1991, capítulo
3. 
"Entrevista
a Mario Vargas Llosa", en Primera Mesa Redonda sobre
Literatura Peruana y Sociología del 26 de mayo de
1965, Lima: IEP, 2003, pp. 70-87. 
Adolfo
Gilly, La senda de la guerrilla, México: Editorial
Nueva Imagen, 1986, p. 150. 
Luis
de la Puente Uceda, "El camino de la revolución"
[Febrero, 1964], en Obras de Luis de la Puente Uceda,
Lima: Voz Rebelde Ediciones, 1980, pp. 3-19. En adelante, OLPU. 
L.
de la Puente, "Los dos árboles" [1964], en OLPU,
pp. 111-113. 
L.
de la Puente, "Esquema de la lucha armada" [Diciembre
1964], en OLPU, pp. 59-65. 
L.
de la Puente, "Nuestra posición" [Marzo 1964], en
OLPU,
pp. 23-37. 
De
Luis de la Puente Uceda a Adolfo Gilly, Illarec Ch'aska
(Estrella del Amanecer), 15 de agosto de 1965, en La senda de la
guerrilla, pp. 152-156. 
Ibíd.,
p. 155. 
Jorge del
Prado, "Mass Struggle –The key to Victory. The Political
Situation in Peru and the Tactics of the Communist Party", en
World Marxist Review, Mayo 7, 1964, pp. 11-18. 
"Nuestra
Posición", p. 30. 
De L. de
la Puente a A. Gilly, pp. 155-56. 
J.
Cristóbal, "Máximo Velando: el optimismo frente a
la vida", p. 12. 
De L. de
la Puente a A. Gilly, p. 154. 
Entrevista
con el autor. 
Ibíd. 
L. de la Puente, "Respuesta al cuestionario presentado por la
revista Caretas", en OLPU,
pp. 101-07. 
Ibíd.,
p. 107. 
Entrevista
con el autor. 
Roger
Mercado, Las guerrillas del MIR, 1965, Lima: Editorial de
Cultura Popular, 1982, p. 81. 
Víctor
Raúl Haya de la Torre, "Discurso del 12 de noviembre de
1933", en O. C., vol. 5, pp. 153-160. 
Jorge
Nieto Montesinos, "¿Vieja o Nueva Izquierda?", en
Pensamiento político peruano 1930-1968, pp. 
381-410.
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