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M, película/búsqueda de Nicolás Prividera (Argentina, 2007)
"Su niñez estaba poblada de nombres, su propio cuerpo era como un salón vacío lleno de ecos de sonoros nombres derrotados. No era un ser, una persona. Era una comunidad". Estas palabras de William Faulkner se leen en el comienzo de M, película/búsqueda de Nicolás Prividera (Argentina, 2007). Búsqueda tanto de ecos de su madre, Marta Sierra, desparecida por la última dictadura militar argentina, como por la restitución de una anhelada comunidad, donde pueda disolver su individualidad, socializar su dolor.
Tarea que avanzará a través de tensiones, pujas: no sólo las propias de una realización cinematográfica, sino las tensiones intrínsecas a redefinir compromisos, responsabilidades de una búsqueda que no debería ser individual.
"Cómo no sentir bronca... todos deberíamos sentirla", dice el director (entrevistado en su propio film), y convierte a M en un derrotero de dicha bronca, la suya, la de su apuesta ético-colectiva: el pasaje de una bronca esperanzadora, activadora, vital a una bronca resignada, impotente ante estereotipos musealizados, que significativamente abre lugar a un más allá de la bronca. El director dirá en una entrevista días antes del estreno de su film, "...donde dije que estaba enojado, y que todos tendríamos que estarlo, debería haber dicho indignados" Y nos brinda una clave, ya que el enojo, la bronca parecerían eludir las connotaciones ético/morales de lo indigno, el anclaje irremediablemente social de la deshonra y la injusticia, matices propios de la indignación. El enojo sería una reacción, en tanto acto privado, en relación a una moral individual, lo indigno en cambio estaría en relación con una moral pública, con un deber ser comunitario incumplido.
Entre el enojo y la indignación, habría una relación cercana a la existente entre la culpa y la vergüenza. Sostiene Eduardo Grüner que la primera habría reemplazado a la segunda, en un pasaje, históricamente identificable, con el triunfo del monoteísmo cristiano, produciendo una "diferencia decisiva en la subjetividad y su relación con lo político". Mientras la vergüenza se desarrolla en público, en relación a otros, la culpa se dirime en soledad y en dialogo con algún supremo. En este sentido, la raigambre política de la postura de Prividera se hallaría en difuminar las fronteras entre lo público y lo privado, "trabajando de forma silenciosa (privada) en los intersticios aún no colonizados de la conciencia (colectiva)" (Grüner). Transformando su problema (enojo) privado en trauma socialmente indignante, a través de convertir en vergüenza, en vergonzosa inactividad, lo que la memoria oficial conmina a enculpamientos individualizables, discretos.
En su derrotero, Prividera visita distintas dependencias de organizaciones dedicadas a recopilar información sobre detenciones realizadas durante la última dictadura, en paralelo a encuentros con compañeros de su madre, ex militantes montoneros. Lo que halla, primero con enojo, con indignación luego, es por un lado desidia técnico-burocrática, y por otro abrazos de efusividad culpógena.
Dice Zygmunt Bauman que "cada técnica por separado puede asegurar su inocencia, y sentirse con derecho de reclamar inocencia moral" Y lo que intenta restituir Prividera, y aquí aquella comunidad anhelada de Faulkner, es la trama en la que las prácticas, los discursos se incluyen. Lo que intenta poner en relación Prividera es el hacer técnico ("inocente") con el hacer político (responsable), el acto individual con el colectivo, el enojo con la indignación. Repolitizar prácticas despolitizadas por la instrumentalidad técnica. "Avergonzando" (públicamente), y no "culpando" (individualizando) a quienes no sólo trabajan en dichos organismos, y con ellos, las instituciones estatales todas, sino a los ex compañeros de su madre, hurgando, inquiriendo por las decisiones tomadas, los supuestos infantilismos e ingenuidades, en definitiva, las responsabilidades directas de sus actos, de su decir.
Y la nostálgica alusión a "nombres" que vuelvan a "poblarlo" se torna eminentemente política, pugnando por volver a entramar socialmente los individualizados fragmentos de una memoria oficial disgregada.
| Sebastián Russo |
Universidad de Buenos Aires
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