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| VOLUMEN 4 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1993 |
Democratización en América Latina (I)
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El nacionalismo católico, el fascismo y la
inmigración en la Argentina (1927-1943):
una aproximación teórica
MARIO C. NASCIMBENE - MAURICIO ISAAC NEUMAN
CONICET - Buenos Aires
Trataremos en este artículo de analizar el nacionalismo católico argentino,
llamado por otros autores "nacionalismo restaurador" (C. Buchrucker) o
"nacionalismo de élite" (M.I. Barbero, F. Devoto), entre 1927 y 1943, fechas
que adoptamos sólo como hitos aproximados. Lo denominamos nacionalismo
católico porque la matriz de su pensamiento procede fundamentalmente de las
doctrinas sociales y políticas del catolicismo y porque su acción se desarrolló
generalmente contando con la aprobación de la Iglesia. Es útil aclarar, además,
que a la sazón, un 50% de la clerecía secular en la ciudad de Buenos Aires era
de origen extranjero, con predominio de los sacerdotes españoles e italianos1,
entre los cuales había una alta proporción de filofranquistas y filofascistas
respectivamente.
También trataremos de establecer en qué medida dicho movimiento fue
realmente fascista. Para ello hemos creído necesario exponer, a grandes rasgos,
cuál era la situación social y política en las décadas inmediatamente anteriores
al surgimiento del nacionalismo católico en la Argentina.
Señalemos, por otra parte, que los acontecimientos nacionales aquí
estudiados, tales como el nacionalismo, las estrategias autoritarias de las clases
altas - ante la emergencia de la sociedad de masas -, el antisemitismo
moderno, y otros tantos temas fueron un reflejo local de procesos extendidos
en occidente, y no solamente fenómenos típicamente argentinos.
Aspectos metodológicos
Cabe señalar que en este trabajo hemos empleado la palabra fenomenología
en el sentido preconizado por el filósofo judío-alemán Edmundo HÜsserl, para
quien, a través de la reducción fenomenológica se alcanzan las esencias - el
eidos - de la realidad experiencial. Aplicado a la historia, el método
fenomenológico la reduce a sus elementos esenciales, despojando al acontecer
de lo meramente accidental y anecdótico.
No se usa pues, en este artículo, el término fenomenología en el sentido de
descripción de fenómenos, aunque a ésta se la conciba, de acuerdo a Ernst
Nolte2, como un análisis comprensivo de ciertas estructuras sociales, dotadas
constitutivamente de una ideología, y cuya influencia condiciona una época,
tales como, por ejemplo, la Iglesia católica, los movimientos y regímenes
fascistas y comunistas, y otros.
En cuanto a la denominación empleada por Christian Buchrucker para
designar al nacionalismo católico, nos parece poco relevante, pues lo
caracteriza con el adjetivo "restaurador", que, por su generalidad, da una idea
poco precisa de los objetivos esenciales a que apuntaba dicha "restauración".
Tampoco estamos de acuerdo con la definición sintética o con el esquema de
análisis del fascismo que expone el precitado autor3, pues si bien ambos, por lo
general, contienen ítems significativos, a nuestro juicio, éstos se hallan poco
jerarquizados e integrados. A este respecto, creemos que la integración y
jerarquización de los elementos que componen el devenir histórico sólo pueden
realizarse adecuadamente cuando se refiere cada aspecto particular a las
grandes concepciones del mundo en juego en la época que se analiza: es decir,
en nuestro caso, el liberalismo, el marxismo, el fascismo, el judaísmo, el
catolicismo y otras de igual envergadura.
Desde luego, estas visiones del mundo tienen, como asiento existencial, los
diversos grupos e instituciones que componen la sociedad (nacional e
internacional); estructuras a través de las cuales no sólo se diferencian y
evolucionan sino, además, influyendo unas con las otras, generan nuevas
concepciones más o menos híbridas. Estas últimas, enlazadas con las
concepciones madres, constituyen el vasto, complejo y cambiante mundo del
espíritu.
Discrepamos, una vez más, con C. Buchrucker, quien sostiene que los
nacionalistas católicos eran fascistas4. Como creemos haber demostrado en
otro lugar de este artículo, en definitiva, aun los nacionalistas más exaltados y
revolucionarios querían restablecer el antiguo orden conservador.
En cuanto a las denominaciones derecha autoritaria y derecha radicalizada,
en los inicios de esta investigación nos hemos inspirado en las categorías
utilizadas por Stanley G. Payne y en los análisis hechos por George L. Mosse y
Renso de Felice5. Mas como se trata de categorizaciones elaboradas para el
caso europeo, para su adecuada aplicación a la Argentina hemos debido
reformularlas y, en el caso de la derecha autoritaria, proceder a subdividirla en
categorías más fieles a la realidad local.
El concepto de fascismo que emplearemos ha sido extraído principalmente
de los trabajos de R. De Felice, George L. Mosse, y, en menor grado, de Zeev
Sternhall (et alter)5b.
Política y sociedad en el nacimiento del nacionalismo conservador
El aluvión inmigratorio despertó, a principios del siglo XX y
preferentemente en los círculos más conspicuos del país, no ya la esporádica y
poco coherente xenofobia del período precedente, sino actitudes y conductas
de rechazo al extranjero mucho más sistemáticas y constantes, de las que
quedaban excluidas sólo pocas comunidades foráneas. Quizá el único caso de
una colectividad extranjera recibida con gran beneplácito e incorporada al
seno del patriciado argentino fue el de la católica irlandesa. El hecho de que
hablara inglés, y la poca información que se poseía localmente acerca de las
profundas diferencias que separaban la desarrollada Inglaterra de la pobre
Irlanda, hicieron que los hijos de ésta fuesen tomados por británicos*,
despertando así la misma admiración que sentía la élite por estos últimos6.
Desde los albores de la nacionalidad argentina, el comercio con los ingleses y
franceses brindó al patriciado local el principal marco de referencia en lo social
y cultural y, a través de la transmisión de las ideas nacidas de la Revolución
Inglesa y Francesa, los primeros gérmenes de la actitud de rebeldía de los
criollos ante las concepciones hispánico-absolutistas.
El nacionalismo conservador emerge en las clases altas como una reacción
ante actos injuriosos y agresivos de diversa índole. Más allá de los atentados
físicos (si bien a menudo perpetrados por anarquistas, casi siempre europeos y
no católicos), los inmigrantes no católicos adhieren más a ideales anarquistas,
socialistas o marxistas, es decir sistemas ideológicos igualitarios y anticlasistas,
generándose, de esta manera, transgresiones y cuestionamientos a la élite, y a
los nuevos grupos sociales inmigratorios que habían ascendido socialmente por
el enriquecimiento o el éxito profesional y que, por lo general, se mantenían
fieles al catolicismo.
Este malestar va aumentando en tanto el sector más lúcido de la dirigencia
percibe que sus posiciones y sus prerrogativas dentro del status quo se
debilitan, desde el momento en que aparecen nuevos centros de poder y nuevas
ideas que se hallan fuera de su control. Una consecuencia importante de esto
será el impulso a reconquistar, a "restaurar" todo aquello que se siente que se
está perdiendo y que, a ojos de algunos, parece ser, sobretodo después de 1916
(el año de la elección de Yrigoyen), un vaticinio de crisis irreparables, e incluso
catastróficas, para el orden establecido.
Frente a la inmigración, la sociedad que se apoya en la tradición, cuyos
orígenes se remontan a la colonia, siente que ha perdido vigencia universal y
que su misma representatividad nacional está en juego. Pero, antes de
desarrollar debidamente esta temática, conviene detenerse un poco en las
características de las clases dirigentes argentinas en la época en cuestión. Es
oportuno recordar aquí que el Virreinato del Río de la Plata no contó con una
verdadera aristocracia española, como los del Perú y México. La sociedad, si
bien de origen hispánico, tuvo ciertos rasgos igualitarios, como señalara B.
Mitre, entre otros, y tal cual lo revela la iconografía de la época, por ejemplo,
la serie de personalidades conspicuas pintadas por Prilidiano Pueyrredón.
Facilitaba este relativo igualitarismo la circunstancia que, entre los criollos,
las fortunas mayores no eran tan cuantiosas como ocurrió, en cambio, después
de 1880 y la Conquista del Desierto, cuando las familias argentinas más
pudientes se enriquecieron hasta niveles comparables con los de los más
importantes potentados a escala mundial, volviéndose prácticamente
inalcanzables, en lo económico, tanto para la mayoría de las familias criollas,
aun las de alcurnia, como para los inmigrantes que se iniciaban desde abajo.
La élite se estructuraba sociológicamente sobre fuertes ligazones y contactos
personales. Es decir, todos se conocían, poseían intereses comunes, y se regían
por una cultura del honor. Entre las más notorias expresiones de esta situación
figuraban, por un lado, una serie de instituciones (clubes, sociedades, gobierno,
etc.) y, por otro, una red de relaciones familiares, formadas por argentinos de
abolengo y descendientes de extranjeros exitosos, que ascendían socialmente
después de adquirir las formas adecuadas del lenguaje cifrado que poseen todas
las élites. En resumen, a fines del siglo XIX y principios del XX, se repetía,
aunque en escala mucho menor, el mismo fenómeno que se había registrado
durante la Colonia y a lo largo de casi todo el siglo XIX, al irse agregando a las
viejas familias del Virreinato apellidos como Belgrano, Castelli, Brown,
Caprile, Grondona, Milberg, Cárcano, Costa, Devoto, Caraffa y tantos otros.
De estos dos estratos habían surgido todos los prohombres que construyeron
la nación, a través de las luchas por la independencia, la unidad nacional y la
elaboración del orden jurídico y estatal vigentes. Mas, dada la escasez de
valores culturales originales, la esencia de la nacionalidad se depositó
fundamentalmente en los logros militares, políticos e institucionales que, junto
a la increíble prosperidad económica y a la envidiable posición internacional,
configuraban el perfil de la nueva gran Argentina.
La élite se sentía, con orgullo, la única creadora y depositaria de las páginas
de la historia argentina, y se autotitulaba clase dirigente7. El grueso del pueblo,
por lo general poco instruido y pobre, cuando no extranjero, debía permanecer
al margen de las grandes decisiones, hasta tanto - en una fecha que nunca se
precisaba con claridad - se hallara debidamente preparado y "nacionalizado",
por medio de la educación, del servicio militar y de otras actividades públicas,
como, por ejemplo, la participación en elecciones municipales. Es decir,
cuando, a juicio de la élite, estuviese en condiciones de asumir, real y
responsablemente, la soberanía nacional.
Ahora bien, consideradas todas las dimensiones del poder globalmente, esta
élite retendrá su hegemonía, incluso bajo los gobiernos radicales, hasta el
surgimiento del peronismo. Con todo, afectada por la falta de una verdadera
cohesión, de valores adecuados y de suficiente creatividad, su prematura
desintegración - sobre todo política - se precipitó a raíz de sus erróneos
manejos ante Perón. Recordemos aquí, simbólicamente, la quema del Jockey
Club, que fue algo así como la destrucción del Templo para este sector social.
Pero, aun en un período de sólida primacía, como fueron los años 20 y 30 de
este siglo, se percibían ya los inicios de una decadencia, que se evidenciaba, por
ejemplo, en la pérdida de poder económico de los grupos más pudientes, una
de cuyas secuelas, por otra parte, sería la aparición de un creciente número de
venidos a menos.
Este último fenómeno tiene precedentes relativamente lejanos, y causas más
o menos inmediatas8. Ejemplificaremos esto señalando sólo algunas de estas
últimas, en especial las más estrechamente vinculadas con el funcionamiento
interno de la élite: los grandes gastos suntuarios, la frecuentemente mala
explotación de los latifundios (propietarios ausentistas y administradores a
menudo poco honestos o incapaces), el elevado número de hijos, que
subdividía implacablemente las propiedades a través de las sucesiones, y otros
factores.
Si queremos encontrar explicaciones para lo anterior, quizá la principal fue
que este grupo social, elegante y poderoso, se sintió aristocrático y, salvo raras
excepciones, rechazó toda actividad profesional, industrial o comercial. Era un
baldón tener ancestros con mostrador de palo. Ser aristocrático consistía en
vivir desinteresándose de lo económico, a expensas de las rentas agropecuarias,
manejadas por administradores. Inversamente, no pocos extranjeros, o hijos
de los mismos, enriquecidos por medio de la industria y el comercio, se
transformaban en potenciales competidores de la clase alta.
Conviene destacar aquí el rol central que desempeñó en los procesos de
movilidad social la Iglesia, que actuó como uno de los principales puntos de
articulación entre los sectores sociales tradicionales, aun aquéllos en descenso,
y aquellos otros minoritarios, de origen inmigratorio, que, habiendo adquirido
importantes fortunas, pujaban por ascender socialmente9.
Las ideologías imperantes en Europa, como dijimos anteriormente,
repercuten en las ideas y orientaciones político-sociales del pueblo argentino.
El fascismo primero, y el nazismo después, influyeron en la estructura del
nacionalismo primigenio local, que entre 1880 y 1920 reunía en su seno a
católicos y liberales, a pesar de ser estos últimos laicos y a menudo
anticlericales y masones10.
La lucha contra el comunismo, que abrigan el fascismo y el nazismo,
encuentra, en el clero argentino, el motivo central de sus alianzas con todos los
grupos que, de alguna manera, simpatizan con estas ideologías totalitarias. La
Iglesia se transforma en la Argentina de esa época en el centro primordial de
esta lucha anticomunista que, en su forma más extrema, se expresará en el
nacionalismo católico.
Sociológicamente, y referido a la situación interna local, el sector no católico
del país también aportará su caudal al nacimiento del nacionalismo, a través
del desafío provocado por las presiones populares antes descritas, sobretodo
después del triunfo del populismo yrigoyenista en 1928.
Bajo el impacto de la inmigración, la sociedad tradicional se ve, entonces,
movilizada y cuestionada, no sólo en su rol de portadora exclusiva de las
esencias de la nacionalidad, y en su mismo poder económico, sino, además, por
la irrupción de toda suerte de nuevas modalidades, nuevos lenguajes, nuevas
pautas culturales, que son la expresión del nuevo orden social que emerge, en el
cual las masas - convertidas ahora en el factor dinámico de la historia11 -
buscan incesantemente su legitimación cultural y social, y una mayor
participación en el poder. Al espíritu jerárquico y aristocrizante de la clase alta,
se opone ahora un nuevo y tosco igualitarismo democrático, y un sentido de la
autoridad y de las jerarquías sociales más fundado en una meritocracia. Es
decir, que se apoya más en el buen desempeño de la función y en la capacidad,
que en las prerrogativas que confiere la tradición. Surge, igualmente, ante la
homogénea visión del mundo de la clase alta, un pluralismo cultural,
verdadero fermentario del cual saldrán los valores y las concepciones de la
Argentina moderna.
Los nuevos nacionalismos de derecha en los años 20 y 30: el nacionalismo
católico y la derecha autoritaria explícita
Hasta aquí nos hemos detenido en esbozar la situación social y política en
medio de las olas inmigratorias que dio nacimiento al primer nacionalismo de
la clase dirigente, hasta los comienzos de la década del 20. De esta reacción
patriótica tradicionalista surgirán dos nuevas formas, estrechamente
emparentadas, de nacionalismo conservador. En efecto, el nacionalismo de
derecha se presenta en la época en estudio como las dos laderas de una misma
montaña: el catolicismo. Eso sí, este último deja en el valle al nacionalismo no
católico, principalmente el que promoverá el radicalismo, representado, entre
otros, por Ricardo Rojas y, más tarde, también por el grupo FORJA, del cual
son figuras representativas A. Jauretche y R. Scalabrini Ortiz.
Por una de las laderas de dicha montaña, portando la cruz, desciende gran
parte de la derecha autoritaria explícita y, por la otra ladera, también portando
la cruz - y en este caso también la espada -, los nacionalistas católicos12. De
estas dos formas de nacionalismo, una - la derecha autoritaria explícita -
nunca se constituyó en una fuerza organizada y centralizada y jamás expuso, ni
siquiera como una simple corriente de opinión, sistemática y unitariamente, su
pensamiento.
Con todo, y a pesar de dichas limitaciones, por obra de órganos de difusión
tales como la gran prensa tradicional (La Nación, por ejemplo, y a causa, sin
duda, de su carácter liberal, es decir pluralista en lo cultural y político, el diario
conservador La Fronda, fundado en 1919, un año después del triunfo de
Yrigoyen, y dirigido por Francisco Uriburu, un hermano del general de igual
apellido), además de ciertas revistas católicas, entre las que descollaba Criterio,
fundada en 1928 y dirigida, en sus primeros tiempos, por Atilio dell'Oro Maini,
o bien editoriales como Difusión (y otras menores, en general también de
orientación católica), muchos integrantes de este tipo de derecha autoritaria -
figuras prestigiosas, por lo general, como veremos luego - tuvieron apreciable
influencia dentro del conservadurismo, del estado, del ejército y de la Iglesia.
Doctrinariamente, esta derecha autoritaria explícita se caracterizó por la
abierta y expresa adhesión a las ideas antiliberales y corporativistas de muchos
de sus integrantes, a menudo inspirados formalmente en el fascismo italiano,
pero más bien orientados por el modelo portugués de Antonio Oliveira
Salazar13, a lo cual es necesario, además, agregar su élitismo, hispanismo y
xenofobia. Esta última se manifestaba muchas veces expresa - e incluso
crudamente - ante los judíos, y más veladamente frente a los italianos, amén
de los árabes y armenios (apodados "turcos"): todos ellos, grupos étnicos que
gozaban de poco prestigio entre las élites tradicionales argentinas.
La derecha autoritaria explícita suele ser fundamentalmente reformista y
rechaza la revolución. Su propuesta de cambio incluye modificaciones legales,
culturales y políticas importantes. Pero, según ella, debe realizarse dentro de lo
posible, sin violentar formalmente el orden jurídico-constitucional vigente.
Entre los personajes más destacados de la derecha autoritaria explícita
citaremos, a modo de ejemplo, Manuel Gálvez (1882)14, Leopoldo Lugones
(1874), Matías G. Sánchez Sorondo (1880), Monseñor Gustavo J. Franceschi
(1882), Carlos Ibarguren (1877), Gustavo Martínez Zuviría (1883), Benjamín
Villafañe (1877), el general José F. Uriburu (1868) y, en muchos aspectos, el
economista y sociólogo Alejandro Bunge (1887), José Arce (1881) y el primer
Manuel A. Fresco (1888). Puesto que frecuentemente se afirma que Alejandro
Bunge fue un liberal conservador, y no pocas veces que Manuel A. Fresco
militó en el nacionalismo católico, creemos útil aportar pruebas que refutan
dichas calificaciones políticas.
Así, aunque Bunge, en su libro Una nueva Argentina15, declara su fe
democrática y constitucional (p. 492), no aclara, en ningún momento, si la
misma es de corte liberal. Numerosas pruebas, en cambio, hacen suponer que
este católico ortodoxo pertenecía a la derecha autoritaria explícita: de hecho,
élitista a ultranza (pp. 44-45, 56-60), cita como autoridad a Gustavo J.
Franceschi y ve como acertadas medidas tomadas por el mariscal Petain en
Francia en 1940 (pp. 22-3, 336, 472, 474 y 484). Por otro lado simpatiza,
aunque sin extenderse sobre este tema, con el corporativismo (pp. 23, 482) y,
receloso de la política de partidos y enemigo de la demagogia (pp. 474, 479),
ensalza el gobierno fuerte y la sociedad organizada, que desea ver animados
por un espíritu enérgico, recio y austeramente militar, como asimismo
cohesionados por el sentido del deber, del trabajo, de la disciplina y de la
jerarquía, no sólo de viejo cuño sino, además, de acuerdo al nuevo concepto (p.
477)16.
Si bien Bunge otorga gran valor al factor hombre (pp. 473-476), su
concepción del mismo no tiene (a veces explícitamente, pero en general si se lee
entre líneas) carácter liberal. En efecto, en su libro existen no pocos párrafos de
los que se infiere la prioridad de la nación, del estado y de la predestinada élite
tradicional por sobre la masa ciudadana (p. 477)17.
Los representantes de la derecha autoritaria explícita se diferencian de los
nacionalistas católicos pues:
a) no se identifican a sí mismos ni son vistos por la sociedad en general, o
por algún sector significativo de la misma, como un grupo bien delimitado y
específicamente orientado en lo ideológico.
b) Los miembros más conspicuos de este tipo de derecha son individuos
profesional y socialmente reconocidos e incluso renombrados, que ocupan
posiciones relevantes en instituciones de primera magnitud, como el estado, la
Iglesia, el ejército, el periodismo, el partido conservador, o bien en el campo de
la cultura oficial. Las principales figuras del nacionalismo católico, en cambio
y salvo raras excepciones, poseen escasa entidad social y cultural, y aun cuando
tienen cierta talla intelectual - como en el caso de Julio Irazusta o L.
Castellani - con frecuencia la mayor parte de su obra se proyecta y difunde a
través de publicaciones de poca circulación, limitado alcance, e incluso
discutido prestigio intelectual. Es decir, por medio de órganos a menudo de
vida breve y abiertamente militantes, y más bien marginales respecto del gran
mundo cultural local.
c) Generacionalmente, casi todos los componentes de esta derecha
autoritaria nacieron entre 1870 y 1890; es decir, se han formado en el clima de
ideas del 80, impregnado de liberalismo élitista, muy diferente del que rodeó a
los nacionalistas católicos, pertenecientes a la generación posterior, y en los
cuales, entre otros factores, la Gran Guerra (1914-18) y sus secuelas dejarán
una impronta constitutiva y determinante. Los hombres de la derecha
autoritaria explícita son, pues, hacia mediados de los años 20 de este siglo,
personas maduras y experimentadas, cuya edad ronda el medio siglo, frente a
los jóvenes nacionalistas católicos que, término medio, frisan en los treinta
años.
d) Considerando globalmente sus ideas, la derecha autoritaria explícita se
encuentra mucho más lejos de la derecha autoritaria implícita que los de los
nacionalistas católicos, con los cuales posee fuertes coincidencias en muchas de
sus concepciones políticas, sociales y culturales y con los que, a pesar de las
ocasionales críticas que les dirige, no infrecuentemente simpatiza, aun
brindándoles apoyo directamente en ciertas ocasiones18. A este respecto, es
sintomático el hecho que provengan de la derecha autoritaria explícita las
principales figuras reconocidas como "maestros" por la derecha radicalizada,
como ser, y en primera línea, Leopoldo Lugones y C. Ibarguren.
Sin embargo, esta derecha autoritaria no adhiere al nacionalismo católico
más allá de ciertos límites y, cuando lo hace manifiestamente, es con reservas.
Esto se debe a que las tácticas y el lenguaje, a menudo agresivamente
militantes, y las extremas simplificaciones en que, no infrecuentemente, caen
muchos grupos del sector nacionalista más extremo, no son gratas, ni
consideradas políticas por los hombres de la derecha autoritaria explícita.
Personalidades más maduras, flexibles y pragmáticas, fuertemente vinculados
al status quo, quieren evitar choques frontales con el mismo.
De este modo, si bien los nacionalistas católicos son vistos como un cuerpo
de choque, útil en situaciones límites, a la vez resultan irritantes o incluso
peligrosos por su extremismo, y por su predisposición a la acción violenta y
revolucionaria. En este sentido esta derecha se halla, por su legalismo y
pragmatismo, cerca de la derecha autoritaria implícita que, como ella, teme
muy fundadamente las consecuencias incontrolables de un desborde populista.
Así, más medida y matizada en sus objetivos y en su lenguaje, esta forma de
derecha prefirió por lo general bregar para que las reformas que perseguía se
introdujesen por los medios legales, explotando para ello, aun hollando su
verdadero espíritu, los rasgos autoritarios de la Carta Magna argentina y de la
legislación vigente. En este aspecto, pues, también se hallaba en una posición
análoga a la sostenida por la derecha autoritaria implícita.
e) Es muy visible, y además sintomático, que, dentro de las dos derechas
declaradamente antiliberales, el predominio corresponde a los católicos. Con
todo, esta primacía no es igualmente importante en ambas corrientes: es decir,
es absoluta en la derecha radicalizada, y relativa en la derecha autoritaria
explícita, la cual reconoce un ala minoritaria más o menos laica y anticlerical,
de la que son un claro ejemplo L. Lugones y B. Villafañe y, en menor grado,
Matías G. Sánchez Sorondo19, y en la cual es perceptible, junto a otros
elementos, tales como su condicionada adhesión (o incluso su rechazo) por
Rosas, un resabio de la tradición liberal-iluminista y cientificista del 80.
También en este sentido, este sector del conservadurismo antidemocrático
constituye una suerte de transición entre la derecha radicalizada y la derecha
autoritaria implícita. Por otro lado, no menos conectada con el liberalismo
fmisecular argentino, se halla su débil o, menos frecuente, su ausencia de
antisemitismo, tal como parece confirmar el caso de L. Lugones y, en cierto
modo, B. Villafañe20.
Volviendo ahora al otro nacionalismo, motivo central de este artículo, aquél
que denominamos anteriormente nacionalismo católico, cabe decir, una vez
más, que extrema al máximo las posiciones antiliberales, tornándolas rígidas,
combativas, revolucionarias y, no pocas veces, violentas. En el plano de las
ideas, este movimiento realiza un esfuerzo concertado para exponer explícita,
sistemática y unitariamente sus doctrinas21, a diferencia de la menos
estructurada derecha autoritaria explícita22.
Por otro lado, el nacionalismo católico está mucho más influido por los
movimientos autoritarios europeos de derecha más extremos, en especial por la
Action Franjaise y, además, por el fascismo. Exhibe, a su vez, un virulento
antisemitismo, no fundado en argumentos racistas, sino culturales, religiosos y
pol1ticos23. Por todo ello, a este nacionalismo lo hemos denominado también
derecha radicalizada24.
Pero antes de continuar con el análisis de este movimiento, es importante
señalar que los dos nacionalismos argentinos que estamos estudiando ven
como semejantes los modelos que los inspiran, es decir, la derecha autoritaria y
la derecha radicalizada del Viejo Mundo, a los que, no pocas veces, confunden
con el fascismo, sin percibir claramente los rasgos peculiares de este último.
Para ellos, el fascismo significa, sobretodo, orden, jerarquía, disciplina y, en
muchos aspectos, también tradición, que se oponen a la anarquía liberal, en
tanto eleva una valla segura ante el avance de los movimientos de izquierda, en
especial del comunismo25.
Ideológicamente, la derecha radicalizada se nutrió especialmente del
pensamiento más extremadamente conservador, dentro del cual tenía especial
relevancia la inspiración católico-tradicionalista. Así, este movimiento hacía
suyas, debidamente adecuadas a sus fines, antiguas reflexiones políticas y
sociales, de origen griego y romano. En este sentido, las fuentes principales
solían ser autores que habían reflexionado largamente sobre temas políticos y
sociales, tales como Aristóteles y Cicerón, o bien historiadores de la ciudad
imperial, como, por ejemplo, Tito Livio y Salustio.
A estas lejanas raíces se añadían, en primer término, las interpretaciones que
de las mismas hacían, incorporando a ellas las concepciones católicas, San
Agustín y, en especial, Santo Tomás, a las que se sumaban los aportes
originales de estos dos doctores de la Iglesia. Luego venían las contribuciones
hechas por el pensamiento contrarrevolucionario católico del siglo XIX, en
especial J. de Maistre, L.G. Bonald, D. Cortés y J. Balmes, pertenecientes
todos al mundo latino y, dentro del orbe anglosajón, E. Burke.
Más cerca de la época actual, la derecha radicalizada abrevaba en los
principales autores hispano-católicos: M. Menéndez y Pelayo, Vázquez de
Mella y Ramiro de Maeztu. En el ámbito inglés, entre los autores más citados
figuraban los católicos G.K. Chesterton, H. Belloc y, entre ciertos
nacionalistas, el filósofo G. Santayana. La influencia francesa ocupaba, sin
embargo, un lugar privilegiado por virtud de la obra de los intelectuales de la
Action Fran~aise, en especial Charles Maurras. También fue significativa la
incidencia intelectual de filósofos de la historia como H. Berdiaeff, O. Spengler
y J. Ortega y Gasset, todos ellos élitistas.
Sobre esta urdimbre encuentra su lugar, sincréticamente, el pensamiento de
Mussolini, el cual es interpretado a menudo fuera de contexto. Ello no debe
sorprender puesto que, más que los verdaderos fundamentos teóricos y
prácticos del fascismo, que nunca captaron en profundidad, los nacionalistas
católicos admiraban a su Conductor. Es decir, su habilidad y pragmatismo
para instaurar un estado fuerte, jerárquico, disciplinado y "responsable", y
para someter - dándoles una participación formal - a las masas, además de
su talento para destruir a sus adversarios. Razones todas por las cuales era
frecuentemente calificado como el "mayor genio político del siglo".
Como ya hemos señalado, el nacionalismo católico no siente mayor respeto
por la Constitución Nacional y aun aquéllos un poco mejor predispuestos
hacia la Carta Magna quieren reinterpretarla a la luz de principios
antiliberales26. De allí que la actitud predominante en esta corriente sea la
revolucionaria, aunque varíe de un subgrupo a otro la forma en que se desea
llevar a cabo la profunda transformación de la sociedad que pretenden realizar.
Pero su revolucionarismo no debe encautarnos: se trata de introducir reformas
drásticas para afianzar el status quo y mejorar la propia situación dentro de él.
Sociológicamente, la derecha radicalizada se apoya en un agrupamiento
humano de menor nivel social y económico, y más heterogéneo que el que sirve
de base a la derecha autoritaria implícita y explícita, circunstancia que oficia
como factor disgregador y cuyas consecuencias se ven favorecidas, sin duda,
por la falta de un líder adecuado y una serie de divergencias ideológicas
internas, de las que hablaremos más adelante. De allí, pues, esa permanente
impotencia para constituirse en una organización única, limitación de la cual
son angustiosamente conscientes los nacionalistas.
La falta de homogeneidad grupal arriba señalada tenía como causa la disímil
naturaleza de los diversos subgrupos que integraban el nacionalismo católico.
Así, en primer término, encontramos a una parte de los venidos a menos, que
mencionamos antes, al hablar de la decadencia de la oligarquía en los años 20.
A éstos hay que agregar un cierto número de personas provenientes de familias
de prosapia, pero tradicionalmente de pocos recursos. Y, finalmente, un tercer
subgrupo, originado en las élites inmigratorias, pero que, como ya hemos
señalado, adhería a los valores élitistas de las clases más altas. De esta manera,
casi toda la dirigencia de esta derecha radicalizada aparece constituida por
intelectuales, profesores, profesionales, diplomáticos, funcionarios y
periodistas de niveles medios. En un lugar muy influyente, debe incluirse un
cierto número de sacerdotes católicos.
Es importante señalar que, una vez en el poder, esta élite nacionalista
pensaba reservarse las funciones ejecutivas y una suerte de planificación
política, cultural y social (y, en menor grado, económica). Asimismo, este
grupo tendría en sus manos los medios necesarios para la difusión de una
mística nacional que legitimaría a su propio grupo ante toda la nación y a la
vez serviría para "nacionalizar" y cohesionar a esta última. Para lograr estas
metas, los nacionalistas proponían una ideología verticalista que poseía las
características que ya hemos indicado.
Aunque sueña con aglutinar al pueblo, la derecha radicalizada, a sazón de
sus ideales élitistas y aristocratizantes, es impopular con la mayoría de la masa
de origen inmigratorio y criollo. Su fuerza estriba, primordialmente, en los
numerosos vínculos que posee con la clase alta, el ejército, la Iglesia, el estado,
los partidos conservadores y la derecha autoritaria explícita. Como
consecuencia de esto, difícilmente puede esperar un triunfo decisivo por medio
de las elecciones. La única forma de acceder al poder, como ya hemos dicho,
vendría a ser a través de la revolución.
Pero la revolución, para un grupo intrínsecamente débil, sólo es posible a
través del ejército. Será, pues, a las puertas de éste que golpeará un sector
importante de esta corriente ideológica. Por lo demás, sólo de las fuerzas
armadas podía surgir un jefe tradicionalista que, de acuerdo a los criterios
nacionalistas, fuera el dirigente ideal.
Las filas del Ejército Argentino contaban, por aquel entonces, con
numerosos oficiales hijos de inmigrantes, fogosamente educados en los ideales
nacionalistas de la gesta revolucionaria de 1810 y de la organización nacional.
Fue entre estos hombres de armas que la derecha radicalizada encontró no
pocas veces el eco que larvadamente buscaba. Se formó, así, un sector militar
que, no siendo de origen tradicional, la miraba también con buenos ojos.
Sin embargo, no queremos con esto aludir a la totalidad de las Fuerzas
Armadas, ya que muchos de sus oficiales respondían a la versión democrática
de la historia patria sostenida por un partido político muy vinculado con los
inmigrantes y sus descendientes. Nos referimos a la Unión Cívica Radical.
La derecha radicalizada buscaba en un militar de alta gradación al jefe que
ofreciera la imagen de poder, fuerza y prestigio adecuada para imponer el
orden nacionalista al resto de la población del país. La tradición colonial y de
las gestas de la independencia tenía su refugio más prístino en el Norte
argentino: Salta, Tucumán y Córdoba, que constituían, por la forma de
concebir la vida, una verdadera fuente nutricia para los grupos sociales
dominantes, la mayoría de origen hispánico. Dé allí surgieron casi todos los
primeros nacionalistas que esgrimieron actitudes reivindicatorias frente a la
atomización social y cultural introducida por la inmigración, de la cual Buenos
Aires, cosmópolis portuaria, era el paradigma.
Figuras destacadas de esta primera y heterogénea avanzada nacionalista, que
más tarde iría definiendo y diferenciando su ideario a lo largo de la década del
20 y del 30, fueron los provincianos R. Rojas, L. Lugones, Angel Guido, B.
Villafañe, M. Gálvez y M. Carlés, entre otros. Con el correr de los años, la
mayoría de estas figuras pasaron a militar en las filas de la derecha autoritaria
explícita.
Por otro lado, el Colegio Militar, creado por Sarmiento en 1870, incluirá en
sus primeras camadas oficiales de origen italiano, como quien sería luego el
teniente general Pablo Riccheri, futuro organizador del ejército moderno
argentino, que era hijo de un garibaldino. Recordemos también aquí que el
Círculo Militar fue creado en 1881 por un general de origen italiano, Nicolás
Lavalle, que además se desempeñó como su primer presidente. Dicha
institución, por otra parte, tuvo en esa época como prosecretario a otro
peninsular, el por aquel entonces teniente coronel Daniel Cerri. Todos estos
personajes despertaban la suspicacia de muchos de los oficiales de origen
tradicional argentino, que veían peligrar el legado iberoamericano nacional27.
En las décadas subsiguientes, este sentimiento de amenaza se vería
incrementado, como ya hemos señalado, por el asentamiento en el litoral de
grandes masas de europeos. La sensación de peligro aumentaría aún más
durante el populismo yrigoyenista, que, habiendo logrado. captar a una gran
parte de los inmigrantes y sus hijos, es decir, de los gringos, salió a la liza
agitando banderas igualitarias y democráticas.
El general José Félix Uriburu (1868-1932) era un oficial nacionalista que
encarnaba idealmente todos los atributos del jefe o caudillo tradicional
argentino: rancio abolengo, carácter hispánico, prestigio militar, ortodoxia
católica. Todo esto comportaba ser heredero y custodio de las gloriosas gestas
conformadoras de la nacionalidad. Así nos lo pinta C. Ibarguren, quien, luego
de señalar que Uriburu era biznieto del general Arenales, compañero dilecto de
San Martín y nieto del Coronel Evaristo de Uriburu, oficial de Belgrano,
añade, con la evidente intención de presentar un arquetipo "...la sinceridad
espontánea, el fervor patriótico, la nobleza caballeresca, el absoluto desinterés,
el concepto hispánico del honor, la vida consagrada religiosamente al ejército,
el apego a la disciplina, el respeto por las legítimas jerarquías y su empeño en
conservarlas, su horror a la anarquía demagógica (...) su afán por imponer y
mantener el orden en todas las esferas sociales al amparo de un gobierno
vigoroso y representativo"28. En términos muy semejantes lo describirán
también otros miembros del nacionalismo católico o de la derecha autoritaria,
que, por lo general, veían en él un verdadero modelo en lo social y cultura129.
Concebido fenomenológicamente30, el concepto de nacionalismo católico
argentino muestra, pues, por un lado, una actitud exacerbada de defensa de la
nacionalidad, amenazada en sus esencias tradicionalistas por el ascenso de las
masas inmigratorias y las traiciones y veleidades de la oligarquía. Pero, por
otro lado, es también una reacción emocional profunda, vinculada con el
sentimiento religioso católico. Con esto no pretendemos sugerir que este
nacionalismo incluyera en sus programas y actividades partidarias prácticas
religiosas, ni que sus adherentes fueran siempre católicos ortodoxos, sino
aludimos a la estructura del pensamiento político-sociológico-cultural de este
movimiento, derivada, en lo fundamental, de la visión del mundo y de la
doctrina social de la Iglesia católica.
Con respecto a la Iglesia, advertimos que en modo alguno enjuiciamos sus
dogmas, sino que aludimos a su política y a su estructura jerárquica. Cabe
aclarar que si bien la Iglesia como institución posee una doctrina social y una
política definidas, ante los hechos concretos se manifiesta pragmáticamente.
De este modo, frente a las distintas orientaciones político-ideológicas y
actuando a través de distintos grupos, movimientos, o bien personalidades
destacadas, juega un papel distinto en cada caso: por ejemplo, las trayectorias
de Monseñor Miguel de Andrea (vinculado con grupos conservador-liberales y
respetado incluso por ciertos socialistas), de Monseñor G.J. Franceschi
(primero simpatizante de los grupos nacionalistas y, luego de la Segunda
Guerra Mundial, decidido demócrata cristiano), y de los padres Julio
Meinvielle, Leonardo Castellani y Alberto Molas Terán, acérrimos
nacionalistas católicos.
Mas será especialmente dentro del nacionalismo católico, y de un importante
sector de la derecha autoritaria explícita, donde la Iglesia ejercerá una real y
fuerte influencia, muy visible y manifiesta en la primera corriente, en el período
que va desde mediados de los años 20 hasta los inicios del peronismo.
Repercusión por cierto inevitable por cuanto, a pesar de su carácter
fuertemente tradicionalista y pro status quo, la Iglesia no contaba con
compromisos profundos en ninguno de los grupos políticos conservadores más
importantes, es decir aquéllos que hemos designado como derecha autoritaria
implícita, la mayoría de cuyos integrantes eran liberales y laicos, cuando no
anticlericales.
A diferencia de los nacionalismos previamente analizados, el fascismo es una
exacerbación del sentimiento nacional, basado en una mística populista, de
carácter profundamente laico, es decir, ni católico, ni cristiano, que se apoya
social y culturalmente en los ex-combatientes y en las clases medias (sobretodo
emergentes) y que, liderado por un Conductor-demiurgo, moviliza y convoca
las masas sin distinción de clases. Este "Jefe" enciende rugiendo los
sentimientos de las mismas y propone un "nuevo orden" para toda la nación,
que en muchos aspectos esenciales difiere del ordenamiento tradicional.
Es evidente que, de esta última caracterización, surgen, en sus grandes líneas,
las discrepancias abismales que existen entre las derechas antes descritas y el
fascismo. Y, por consiguiente, las diferencias entre este último y el
nacionalismo católico argentino.
Con todo, el tema requiere un análisis más detenido, que trataremos de
exponer en lo que resta de este artículo. Omitiremos, por razones de espacio,
los aspectos teóricos, recurriendo, en cambio, a una serie de pruebas
documentales31. No obstante, antes de efectuar esta tarea, conviene
caracterizar con más detalle el nacionalismo católico, sus diversas
orientaciones ideológicas, así como algunas de las principales figuras de la
derecha radicalizada.
Una caracterización del nacionalismo católico y la inmigración
En el terreno práctico, los nacionalistas católicos podían discrepar
sustancialmente. Por ejemplo, en la forma en que concebían la anhelada
revolución restauradora y la acción política partidaria. Pero en lo ideológico,
las distintas agrupaciones de dicha corriente prácticamente coincidían en
cuanto a las doctrinas fundamentales.
Las diferencias eran quizás más claramente perceptibles en los análisis de la
realidad que efectuaban los nacionalistas, en los que a veces prevalecía la patria
sobre la Iglesia y en otras la Iglesia sobre la patria. También diferían en cuanto
al modelo fascista. Es decir, el grado y la función con los cuales éste debía
intervenir en la elaboración del nuevo orden criollo.
Se podría, a partir de estas diferencias, y de otras que aquí omitimos,
elaborar una serie de categoría de análisis, tarea que desarrollaremos en un
próximo estudio que se halla en preparación. Aquí sólo nos detendremos en
exponer dos subcorrientes, que consideramos entre las más significativas,
dentro de la derecha radicalizada.
En primer lugar, se encontraban aquéllos que denominaremos nacionalistas
católicos ortodoxos, quienes reducían la esencia de la nación al catolicismo
romano. De acuerdo con esta concepción, sacerdotes como Julio Meinvielle
(1905)32, Leonardo Castellani (1899), Juan R. Sepich (1906) en su primera
etapa, Alberto Molas Terán (muerto en 1942), o bien laicos como José M. de
Estrada (1915), A. Ezcurra Medrano, César E. Pico (1895) y, en cierto modo y
en su primera etapa, Nimio de Anquin (1896), produjeron dentro de la derecha
radicalizada el conjunto de doctrinas que pretendían estar más fundamentadas
filosófica y teológicamente. Dentro de las mismas solían ocupar un rol central
el pensamiento aristotélico-tomista y las doctrinas de la Iglesia (por ejemplo su
doctrina social), a las cuales eran frecuentemente referidas las aportaciones de
otros teóricos del nacionalismo moderno y del pensamiento católico
contrarrevolucionario, a los que ya hemos aludido más arriba.
Para este grupo, sólo una regeneración religiosa y moral, ortodoxamente
católica, podía restaurar, en la Argentina, el auténtico sentido y cohesión
nacionales, sin cuya consolidación nunca lograría el país su destino de
grandeza. Lográndolo, la Argentina asumiría el primado político y cultural en
Latinoamérica, al cual aspiraban los nacionalistas en general como una suerte
de destino manifiesto.
Dicha regeneración debía priorizar, de acuerdo con la concepción clasista
católica, la formación de la inteligencia, muy especialmente la de las élites
dirigentes33. A fin de convalidar esta convicción, decían los nacionalistas que el
hombre medio, que conforma las masas, por lo general se desinteresa o mal
comprende los valores superiores del espíritu. Es decir, continuaban
afirmando, este hombre-masa busca primordialmente satisfacer tan sólo sus
necesidades afectivas y materiales primarias, y las de los suyos, tales como la
alimentación, la vivienda, y un trabajo digno y ciertas seguridades básicas ante
las desventuras inhabilitantes o la vejez. Era, pues, evidente que las actitudes
políticas y sociales del hombre medio lo hacían inepto, por su escasa
valoración de la cosa pública y su falta de espíritu comunitario, para
constituirse en la base de sustentación principal de la vida política, como
absurdamente pretendían - sostenía la derecha radicalizada - los partidarios
de la democracia liberal.
Esta convicción de que las masas eran incapaces de autogobernarse era
compartida por todos los nacionalistas, e incluso, aunque afirmase no pocas
veces todo lo contrario, por la derecha autoritaria implícita. Como se ve, todas
estas corrientes eran profundamente élitistas.
Este sector constituía, dentro del nacionalismo católico, su ala más rígida y
dogmática. Subordinaba toda acción política y toda interpretación de la
realidad histórica, sociológica, política y cultural a una serie de axiomas
filosóficos y teológicos inmutables34. Este grupo, coherente con sus ideas; fue
antipopulista y políticamente abstencionista. A pesar de ello, tentados por la
gran movilización masiva que suscitó el peronismo, algunos de sus integrantes
se presentaron en las elecciones de 1945 formando parte de la lista presentada
por la Alianza Libertadora Nacionalista, que incluía a Leonardo Castellani,
Bonifacío Lastra, Juan P. Olíver, Basilio Serrano y a Carlos y Federico
Ibarguren.
Por lo general, estos nacionalistas proponían la revolución a largo plazo, es
decir, a través de la educación. Las verdaderas transformaciones profundas,
para ellos, debían realizarse en el orden de los principios, en especial a través de
las actividades docentes y catequísticas.
Señalemos que el antisemitismo fue entre ellos el más elaborado dentro de la
derecha radicalizada. Los judíos sólo podían ser aceptados convertidos al
catolicismo. Quizá el más conspicuo representante de esta orientación
ideológica fue el presbítero Julio Meinvielle, quien sostenía que, en Occidente,
el judaísmo y el catolicismo eran, en definitiva, las dos principales fuerzas
históricas actuantes después de la Revolución Francesa.
En sus dos libros dedicados a este tema - El judío (1936) y Los tres pueblos
bíblicos en su lucha por la dominación del mundo (1937) - postulaba
Meinvielle que el cristianismo católico y el judaísmo se enfrentaban como
expresiones respectivamente del bien y del mal, de Cristo y el Diablo, del
espíritu celestial y el "espíritu carnalizado". Y reclamaba, de ser necesaria, la
intervención de la espada para restablecer el orden cristiano tradicional. Por
otro lado, señalaba, profundamente preocupado, el triunfo progresivo del
espíritu judío, del que habían nacido aquéllos que consideraba los principales
flagelos contemporáneos: a saber, entre otros, el liberalismo, el socialismo, el
comunismo, y el capitalismo especulativo. Con todo, el triunfo del fascismo en
Italia y de Franco en España - decía Meinvielle - permitían alentar fuertes
esperanzas de recuperación para el orden católico-tradicional.
La única solución, según Meinvielle - Castellani, entre otros, pensaba igual
cosa -, era la conversión de los judíos o, en su defecto, su reclusión en ghettos,
o algún otro tipo de segregación controlada por el estado. Proponían, además,
Meinvielle y Castellani, así como muchos otros nacionalistas, medidas para
evitar el ingreso de nuevos inmigrantes judíos al país.
Ahora bien, aunque estos nacionalistas concebían la esencia de la
nacionalidad como una expresión histórica - particularizada en el tiempo y el
espacio - del catolicismo, por otro lado, en su prédica diaria exaltaban, no
pocas veces y casi místicamente, la nación argentina. Es decir, su destino de
grandeza, sus singularidades, su independencia y su papel de abanderada de la
América Latina hispánica35.
Aunque contraria a sus exaltados pensamientos, con criterio pragmático, la
Iglesia los aceptaba porque, como ya hemos señalado, podían constituir
elementos útiles. Al mismo tiempo, tenía una clara conciencia pragmática de la
política internacional de los pueblos de Europa, donde a la sazón el orden de
los autoritarismos prevalecía sobre el catolicismo. El exaltado nacionalismo de
Hitler y Mussolini imaginó que sometía a la Iglesia, la cual, en el caso italiano
sobretodo, se presentaba sumisa, cuando no decididamente partidaria del
fascismo, tal como se puso en evidencia, por ejemplo, en los casos de la
bendición de armas durante la guerra de Etiopía (1935-36).
Dejando atrás a los nacionalistas ortodoxos, en segundo lugar se
encontraban los nacionalistas católicos que llamaremos secularizantes, en cuyo
seno se reunían aquéllos que habían sido más profundamente influidos por las
ideas de la Action Frangaise y de su principal adalid intelectual, Charles
Maurras. Dentro de este grupo deben ubicarse, en primer lugar, los hermanos
Rodolfo y Julio Irazusta (nacidos respectivamente en 1897 y 1899), Ernesto
Palacio (1900) y el "veleidoso" Juan E. Garulla (1888)36, así como otras figuras
entre las que mencionaremos a Bruno Jacovella y Raúl Guillermo Carrizo37.
También emparentados con esta orientación estaban hombres como Juan P.
Ramos (1880), Antonio H. Varela38 y Ramón Doll (1898)39.
Para esta tendencia, la esencia de la nacionalidad, en lo fundamental, no se
deducía de dogmas abstractos y atemporales, de corte filosófico y teológico,
sino del análisis racional de la tradición patria concreta. De esta manera,
inspirados muchos de ellos en el "positivismo organizador" de Charles
Maurras, sostenían que del estudio empírico de la historia - es decir,
apoyadas en fuentes documentales fidedignas - surgían, irrefutables, las
excelencias del ordenamiento social y político católico-tradicionalista.
Esta aseveración, afirmaban, era fácilmente comprobable, primero en la
Edad Media y luego bajo el Antiguo Régimen, el reinado de los Habsburgo en
España y, más cerca nuestro, en el Virreinato y durante el gobierno de Juan
Manuel de Rosas. En estas épocas, continuaban diciendo, el catolicismo
garantizaba la armonía y la solidaridad sociales y un máximo en materia de
bien común. Luego, con la inmigración, que trajo también ideas anarquistas y
marxistas, se había iniciado el proceso de disolución del espíritu de la Colonia.
El liberalismo, introducido sistemáticamente al país por el grupo rivadaviano,
y luego por la generación de 1837 (Sarmiento, Alberdi, Echeverría y otros) y,
finalmente, llevado plenamente a la práctica por la generación de 1880 - que
había sido el período de la desorganización nacional - era el demoníaco
progenitor del caos que disolvía la Argentina tradicional y no una solución
para el mismo, como creía, suicidamente, la derecha autoritaria implícita40.
Mas la revalorización que intentaban hacer los nacionalistas de la historia
argentina no atendía sólo a fines apologéticos, sino también a una meta
práctica. Es decir, buscaban, a través de su revisionismo, dotar su
interpretación del pasado de un fundamento que, según estimaban, a la vez
prestigiara también sus teorías sociales y políticas autoritarias.
De todos modos, la tarea historiográfica emprendida por este nacionalismo y
las tesis resultantes de la misma, a pesar de sus limitaciones metodológicas y la
manifiesta distorsión que introducían sus prejuicios ideológicos, sirvieron para
orientar y precisar nuevas interpretaciones, antes sólo esbozadas a grandes
rasgos, en especial por autores radicales y socialistas. Así, desde 1934, fecha de
la publicación del libro de los Irazusta, La Argentina y el imperialismo
británico, pasaron a primer plano, dentro del debate nacional, realidades como
la dependencia económica exterior del país.
En relación con la misma ocupaba un papel central, y a veces casi
demoníaco, Inglaterra, que, por añadidura, era vista por los nacionalistas
como uno de los principales bastiones del liberalismo,, del capitalismo, del
protestantismo, de la raza anglosajona y también, para muchos, del judaísmo.
Todos éstos eran los grandes enemigos del orbe católico y latino y, para
algunos nacionalistas, en especial del mundo hispánico: formaciones históricas
en las que anidaban las esencias de la civilización occidental.
El imperialismo capitalista inglés y sus efectos sobre el desarrollo argentino
fueron, pues, temas que obsesionaban a muchos nacionalistas y, a la vez, muy
frecuentemente, servían de explicación universal a la que éstos acudían para
dar cuenta de casi todas las desventuras, insuficiencias y corruptelas
nacionales. Paradójicamente, muchos de estos hombres, que no raramente se
atribuían una buena formación humanística y que exaltaban los valores del
espíritu, peligrosamente se acercaban, en definitiva, a una suerte de
reduccionismo económico, cuando de interpretar los males de la patria se
trataba.
De esta manera, desde mediados de los años 30, dieron nacimiento a
una corriente historiográfica - el revisionismo histórico (católico-
tradicionalista) - de la cual Julio Irazusta, E. Palacio y José María Rosa (h)
fueron, quizás, las figuras más representativas. Este enfoque del pasado
argentino tuvo, reinterpretado a veces desde otras perspectivas ideológicas,
larga trascendencia local, como ocurrió, por ejemplo, con las corrientes no
católicas, a saber el grupo radical FORJA y las izquierdas marxistas41.
A pesar de su predilección por los aspectos concretos e instrumentales de la
realidad, entre los que se incluía un atento seguimiento de su actualidad, la
especulación abstracta interesó también a estos nacionalistas católicos
secularizantes. En el plano teórico, sus preocupaciones principales se
dirigieron, entre otros temas, a ciertos aspectos del análisis económico de la
dependencia exterior nacional y, en un nivel de abstracción mayor, hacia la
política como disciplina científica.
La política era, para estos nacionalistas, la ciencia y el arte de optimizar el
bien común. Disciplina para ellos eminentemente intelectual y autónoma, cuyo
objeto y métodos de estudio caían dentro del orden natural, y que se debía regir
sólo por leyes propias y específicas. De allí, pues, que la política no debía
confundirse con aquellas otras ciencias que se ocupaban de las realidades
trascendentes, o sea, propias de la esfera sobrenatural, como la teología.
Pero la política no sólo era autónoma en el ámbito del conocimiento sino,
además, tenía prioridad en la acción práctica. No discutía este grupo
nacionalista la primacía de los principios espirituales en un orden general de
cosas, o en la vida personal, privada. Pero sí afirmaban que, ante la acción
inmediata y enérgica que exigían los profundos deterioros causados por el
liberalismo, y en especial por la - según ellos - inminente revolución
comunista mundial, era suicida confiar en soluciones predominantemente
espirituales. Estas, evidentemente lentas en su aplicación y con efectos a largo
plazo, eran inadecuadas para la época.
De allí que la revolución y el despotismo (enmascarado bajo la forma de
alguna dictadura constitucional), fueran elementos frecuentes en su ideario e
inspiraran, no raramente, su acción. Es decir, bajo un ropaje por lo general
secularizado y un lenguaje más actualizado y político, encontramos de nuevo la
espada y la cruz, a las cuales ya hemos hecho referencia al hablar de los
nacionalistas católicos en general: símbolos candentes, quizás aun más
ostensibles, en ciertos nacionalistas católicos ortodoxos42.
No fue, pues, incoherente que de estos nacionalistas secularizantes, siempre
pendientes de las oportunidades que les ofrecían las crisis políticas del país,
surgieran figuras con tendencias populistas, como E. Palacio y R. Doll, que
colaboraron, larga y consecuentemente, y en cargos relevantes, con el gobierno
peronista43.
También fue razonable que estos nacionalistas secularizantes, ávidos de
acción política, se sintieran impulsados, bajo el efecto de ciertas circunstancias
favorables, como las que se produjeron a principios de los años 40 y, más tarde,
en los prolegómenos del ascenso de Perón, a actuar como partido político. Tal
fue el caso, entre otros, de los hermanos Irazusta, que integraron en 1941 el
llamado Partido Libertador44.
Por otra parte, sin algún tipo de acción movilizadora de las masas, era
evidente que ni la soñada revolución podía contar con el apoyo popular, ni la
eventual actuación como partido político resultaría victoriosa. Era, pues, esta
necesidad de sustentarse en un consenso, suficientemente extendido en la
población, la que llevaba al nacionalismo católico a incluir en sus programas
postulaciones gratas a vastos sectores medios y bajos locales, tales como, por
ejemplo, la estabilidad y la carrera en base a méritos en el empleo público, que
se veía periódicamente diezmado por los avatares políticos. En un orden de
cosas más general, las propuestas nacionalistas apuntaban a la realización de
cierta concepción de la justicia social que abarcaba, entre otras cosas,
regulaciones salariales, sindicalización corporativa y una legislación de
previsión social y de asistencia a la niñez y a la ancianidad45.
Sin embargo, esta aparente apertura a los reclamos populares no debe llamar
a engaño. De hecho, más allá de las motivaciones humanitarias personales de
algunos nacionalistas, que no enjuiciamos, el propósito que impelía a la
mayoría era, además de la ya señalada necesidad de obtener cierto consenso
popular, el no menos importante objetivo de proveerse, a través de la erección
de organizaciones adecuadas y de una legislación específica, centradas ambas
en el gobierno, una eficaz herramienta de socialización y de control de las
masas. Estas estructuras les permitirían desplegar convenientemente su
dominio, a partir del estado fuerte, planificador, corporativo, paternalista y
tecnocrático que propugnaban.
Conviene detenernos un instante para analizar brevemente un ejemplo,
escogido entre tantos posibles, que muestra cómo, tras una política
aparentemente justiciera y humanitaria, se escondían también otras
intenciones que, en definitiva, menoscababan aspectos esenciales de la
verdadera dignidad humana.
Nos referimos a las políticas de protección a la natalidad y a la niñez - y en
general a toda la población - propuestas por los nacionalistas, las cuales, más
allá de ciertos efectos positivos inmediatos en el plano personal, no tendían a
fortalecer al individuo, sino, por sobre todas las cosas, al poder de la nación y
de su élite tradicional. Resultado éste que se obtenía por medio de la creación
de un mercado interno que garantizara el desarrollo de cierto tipo de
industrialización - que era indispensable para la autarquía económica y
política del país - y la creación de un ejército y una burocracia estatales
vigorosos. Para ello era decisivo contar con abundantes ciudadanos sanos que
proveyesen en número y calidad adecuados los brazos requeridos para el
desarrollo económico y las bayonetas que demandaba la defensa nacional. Es
decir, nos encontramos aquí con los objetivos habitualmente prioritarios en un
. estado fuertemente nacionalista, con aspiraciones expansionistas. Señalemos,
además, que este tipo de política poblacionista había sido elevada a categoría
de axioma político por ciertos movimientos nacionalistas radicalizados (como
la ANI en Italia) y los fascismos europeos46.
En cuanto al antisemitismo de este grupo, compuesto por los nacionalistas
secularizadores, resulta mucho menos elaborado que en la corriente anterior,
de' los ortodoxos. No encontramos aquí obras enteras dedicadas a esta
temática, como las de J. Meinvielle, ya citadas. De todas maneras, los judíos
aparecen con cierta frecuencia, asociados con la corrupción del sentido
nacional y de las costumbres (a través, por ejemplo, del cine, la radio, las
revistas, etc.), con la explotación usuraria y la acción expoliadora del
capitalismo internacional, en especial el financiero, y con los fenómenos
subversivos, vinculados todos con las ideas exóticas y extranjerizantes, dentro
de las cuales tenía especial relevancia el temido comunismo.
Pruebas adicionales de que el nacionalismo católico no fue una forma de
fascismo
De acuerdo a lo anticipado en las páginas anteriores, aportaremos aquí una
serie de pruebas documentales que muestran que los nacionalistas católicos no
eran cabalmente fascistas47. A través de los textos que transcribimos a
continuación, se capta claramente que los nacionalistas percibían al fascismo
como un medio idóneo para restaurar el orden cristiano tradicional, pero no se
identificaban sino parcialmente con él y su ideología, y solamente en la medida
en que dicho sistema totalitario pudiera ser subordinado al futuro status quo
católico que anhelaban.
Así, J. Meinvielle afirmaba, en 1932, que, con relación al fascismo, sólo es
posible "bajo el aspecto de la doctrina católica formular de él sino un juicio
severo y terminante, ya que es una aplicación a la política del panteísmo
hegeliano. Pero el fascismo puede considerarse también en su realización
concreta y, entonces, no es sino una reacción económico política contra el
demoliberalismo, que pueda llegar, no sólo a ser sano sino hasta católico, de
acuerdo al medio en que se desenvuelva"48.
Muy cercana a la posición de J. Meinvielle fue la que sostuvo en 1937 César
E. Pico, quien en una carta dirigida a Jacques Maritain, al defender la
violencia fascista frente a los comunistas, afirmaba: "En tal caso la violencia no
sólo está justificada sino también es necesaria y curativa. No tema Ud. que se
comprometa el porvenir porque dentro del orden restaurado - y aunque deje
todavía mucho que desear - se ejercerán con mayor eficacia los recursos
espirituales, los medios purificados que preparen el advenimiento de una nueva
cristianidad" (p. 33). Añadía luego Pico, que el desenvolvimiento del fascismo
daría nacimiento a una nueva cristiandad, tanto más fácilmente cuanto está
demostrado que "mejor que en las catacumbas la Iglesia se organizó e impuso
su sello civilizador después de Constantino" (p. 42)49.
Tres años más tarde, en 1940, Alejandro Ruiz Guiñazú, un nacionalista
católico más moderado que J. Meinvielle y César E. Pico, alegaría también que
"...el fascismo es, quizá la antecámera del nuevo Estado cristiano, no desde
luego por su carácter dictatorial, el culto de la fuerza y la subordinación total
de la persona al Estado, pero sí por su noción de la jerarquía, de la
responsabilidad y sobretodo por cuanto tiene de social"50.
Resulta claro que estos autores quieren imponer la religión a través de los
gobernantes, sin darse cuenta que la verdadera evangelización debe emerger de
las bases al estado.
También Manuel Gálvez, un novelista católico de la derecha autoritaria
explícita que durante el período que estudiamos se aproximó en muchos
aspectos a los nacionalistas católicos, decía, a mediados de los años 30,
demostrando así no captar la índole laica y anticristiana de la revolución
fascista: "...es por razones de orden moral, principalmente que un régimen
fascista - un régimen de hierro - no tardará en hacerse urgente (...) mucho
más necesaria aquí que en Europa" pues, excepto en algunos grupos católicos,
"materialismo, placer, vanidad, dinero, son los resortes que mueven a los
argentinos". Vicios nefastos que requerían una verdadera revolución espiritual
alcanzable únicamente "...mediante un régimen más o menos fascista..." Y,
agregaba Gálvez, demostrando aun mayor confusión acerca del carácter de los
neopaganismos autoritarios europeos: "...hace falta una mano de hierro, como
la de Mussolini, la de Hitler, como la de Dollfuss, que no solamente salve al
país del comunismo destructor y bárbaro sino también que salve a la familia
cristiana y a la moral", pues restaurar éstas dentro de la democracia era, para
nuestro escritor, imposible porque la misma "...transige con todo y no es
escuela de carácter". Añadía, además: "Ya está casi en todas las conciencias la
idea que no hay sino dos caminos, o Roma o Moscú". Era, pues, necesaria la
acción benéfica del fascismo con su mano "violenta, justiciera y salvadora"
(Este pueblo necesita, Buenos Aires, 1934, pp. 131-3).
Como vemos, el nacionalismo católico y la derecha autoritaria explícita son,
sin ambages, autoritarismos. Se regocijan en los autoritarismos populistas
fascistas y nazistas pero, a diferencia de ellos, desean imponerse a través de una
élite gubernamental-católica y, con metodología totalitaria, piensan enmendar
el orden nacional. Este es, quizás, el vínculo común que une el nacionalismo
católico, un sector importante de la derecha autoritaria explícita y los
populismos fascistas europeos.
Añadamos que la retórica fascista que empleaban a menudo muchos
nacionalistas católicos no engañaba a los líderes de los pocos grupos que,
según las pruebas de que disponemos, pueden considerarse como los más
auténticamente fascistas en el país. De este modo, H.V. Passalacqua Elirabe,
un dirigente del pequeño Partido Fascista Argentino, fundado en 1932, decía
en 1935 que los nacionalistas católicos51! "...buscaban prolongar situaciones de
privilegio y de casta (...) remontando su origen a los primeros núcleos de
cruzamiento indígena y que se atribuyen superioridades de derechos que no
existen bajo ningún punto de vista, pero que, en cambio, tienen la desventaja
de hacerles caer en declaraciones xenofóbicas" (p. 11). Luego, Passalacqua
Eligabe agregaba: "El primer manifiesto fascista al pueblo argentino, en junio
de 1932, definió claramente su situación frente a las organizaciones
'nacionalistas' Se ve en 61 la clara visión de la situación política y social y la
necesidad de formar un organismo completamente apartado de todo lo que
pudiera parecerle a las masas una reacción de `castas'o `abolengos'(p. 38). Más
adelante, añadía: "El Fascismo argentino es más que un simple movimiento
'nacionalista' porque no está hecho de sólo palabras patrióticas y no se duerme
en las glorias del pasado. Movimiento Imperialista en el sentido moral y
material, tiene que llegar - tarde o temprano - al corazón del pueblo" (p. 40).
Según H.V. Passalacqua Eligabe, el Partido Fascista Argentino "será la
Nación en un mañana próximo" (p. 40).
De la misma manera, el más importante medio de difusión masiva fascista
local, particularmente influyente en la colectividad italiana, el diario Il Mattino
d'Italia, tampoco opinaba que los nacionalistas católicos eran fascistas. En
efecto, el 8 de enero de 1937 dicha publicación señalaba que no había conexión
alguna entre el fascismo, "un movimiento socialmente revolucionario" y el
nacionalismo de Bandera Argentina, un periódico nacionalista, dirigido por
Emiliano J. Carulla, "que es una aspiración política de naturaleza puramente
patriótica". Esta comparación naturalmente provocó la reacción de J.E.
Carulla, quien contestaría al diario italiano local afirmando que el golpe de
Uriburu era el equivalente argentino de la marcha sobre Roma de Mussolini52,
cosa que parecería absurda a a los fascistas argentinos53.
A través de todo lo expresado se ve claramente cuál fue la concepción que
tuvieron los nacionalistas católicos del fascismo italiano y los límites de la
adhesión que esta forma de totalitarismo suscitaba en ellos, basada, como se ha
visto, en una serie de apreciaciones erróneas.
Señalemos, por último, que este nacionalismo creía oportuno imponer un
orden, suponiendo que el orden crea la vida, sin percibir que es la vida la que
crea el orden. La inmigración tendrá que consubstanciarse con la cultura
criolla para crear el orden adecuado a sus exigencias de gobierno, el cual, a fin
de ser creativo en el pluralismo, deberá, en su esencia y en sus formas, ser
republicano y democrático.
NOTAS
Tanto más interesante por cuanto la inmigración irlandesa generalmente estaba constituida por
modestos trabajadores, o pequeños arrendatarios rurales, cuyos primeros contingentes se
vieron obligados a partir a raíz de las hambrunas producidas por la pérdida de la cosecha de la
papa (1840-1850).

Cf. Avellá Cháfer, Francisco, Diccionario biográfico del clero secular de Buenos Aires (1580-
1950), 2. vol., Buenos Aires, 1983 y 1985 (ver prefacio 2do. tomo). Esta proporción podía
elevarse a valores más altos en congregaciones y órdenes de origen español e italiano.

Ernst Nolte, I tre volti del fascismo, (edic. italiana, 1974), p. 51. C. Buchrucker adhiere a las
concepciones de este destacado historiador alemán contemporáneo.

Christian Buchrucker, Nacionalismo y peronismo. La Argentina en la crisis ideológica
mundial (1927-1955), Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1987, pp. 18-24. En cuanto a
María Inés Barbero y Fernando Devoto, autores que hemos citado antes, su libro se intitula
Los nacionalistas (1910-1932), CEAL, Buenos Aires, 1983.

Op. cit., p. 233.

Stanley G. Payne, El fascismo, Alianza, Madrid, 1982, pp. 21-28. Ver también nota siguiente.

5b. Ver, entre otros, Stanley G. Payne, op. cit.; Renzo de Felice, Entrevista sobre el fascismo,
Sudamericana, Buenos Aires, 1979, y del mismo, El fascismo. Sus interpretaciones, Paidós,
Bs. As., 1976; George L. Mosse, Intervista sul nazismo, Laterza, Roma - Bar¡, 1977; del
mismo autor, L úomo e le masse nelle ideologie nazionaliste, Laterza, 1982; Zeev Sternhall,
Mario Sznajder y Maia Asheri, Naissance de l ideologie fasciste, A. Fayard, París, 1989.

Con todo su éxito social, por las razones ya dadas y por otras de carácter económico, fue
total. Nombres como Casey, Duggan, Gaham, Garraham, Ham y Murphy se encontraban
entre los fundadores del Jockey Club (1882), junto a los Alvear, Ortiz Basualdo y Ramos
Mejía. Cf. Juan Carlos Koroll e Hilda Sábato, Cómo fue la inmigración irlandesa en la
Argentina, Plus Ultra, Buenos Aires, 1981.

Falta en rigor un estudio integral de la clase alta tradicional argentina. Algunos trabajos
valiosos sobre ella son: Thomas F. McGann, Argentina, Estados Unidos y el sistema
interamericano (1880-1914), EUDEBA, Buenos Aires, 1960, pp. 38-105 (edición original en
inglés, Massachusetts, 1957); Las alianzas de familias y la formación del país en América
Latina, F.C.E., México, 1990 (edición original en inglés, 1984; ver sobretodo pp. 180-251 de
la versión española); Jorge F. Sábato, La clase dominante en la Argentina moderna.
Formación y características, CISEA, Grupo Edit. Latinoamericano, Buenos Aires, 1988 (ver
la 3a. parte, pp. 149-175, y el apéndice, pp. 245-279). También José L. de Imaz ha escrito
obras importantes sobre este tema (ver nota 9).

Entre los precedentes relativamente lejanos, debe citarse el vacío de liderazgo que produce a
principios del siglo XX la muerte de B. Mitre, J.A. Roca, C. Pellegrini y otras grandes figuras
del liberalismo conservador. Ante estas desapariciones, la élite demostró escasa capacidad
para renovarse como grupo político y también en sus ideas políticas y sociales.

La Iglesia misma era uno de los principales canales de ascenso social que, naturalmente,
estaba cerrada para todos los no católicos. Todavía en 1961, de 49 obispos, 39 son hijos de
inmigrantes, en general colonos agrícolas, y de ellos 19 descienden en primera generación de
italianos originarios de Piamonte, centro de irradiación de la congregación Salesiana (José L.
de Imaz, Los que mandan, EUDEBA, 1965, p. 174.).

A este último respecto, ver A. Lappas, La masonería argentina a través de sus hombres,
Buenos Aires, 1966 (2a. edición).

Especialmente de origen europeo y en proporciones desconocidas por su magnitud en otros
países de inmigración. Cf. Torcuato D¡ Tella, Sociología de los procesos políticos, EUDEBA,
Buenos Aires, 1986 (3a. edición), pp. 340-49.

Hemos credo útil dividir las fuerzas conservadoras autoritarias en tres sectores, dos de ellos
de carácter explícitamente antil¡beral, es decir, el nacionalismo católico y la derecha
autoritaria explícita, y el tercero (la derecha autoritaria implícita o legalista) que, en cambio,
formalmente se mantiene democrático. A pesar de que comparte una parte no desdeñable de
las convicciones autoritarias de los dos grupos anteriores, conserva muchos elementos liberal-
élitistas de la generación del 80. Dado que de los dos conservadurismos expresamente
antiliberales nos ocupamos en este artículo con cierto detalle, aquí parece oportuno señalar
que la tercera fuerza tradicionalista es la que se sustenta, social y económicamente, de los
grupos de mayor prestigio y poder localmente. Y que es, además, entre 1930 y 1943 - bajo
los gobiernos de J. F. Uriburu, Agustin P. Justo, Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo -la
fuerza política en el fondo hegemónica. Un útil panorama general de las ideas políticas
contemporáneas en la Argentina lo ofrece el artículo "Political and Social Ideas in Latin
America since 1920" de Torcuato S. Di Tella, incluido en la Cambridge History of Latin
America, de próxima aparición; también pueden consultarse, siempre con provecho, los
libros ya clásicos de José Luis Romero.

Como es sabido, fue un profesor de economía nacido en 1889. Profundamente católico, de
hecho gobernó Portugal entre 1932 y 1968. Esta admiración por el corporativismo portugués,
que era considerado no pocas veces como la realización contemporánea más perfecta de la
doctrina social de la Iglesia, era compartida también por muchos nacionalistas católicos.

Fecha de nacimiento.

Obra editada en Buenos Aires por Kraft en 1940. Las páginas que se citan a continuación
corresponden a dicha edición.

Por otro lado el espíritu que debe animar dicha gesta es el propio de la Tradición patria,
cuyos elementos esenciales son España y su legado, así como la religión, las glorias
nacionales, el trabajo y la defensa nacional (p. 477). Metas todas logrables legalmente por
medio de una interpretación autoritaria de nuestra Constitución (p. 482). Bunge, concorde
con la política predominante en la derecha autoritaria, rechaza toda conmoción social o
política, que teme (p. 482) por las posibilidades de un desborde populista.

En cuanto a Manuel A. Fresco, en la primera fase de su ascenso político se muestra más
cercano al autoritarismo explícito que al nacionalismo católico. Posteriormente intentará
captar a este último, para lo cual se apropiará en buena medida de su lenguaje y sus ideas,
pero será rechazado por muchos miembros de la derecha radicalizada, que verán en él
principalmente a un fraudulento y oportunista político. Ver, por ejemplo, su discurso
"Mensaje del Gobernador de la prov. de Buenos Aires, Manuel A. Fresco, a la Honorable
Legislatura, en el primer año de su gobierno", 11 de mayo de 1936, La Plata, parte
introductoria.

Por ejemplo, el caso de C. Ibarguren, B. Villafañe, Manuel A. Fresco, L. Lugones y A.
Bunge. Para corroborar este aserto, ver, entre otros testimonios, E. Zuleta Alvarez, El
nacionalismo argentino (ver índice analítico: entrada C. Ibarguren y A. Bunge); Julio
Irazusta, Genio y figura de L. Lugones, EUDEBA, 1973, y B. Villafañe, La hora oscura
(1935), y La tragedia argentina (1943). Señalemos que Villafañe intentó plegarse al
nacionalismo católico - fue, a este respecto, un caso muy poco frecuente - pero no fue
admitido por provenir de un partido político (el radical). Sabido es el rechazo de la derecha
radicalizada a todo lo que recordara a la democracia parlamentaria liberal.

Con diferencias significativas de concepción en cada personaje. Así, por ejemplo, B. Villafañe
sigue reconociendo en el mensaje de amor del cristianismo, debidamente laicizado, un valor
útil para la "armonía social". En cambio, L. Lugones rechaza de plano el legado central de las
doctrinas de Cristo, que ve como decadentes y que, desde aproximadamente 1920, no son
para él conciliables con su concepción vitalista-nietzscheana de la vida.

Señalamos con reservas esto último, ateniéndonos a lo que dicen expresamente los
testimonios consultados. Quizá un análisis más detenido llevaría a descubrir en esta corriente
laica de la derecha autoritaria explícita un antisemitismo larvado.

No pocos de sus adherentes eran clérigos o católicos militantes, intelectualmente integrados a
las complejas construcciones doctrinarias de la Iglesia, de carácter sistemático en el plano
teórico.

Debe recordarse que esta última no constituyó un movimiento que, como tal, se identifique
explícitamente con una doctrina determinada. Las coincidencias que permiten hablar de una
derecha autoritaria explícita surgen, pues, del análisis de una serie de personalidades
singulares. Pero aun considerando una a una estas últimas, en pocos casos encontrarnos una
exposición sistemática de su pensamiento político y social, como lo intentaron hacer
frecuentemente los nacionalistas católicos. Exceptuamos de lo dicho a los clérigos, detrás de
los cuales se yergue la doctrina social de la Iglesia.

Cf. la acertada tesis de Leonardo Senkman en Argentina, la segunda guerra mundial y los
refugiados indeseables (1933-1945), Grupo Edit. Latinoam., Buenos Aires, 1991. Señala el
autor que el antisemitismo argentino es de tipo cultural y social, y no racial o político.

Recuérdese lo afirmado en el párrafo 2 de este artículo.

Cf. lo dicho en el párrafo 6 de este artículo.

Se trata, por lo general, de figuras del sector llamado "republicano" por E. Zuleta Alvarez
(Cf. su libro El nacionalismo argentino, La Bastilla, Buenos Aires, 1975, 2 volúmenes).

Para la preocupación que generaba en el ejército argentino la inmigración, y las ideas que ésta introducía, véase, por ejemplo, el volumen XLIX de la Biblioteca del Suboficial (Trabajos
premiados en el concurso de las fechas patrias en los años 1928 y 1929, Buenos Aires, 1929).

C. Ibarguren, La historia que he vivido, 1969, p. 364.

Por ejemplo, Matías G. Sánchez Sorondo escribirá: "Uriburu era una expresión genuina de
nuestro patriciado. Salteño de origen, pertenecía a una rancia estirpe del Norte. Leyendo la
historia de su familia podía leerse en parte la historia de la Nación (...) Firme de carácter, a la
vez cauto y osado, puro de intenciones; limpio de vida, leal de conducta (...) reunió en sí el
valor personal y el cívico, algo poco frecuente entre nosotros. Tranquilo y sereno en la acción
tenía el gesto oportuno en el momento necesario. Su palabra era breve. Su ademán
categórico" ("6 de septiembre de 1930", testimonio en Revista de Historia, No 3, 1958).

Para el sentido de la palabra fenomenología, ver párrafo 2 de este artículo.

Ver párrafo 6 de este artículo.

Fecha de nacimiento.

Entre los numerosos testimonios existentes al respecto, véase el discurso del prelado italiano
Monseñor Ruffini, pronunciado el 12 de octubre de 1934 en el teatro "Gran Splendid" de
Buenos Aires, en ocasión del Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en dicha
ciudad (transcrito en el libro de F. Ibarguren, Orígenes del nacionalismo argentino, Buenos
Aires, 1966, pp. 254 y ss.; ver especialmente pp. 255-56).

Consecuencia lógica de esta actitud era la acusación de simplismo teórico y excesivo
empirismo, que estos nacionalistas católicos dirigían a aquellos otros que, en cambio, en el
orden temporal - que era el que más les interesaba - daban prioridad a la acción, en
especial política. Tema sobre el cual volveremos más adelante.

Señalemos aquí que Charles Maurras, a pesar de sus conflictos con la Iglesia, fue muy bien
recibido por este grupo, pero sólo como escritor y pensador político. Conviene recordar que
Maurras, un filocatólico que, paradójicamente, se declaraba agnóstico y positivista, así como
la Action FranCaise, fueron en 1925 condenados por el Vaticano, justamente a causa de
conceder la primacía a la acción política y a la nación, por encima de los principios
espirituales y a la autoridad encargada de aplicarlos, es decir, la Iglesia.

Los Irazusta, Palacio y Carulla fueron los principales redactores del quincenario La Nueva
República, publicación periódica que leía asiduamente el General Uriburu. Fue fundada en
1927 y con ella suele aceptarse que comenzó formalmente el nacionalismo católico. Los
Irazusta y Palacio aparecen nuevamente a principios del 40 como figuras principales de otro
periódico, es decir Nuevo Orden.

A todos estos nacionalistas, E. Zuleta Alvarez los llama "republicanos" (Cf. nota 21).

J. Meinvielle fue probablemente el más importante ideólogo del grupo "ortodoxo". En
cambio, y según Juan P. Ramos, Antonio H. Varela había sido "quien más hizo para darle
una doctrina coherente y un propósito definido" al nacionalismo católico (ver Prólogo de
J. P. Ramos al libro de A. H. Varela, El nacionalismo y los obreros socialistas, Buenos Aires,
1944, p. 20).

No disponemos aquí de espacio para describir los rasgos peculiares de dos notorios
nacionalistas como J.P. Ramos y J.E. Carulla que, por su fecha de nacimiento (1880 y 1888
respectivamente), formarían parte de un grupo etéreamente intermedio entre la derecha
autoritaria explícita y el nacionalismo católico. Esta característica sería una de las causas de
la peculiar conducta de J.E. Carulla, quien después de 1945 se mostrará simpatizante de la
liberal Inglaterra, cambio bastante consecuente en quien, más allá de sus veleidades
totalitarias, se había formado más cerca del clima liberal y laico de la generación del 80 que de
la atmósfera creada por los autoritarismos europeos de los años 20.

Sin embargo, ya hemos visto que la retórica democratizante de este último sector no
respondía sino parcialmente a ideales liberales.

Cf. Tulio Halperin Donghi, El revisionismo histórico argentino, Siglo XXI, Buenos Aires,
1970.

Además de los numerosos escritos, por lo general artículos breves, de los hermanos Irazusta,
J.E. Carulla, de César E. Pico y de otros, quizá la exposición teórica más elaborada sobre la
índole de la política como ciencia realizada entre los nacionalistas católicos sea la Teoría del
estado de E. Palacio, editada en 1949, pero que recoge ideas expuestas con anterioridad a esa
fecha. De ésta, E. Zuleta Alvarez, en su obra ya citada, dice que es "el mejor logro obtenido
hasta ahora por el nacionalismo en materia de filosofía política" (p. 690).

Hemos excluido analizar dentro de esta tendencia a conocidas figuras del nacionalismo,
también de orientación populista, como Juan Queraltó, Bonifacio Lastra o Enrique P. Osés,
dado que eran eminentemente periodistas movilizadores de masas y hombres de acción, de
muy escasa relevancia intelectual y que, por lo tanto, poseen un interés más bien secundario
para este trabajo.

Cf., al respecto, las reflexiones que, sobre este partido, efectúa E. Zuleta Alvarez en su obra
ya citada, y los programas, convocatoria y declaración de dicha agrupación, que dicho autor
incluye en los apéndices I, II, III y IV de la misma (pp. 835-859).

En un país en el que, por lo demás, la gran mayoría carecía de casi toda protección social.

Véase, al respecto, lo que opina Alberto Spektorowski en su artículo "Argentina 1930-1940:
nacionalismo integral, justicia social y clase obrera", en Estudios Interdisciplinarios de
América Latina y el Caribe, vol. 2, No I, enero junio 1991, pp. 61-79.

Conviene recordar aquí que las principales fuentes que alimentaban la ideología nacionalista
eran de carácter católico-tradicionalista, conservador y contrarrevolucionario, y no se
basaban en autores como Pareto, Sorel y Nietzche, los sindicalistas italianos y franceses y los
nacionalistas italianos (no así los franceses), que tuvieron mucho peso en la formación de la
ideología fascista (Cf. Zeev Sternhall el alter, op. cit., "Introduction').

Julio Meinvielle, Concepción católica de la política, p. 19, nota 2 (la. edic., 1932).

César E. Pico, Carta a Jacques Maritaín sobre la colaboración de los católicos con los
movimientos de tipo fascista, Adsum, Buenos Aires, 1937.

A. Ruiz Guiñazú, La Argentina ante si misma, Buenos Aires, 1942, p. 78 (el texto citado fue
escrito en 1940).

En su libro El movimiento fascista argentino, Buenos Aires, 1935.

Cf. M. Navarro Gerrasi, Los nacionalistas, Buenos Aires, 1968, p. 97. Señalemos de paso que
también esta autora considera, aun sin fundamentar demasiado su aserto, que "el
nacionalismo fue una forma extrema de reacción conservadora frente al ascenso al poder de
la clase media a través del radicalismo" (p. 17).

Véase el libro ya citado de H.V. Passalacqua Eligabe, pp. 36-40.

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